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‘Tres Sombreros de Copa’, o como una resaca después de la borrachera

mayo 24, 2019

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Recuperar los grandes títulos clásicos del teatro español es sin duda un deber y una obligación; y el Centro Dramático Nacional es la institución más indicada para hacerlo. Desde luego que cualquier autor puede tener todo el interés, según en qué manos caiga y el enfoque que se le dé al material. Habrá quien pueda identificar erróneamente –con toda seguridad en base a ciertos montajes más o menos recientes- nombres como el de Miguel Mihura a un teatro decadente, pasado; hasta polvoriento y casposo. Pero nada que ver. La presente producción de Tres Sombreros de Copa –una función escrita en 1932 pero estrenada en 1952- resulta espléndida no sólo por su impecable factura; sino también – y, sobre todo- por lo fino que hila la directora Natalia Menéndez a la hora de leer la función y trasladar su lectura a las tablas. De hecho, en Tres Sombreros de Copa, Miguel Mihura le da una patada en el estómago a lo que podríamos llamar la alta comedia para escribir una obra de tintes absurdos y surrealistas, que esconde un drama que subyace y amenaza con salir a la superficie en cualquier momento, por más que todos los personajes se empeñen en evitar que salga. Hay mucho humor en la función; pero también una pátina melancólica y hasta dramática que debe estar presente hasta estallar en el desenlace: ahí está una de las claves que consiguen engrandecer este texto a la categoría de lo que realmente es; algo mucho más complejo de lo que parece. Mientras muchas producciones de esta obra se quedan en la superficie, Natalia Menéndez se la juega y propone un montaje no sólo lujosísimo en lo estético, sino también capaz de leer la pieza en toda su verdadera dimensión: después de todo, Tres Sombreros de Copa es una historia de perdedores, de personajes con expectativas frustrantes y frustradas que, por un momento, parecen querer escapar de su realidad… Algo así como la gran e inevitable resaca que sigue a una gran y festiva borrachera. Y algo de eso hay en esta función.

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Dionisio, un burguesito de 27 años, va a pasar en un hotel de provincias la noche anterior a casarse con su novia de toda la vida. El dueño del hotel –que trata a los huéspedes con un aire casi paternal en recuerdo del hijo que perdió en un accidente hace años- le acomoda la habitación y le incita a descansar. Así que Dionisio se echa en la cama y se dispone a dormir, esperando la mañana de su boda… Pero la aparición de una troupe de circo y variedades que también se hospeda en el hotel –comandada por la joven Paula- abrirá los ojos de Dionisio a otra realidad posible, salpicado por ese sentimiento de alegría de vivir, de la compañía de variedades. A lo largo de lo que dura esa noche, Dionisio se contagiará de la fascinación onírica que transmiten los artistas: un mundo más pobre, pero tal vez un mundo feliz porque se aspira a menos cosas… ¿y si otra vida fuera posible lejos del encorsetado matrimonio que le espera? También Paula, la joven e idealista artista atada a su novio Bubby –otro de los miembros de la compañía- y acostumbrada a tener un amigo en cada sitio pero un novio en ninguna parte, verá en la plácida tranquilidad de Dionisio una opción de replantearse su vida. ¿Y si el verdadero amor pudiese existir para ella? ^y si Dioniosio pudiese eludir sus obligaciones burguesas y entregarse a la vida de la farándula? Los polos opuestos, desde luego, se atraen, las mentiras están a la orden del día; y, al menos por una noche, entre realidad y sueño, todo parece posible para estos personajes que portan su propio drama a cuestas. Es una noche de locura, de surrealismo, de embriaguez… Lástima que, como en la vida real, después de la embriaguez, venga el peso de la resaca; de la que tampoco estos personajes pueden escapar.

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Miguel Mihura escribe a primera vista una comedia puramente absurda, surrealista; de tintes incluso delirantes en algunas de sus concesiones y, desde luego, bastante adelantada a su tiempo. Tres Sombreros de Copa sigue interesando hoy por lo alocado de las situaciones –que superan con mucho lo que podríamos dar en llamar una comedia de puertas para navegar por el más puro absurdo- y lo ocurrente de unos diálogos que, además de divertidos; hoy podrían ser mirados como políticamente incorrectos  Dionisio pregunta a Buby si “hace mucho tiempo que es usted negro”… ¡en 1932! ¿Se imaginan la que se podría liar por este diálogo si se escribe hoy?-. De entrada, el texto mantiene mucha más vigencia de la que puede parecer: el absurdo funciona como arma cómica y algunas cosas parecen oportunísimas, como recién escritas. Por otro lado, la, inteligencia de Mihura radica en tapar convenientemente –por medio del mundo festivo, excesivo y colorista que propone- tanto su crítica a la alta burguesía de su época –fijémonos en tres ejemplos: Dionisio parece un hombre sin verdadera voluntad propia; el Odioso Señor no es más que una suerte de proxeneta que se quiere aprovechar de Paula; y el suegro de Dionisio, Don Sacramento, un tipo absolutamente plegado a esa sociedad en la que le ha tocado vivir y un calzonazos…- como el drama que esconden unos personajes que están presos o de sus circunstancias o de la sociedad que les ha tocado vivir. Todos tienen lo suyo: el dueño de la pensión con su hijo muerto, Paula inconsciente de su propia realidad y soñando con un futuro imposible, los cómicos centrados en su mundo de artisteo para escapar de quién sabe qué… y podríamos seguir uno a uno. Desde luego que Tres Sombreros de Copa es una comedia; pero diría que es una comedia muy dramática: quedarse en la primera capa cómica es renunciar a la profundidad que, desde luego, tiene; y el gran acierto de este montaje es que, sin renunciar a su aire festivo y chispeante –la función es una fiesta- tiene una constante sombra de decadencia que parece advertirnos que todo se puede derrumbar en cualquier momento.

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El montaje de Natalia Menéndez –que dedica la función a su padre, el inolvidable Juanjo Menéndez, quien la estrenó como Dionisio en 1952- me parece de una inteligencia extrema. Porque no renuncia a ser clásico en la estética –formidable escenografía practicable de Alfonso Barajas, que va descubriendo nuevos detalles- conforme avanza la representación- ni a mostrar ese aire festivo y excesivo, propio del circo y de las variedades que necesita la pieza –el vestuario de Mireia Llatge es un verdadero despliegue de inventiva- y todo fluye como si de un sueño etílico se tratase. De hecho, en  los momentos más oníricos, Menéndez no teme a solapar planos y acciones, haciendo que la vista no se concentre tanto en el plano central o principal, sino en toda una serie de estímulos secundarios que nos marca: es una opción inteligente y bien ejecutada; válida además para plantear las transiciones. Sin embargo, con muy buen criterio, hay algo en el tono de todo que podría hacer que el sueño se convirtiese en pesadilla de un momento a otro, y ese despliegue onírico tan bello a la vista tiene al mismo tiempo algo de inquietante, con la colaboración de la soberbia iluminación de Cornejo. A pesar de lo bello que resulta todo, del aire de jolgorio y de la alegría de vivir que transmite el todo; algo nos mantiene alerta, intranquilos, con la certeza de que el chaparrón caerá en cualquier momento… Encontrar este punto incluso en la estética no es nada fácil; y demuestra desde luego la inteligencia de la directora, dispuesta a llegar hasta lo más profundo de cuanto contiene la función. Es una comedia, sí; pero también es una obra muy triste, una historia de perdedores… Una resaca después de una borrachera: Menéndez parece plenamente consciente de ello, juega a eso y da en el clavo. Quien todavía crea que esta obra tiene caspa que lavar –que alguno queda- no sabe lo que hay en ella y debería acercarse a ver este montaje, una gran producción que saca lo mejor de este texto.

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La lectura del texto bascula de forma muy oportuna entre lo absurdo, lo onírico y lo decididamente trágico. Hay espacio para la risa, pero durante toda la función vemos también ese velo de inquietud, esa falta de expectativas que lo impregna todo. Nuevamente, es un acierto de una dirección que ha hilado finísimo. También a la hora de escoger un reparto copioso –nada menos que 18 intérpretes en escena, que se dice pronto- en el que todo funciona como un reloj. No falla uno. Lo de la Paula de Laia Manzanares es para quitarse un sombrero, tres sombreros o los que hagan falta: está estratosférica. Desde un físico aniñado, que no renuncia a la sensualidad intrínseca pero nunca cae en la vulgaridad, hasta el tono de jovencita juguetona que todavía cree que lo que defiende es posible, todo brilla en ella: ilumina el escenario con su sola presencia, dan ganas de llevársela a casa; y su escena final con Dionisio, cuando por fin toma conciencia de su tragedia, tiene una verdad y una sinceridad que apabullan, precisamente por lo mucho que se esfuerza en no llorar. Es muy difícil hacer lo que hace y como lo hace. Retengan su nombre. También Pablo Gómez-Pando dibuja bien el viaje de Dionisio, desde el burgués de pocas luces pasando por el hombre superado por esa locura –¡esas carreras hacia el teléfono para evitar que la verdad salga a la luz!- hasta el tipo al que se le cae la venda de los ojos y le gustaría luchar por una quimera, un imposible. Su escena final con Paula es para enmarcar; y, como en el caso de su compañera, el equilibrio que logra entre comedia y drama no es nada fácil. Menuda pareja. De entre el resto de los personajes, todos de menor recorrido, hay que destacar por derecho propio al tronchante Don Sacramento de Arturo Querejeta –¡menudo escenón de comedia se marca!-, el muy medido Odioso Señor de Mariano Llorente –otra interpretación de altos vuelos en apenas unos minutos-, la nostalgia que suscita el Don Rosario de Roger Álvarez lo chispeante que resulta la Fanny de María Besant o la altisonante Madame Olga de Rocío Marín Álvarez – muy en modo primera actriz, como corresponde-; mientras que quizá el Buby de Malcom T. Sitté, aunque sólido, tal vez aún pueda sacar mayor partido de alguna situación cómica: probablemente la dirección lo haya buscado así, huyendo del exceso. El resto del elenco, en roles de menor envergadura, pero que a menudo piden una labor física y gestual muy marcada –hay muchas acciones en paralelo, y el ojo no siempre se fija en la principal-  contribuyen decisivamente al éxito de la propuesta, y por eso es justo mencionar a todos. Son Lucía Estévez, Tusti de las Heras, César Camino, Cayetano Fernández, Alba Gutiérrez, Fernando Sainz de la Maza, Manuel Moya, Carmen Peña, Óscar Allo y Chema Pizarro: vaya para todos su porción de tarta en este éxito.

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Esta producción es, sin duda, un triunfo; incluso más allá de que interese más o menos la obra de Mihura. Porque no ha escatimado en medios, porque cuenta con los elementos propios que debe tener un gran teatro nacional, y porque ha caído en manos de una directora que demuestra tener mucho amor por la obra, escarbando hasta el fondo de la tierra sin miedo a mostrar todo lo que en ella hay. Si todavía creen que Tres Sombreros de Copa tiene algo de rancio y casposo, vayan a ver esta versión y verán cómo al salir su opinión habrá cambiado tangencialmente. Hay mucho drama en esta comedia: feliz resaca después de la borrachera… si pueden. Enhorabuena a todos.

H. A.

Nota: 4/5

 

“Tres Sombreros de Copa”, de Miguel Mihura. Con: Pablo Gómez-Pando, Laia Manzanares, Malcom T. Sittè, Arturo Querejeta, Mariano Llorente, Roger Álvarez, Rocío Marín Álvarez, María Besant, Tusti de las Heras, César Camino, Alba Gutiérrez, Lucía Estévez, Carmen Peña, Chema Pizarro, Óscar Allo, Fernando Sainz de la Maza, Cayetano Fernández y Manuel Moya. Dirección: Natalia Menéndez. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro María Guerrero, 18 de Mayo de 2019

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