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‘Amarillo’, o ¿es otra vida realmente posible para el migrante?

julio 23, 2019

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“Yo me fui a Amarillo, me deshidraté, me perdí en el desierto; dije que regresaría y todavía no he llegado (…) Yo miro al Norte, pero el Norte no me ve”. (“Amarillo”, Teatro Línea de Sombra).

Tras aproximadamente diez años de gira, Amarillo posiblemente sea uno de los espectáculos más importantes de la compañía mexicana Teatro Línea de Sombra –de quienes recordamos bien la memorable Baños Roma, que se pudo ver hace unos años en diversas plazas de España-. Fieles a su línea de teatro documento que no pierde de vista ni su componente de ficción para contar una realidad ni su gusto por nuevos lenguajes y nuevas formas de comunicación teatrales, en Amarillo los mexicanos revisan la problemática de las migraciones: tanto desde el punto de vista del que decide salir a buscar un futuro mejor –un futuro que, como los migrantes, tal vez nunca llegue- como desde el punto de vista de los que esperan, muchas veces inútilmente.

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Amarillo es, en primera instancia, un relato polifónico, que sigue el viaje de un migrante sin nombre – porque es uno y todos al mismo tiempo- que, efectivamente, va hacia Amarillo (gran ciudad al Norte de Texas) en busca de un futuro mejor, y promete un regreso sólo cuando pueda ofrecer ese futuro mejor por el que lucha. Pero, sin embargo, nuestro hombre nunca vuelve. Al otro lado, la mujer espera un regreso que no se produce; al mismo tiempo que –nosotros sabemos lo que ella ignora- la aventura migrante de nuestro hombre tiene funestas consecuencias. Pero ese es solamente el punto de partida. Porque, efectivamente, Amarillo plantea un viaje que va desde lo particular – el caso que se nos presenta, que es uno alargado a todos- hacia lo general; y que intenta explicar el drama de la migración desde ambos puntos de vista. El escaso horizonte de expectativas y posibilidades al que se enfrentan los llamados gringos en su propia tierra como lo que simbolizan los que van para los lugares a los que van –“yo miro al Norte, pero el Norte no me ve” dice en un momento nuestro hombre-. Porque a la dificultad de llegar – atravesando poco menos que con lo puesto, pasajes desérticos de calor inhumano y delincuencia quedando además en manos de la negociación con coyotes de dudosa reputación- hay que sumar que la imagen que se tiene del migrante en este falso nuevo paraje de ensueño tiende a ser peyorativa, negativa y hasta discriminatoria. Así las cosas: ¿cuál es la realidad de esa falsa Tierra Prometida? ¿merece la pena el esfuerzo? ¿otra vida es posible? A la realidad del hombre que se arriesga –quién sabe si inútilmente…- por el bien de su familia hay que sumar la espera de las mujeres que, muchas veces sin noticias reales de lo que está sucediendo del otro lado, han de decidir cómo continuar: ¿esperar cual Penélope esperaba a Ulises o asumir que deben continuar con sus vidas ante la falta de expectativas de regreso? A partir de una y otra perspectiva se construye este Amarillo; un trabajo documental que se abre a un universo sensorial que termina siendo la mejor baza del espectáculo.

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Tal vez sea cierto que, en los años transcurridos desde su estreno, parte del discurso –a veces conscientemente manipulado, sin que este detalle se nos oculte, en un original juego de teatro documental real con falso teatro documental- se haya quedado un tanto desfasado en algunas cuestiones. Primero porque, entendiendo que debemos afrontarlo desde una perspectiva general y panorámica, mantiene todavía el estereotipo de que es el hombre el migrante, mientras que la mujer –la mujer de casa- ha de asumir quizás un rol más pasivo, de mera espera –¿esto todavía hoy?- que, como mucho, logra su propia voz asumiendo seguir o perteneciendo a asociaciones… No deja de ser curioso, en suma, que la problemática del migrante activo aparezca aquí –salvo en momentos concretos, sobre todo situados hacia el final del espectáculo; que se agradecen, pero ya no dejan tiempo a que lo masculino y lo femenino tengan ni por asomo el mismo peso- enfocada casi exclusivamente desde el hombre. Segundo porque, en esa voluntad fragmentaria que impera en todo el espectáculo, se echa en falta quizá una mayor profundización en ciertas cuestiones de índole meramente documental sobre las que aquí se pasa de puntillas; por más que se entienda esa voluntad digamos panorámica que asume la narrativa del espectáculo. A favor, en la manera de contar, podemos destacar sin embargo esa capacidad recurrente de hacer que la historia avance en pequeñas píldoras que vienen, van y se retoman; permitiendo que el espectador pueda retomar el hilo argumental casi en cualquier momento de la función.

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Y si la narrativa verbal puede quedarse un poco corta en primera instancia; la factura y ejecución de la función son de máximo interés. Porque Amarillo es un espectáculo lleno de imágenes poderosas, tanto a nivel expresivo – el uso de las garrafas de agua y los sacos de arena vaciándose, casi como metáfora de esa vida que se escapa en el desierto, regalan imágenes inolvidables, como esa interminable secuencia final que se prolonga en el espacio/tiempo, con la arena cayendo sobre el escenario; o ese remiendo de corazón roto que desciende del aire para acabar pinchándose-. También la imagen del migrante enfrentado a esa gran pared que debe saltar hacia el otro mundo –aquí, la propia pared de piedra del castillo: pocas veces un espacio ha ayudado tanto a engrandecer imágenes- es muy poderosa; mucho más aquí, por más que la decisión de proyectar las –muchas- imágenes del montaje directamente sobre la pared del castillo pueda perjudicar su visión: poco importa, insisto porque aquí la pared adquiere una fuerza dramática insospechada. E incluso el aparato musical –con la impresionante presencia de Jesús Cuevas, erigido en un verdadero coyote, y emitiendo toda una sonoridad gutural que acompaña todo el espectáculo, ya sea con onomatopeyas, canciones o palabras que se imponen (evidentemente “Agua” es un hilo conductor): es imposible que este recurso deje indiferente-. La voluntad fragmentaria de la pieza permite, además, que el público pueda seleccionar con qué estímulos quedarse a lo largo de la representación.

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Con todo, la suma de los elementos que el montaje que dirige Jorge A. Vargas deja un buen número de imágenes evocadoras, mediante recursos que siempre dialogan en –a veces inesperada- armonía; y que son lo más atractivo de la función, incluso por encima del discurso narrativo mismo. Teatro Línea de Sombra propone un espectáculo muy visual, muy físico; que pide máxima entrega de todo su elenco –en escena Raúl Mendoza, Alicia Laguna, María Luna, Vianey Salinas, Antígona González y el ya mencionado Jesús Cuevas-. Lo poderoso de las imágenes, la ingeniosa inventiva para desarrollarlas y la entrega de los actores hacia la rompedora y moderna estructura de la propuesta son bazas más que suficientes para hacer de Amarillo una propuesta estimulante, en la que tal vez cada espectador deba decidir dónde situar lo evocativo de las imágenes que ve.

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En definitiva, si uno pretende encontrar en Amarillo un tipo de teatro documento de faceta más estrictamente documental, puede que encuentre alguna fisura en el discurso. Sin embargo, quien prefiera dejarse arrastrar por la fuerza de las imágenes y los estímulos encontrará una propuesta que –sin llegar a las cotas de excelencia que tenía Baños Roma– propone un espectáculo atractivo, en el poder simbólico que tienen esas imágenes y en la entrega física que se pide y se obtiene de todos los integrantes de la compañía. Hay, debo insistir, imágenes difíciles de olvidar; y ya solo por ellas merece la pena ver el espectáculo.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

 

“Amarillo”, Creación y reparto: Raúl Mendoza, Alicia Laguna, María Luna, Vianey Salinas, Antígona González, Jesús Cuevas. Textos: Gabriel Contreras y el poema “Muerte”, de Harold Pinter. Dirección: Jorge A. Vargas. TEATRO LÍNEA DE SOMBRA / MÉXICO A ESCENA.

XXXV Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia (Auditorio do Castelo), 21 de julio de 2019

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