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‘Cinco Horas con Mario’, o pura arqueología teatral

junio 11, 2019

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Nada menos que cuarenta años exactos desde su estreno en noviembre de 1979 –que se dice pronto: muchos de nosotros ni habíamos nacido…- lleva Lola Herrera interpretando a Carmen Sotillo en la adaptación teatral de Cinco Horas con Mario, novela que Miguel Delibes publicase allá por 1966. Desde luego, pocos casos tan singulares como este se pueden encontrar en el teatro español, de una actriz tan profundamente ligada a un personaje que ha retomado una y otra vez a lo largo de toda su carrera, y que es ya un símbolo de nuestra historia teatral. Durante una última gira, allá por 2002, Herrera retomó el personaje tras una docena de años sin hacerlo y se daba por hecho que sería la última vez; y más aún cuando en 2010 pasó el testigo a Natalia Millán, que se puso un par de años en la piel del personaje. Sin embargo, incombustible, Herrera ha retomado una vez más el personaje desde 2016 –y ahora de nuevo en gira por toda España-, siempre en la adaptación de Josefina Molina y José Sámano, que dirige Molina: parece que, ahora sí, por última vez.

Estamos, por encima de todo, ante un ejercicio de historia viva de nuestro teatro, y eso no se puede discutir. Cinco Horas con Mario ha marcado una página no solamente en la carrera de Lola Herrera, sino también en la historia de nuestro teatro reciente –y tal vez no tan reciente-. Ya solo por eso se justifica la enésima reposición, para los que la quieran recuperar y para que aquellos que no hayan podido verla antes puedan visitar el espectáculo. Ahora bien, también hay algo interesante en revisitar una propuesta escénica que lleva en pie la friolera de cuatro décadas: ¿cómo funciona hoy? ¿cómo se recibe? Tal vez esta sea la pregunta más interesante que debemos hacernos cuando nos enfrentamos –o volvemos a enfrentarnos- a un texto escrito en 1966 y a un espectáculo estrenado en 1979. Desde luego que todo ha cambiado –la manera de recibir el texto y lo que cuenta, el modo de encajarlo; los códigos interpretativos y hasta los lenguajes teatrales- y, en este sentido, la intención de calcar en cierto modo la propuesta original no deja de tener sus riesgos: se apuesta por la tradición pura; casi podríamos decir por un enfoque arqueológico del espectáculo, y esto puede tener sus pros y sus contras. Lo que está fuera de toda duda es que a Herrera –que sigue entregada y al pie del cañón, incansable tras tantos años enfrentándose a Carmen Sotillo- le sobran tablas y oficio para sacar adelante una función que –pese a su exigencia- no parece generarle el menor problema, porque se nota que la lleva tatuada en la piel.

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Cuando Miguel Delibes escribe Cinco Horas con Mario en 1966 opta por dar voz al personaje de Carmen básicamente para pasar la censura: la historia del profesor y periodista idealista y progresista, muy adelantado a su tiempo, seguramente hubiera escocido al Régimen, y es por ello por lo que la historia se cuenta desde el punto de vista de la mujer conservadora, la mujer a la sombra, la mujer acomodada en su papel de esposa y madre a la sombra de un marido. Podríamos decir a primera vista que Carmen Sotillo peca de conservadurismo social; pero, vista desde hoy, también podemos leer en ella el papel de la renuncia de la mujer que tal vez quiso y no pudo –no en vano nos habla de anteriores opciones amorosas que no terminaron de cuajar-, ahogada en un matrimonio que claramente no funcionaba, porque Carmen Sotillo y Mario son eso: agua y aceite, ying y yang. Desde luego que Cinco Horas con Mario es una obra hija de su tiempo –y en su tiempo hay que encajarla para comprender la dimensión crítica que plantea Delibes-; pero hoy –54 años después de su primera publicación- no podemos evitar ni enfrentar ciertas situaciones desde la risa –cariñosa las más de las veces- que producen la distancia y el paso del tiempo; ni sentir cierta lástima por Carmen, que más que una mujer conservadora hoy es una mujer que afronta el papel que le ha tocado vivir por sociedad… Una resignada, casi diríamos. Este nuevo prisma, este cambio a la hora de recibir lo que cuenta la novela, es uno de los primeros hechos que nos pueden llamar la atención de revisitar este texto: el contexto ha cambiado, la forma de recibirlo ha cambiado y se ha convertido en una historia de su tiempo. No es mala señal, claro; pero es algo que inevitablemente sucede.

La puesta en escena parece pretender retomar la propuesta de años atrás – no sé cuánto queda del original de 1979, pero bien podríamos decir que mucho-; y por eso debemos verla como una recreación histórica. ¿Se queda algo anticuada la propuesta de Josefina Molina? Es posible que así sea. En primera instancia, da la impresión de que Molina confía tanto en el trabajo de Herrera que ha decidido hacerse a un lado y dejarla hacer y ser. Es un camino, sin duda; y funciona. La caracterización física que han conseguido implantarle a Herrera es encomiable –obviamente no aparenta ni por asomo los cuarenta y pico años que tiene el personaje; pero la caracterización es mucho más que digna-; pero la puesta en escena quizá peque de demasiado minimalista –hasta incluso demasiado estática- y desde luego tiene elementos de verdadero horror vacui –esos tonos generales en violeta, culminados por ese féretro mortuorio violeta- que deberían revirarse cuanto antes. Entiendo el ejercicio de arqueología que se debe haber querido plantear con este montaje –hacer una puesta hiperclásica, incluso una puesta que recuerde a otras anteriores, y que demuestre que eso todavía vale-; pero también me queda la duda de saber qué hubiera pasado si Herrera se hubiese puesto en manos de otra dirección para abordar la propuesta desde un nuevo prisma. No me refiero, claro, a una adaptación moderna; sino a un acercamiento que no pretendiese tanto calcar lo que fue.

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¿Cómo entender que a una actriz con la edad –84 años nada menos- y los años de carrera de Lola Herrera parezca no pesarle un monólogo de 90 minutos? Asumiendo tres conceptos sobre los que ya he hablado algo más arriba: tiene tablas, oficio y el personaje cosido a la piel: parece que el asunto le saliese solo. Y debe amar esto del teatro: antes de comenzar la representación se presenta ante el respetable y anuncia que, aunque tiene un notorio problema en uno de sus ojos, hará la función “porque no veo por qué Carmen no va a poder mirar a Mario solo con uno de sus ojos”. Esto nos demuestra su amor por la profesión, que es una profesional incombustible, y nos debería bastar para justificar la representación. Podríamos añadir la voluntad férrea que demuestra el mantener un personaje en repertorio durante 40 años y quererlo seguir haciendo, mantener las ganas y mantener la ilusión como ocurre en este caso: no hay muchos más casos en la historia de nuestro teatro reciente. En su acercamiento actual a Carmen, oportunamente ofrece una lectura más íntima, más sosegada, más resignada; que huye del lloriqueo plañidero en el que podría haberse convertido la cosa y se apoya en la tranquilidad, en la resignación ante la pérdida que ayuda a potenciar por ejemplo las no pocas ráfagas de ironía presentes. Parece consciente del cambio de códigos en estos 40 años –¿cuántas actrices de su generación hubiesen abordado esto, aún hoy, desde lo que daríamos en llamar el modo primera actriz, con todo tres escalones por encima de la verdad? Afortunadamente no es lo que hace-; y también parece que aborda el personaje desde la madurez personal que le da la experiencia de toda una vida. Se agradece, y nuevamente demuestra el oficio, las tablas y –no podía ser de otra forma- la profundización en el personaje que permite abordarlo a lo largo de toda una carrera. El uso de microfonía –y más aún en un monólogo de estas características- me parece más discutible; pero es más una cuestión de montaje que de actriz.

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En definitiva, la presente gira de Cinco Horas con Mario –con las tres sesiones a reventar- sirve para revivir algo que ya ha marcado una página de nuestro teatro contemporáneo, revisitar un texto que, visto desde hoy, puede llevarnos por nuevos derroteros y comprobar cómo todo es posible si se tiene el personaje tan mimetizado como le ocurre a Herrera con Carmen Sotillo. ¿Hubiera sido interesante tal vez un reenfoque, o dejar la dirección en otras manos? Puede, pero hay que entender esta reposición como el trabajo arqueológico que es y, desde ahí, quedarse con los valores que tiene –que los tiene, y muchos-.

H. A.

Nota: 3.25/5

 

“Cinco Horas con Mario”, de Miguel Delibes. Versión de Miguel Delibes, Josefina Molina y José Sámano. Con: Lola Herrera. Dirección: Josefina Molina. SABRE PRODUCCIONES / JOSÉ SÁMANO / PENTACIÓN ESPECTÁCULOS.

Teatro Rosalía Castro, 2 de Junio de 2019

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