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‘Lear (Desaparecer)’, o experimentar con la memoria

junio 6, 2019

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Los Números Imaginarios –compañía de teatro inmersivo y experimental que lidera Carlos Tuñón- se ha formado por derecho un nombre propio en apenas unos años. Con sus espléndidos acercamientos a clásicos como podrían ser La Cena del Rey Baltasar o  Hamlet entre Todos –siempre con formatos como mínimo particulares-, con apuestas más rompedoras –La Última Noche de Don Juan o Hijos de Grecia, mastodónticas funciones de varias horas de duración que se realizaron en Alcalá pero que no alcancé a ver- e incluso con potentes lecturas de teatro contemporáneo en formato más convencional – aquella estupenda versión de Animales Nocturnos de Juan Mayorga-. Ahora, en coproducción con Bella Batalla – compañía responsable de éxitos recientes de teatro contemporáneo como aquel particular acercamiento a Pinter con El Amante o Un Roble, el espectáculo sobre texto de Tim Crouch que se ha mantenido en cartel durante prácticamente toda la temporada, y que ya anuncia su vuelta- proponen Lear (Desaparecer) una función más o menos inmersiva y digamos experiencial que parte del Rey Lear shakesperiano para explorar la pérdida –del poder, de la razón, de la conciencia, de la memoria…- a través del mundo del Alzheimer. Para ello, este espectáculo –sobre una dramaturgia de Gon Ramos– se inició con una serie de talleres en los que el equipo creativo trabajó con personas diagnosticadas de Alzheimer y sus familiares; que también formarían parte –si así lo deseaban- de las funciones. El resultado de Lear (Desaparecer) es un trabajo de corte decididamente experimental; que se aleja del clásico de Shakespeare para armar una experiencia abierta, de imágenes poéticas, de momentos, que cambiará cada día y cuyo resultado final dependerá no sólo de los cambios que implique la dramaturgia –imposible ver dos funciones iguales- sino también del lugar al que los hechos lleven al público –que esta vez, en líneas generales, es requerido para una participación más mental, más pasiva que en, por ejemplo, Hamlet entre Todos-.

Se nos recibe en un salón de baile en el que se nos entrega un periódico que anuncia a bombo y platillo la abdicación del rey Lear, que dividirá el reino entre sus tres hijas. Ante un micrófono –abierto al público- se van leyendo diversos titulares que aparecen en el amplio periódico, y somos invitados a acercarnos a él y completar con lo que queramos la frase “en mi reino veo…”. Primera interacción del público, primera creación de un clima y primera acción abierta de un montaje en el que de pronto, se nos invita a trocear los periódicos, a hacerlos añicos y generar con ello un primer paisaje visual. Sobre el suelo plagado de papeles de periódicos empieza un baile largo al que todo el público es invitado a formar parte, tanto por Lear como por su bufón – en todas las representaciones encarnado en Nacho Aldeguer-. Seguidamente, el rey Lear –matiz: cada día interpretado por un actor o actriz diferente de entre todos los que conforman la compañía- subasta tres partes de su reino entre todos los asistentes al evento, que deben declarar el por qué del amor que sienten hacia el padre. Será Cordelia –nuevamente matiz: cada día interpretada por un actor o actriz distinto de entre los que forman la compañía- la única que no vea necesario expresar la sinceridad del amor que siente hacia su padre, por lo que será desterrada. Hasta aquí – y eludiendo la participación del público, que prolongará más o menos la representación- la cosa sigue más o menos fielmente la estructura de Lear. Siguen breves parlamentos de los hijos acerca de la locura que asola al padre y cómo gestionarla; y, desde este punto, la función se abandona al terreno de lo sensorial, erigiéndose en un juego de imágenes, de sensaciones que evocan la pérdida de memoria, de dignidad, de visión, de cordura… Con lo que el espectáculo – que conserva, por ejemplo, buena parte del encuentro entre Lear y Kent- se aleja decididamente de Shakespeare para convertirse en una experiencia sensorial, vital, mental y participativa en la que cada actor tiene su texto, el público podrá participar –algunos de forma activa, otros de forma más pasiva- y la danza, lo sensorial y el recuerdo cobran mayor relevancia. Al final – y sin que la tragedia de Lear, de la que la cosa se aleja más y más cada vez, haya terminado de narrarse- cada espectador será invitado a gestionar su propia memoria, en un desenlace que llevará a vivir experiencias –compartidas o íntimas- individuales.

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Desde luego que, si hemos de comparar una con otra, Lear (Desaparecer) tiene una mayor voluntad experimental, de experiencia y hasta de laboratorio, que la que tenía Hamlet entre Todos. Aquella contaba, en esencia, Hamlet de manera muy original –y con una participación más o menos organizada del público- mientras que este Lear plantea algo mucho más abierto, imprevisible y hasta desorganizado.  Primera e importante diferencia: Hamlet entre todos contaba Hamlet – de un modo particular, sí; pero lo contaba- mientras que Lear (Desaparecer) no cuenta ni pretende contar El Rey Lear, que sólo se toma como motivo conductor o punto de partida. Esto ya va con el gusto de cada espectador, pero quien entre en esta función esperando algo semejante a lo que ocurría en aquella podrá salir desconcertado.

Lear (Desaparecer) maneja un aspecto mucho más mental, como si intentase producir estímulos de diversa clase en el espectador para llevarle a lugares personales que cada uno deberá gestionar, y que tienen su punto álgido en ese final que es más experiencia que nunca. En esta función se ponen muchos factores en juego: la voluntad del público – animado a hacer casi lo que quiera, mientras que en el Hamlet había acciones dirigidas- de jugar o no, la capacidad que tenga la plástica visual –que ofrece momentos muy interesantes- de evocar sensaciones en ese público –insisto, el montaje deja muchos momentos plásticos muy bellos en su sencillez- e incluso la desenvoltura de los actores que interpreten cada noche a Lear – sobre todo, porque es el elemento conductor- y Cordelia. En este sentido, puede que lo que más me interesase de la propuesta – más allá de los recursos plásticos, muy bien aprovechados- fuese la tarde inspirada –inspiradísima, creo que es el mejor trabajo que le he visto- que tuvo Nacho Sánchez como Lear: porque supo manejarse bien para explotar cada recurso, cada estímulo que le proporcionaba el público para hacer la mejor función posible, se entregó a la causa, hizo jugar y jugó sin límites y dio como resultado una función dinámica, que posiblemente alcanzase su cénit en su encuentro con Kent – esta tarde fue ese seguro de vida actoral que responde al nombre de Jesús Barranco, otro que se las sabe todas-: el momento en que Sánchez decidió integrar niños a la escena del relato de Kent dio de sí uno de los momentos más brillantes de la función, ya no por la valentía de Sánchez al jugársela integrando niños – que uno nunca sabe por dónde le pueden salir- sino por el jugo que le sacaron tanto Barranco como Sánchez a la situación. Fue un momento improvisado de gran teatro y fresco; que vino a demostrar efectivamente lo que ya se estaba viendo: que Nacho Sánchez sabía que esa era su función y estaba dispuesto a darlo todo. Hay que ser hábil para jugarla como lo hizo. También Enrique Cervantes se movió con comodidad en sus intervenciones como Cordelia, y Nacho Aldeguer supo intervenir como oportuno agitador del respetable en el rol del bufón y Gon Ramos armar las piezas del puzzle desde su puesto de conductor activo, micrófono en mano. El resto del elenco –Irene Domínguez, Marta Matute, Patricia Ruz, Irene Serrano, Luis Sorolla; con la ausencia en mi función de Alejandro Pau y algunos ganchos colocados entre el público- contribuye con pequeñas intervenciones al funcionamiento de la propuesta.

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Del resto de la función –desde luego más dispersa que Hamlet entre Todos y en la que yo entré menos- me quedo con algunas imágenes atractivas –las hay, como el lecho de Lear-, algunas sensaciones – el momento de corte claramente posdramático de la bailarina Patricia Ruz para evocar la ceguera es interesante, pero se prolonga demasiado-; también con la impresión de que me hubiese gustado que me contasen más el Lear de lo que lo hacen –esto irá en gustos de cada uno-. Desde luego, también esperaba que el universo del Alzheimer se explorase en mayor profundidad; máxime cuando se ha trabajado en talleres de larga duración: en apariencia es un elemento más de la propuesta escénica, una línea que se evoca sin llegar a profundizar en ella, por más que al final cada espectador sea invitado a jugar con su propia memoria, o con su propio olvido. En este aspecto, el desenlace en forma de carta y acción individual, sin embargo, logró empujarme a un punto personal de desasosiego –¿o quizá debería decir de paz interior? – que me hizo salir del espacio en un estado diferente al que entré.

¿Le sobra metraje a Lear (Desaparecer)? –en mi función dos horas y tres cuartos, frente a las cinco horas que duraba Hamlet entre Todos- seguramente. ¿Puso Hamlet entre Todos el listón demasiado alto? También puede ser otra razón. Desde luego, hay que aplaudir que Tuñón y su equipo no hayan querido hacer algo ni remotamente semejante a aquello y se hayan ido por un terreno mucho más arriesgado, más complejo y más experimental. Hay más riesgo en la propuesta – también una mayor voluntad de deconstrucción, y hasta de acumulación de elementos-, pero el resultado no siempre funciona como algo inolvidable. Tiene sin duda momentos, uno se siente cómodo –en este tipo de propuestas nunca es fácil- y, en esta función pudimos observar a Nacho Sánchez en todo su potencial, sospecho que engrandeciendo de modo particular el resultado final. La sensación final es la de que Lear (Desaparecer) es interesante en su riesgo, pero pierde enteros en su voluntad de fragmentación: de Hamlet entre Todos salí con la sensación de haber visto una genialidad – y después de haber hecho con gusto todo cuanto se me pidió-; aquí, sin embargo, me costó más entregarme al juego, y el resultado final se quedó en una arriesgada curiosidad que salpicó algún momento de emoción, reconociendo, eso sí, la gran tarde que tuvo Nacho Sánchez en un cometido dificilísimo o algunos –bastantes- momentos de bella plasticidad visual en su sencillez.

H. A.

Nota: 3/5

 

“Lear (Desaparecer)”, dramaturgia de Gon Ramos a partir de William Shakespeare. Con: Nacho Sánchez, Enrique Cervantes, Nacho Aldeguer, Gon Ramos, Patricia Ruz, Jesús Barranco, Irene Doher, Marta Matute, Luis Sorolla e Irene Serrano. Dirección: Carlos Tuñón. [LOS NÚMEROS IMAGINARIOS ENSAMBLE] / BELLA BATALLA / TEATROS DEL CANAL.

Teatros del Canal (Sala Negra), 26 de Mayo de 2019

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