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‘L’Homme de La Mancha’, o la esencia del Quijote: libertad universal

mayo 17, 2019

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Espectáculo en francés

Fruto del proyecto de colaboración entre el KVS Bruselas y el Teatro Español –que propició la coproducción de Mrs. Dalloway– llegó por temporada limitadísima a Madrid una versión belga de L’Homme de La Mancha, el emblemático musical de Mitch Leigh que se estrenase allá por 1965 que ha sido objeto de tantas producciones notables y ha llamado la atención de tantos grandes artistas. Esta función, sin embargo, tiene la particularidad de seguir la versión estrenada en 1968 en Buselas, con una adaptación del texto al francés a cargo de Jacques Brel, quien se encargó entonces del rol principal (Cervantes/Don Quijote). Desde luego que optar por esta versión –con un estilo de canto muy concreto y los cantables en francés- podrá parecer en primera instancia algo demasiado exótico; y, sin embargo, saltó la sorpresa: la producción que presenta el KVS –resultado de una ambiciosa coproducción internacional- es posiblemente la mejor que haya visto de esta obra; recogiendo a la perfección no solo el espíritu de Brel, sino también el espíritu y el mensaje que los autores de la obra original quisieron transmitir, tan pervertido hacia la falsa grandilocuencia en otras producciones. En esta versión hay riesgo, hay ideas, hay una conciencia real del tipo de obra que se está montando; y, sobre todo, hay un más que notable nivel musical, bastante superior al de la media de lo que se escucha en el musical en nuestro país. Con frecuencia sostengo que en España hay mucho camino por andar en el terreno del musical, contra lo que pueda parecer: esta espléndida propuesta belga no hace sino confirmar mi hipótesis.

Conviene no olvidar que Man of La Mancha –o L’Homme de La Mancha, para el caso- transcurre en una prisión en la que Cervantes espera a ser juzgado por la Inquisición. Será el interés de propios y extraños por una novela que porta con él –evidentemente Don Quijote– el que consiga que Cervantes gane tiempo antes de ser juzgado, y haga que los presos y el personal de la prisión se impliquen en dar vida al argumento de la novela. Dicho esto, habría que comprender que el musical no busca un acercamiento ni grandilocuente ni mucho menos realista al universo del Quijote, que se ve desde la realización fantasiosa de los presos; esos presos que anhelan casi como sueño imposible esa libertad que alcanza Don Quijote en su quimérica locura. La duplicidad entre lo real –la cárcel, los presos, el tribunal, Cervantes y su criado- y la ficción – el relato de Cervantes, el Quijote- es constante a lo largo de la pieza; y el musical original busca más ser un canto a la libertad. Las producciones que han intentado plasmar el espíritu del Quijote renuncian desde luego a acercarse al espíritu del original; y es precisamente por eso que este montaje acierta de pleno, aunque su planteamiento inicial pueda parecer a priori un punto desconcertante.

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Cuando el público accede a la sala, el escenario está prácticamente desierto, con la orquesta semioculta en segundo término. Sobre una pantalla a medio inclinar se proyectan presentaciones del elenco, que nos cuentan cuál es el sueño que persiguen… Y empieza la función, desde un lugar en principio minimalista, actual, contemporáneo, con unos personajes que parecen salidos del mundo del lumpen, del mundo del trap. Hay en la propuesta algo de suciedad al comienzo que resulta inquietante, y por un instante no sabemos por dónde van a ir los tiros. Mientras, un anciano observa todo desde una silla de la que cuelga un globo infantil. ¿Estamos ante una versión semiescénica? ¿Una versión concierto? Nada que ver. Al tiempo que se desvela el código de la función –el asunto carcelario sobre el que es tan importante incidir- descubrimos el golpe de efecto: los personajes son presos contemporáneos, presos de baja ralea, que comenzarán a prestarse al juego de su Cervantes y a escenificar ese Qujote; pero con los medios reales de una cárcel: desde el símbolo, desde la escasez de medios, pero desde la gran significación de los pocos elementos con los que se cuenta. Cuando entendemos el código, entendemos también la brillantez de la puesta en escena de Michael de Cock y Junior Mithombeni. Lo que en principio parece un montaje pobre, enseguida se revela como una verdadera declaración de intenciones que se ha tomado muy en serio el mensaje de la obra de Leigh, mucho más en serio que otros supuestos montajes de esta obra. Y los presos cobran vida, y el lumpen lo invade todo… y el sueño imposible del Quijote es también el de estos pobres diablos sin futuro. La fantasía quijotesca en pequeño formato que ha de ser completada con la imaginación: justo lo que pide esta obra. Además, en la pantalla se proyectan frases del Quijote con estética moderna o videomontajes con ese Alonso Quijano habitando carreteras y parajes modernos, así como primerísmos planos del directo que intensifican la funcionalidad dramática de algunos instantes. Todo en este Quijote ocurre ahora y aquí; y todo con los medios con los que se hubiera contado en una cárcel… En una cárcel de hoy. Desde luego, la apuesta es arriesgada; pero tremendamente fiel al espíritu de la obra. Además, la función se ofrece sin intermedio alguno y se prolonga durante dos horas y cuarenta y cinco minutos –que, sin pausa, se dicen pronto…-. Sin embargo, una vez que hemos comprendido el código, el interés nunca decae. Gran mérito.

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La propuesta escénica está llena de hallazgos. Desde la verdad descarnada con la que se exponen los personajes –nunca antes Aldonza fue tan Aldonza y tan poco Dulcinea…- hasta el simbolismo que alcanzan algunos objetos y algunas imágenes. Conforme avanza, la propuesta estremece y emociona, con instantes para el recuerdo –como el momento en el que ese anciano que observa la función (¿la verdadera imagen de Alonso Quijano tal vez?) se encuentra cara a cara a cara con Aldonza, el silencio cortante con el que Aldonza recibe al Quijote después de ser violada, la construcción de la iglesia en la escena de Antonia, el ama y Sansón Carrasco, la irrupción del caballero de los espejos como un superhéroe o la escalifriante resolución de la muerte del Quijote, con un momento de fuerte impacto dramático…-. El montaje, en su personalidad, está lleno de momentos de gran peso teatral; y resulta poco complaciente para los que busquen un Quijote de postal. La última imagen, con el anciano atravesando la platea para salir a la Plaza de Santa Ana y encontrarse con la estatua de Cervantes mientras el elenco cierra la función con “El Sueño Imposible” pone a la platea en pie y no es para menos: es uno de tantos hallazgos que tiene el montaje. Hay licencias que funcionan muy bien – la caracterización del personaje del Barbero- y, en general, se mantiene respeto por la obra, innovado en el uso de los recursos pero respetando la esencia del montaje. Puede que, en este mundo de lumpen que sugieren los directores, haya algún momento suavizado sin mucha necesidad –la violación de Aldonza, por ejemplo, no queda del todo clara, y es un momento importante…-, que algún pegote para resaltar lo contemporáneo esté fuera de lugar –se inserta un rap que, evidentemente, no forma parte de la partitura original- o incluso que el baile idiomático –esta coproducción implica a España, Bélgica e Hispanoamérica, y francés y español conviven- pueda llamar a confusión. Poco importa. Pocas veces la esencia de la obra – y ese carácter de universal que tiene el Quijote- ha estado tan bien plasmada.

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El nivel musical es muy alto, tanto por parte de la orquesta –bien empastada y afinada, cuidando los planos sonoros incluso desde esa posición tan ingrata que ocupa en el escenario y Bassem Akiki dirige la partitura de Leigh con tempi vigorosos en general – tal vez las canciones de Aldonza acepten todavía un ritmo más marcado-. El elenco vocal y actoral es de altos vuelos. El Quijote de Filip Jordens me gustó más como actor que como cantante; tal vez porque se empeña en imitar lo inimitable –la voz y el estilo de Jacques Brel- en vez de apostar por un estilo vocal propio que seguro tiene: así y todo dice muy bien y su siempre esperado “Sueño Imposible” vuela alto. La Aldonza de Ana Naqe está espectacular por presencia, tono y formas; y afronta la difícil partitura desde un lugar eminentemente lírico –esto es, cubriendo el sonido- que le funciona muy bien. Junior Akwety es justo lo que se espera de Sancho Panza –nuevamente más actor que cantante, pero aquí es perfectamente válido-. Entre los secundarios –con algunas de las melodías más memorables de la partitura- hay que destacar a Raphäelle Green (Antonia), Gwendoline Blondeel (El ama), Christophe Herrada (Carrasco) y Geoffret Degives (El Cura), que dan una hermosa versión del nada fácil cuarteto –o doble terceto, según se mire- de la iglesia. François Beukelaers es ese anciano, esa figura que observa la representación e interactúa ocasionalmente con los personajes, para dar pie a algunos de los momentos de mayor carga emocional del montaje: independientemente de la indefinida función de su personaje –¿es la verdadera cara de Alonso Quijano? ¿tal vez la sombra de Jacques Brel?- lo cierto es que su implicación emociona. Todo el resto del elenco –hasta catorce intérpretes en total, que asumen también las funciones de coro- contribuye con sus actuaciones al buen nivel de la propuesta que, insisto, queda muy por encima de lo que se ve en teatro musical en España.

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Fueron apenas tres funciones pero el boca a boca hizo bien su trabajo: tres llenos y la sala siempre acabó en pie. Desde luego, esta propuesta –valiente, arriesgada, que defiende una idea clara y válida llevándola hasta las últimas consecuencias; y musicalmente muy sólida- debería ser vista por cualquier amante del género en general y del teatro en sí mismo. No tiene la grandilocuencia de otras producciones de Man of La Mancha porque busca otra cosa y es tremendamente fiel a la esencia de la obra y cargada de sentido teatral. Con todo lo discutible que pueda tener, es la mejor producción de este título de entre cuantas conozco. Agradable sorpresa.

H. A.

Nota: 4/5

 

“L’Homme de la Mancha”, de Mitch Leigh sobre libreto de Dale Wasserman y letras de Joe Darion. Traducción y adaptación original de Jacques Brel. Con: Filip Jordens, Ana Naqe, Junior Akwety, Nadine Baboy, François Beukelaers, Gwendoline Blondeel, Geoffrey Degives, Bertrand Duby, Raphäelle Green, Christophe Herrada, Enrique Noviello, Eduardo Lombardo Echeveste y Chaib Idrissi. Dirección musical: Bassem Akiki. Dirección: Michael de Cock y Junior Mithombeni. Dramaturgia: Gerardo Salinas. KVS BRUSELAS / THÉÁTRE DE LA MONNAIE / THÉÀTRE DE LIÉGE / TEATRO ESPAÑOL / DCJ CREATION / INSTITUTO CERVANTES / INSTITUTO NACIONAL DE ARTES ESCÉNICAS DE URUGUAY / DIRECCIÓN DE CULTURA DE LA INTENDENCIA DE MONTEVIDEO

Teatro Español, 9 de Mayo de 2019

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