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‘La Transfiguración del Mastodonte’, o eterna capacidad de reinventarse

agosto 9, 2019

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En un mes en el que, desde Butaca en Anfiteatro, hemos explorado los límites de lo teatral en no pocas ocasiones; podemos decir ante la presentación de Mastodonte –el nuevo proyecto musical del actor Asier Etxeandía y el músico Enrico Barbaro– que lo que sigue, efectivamente, no es una crítica de teatro propiamente dicha. Ni siquiera se refiere, de hecho, a un evento teatral propiamente dicho. Y, sin embargo, no quiero dejar pasar la oportunidad de escribir unas líneas acerca de un proyecto que, por un lado, tiene una conexión directa con el universo teatral –interesará y llamará la atención del público de teatro: ya lo está haciendo-; pero que además tiene suficientes elementos de interés en sí mismo como para convertirse en algo con personalidad propia. Quienes seguimos la carrera de Etxeandía –un artista total en el más amplio sentido de la palabra- posiblemente sepamos que era solo cuestión de tiempo – sobre todo después del éxito sin precedentes que obtuvo El Intérprete– que esto ocurriese. Revelado hace tiempo como cantante espléndido y showman total, Etxeandía – puede que en el año más intenso de su carrera interpretativa, cuando ha terminado de grabar Velvet Colección, secuela de la aclamada serie de Bambú Producciones; y coprotagoniza la última cinta de Pedro Almodovar, Dolor y Gloria, junto a Antonio Banderas- se ha unido ahora a Enrico Barbaro –otro nombre familiar para el público de teatro: ha colaborado con Etxeandía en un proyecto tan importante como fue El Intérprete– para armar Mastodonte, una banda que arrancó sus pasos el año pasado y que aúna gran parte de los intereses musicales de ambos artistas.

La pregunta que lanzamos al aire siempre que nos encontramos con un proyecto híbrido: ¿Qué es exactamente Mastodonte? ¿El proyecto más personal de Etxeandía –y Barbaro- hasta la fecha? Seguramente. ¿Un mero concierto de techno-rock? Está, desde luego, lejos de quedarse en eso; porque gran parte del atractivo está en esa capacidad de showman del actor vasco; esa descarga energética capaz de arrastrar a todo el público: ese sello propio que ya estaba en El Intérprete y que vuelve a estar ahora aquí. Da lo mismo que el formato haya cambiado; las claves siguen siendo las mismas. Puede que por su carácter de banda –y por su categoría de concierto- Mastodonte, vaya dirigido a un público más amplio – un público no esencialmente teatral-; pero los primeros destinatarios que disfrutarán de Mastodonte son, desde luego, todos aquellos que lo hicieron en su día con El Intérprete. Teniendo en cuenta el fenómeno que fue aquello, lo que se puede estar gestando aquí no es poca broma –máxime si consideramos, como digo, que esto va a llegar a un público mucho más amplio-.

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Hay, de hecho, no pocos rasgos del espectáculo que ofrece Mastodonte en la presentación de su primer trabajo que recuerdan no poco al espíritu de El Intérprete. No es de extrañar, de hecho, que los propios artistas confiesen que las primeras improvisaciones que dieron pie a la aparición de Mastodonte surgiesen durante el tiempo que duró El Intérprete. Porque puede que el espectáculo de Mastodonte no cuente con una dramaturgia propiamente dicha como sí tenía El Intérprete –aunque Mastodonte sí tiene, desde luego, una puesta en escena importante-; pero hay en los temas de la banda una serie de hilos conductores que ya aparecían en aquel espectáculo: la soledad y la forma de sobrellevarla, la formación de la identidad y la manera de afrontar la vida en sus diferentes etapas estaban –están- en una y en otra. También esa idea de exorcismo colectivo, que permite que los artistas se abran en canal e inviten a todo el público a abrirse con ellos nos llama inmediatamente al recuerdo de El Intérprete; del que Etxeandía toma prestadas un par de referencias directas para este show –sí, aquí también rula el tequila a base de bien…-, por si la relación no estaba lo suficientemente clara.

Hay, efectivamente, un hilo conductor en el concierto –en este sentido, la posición de los temas no parece aleatoria-. No en vano cuentan Barbaro y Etxeandía que “Mastodonte es un concepto, es la materialización imaginaria de un ente enorme y pesado, algo con lo que todo el mundo suele cargar. Mastodonte es el peso de todas las inseguridades que no nos permiten revelar al mundo exterior nuestras peculiares cualidades, por el íntimo terror a juicio ajeno, por el miedo de no estar ‘a la altura’, por el pánico que nos produce pensar que los demás descubran que en el fondo somos unos impostores. Mastodontes son también aquellos que consiguen romper estas ataduras, revelando y reivindicando su exclusiva belleza”. Así, podríamos decir que todo el espectáculo supone un viaje liberador; que el tono comunicativo de ambos artistas eleva por momentos a una suerte de exorcismo o aquelarre que debe contagiar –y vaya si contagia- al público hacia la búsqueda del propio yo. Y de aquí nace ese carácter de corte más simbólico que tiene la propuesta.

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No sorprenderá a muchos que la sonoridad de los temas de Mastodonte dialogue con varios estilos –aquellos de los que se empapan ambos artistas- que van desde el pop electrónico hasta rock más puro, pasando por el universo del blues y hasta la balada o ritmos de corte decididamente más étnico. ¿Cómo se come esta mezcolanza? Primero, como un material libre, nacido de las tripas, de las entrañas del gusto musical de la pareja; segundo, como un viaje, como el viaje al que hacía referencia más arriba y que es, en esencia, parte del concierto. Varias etapas, varios estilos, una única meta. Desde luego, queda más que claro que en Mastodonte, Barbaro y Etxeandía han dado rienda suelta a aquello que sienten en un trabajo todavía inclasificable; que quizá por ello tenga entidad propia. Para juzgar la sonoridad del producto en todo su esplendor debemos ir al cd, o emplazarnos a una nueva cita en la que las condiciones del lugar sean mejores –no podemos culpar de esto a la banda-; pero el material que ofrece el grupo tiene un interés incuestionable, sobre todo en esa voluntad propia de no querer ni encasillarse ni clasificarse.

Como líder, vocalista, de Mastodonte, Asier Etxeandía da rienda suelta, una vez más, a su carácter de artista total, plasmando en escena un personaje en sí mismo que es carta de presentación sobre las tablas. Más allá de unas condiciones musicales que, lo sabemos, están fuera de toda duda desde hace tiempo; lo tiene todo y todo te lo da. De algún modo, podríamos considerar este salto mortal la consagración de un artista único en su género que, si bien ya no sorprende a quienes ya le conocemos –porque sabemos de lo que es capaz ese ciclón- sí merece todo nuestro respeto en esa capacidad continua de reinventarse, de explorar nuevos terrenos y mostrar nuevas aristas del artista. Ahora, con la complicidad clara de Enrico Barbaro, Asier Etxeandía se revalida como un artista total, capaz de entregarse hasta el paroxismo a su público sobre el escenario; en una especie de coito colectivo al que pocos artistas podrían llegar. Su energía parece infinita, como su capacidad de arrastrar al respetable. Una vez más, uno podrá preguntarse dónde están los límites de este artista; y una vez más no alcanzamos a vislumbrarlos. Cuánta generosidad.

Mastodonte –proyecto al que por lo visto Etxeandía y Barbaro viven ahora entregados en cuerpo y alma- está dando ahora sus primeros coletazos, y ya es un éxito. Quizá por el hecho de ser sus primeros coletazos ni el emplazamiento escogido por el Festival Noroeste para el concierto fue el mejor –algo de esta envergadura requiere de un lugar más amplio, no aparecer en una programación de corte off… de hecho me quedo con la sensación de que este show respirará mejor en un espacio más amplio; y que la banda ha tenido que hacer cierto esfuerzo por adaptarlo a las condiciones ofrecidas, que desde luego no eran las que merecían: esto es, o debería ser, algo más que un fenómeno alternativo-, ni siquiera todos los asistentes al concierto sabían exactamente la que se les venía encima –más de una cara de sorpresa al descubrir al actor como líder de la banda-. No sucederá mucho tiempo: tiene pinta de que Mastodonte ha venido para quedarse; y convertirse en un sello propio en sí mismo. Cuando eso ocurra –no falta mucho tiempo: ojo a las dos fechas en el Teatro Español en septiembre, por ejemplo- algunos podremos decir que ya hemos formado parte del fenómeno.

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¿Es Mastodonte un material teatral? Seguramente no en primera instancia; y, sin embargo, hay algo en la construcción de un personaje en sí mismo que tiene Etxeandía y en la estructura lineal del concierto que nos podrían llevar a pensar en algo de eso. ¿Va a crear tendencia pronto si es que no la está creando ya, y va a arrastrar en esa tendencia a ese público teatral que sigue al actor? Incuestionablemente, y por eso merece su lugar aquí. ¿Tiene personalidad y calidad? Está fuera de toda duda. Mastodonte es una muestra clara de cómo reinventarse, renacer, buscar nuevos resortes y mostrar todo el potencial de unos artistas plurales. De momento se está presentando sobre todo en salas y festivales; pero hay curiosidad por ver cómo se mide el asunto en teatros de gran formato, a los que llegará pronto. Desde luego, deja la curiosidad de saber qué camino emprende este Mastodonte, y hasta dónde es capaz de llegar. ¿Dónde están sus límites? Imposible saberlo.

H. A.

Plaza de la Constitución (A Coruña), 8 de agosto de 2019. Festival Noroeste Estrella Galicia.

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