Saltar al contenido

‘Shock (El Cóndor y el Puma)’, o ¿el capitalismo nos hará libres?

mayo 28, 2019

SHOCKCARTEL.jpg

El Centro Dramático Nacional tira la casa por la ventana para ofrecer la que posiblemente sea su más ambiciosa apuesta de la presente temporada: Shock (El Cóndor y el Puma), un espectáculo de teatro documento de grandes dimensiones en el que Andrés Lima –recuperando la esencia de Animalario- se une a otros tres dramaturgos de relumbrón para ofrecer un espectáculo que parte de hechos reales bien conocidos por todos para trazar una honda radiografía política, económica y social. En este sentido Shock recupera de algún modo –por su estructura y por el sabor de la puesta en escena- la esencia de la recordada Urtain; pero, esta vez va más allá: el propósito es más ambicioso, la meta más amplia y los medios puestos al servicio de la función de altos vuelos. El resultado, un espectáculo quizá un punto excesivo en su extensión; pero visual y actoralmente deslumbrante, que nos devuelve la esencia del mejor Andrés Lima y ofrece un teatro documental y político decididamente comprometido, sin perder de vista la voluntad de hacer buen teatro.

SHOCK5.jpg

Shock (El Cóndor y el Puma) toma como punto de partida el libro La Doctrina del Shock –de Naomi Klein-, en el que se relacionan las investigaciones psiquiátricas de Donald Hebb y Ewen Cameron con el ultraliberalismo que promulgaba la Escuela de Chicago, con Milton Friedman a la cabeza, cuya misión era instaurar a toda costa el capitalismo a nivel mundial. Como resultado, ya saben, los golpes de Estado en Chile y Argentina. Durante casi tres horas de espectáculo Shock ofrece un recorrido panorámico –y a veces mucho más que eso- que avanza en todas direcciones desde la progresiva proliferación del neoliberalismo americano en los 50 a las terribles consecuencias generadas en toda Latioamérica en los años posteriores debido a este plan. Por el universo de Shock (El Cóndor y el Puma) respiran la caída de Salvador Allende ante el golpe de Estado de Augusto Pinochet, la muerte de Pinochet, los pactos entre Nixon y Kissinger; la Dictadura argentina de Jorge Rafael Videla, la sombra de la Plaza de Mayo, el espíritu del Mundial Argentina 78 como revulsivo para acallar a la población en un momento de máxima tensión en Argentina, el polémico encuentro entre Pinochet y Margaret Thatcher en 1999. El terror expuesto en toda su extensión, en un espectáculo que abarca lo inabarcable y trata de indagar en los motivos reales –¿experimento? ¿conspiración? ¿conflicto de intereses?- que pudieron provocar tal hecatombe mundial. ¿Estaba todo preparado por intereses más o menos externos –los americanos- que buscaban hacer estallar el sistema ajeno en su propio beneficio? ¿No midieron las consecuencias? ¿Se les fue de las manos? ¿O tal vez el terror generado acabó siendo beneficioso para ellos y por eso miraron suavemente hacia otro lado? Shock expone hechos y deja todas estas preguntas flotando en el ambiente. Y, en el centro de todo, planea la sombra del capitalismo voraz; ese capitalismo que puso el mundo patas arriba ayer y que aún hoy podría seguir devorando todo si nada ni nadie lo detiene. Y todo en base a hechos reales, demostrables y perfectamente probados… Uno sale de ver la función con una sensación inquietante, como mínimo; por la veracidad que sabemos que tiene.

SHOCK1

Shock (El Cóndor y el Puma) se estructura en un prólogo, cuatro piezas y un epílogo; y está escrita por Albert Boronat, Andrés Lima, Juan Cavestany y Juan Mayorga. Ahí es nada. Es, desde luego, ambiciosa por todo lo que quiere abarcar y honesta en su voluntad de limitarse a exponer unos hechos que no aparecen ni sesgados ni expuestos de manera tendenciosa. Como el buen teatro documento –e incluso a pesar de que aquí se han construido piezas de ficción a partir de la realidad- Shock nos lanza los datos, nos lanza preguntas e interpela constantemente al espectador para que reflexione; pero será cada uno –posiblemente aún abrumado por la dimensión de lo que acaba de presenciar  y la cantidad de información recibida- quien deba sacar sus propias conclusiones, como si los autores nos dijesen: “todo esto ha ocurrido, preguntémonos por qué e intentemos frenar que vuelva a ocurrir”. Resulta asombroso que, en apenas tres horas de función se pueda contar todo lo que se cuenta, sin que el ritmo decaiga y de manera que todas las piezas y todas las historias acaben encajando en un todo sólido, del mismo modo que es muy de agradecer esa voluntad de mostrar e informar sin buscar nunca aleccionar.

SHOCK4.jpg

Se nota –y hasta creo que se agradece- la mano de diferentes dramaturgos, diferentes estilos narrativos y diferentes formas de acercarse a los hechos; pero, en conjunto, el todo acaba teniendo una sensación de unidad que se agradece. Es cierto que el arranque del espectáculo –que, tras mostrar la caída de Salvador Allende, retrocede para ofrecer un buen número de explicaciones de carácter más científico sobre las doctrinas del shock- puede resultar un punto más árido y más lento; e incluso que haya secuencias de ese inicio susceptibles de ser recortadas –siento que la escena se prolonga en demasía-, pero también es verdad que hacia la mitad de la primera parte el asunto coge impulso y avanza imparable e implacable. Cuenta Shock con un buen número de hallazgos textuales, entre los que podríamos destacar toda la escena en Whasington 1970 –por la que pululan Nixon, Kissinger y hasta el mismísimo Elvis Presley, dispuesto a prestar su servicio a la nación-, la posterior escena entre Nixon y Kissinger, el momento que entrelaza magistralmente el jolgorio del Mundial Argentina 78 con las voces desesperadas que reclaman justicia, el delirante encuentro entre el ya avejentado matrimonio Pinochet y Margaret Thatcher; el espeluznante testimonio de un torturado; o lo bien plasmado que está la toma del Palacio de la Moneda. A pesar de ese espíritu de labor de conjunto, esta vez el programa no esconde quién ha escrito qué, por lo que cada uno podrá buscar a quién pertenecen los fragmentos que más le interesen. Insisto, aunque sienta que todavía es susceptible de recortarse –el espectáculo se acerca a tres horas con una pausa, y posiblemente se pudiese contar lo mismo en, digamos, dos horas y veinte/dos horas y media- pero el conjunto cumple con su ambiciosa función de cubrir todo lo que quiere cubrir, y consigue mantener el equilibrio rítmico entre el teatro documento y un texto que aporte situaciones dramatúrgicamente atractivas: una cosa no ha de estar reñida con la otra; y en Shock (El Cóndor y el Puma) se logra ese objetivo con creces.

SHOCK2.jpg

La puesta en escena de Andrés Lima arma un espectáculo que tiene todas sus señas de identidad, con su acostumbrada espectacularidad, pero con el exceso bien matizado. Dispone al público alrededor del espacio – digamos a modo de plaza de toros o estadio de fútbol- y en el centro sitúa una plataforma giratoria en la que tiene lugar gran parte de la representación, al tiempo que va introduciendo diferentes elementos –un piano, sofás, sillas…- para completar el espacio. Además, cuatro grandes pantallas dispuestas a ambos lados de la grada, ayudan a contextualizar espacios y acciones, muchas veces con material documental real que se superpone a la acción dramática. En definitiva, el espacio escénico que ha diseñado Beatriz San Juan puede parecer sobrio a primera vista; pero su particular idea –por la posición del público y el uso del giratorio- permite jugar no ya con el ritmo y el sentido de los planos; sino incluso con el propio público, integrado en la acción cuando es pertinente. La videocreación de Miquel Ángel Raió sabe integrarse bien en el conjunto; y el espacio sonoro de Jaume Manresa –muy bien evocado el bombardeo sobre el Palacio de la Moneda, por ejemplo- es de altos vuelos. Además, la propuesta regala una cercanía con los hechos que es muy de agradecer.

SHOCK7.jpg

El montaje es puro Andrés Lima en su voluntad de mantener un ritmo frenético que encabalga las escenas; pero a la vez sabe dirigir la mirada del público allá donde conviene a cada momento, para realizar las transiciones de manera limpia. Hay un ambiente por momentos irónico y hasta festivo a la hora de observar algunos acontecimientos –“Freedom”, de George Michael, resuena una y otra vez casi como un mantra; y el retrato del encuentro entre los Pinochet y Margaret Thatcher está mirado con una sátira impresionante-; pero esa cierta sensación de distanciamiento puede servir para relajar al público, facilitar las transiciones, o incluso para jugar con diferentes planos narrativos: el momento en el que el horror de la Dictadura Argentina se solapa una y otra vez, casi hasta lo enfermizo, con los ecos del Mundial de Fútbol, con Kempes reconvirtiéndose en Videla una y otra vez mientras resuenan los ecos del relato de Hebe de Bonafini es un gran instante de teatro. Desde luego que el dispositivo escénico es visualmente espectacular; pero Lima tiene el acierto de saber equilibrar escenas de conjunto –incluso impregnadas de música y ritmo: aquí hay espacio para George Michael, las Spice Girls; pero también ecos explícitos como las voces Víctor Jara o Violeta Parra- con instantes más íntimos que permiten el lucimiento incuestionable de los actores y dejan espacio a momentos más íntimos, como el extenso y explícito monólogo del doctor Walter Fernández, torturado a pesar de que no se había formulado acusación alguna en su contra, es un momento de cruda intimidad; como lo es el alegato final de esa mujer que mira las estrellas mientras recuerda y evoca tantas cosas. En esta capacidad de equilibrio –decisiva por el ritmo y por la expectativa que genera ante cómo pueda ser la escena siguiente- está otro de los grandes atractivos de un montaje muy bien planteado –aunque quizá algo pasado de metraje-.

SHOCK3.jpg

El trabajo del sexteto actoral me parece de una extrema exigencia, sencillamente agotador. Han de repartirse casi 50 personajes a lo largo de casi tres horas de función, con cambios a velocidad de crucero, tanto de vestimenta como de tono, carácter e incluso acento –no en todos los casos aparece igual de logrado, pero el asunto de los diversos acentos que aparecen en la pieza está trabajado a conciencia, sin duda alguna-. El montaje no les da un instante de respiro, y todos forman parte activa de la propuesta durante gran parte del metraje. Sólo por la labor de conjunto ya merecen un aplauso grande; pero hay que destacar el espléndido trabajo de Ernesto Alterio –que posiblemente dé en este montaje algunos de los mejores momentos de toda su carrera actoral: sobre todo en su espeluznante personificación de Videla, en el desgarrador monólogo de Walter Fernández o en el emocionante momento en que da vida a Víctor Jara- o la poliédrica capacidad de Natalia Hernández para transitar de la farsa al drama más descarnado, explorando códigos en los que nunca la había visto antes: su llanto es del de verdad –y la tuve llorando a una butaca de distancia…- y su monólogo final de la mujer que recuerda mirando a las estrellas, estremece. De María Morales podemos destacar el contraste entre su sentida Hebe de Bonafini y su tremenda encarnación de Margaret Thatcher –de esos momentos que permanecen imborrables en el recuerdo-, intentando hacerse entender con Pinochet por medio del torpe pero desternillante traductor que encarna Juan Vinuesa –que antes habrá dado vida a un paródico Milton Friedman y a un tan sólido como inesperado Kissinger-. Ramón Barea aporta solidez y rotundidad a roles tan tremendos como Salvador Allende o Augusto Pinochet –acaso sea el actor del conjunto que menos se aproxima a clavar los distintos acentos que le caen en suerte- y Paco Ochoa completa con acierto el conjunto, aportando seguridad a toda una serie de roles de apoyo que interpreta y la misma seguridad que sus compañeros. La función, como digo, exige una labor de conjunto tremenda y milimétrica, a la que todos se prestan sin titubear; del mismo modo que todos encuentran momentos de lucimiento personal en un montaje que dista de ser fácil: es una suerte contar con este elenco en el que se nota el trabajo de equipo que se ha generado.

SHOCK6

Shock (El Cóndor y el Puma) es un montaje importante por lo que abarca, por el lugar honesto desde el que lo hace; por la espectacularidad –absolutamente pertinente- de la puesta en escena y por la implicación de todos cuantos forman parte del espectáculo para dar el mejor resultado posible. Recupera el espíritu del mejor Andrés Lima –el de los mejores tiempos de Animalario- y, aunque seguramente acepte recortar algunos fragmentos –reconozco que el inicio se me hizo un poco cuesta arriba- pronto toma impulso para convertirse en la gran propuesta que es. Pero, por encima del teatro mismo, puede que la grandeza de Shock (El Cóndor y el Puma) radique en la cantidad de hechos históricos y material que revisa para la reflexión. Por más que ya conozcamos la historia, uno abandona el teatro todavía espantado, preguntándose una y otra vez cómo ha podido pasar todo eso. En esa sensación final posiblemente esté la mayor grandeza del montaje.                   

H. A.

Nota: 4.25/ 5

 

“Shock (El Cóndor y el Puma)”, de Albert Boronat, Andrés Lima, Juan Cavestany y Juan Mayorga. Dramaturgia: Albert Boronat y Andrés Lima. Con: Ernesto Alterio, Ramón Barea, Natalia Hernández, María Morales, Paco Ochoa y Juan Vinuesa. Dirección: Andrés Lima. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro Valle-Inclán, 22 de Mayo de 2019

Anuncios
No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: