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‘Metálica’, o ¿necesitamos amor pudiendo tener sexo?

mayo 19, 2019

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Dentro del ciclo Escritos en la Escena que ofrece el Centro Dramático Nacional el siempre personal Íñigo Guardamino –famoso por construir sátiras corrosivas en torno a asuntos de actualidad, recordemos Castigo Ejemplar, Yeah; Este es un País Libre y Si No te Gusta Vete a Corea del Norte o la más reciente Monta al Toro Blanco– nos ofrece una de sus piezas más logradas con Metálica, una suerte de comedia acidísima futurista que, en el fondo, nos invita a reflexionar sobre la mecanización –o robotización- de los sentimientos humanos, las relaciones y el mundo del sexo. Se han visto muchas historias que reflexionan sobre la integración de lo robótico en nuestra sociedad –y hasta sobre la humanización de lo robótico en un mundo de humanos-, pero Guardamino va con Metálica un paso más allá y se interroga sobre qué pasaría si, en el futuro, la integración de lo robótico terminase por provocar que los humanos nos limitásemos a mecanizar nuestros sentimientos, si es que puede quedar algún tipo de sentimiento real en un futuro en el que los avances tecnológicos lo permiten todo.

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Año 2044. Estamos en un mundo que ha integrado por completo lo tecnológico. Un mundo en el que humanos y robots conviven en perfecta armonía, y en el que lo mismo es posible congelar momentos de recuerdos de un muerto para exhibirlos tras su tránsito a la no-vida y reconfortar así a sus seres más queridos –previo pago, claro- que comprar un robot que nos lo pueda facilitar todo –compañía, escucha, sexo…- previa programación, y sin ningún tipo de sentimiento real, adquirir complementos que detecten automáticamente nuestra necesidad de sentir placer y nos lo den –el spiderfuck, a la orden del día-  o incluso crear robots que sean clones de personas que existen en la vida real, quién sabe si para mitigar el daño que los humanos nos hayan hecho. En este entorno –en el que las fronteras entre humanos y robots son cada vez más difusas seguimos tres pequeñas historias entrelazadas. La de Venti, un joven que da rienda suelta a sus más oscuras fantasías con su muñeca robótica Cindy –una máquina hipersexualizada y programada para no tener sentimientos de ninguna clase y limitarse a complacer y dar placer- con la que alcanza los límites del placer, pero que tiene una torpeza inenarrable a la hora de mantener sexo con chicas reales; la de Jana una joven ingeniera que trabaja en el mundo de la inteligencia artificial y que, incapaz de asumir la ruptura con su novio, decide encargar un robot idéntico a él para sentirse realizada; y la del matrimonio que forman Zoe –de edad indeterminada, madre; pero que parece haber encontrado la fórmula de la eterna juventud- y su esposo Pol, que esconde bajo su carcasa de hombre recto y perfecto incontrolables deseos depravados que tal vez pueda saciar con Juanito, el pequeño asistente robótico de Zoe.

A partir de estas tres historias, que se entrelazan, vamos comprendiendo en qué se ha convertido el mundo en el que vivimos: los robots se han convertido en un complemento indispensable –y normalizado- y ya no hay que trabajarse el amor ni el cariño de nadie… basta con tener un robot –todos tienen uno, es el regalo estrella-, programarlo y dejar que haga lo que nosotros nos propongamos. Ante este panorama, los sentimientos son casi una utopía, el sexo y el placer una mera mercantilización y las relaciones entre humanos se van a pique… Porque, después de todo: ¿por qué va alguien a dejarse herir por un humano si puede obtener todo lo que busca de un robot? Sobre estos ejes se sustenta la implacable trama de Guardamino que lanza algunas preguntas al aire: ¿qué ocurrirá el día que las relaciones interpersonales ya no sean necesarias? ¿qué respeto se le puede tener a un aparato capaz de dárnoslo todo aunque o sienta nada? Ante la normalización de lo excesivo ¿qué sucede cuando no necesitamos aparentar ante el humano que tenemos enfrente, porque sencillamente nos la trae al pairo? ¿Puede existir una sociedad sin sentimientos, completamente deshumanizada? ¿Necesitamos amor pudiendo tener sexo?

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A través de Metálica Íñigo Guardamino, con su habitual estilo ácido, corrosivo y que no deja títere con cabeza, nos presenta una especie de distopía futurista, una suerte de historia de ciencia-ficción que, en un principio, observamos desde la risotada que provoca el exceso existente en todo lo que se ve y se oye… Entramos muy fácil en el juego, casi incrédulos por comprobar cómo se puede hablar tan en serio de cosas tan alocadas y fascinados ante el despliegue de léxico y situaciones delirantes, tan políticamente incorrectas de observar como realistas en su contexto. Nos reímos, ya sea por el exceso; ya sea por la risa floja que provoca la acumulación de situaciones… y, sin embargo, no podemos evitar pensar que no estamos tan alejados de convertirnos en esa sociedad deshumanizada, robotizada y mercantilizada que nos presenta el autor: si la comunicación entre personas es cada vez más complicada y dependemos cada vez más de los dispositivos electrónicos… ¿por qué no vamos a pensar que la ofimática pueda crear este tipo de seres provocando que la sociedad como tal se vaya definitivamente a la mierda? Posiblemente esto sea lo más interesante de Metálica. Para Guardamino, el concepto de robot que planteaba Assimov se ha quedado definitivamente anticuado, y la crisis de valores va mucho más allá: los personajes que pueblan esta obra ya no son parte de una sociedad que podría ser dominada por los robots; sino que, directamente, dependen de ellos como máquinas para cubrir sus necesidades más primarias, y han normalizado este hecho. Si se piensa fríamente, es mucho más grave. De hecho, cuando hacia el final de la función tuve el impulso de sentir más lástima por uno de los robots –a pesar de que nos repite por activa y por pasiva que no está programado para sentir- que por los propios humanos, comprendí el mensaje que lanza Guardamino: lo humano se va a la mierda.

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En su atrevimiento sexual, paródico, satírico y hasta escatológico, no podremos negar que Metálica resulta muy divertida; precisamente porque prefiere pasarse que quedarse corta aun tratando los temas que está tratando. A estas alturas, ya no debería sorprender a nadie el tono desde el que se expresa Guardamino, aunque quizá los asuntos que toca esta obra son más diredctamente humanos que los de sus piezas anteriores – que podían verse con cierta distancia emocional, una distancia más difícil de alcanzar cuando se tocan los temas que se tocan aquí-. Sin embargo, en la taquilla del María Guerrero nos recibe el ya tristemente famoso cartel que advierte de que la función contiene “escenas y lenguaje que pueden herir la sensibilidad del espectador” –¿hasta cuándo alguien se va a sentir con la potestad de decidir qué hiere o no al espectador por encima de cada uno mismo? Sobre este asunto, desgraciadamente recurrente, recomiendo recuperar el estupendo análisis de Amanda H C en Proyecto Duas-. Sí, en Metálica se habla de sexo y se folla sin tapujos; pero, sin embargo, no es caprichoso: Metálica no podría ser lo que es si esos elementos no estuvieran ahí.

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Con Metálica ha vuelto el consabido cartel, ya recurrente en el CDN y otros teatros. ¿Hasta cuándo tendremos que aguantar que alguien decida lo que nos hiere por nosotros?

Metálica es puro Guardamino, puro divertimento y contiene una reflexión profunda que va mucho más allá del lenguaje, de las situaciones o de la incomodidad misma que pueda generar: y, para alcanzar ese mensaje, sólo se puede recurrir a la sátira… Quien se ofenda por esta obra aún no sabe de qué va esto del teatro. ¿Podrá haber quien piense que Metálica tiene tintes machistoides, tal vez porque Cindy, el robot protagonista es casi una suerte de showgirl hipersexualizada? Seguramente, pero quien crea que así es, que revise cómo también aparecen robots macho – porque, al final, aquí follan todos con todos…- o que repare en el comportamiento del marido de Zoe: a fin de cuentas, Guardamino reparte estopa para todos. Tal vez el punto más flaco de Metálica, dejando de lado polémicas inertes; sea perderse –sobre todo al principio y al final de la pieza- en ciertos tecnicismos que intentan explicar al público el funcionamiento de esa sociedad en la que estamos inmersos: creo que no se necesita, y que la función –que actualmente ronda los 100 minutos- ganaría si se quedase en unos 80. Pero es divertida, está dialogada con gancho y hace una crítica social mucho más profunda de lo que pueda parecer a primera vista. Sólo hay que pararse a pensar en ella.

Como suele hacer, es el propio autor quien dirige el montaje, sobre una escenografía básica de Paola de Diego, a la que tal vez no se le termine de dar toda la utilidad que se podría; mejor el vestuario –variado, a veces realista y a veces casi galáctico- que firma también De Diego. Tanto la música – de Fernando Epelde- como las canciones – de David Ordinas, que regala un hit de los de salir del teatro cantando- están bien integradas en una propuesta que, puesto que se antoja futurista, tal vez hubiese podido hacer más y mejor uso de recursos audiovisuales que encuentro pertinentes; pero aquí sólo aparecen evocados.

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El reparto se mueve en estos códigos nada fáciles, entre la diferenciación de lo humano y lo robótico, los dobles roles y el tono de sátira escogido; y todos están en su punto. Lo que hace Marta Guerras es para enmarcar. Porque uno podría pensar que se han basado en su imponente físico para darle el rol principal de Cindy; pero pronto nos damos cuenta de su minucioso trabajo actoral: se expresa como un auténtico robot –voz despojada de cualquier atisbo de intención emocional- y ha conseguido congelar cualquier tipo de expresión en sus ojos. No ha de ser sencillo llegar a donde llega –realmente parece un robot- y trabajar desde esa mecanización absoluta de lo expresivo y lo emocional: hay que ser muy buena para lograrlo. A su alrededor pivotan Sara Moraleda –impecable en la nada sencilla escena en la que, despechada ante el rechazo de su novio, debe programar la secuencia del polvo que echará con el robot que ha creado a su imagen y semejanza-, Carlos Luengo –que diferencia bien el joven incendiado de deseo por el robot y el infante que entra a la casa de Pol y Zoe-, Pablo Béjar –que sale a bien de la nada fácil tarea de dar vida a ese novio hastiado primero; y a la copia robótica de sí mismo, después- y el matrimonio que firman la por momentos casi almodovariana Esther Isla –brillante en un registro muy distinto a cuanto le haya visto antes- y Rodrigo Sáenz de Heredia –que se toma muy en serio uno de los textos más espinosos del montaje, en un personaje que vale más por lo que esconde que por lo que parece; al tiempo que ejerce antes como maestro de ceremonias de esta sociedad robótica que pinta la obra-. La función no es nada fácil y todos están en su sitio.

Desde luego que Metálica tiene elementos de interés, y posiblemente sea la pieza más compacta de cuantas conozco de Guardamino. Divierte, es ácida, incomoda y hace reflexionar, mostrándonos que tal vez estemos menos alejados de lo que plantea de lo que nos gustaría. Habría que ajustar la duración, y tampoco estaría de más jugar más con lo tecnológico; pero es sin duda estimulante. Y si todavía creemos que esto puede herir nuestra sensibilidad, quizás tengamos un problema.

H. A.

Nota: 3.75/ 5

 

“Metálica”, de Íñigo Guardamino. Con: Pablo Béjar, Marta Guerras, Esther Isla, Carlos Luengo, Sara Moraleda y Rodrigo Sáenz de Heredia. Dirección: Íñigo Guardamino. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL / LABORATORIO RIVAS CHERIFF

Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa), 10 de Mayo de 2019

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