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‘Los Remedios’, o volver con la cabeza alta (y la necesidad del otro)

junio 16, 2019

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Primer trabajo producido por el nuevo espacio de exhibición Exlímite –sito en el mismo lugar de la muy añorada sala Kubik Fabrik- Los Remedios es una más que interesante autoficción coescrita e interpretada por Fernando Delgado-Hierro y Pablo Chaves que dirige Juan Ceacero – a la sazón, uno de los responsables de la nueva sala-. El resultado es un espectáculo con personalidad propia en el que los dos amigos ajustan cuentas con el pasado para entender quiénes son, qué son y por qué son aquello que son; desde una poética muy particular y variada que es, de algún modo, deudora del pasado artístico de ambos artistas. En suma, Los Remedios es una autoficción que sirve al tiempo como exorcismo sano y homenaje: exorcismo porque exige a ambos intérpretes volver a sus orígenes, a esos orígenes – tal vez de la España más profunda, rancia y conservadora, mirada aquí con cierto e irónico cariño- de los que salieron huyendo para buscar su verdadera identidad; y homenaje porque es un canto a la amistad, a la amistad que ha unido a ambos intérpretes desde niños, a sus raíces interpretativas –y, por lo tanto, también a su manera de entender el teatro- y, sobre todo, a la necesidad del otro, de algún otro para contar y completar una historia: en esa necesidad del otro y esa unión indivisible –que acaba siendo casi como una gran moraleja, un motivo conductor de una función que supera las dos horas- es el punto más potente de una propuesta que acierta de pleno al bascular entre diversos géneros –el esperpento, la comedia, lo gestual, lo poético, lo audiovisual- para contar una historia que va desde lo particular a lo universal y que se pregunta qué queda de nuestro yo primitivo una vez que nos hemos convertido en algo semejante al yo que aspiramos a ser.

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Al comenzar la representación, Fernando Delgado-Hierro y Pablo Chaves se nos presentan como dos amigos de toda la vida, ambos en los 30, criados en Los Remedios, un barrio sevillano construido cincuenta años al oeste de la ciudad, junto al Guadalquivir. Ahí, Fernando y Pablo –compañeros desde el colegio- se vieron obligados a forjar su identidad personal, en un entorno netamente conservador, esencialmente religioso y hasta de ciertos tintes franquistas; y también tuvieron su primer contacto con el mundo del teatro, en una función escolar de la que todavía conservan un vídeo. Nos explican entonces que esto que vamos a ver, es su historia y contextualizan rápidamente su amistad. A lo largo del tiempo, la amistad entre ambos nunca se diluyó; y, aunque tuvieron que dejar el barrio, tomar caminos diferentes, y formar fuera de su hábitat su verdadera identidad sienten la necesidad de volver al origen, de mirar al pasado desde su presente para comprenderse y tal vez perdonar todos los escollos que esa barriada les ha puesto para llegar a ser las personas que realmente son hoy.

Así, a veces en forma de ensoñación, otras en forma de recuerdo y a veces incluso de pesadilla, Fernando y Pablo pasean por todos los recuerdos de su infancia: desde el imaginario colectivo de toda una generación concreta hasta ese colegio rancio, sus propias familias incapaces de encajarles, las costumbres cerradas y conservadoras que dominan esa barriada, esas vecinas mayores tan esperpénticamente reconocibles –estas sí, en Andalucía o donde sea- o esos bares de ultraderecha tan auténticamente andaluces que siguen existiendo hoy. También caben la incomprensión de los que les rodean –hacia la ansiada faceta artística, pero no solamente hacia ella-, la marcada religiosidad andaluza como símbolo de amenaza… y hasta una cierta reconciliación con todo ese pasado, a través de un más allá imaginario que – por arte de la magia del teatro- permite a los muertos bajar por un momento a la tierra y dar el consabido beneplácito a estos jóvenes que, después de mucho tragar, parece que han conseguido su meta. Pero ¿por qué volver a Los Remedios para crear? ¿por qué hacerlo con el otro? En esta pieza –que realiza, de modo muy particular, un retrato social, geográfico y generacional- no sólo hay un canto a la capacidad sanadora de la ficción –se puede uno reconciliar con el pasado a través de la ficción, incluso sobredimensionando la realidad-, sino también a la unión, a la amistad y a la necesidad del otro para enfrentar aquellas cosas que no puedan abordarse por sí solas.

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Desde luego que Los Remedios no es nada que no se haya visto antes – y, en este sentido, es clara deudora de otras propuestas anteriores en las que han participado estos actores: el homenaje a Scratch, en la que intervenía Delgado-Hierro, es más que claro (las croquetas, la Piedad, los recursos visuales…)-, pero sin embargo acierta de pleno a la hora de encabalgar tanto escenas como géneros de índole diversa: la tradición andaluza está mirada por momentos desde un esperpento casi zarandesco en el que los intérpretes no dudan en poner el espejo cóncavo de pleno para aumentar y sobredimensionar la imagen en favor de una comedia hilarante en su sagaz crítica. Pero, junto a estos momentos – muy logrados- encontramos elementos de teatro documental – con metraje real sacado de la memoria de ambos intérpretes-, textos tremendamente poéticos –a veces dichos, otras proyectados-, e incluso largas secuencias de baile que llaman ocasionalmente al posdrama y que sirven para unir escenas o completar con la imagen segmentos a los que no pueda llegar la palabra. E incluso escenas –la del fantasma de la abuela- de un pellizco emocional importante. Hay muchos estilos en Los Remedios; y, sin embargo, el conjunto funciona bien, para construir un todo sólido y con personalidad propia. Los Remedios es una historia pequeña –porque, al fin y al cabo, habla de lo cotidiano- de larga duración – las dos horas y diez que dura se me antojan excesivas-; pero que tiene esa capacidad de erigirse como una muestra de teatro rabiosamente contemporáneo que consigue amarrarnos precisamente por esa pluralidad formal en la que –más allá del atractivo a la hora de armar y diseñar las escenas- resulta absolutamente inesperado qué y cómo va a suceder en la escena siguiente. Ahí, en esa pluralidad formal, en lo inesperado –y en el hecho de que no haya rabia a la hora de narrar- está el mayor atractivo de una función como esta; que, sin embargo, también cautiva por cómo, desde lo cotidiano, acaba lanzando su más importante mensaje: nos necesitamos para completarnos, y un exorcismo como este no es posible. Parece una comedia costumbrista muy bien hecha; pero, en cuanto rascamos un poco la superficie, vemos que acaba siendo mucho más que eso. Es cierto que va sobrada de metraje –me sobra el prólogo, y la secuencia de baile final se me antoja demasiado larga: claro que la función logra acabar en lo alto cuando proyectan ese texto final tan inspirado e inspirador…-; pero tiene alicientes más que suficientes como para ser una propuesta que hay que ver: tiene riesgo, variedad y originalidad.

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Juan Ceacero – en un par de días les cuento su estupenda interpretación de La Noche Justo Antes de los Bosques de Koltés, en los patios de Conde Duque, que coincidió en fechas con estas representaciones-  dirige sobre una escenografía que evoca un salón rancio, tan escapado de otro tiempo –buena escenografía de Paola de Diego- y que se acaba transformando en tantos y tantos espacios. Su puesta en escena – pasado ese prólogo en el que parece que las cosas no terminan de arrancar- tiene ritmo implacable y consigue que los dos intérpretes se multipliquen – las más de las veces en tiempo record- en multitud de personajes, que implican una caracterización no solo actoral, sino también física y de vestuario –nuevamente, variado trabajo de Paola de Diego-; al tiempo que sabe integrar bien los distintos recursos narrativos que pide la pieza – porque, además de teatro y danza, hay mucho texto proyectado y no pocas escenas en vídeo-. La labor de ambos actores es agotadora, y ambos echan el resto tanto en las escenas más esperpénticas – muy conseguidas- como en aquellas de corte más físico o poético: Fernando Delgado-Hierro – que, cerrando el círculo, sirvió de apoyo a Javier Lara en Scratch y ahora se erige aquí en protagonista y motor de la acción, de su propia historia- y Pablo Chaves se lanzan sin red a dar cuanto tienen en un trabajo en el que se ve con nitidez que les va empleado mucho más que algo meramente interpretativo: esto es, efectivamente, un exorcismo individual aupado a categoría de catarsis colectiva.

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Los Remedios llamó no sin razón la atención de los que la vimos en sus primeros pases, el boca a boca hizo su trabajo, las entradas volaron y seguramente volverá. No será una novedad –es generosa a la hora de homenajear y no esconder sus referentes-; pero es una buena muestra de diálogo de estilos y disciplinas y rabiosamente moderna, aun manteniendo una clara voluntad de contar. Además, está bien ejecutada y, entre las muchas ideas que arroja, se impone una: no podemos ni formar una identidad ni mucho menos contarla sin el otro; tenemos necesidad del otro. Se puede salir de ver Los Remedios pensando en muchas cosas, pero a mí me invadió esa certeza –en gran parte por la potencia del texto final-. Volverán, seguro.

H. A.

Nota: 4/5

 

“Los Remedios”, de Fernando Delgado-Hierro. Con: Fernando Delgado-Hierro y Pablo Chaves. Dirección: Juan Ceacero. EXLÍMITE.

Sala Exlímite, 8 de Junio de 2019

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