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‘Hay que Tirar las Vacas por el Barranco’, o el estigma de la esquizofrenia

junio 28, 2019

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Empecemos por lo evidente: el título es brillante; de esos que llaman y llevan de inmediato a ver la representación; pero, además, es difícil que este espectáculo tan particular –con toda su complejidad, que la tiene- deje indiferente a nadie, se entre o no en la mecánica de la propuesta. Hay que Tirar las Vacas por el Barranco es, en esencia, una dramatización del aclamado libro Las Voces del Laberinto, que Ricard Ruiz Garzón (Barcelona, 1976-) publicase allá por 2005 y en el que se vale de testimonios e historias reales para dar una panorámica completa acerca de la problemática de una enfermedad tan compleja como la esquizofrenia y su impacto en una sociedad para la que, desgraciadamente, aún sigue siendo un estigma. Ahora, Orlando Arocha –al frente de una coproducción entre la compañía valenciana La Máquina y la compañía caraqueña La Caja de Fósforos- asume la difícil tarea de armar un espectáculo teatral a partir de este material tan complejo, tan delicado y tal vez hasta tan antiteatral a primera vista. Y el resultado es una propuesta compleja no solo por la dureza de los testimonios, sino por su estructura misma; que acaba encontrando sin embargo en esa voluntad de falsa antiteatral –sobre la que ya entraremos más a fondo- su mayor baza. En Hay que Tirar las Vacas por el Barranco las fronteras entre realidad y ficción se diluyen hasta unos extremos que pocas veces había visto en un teatro.

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Espacio vacío. Apenas una mesa, un micrófono y unas sillas. A la sala acceden –junto al público- cinco personas a las que el propio director acomoda en las sillas del lateral. Son cinco seres diversos, frágiles, perdidos; en algún caso de una extrañeza que llega a resultar incómoda y amenazadora para el espectador, que aguardan su turno. Uno a uno, el director les va conduciendo a la mesa central con el micrófono, para que aporten su testimonio. Lo que sigue son cinco largos monólogos –el espectáculo dura prácticamente dos horas- en los que conocemos cinco casos, cinco historias que nos dan una visión panorámica completa –social, interna y externa- del mundo de esquizofrenia como realidad todavía pendiente de exploración plena y su impacto en el mundo. ¿Asistimos a sesiones de terapia? ¿Tal vez a una terapia grupal? Nunca lo sabremos. Y, sin embargo, el mayor hallazgo de Hay que Tirar las Vacas por el Barranco seguramente sea la extrañeza que nos produce: más allá de la dureza de los relatos, más allá de su estructura –tal vez demasiado lineal, tal vez carente de verdadero conflicto teatral- se produce el milagro por el que llegamos a cuestionarnos la verdadera naturaleza de lo que estamos viendo: ¿actores que interpretan testimonios reales? ¿testimonios contados por las personas reales? ¿una mezcla de ambas cosas? Mejor no saberlo; pero, de cualquier manera, la suspensión de lo teatral acaba provocándonos una interesante sensación de incomodidad –porque estamos siendo testigos de algo tan íntimo que quizá no deberíamos ver- y de extrañeza: ¿es esto el teatro o la vida? Difícil calibrar las fronteras de lo que está ocurriendo. Magia.

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Abre los monólogos Diana Volpe, una madre cuyo hijo –enfermo de esquizofrenia- se ha suicidado hace poco, abrazado a un libro de Paul Auster, en el que parece haber encontrado esa clave para entender lo que le ocurría; clave que le llevó al suicidio: ¿por qué esos padres no han podido evitar el suicidio de su propio hijo? ¿no bastaba con ser conscientes de lo que ocurría? ¿por qué no lo vieron venir? Ahora, la imagen del cadáver destrozado de su hijo abrazado al libro, persigue a la madre como una sombra. A continuación, Haydée Faverola nos cuenta el calvario en su matrimonio, un calvario que parece casi hereditario y del que ahora –que se ha alejado de ese esposo al que, por más que intentó, nunca consiguió controlar- protege a su hija, a la que no debe afectarle la figura del padre ausente; por más que la mujer siga viéndose con él casi en la clandestinidad, demostrando que hay un hilo, un vínculo irrompible que no logra dominar del todo. Sigue Rafa Cruz, un diagnosticado de esquizofrenia que trata de combatir sus voces interiores mediante los dibujos que pinta –o que las voces le mandan pintar- y que nos cuenta, entre resignación, desesperación y rabia por no querer convertirse en una atracción de feria, cómo es la convivencia con esas voces. Más extremo es el caso de Gretel Stuyck, ataviada como una niña pequeña –y plagada de tics que nos han robado la atención incluso cuando no era parte activa de la narración- nos cuenta su vida: un cuento en el que es una especie de princesa sometida; que demuestra que ha perdido toda noción de la horrible realidad de abusos que le ha tocado vivir, entregándose a la ficción como única salida posible con una narración escalofriante en contenido e interpretación. Cierra el quinteto Ricardo Nortier, también diagnosticado, que ha conseguido un futuro como científico a partir de sus estudios, y tiene una familia capaz de apoyarle, por más que viva obsesionado con influencias satánicas que viven dentro de sí. Tras oír los cinco monólogos –dos horas de duración- se da por finalizada la sesión, y se invita al público a un té para poner en común la función con la compañía. Y así, en ese ambiente casi antiteatral que lo ha dominado todo, cada uno abandona la sala cuando y como quiera.

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Por su estructura –tal vez plana, estática, falta de conflicto- Hay que Tirar las Vacas por el Barranco es una apuesta difícil. Se puede desconectar, puede llegar a aburrir, incluso a desconcertar por su falta de teatralidad misma. Y, sin embargo, la apuesta de Orlando Arocha juega precisamente a eso: coloca en primer término el poder de los textos, la gravedad de la narración, y el impacto que provoca evaluar la esquizofrenia de primera mano desde todos los puntos de vista; y juega a la –¿falsa?- idea de antiteatralidad. Casi como por arte de magia, desconectamos del hecho teatral y nos dejamos arrastrar por la potencia de cada caso; saliendo del teatro sin duda más informados y más concienciados acerca del universo y la problemática de la esquizofrenia.

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Cuando uno ve Hay que Tirar las Vacas por el Barranco, por encima de todo, planea una gran pregunta: ¿cuál es la verdadera naturaleza de lo que estamos viendo? ¿Realidad? ¿Ficción? ¿Mezcla de ambas? Pocas veces al acabar una representación sentí la necesidad como aquí de informarme de primera mano; porque, sencillamente, había perdido la noción de lo teatral. Es una buena señal, desde luego. No quieran saber la respuesta. El espectáculo causa impacto, las interpretaciones –en su aparente vulgaridad realista- son de altos vuelos y, desde luego, conmueve y llama a la reflexión a partes iguales. No será teatro al uso, ni apto para todos los paladares; pero es una experiencia emocionalmente intensa en toda su descarnada verdad. Por doloroso que resulte reconocerlo, la mayor enseñanza que nos llevamos de este espectáculo es que el estigma de la esquizofrenia todavía continúa presente en la sociedad en que vivimos. Indiferente, no deja; removido, seguramente.

H. A.

Nota: 3.75/5

 

“Hay que Tirar las Vacas por el Barranco”, dramaturgia de Orlando Arocha a partir del libro “Las Voces del Laberinto”, de Ricard Ruiz Garzón. Con: Gretel Stuyck, Haydee Faverola, Diana Volpe, Ricardo Nortier y Rafa Cruz. Dirección: Orlando Arocha. LA MÁQUINA / LA CAJA DE FÓSFOROS.

Teatro Español, 23 de junio de 2019

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