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‘La Vuelta de Nora (Casa de Muñecas 2)’, o Nora ¿heroína o egoísta?

mayo 10, 2019

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Quince años después del portazo con el que se despidiese de su marido Torvald, Nora vuelve a casa. Sí, han leído bien. Desde el mismo momento de su estreno en 2017, La Vuelta de Nora (Casa de Muñecas 2), del americano Lucas Hnath causa sensación allá por donde pasa. Ha reventado las carteleras y se ha convertido en un texto multipremiado. Ahora se presenta en España con un equipo fiable – elenco de relumbrón, tan televisivo como absolutamente competente y uno de los mejores directores de escena de nuestro tiempo- que garantiza el taquillazo; a lo que debemos sumar la curiosidad de la continuación del clásico de Ibsen Tengo que reconocer que me acerqué a ver la función no sin fruncir el ceño –¿necesita una segunda parte el clásico de Ibsen?- pero, sin embargo, la sorpresa ha sido importante: porque el texto de Hnath no tiene piedad, y replantea de pleno el concepto que de la heroína feminista de Ibsen puedan tener quienes conozcan la primera parte, planteando un reencuentro en el que todos tienen heridas pendientes de cicatrizar. Y es que la marcha de Nora quince años atrás repercutió sobre todos –también sobre la propia Nora- y ahora ha llegado el momento de poner las cartas sobre la mesa. Nora acaba Casa de Muñecas con un poderoso monólogo y un sonoro portazo que ya es parte de la historia de la literatura teatral: ahora es el turno de los demás, los que recibieron las consecuencias de la decisión de Nora; e incluso de que la propia Nora exponga sus razones para hacer lo que hizo. ¿Cómo le ha ido a Nora? ¿Cómo le ha ido al resto de personajes? ¿Es Nora una heroína o una completa egoísta? ¿Hay vencedores y vencidos? Lucas Hnath pone todos estos aspectos sobre la mesa en esta pieza que invita a replantear no solo la obra de Ibsen, sino también algunas otras cuestiones.

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Quince años después de su marcha, Nora, convertida en una novelista feminista de éxito que firma bajo seudónimo, debe regresar al domicilio de Torvald al descubrir que siguen casados… Necesita formalizar los papeles del divorcio y la única manera es regresar a la casa de su todavía esposo, de ese hombre al que abandonó de un portazo hace ya tres lustros. Esta situación propiciará que Nora se deba reencontrar no sólo con Torvald, sino también con Anne Marie –su fiel criada, que no abandonó el domicilio familiar ante la debacle y antepuso criar a los hijos de Nora sobre los suyos propios- y hasta con Emmy –su hija pequeña, a la que apenas conoce dados los años que lleva fuera-. A través de una serie de escenas –fundamentalmente cuerpo a cuerpo entre Nora y los demás personajes- sabremos cómo afectó la marcha de Nora a la familia Helmer, qué consecuencias ha tenido para cada uno de ellos su ausencia y el tener que seguir con sus vidas, o cómo gestionó la propia Nora el tener que dejar atrás todo cuanto tenía. Podríamos pensar que estos quince años han hecho que las heridas se cierren; pero nada más lejos de la realidad: hay muchas cuentas que saldar y Nora no lo va a tener fácil para salir bien parada. A fin de cuentas, los papeles del divorcio –eso que la protagonista viene buscando- son casi lo de menos: es hora de saldar cuentas.

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Si ya es arriesgado acometer cualquier secuela en teatro, desde luego que la pirueta de escribir una continuación a una de las obras más importantes del teatro universal –además sin tratarse del autor de la original- podría sonar como poco menos que una osadía. Y, sin embargo, el material textual que nos presenta Hnath aquí es francamente interesante precisamente porque nos hace cuestionarnos todo lo que creíamos que sabíamos sobre Nora. El autor no la ve como una heroína –tal vez sí como una mujer hecha a sí misma, que ha tenido que tomar una decisión drástica para realizarse, pero no desde luego como un rol heroico ni mucho menos- y ni siquiera toma partido por ella. Hnath tiene tiempo para profundizar en las razones de todos los personajes para que sea el espectador quien evalúe la situación. Todos pierden, y puede que el rol de Nora como abanderada feminista de la literatura universal llegue a tambalearse. A nuestra protagonista, férrea en sus principios y sus razones, le llueven los golpes; y más de uno le cae no sin razón. El domicilio conyugal tal vez no sea el lugar sombrío y depresivo que Nora esperaba encontrar; y es que han pasado muchos años. No en vano, su propia criada le recrimina que tal vez ella no es tan importante como cree porque en esa casa todos han logrado salir adelante sin ella, no sin esfuerzo. También su hija pequeña –prometida a un profesional del derecho- le reprocha que solo se entreviste con ella para pedirle que convenza a su padre de que le dé los papeles del divorcio; sin siquiera preguntar qué es de su vida o cómo se siente cuando, después de todo, es su hija o le muestra su particular concepto de libertad –y su necesidad de tener a alguien al lado para sentirse plena: para Emmy no es mejor ser una mujer libre-.En cuanto a Torvald –con el que el autor concede a Nora varias escenas-, el autor nos muestra la problemática para un hombre enfrentado a lo desconocido –a no saber si su mujer iba a regresar o no-, al sector público –¿cómo afrontar ya no el abandono sino lo desconocido?- y hasta al factor legal. Porque tanto Torvald como Nora se encuentran ahora bordeando le legalidad en una situación de difícil solución; y ese es uno de los frentes que aborda la obra. De poco valen las firmes creencias de Nora –que por cierto ha convertido a su marido en personaje de una de sus últimas y celebradas novelas- ante este panorama con tantos frentes abiertos. Los regalos que no se atrevió a enviar, las cartas que tal vez no escribiese o lo que tuvo que dejar por el camino para labrarse una carrera como escritora. Puede que a Nora no le haya ido mal del todo después de aquel portazo; pero tampoco le será sencillo plantar cara a lo que dejó en el camino.

La Vuelta de Nora desde luego, hace pensar y las conclusiones no son siempre agradables. Hnath da todas las versiones, todos los puntos de vista y todos los personajes tienen sus razones, su verdad y su razón. Al final de la obra… ¿Nos quedamos con una imagen agridulce de Nora? Seguramente. Y seguramente eso sea lo más interesante de lo que nos provoca la pieza. ¿Qué pasa si ese icono feminista no fuese tan positivo como pensábamos? ¿Quiénes son las víctimas del naufragio? Será cada uno quien encuentre las respuestas. Habrá quien se indigne por el rapapolvo de Hnath le pega a la protagonista; pero creo que lo más interesante de la obra está precisamente ahí: en el atrevimiento a dar un punto de vista distinto al que nos han contado desde siempre, e incluso en esa capacidad de que lleguemos a plantearnos –yo lo hice- si los motivos de Nora fueron suficientes. Quizá el texto se extienda en demasía en algunos momentos e incluso tal vez pueda chocar una prosa tan rabiosamente contemporánea instalada en una historia que, a fin de cuentas sigue siendo de época –los personajes hablan desde hoy y cómo hoy, aunque habiten en su tiempo original-; pero el interés de la obra y de lo que plantea es tan espinoso como incuestionable.

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Este efecto (Elena Rivera, arriba) no se ve con claridad desde el anfiteatro del Teatro Bellas Artes. Ignoro si es cuestión de visibilidad o de encaje del montaje en el escenario del teatro.

No se ha escatimado en medios para ofrecer un montaje elegante. La puesta en escena de Andrés Lima empieza siendo de corte tremendamente estético y estilizado –sugerente iluminación de Valentín Álvarez apoyando la sobria y cerrada escenografía que propone Beatriz San Juan, favoreciendo juegos de perspectiva- para tomar progresivamente un cariz más moderno, más salvaje y más libre. Ya no en la irrupción de Emmy, la hija –que viste actual en un montaje que se inclina por la estética de época-, sino en unos límites espaciales, que se van rompiendo progresivamente. Por momentos el concepto puede confundir –sobre todo si tenemos en cuenta que partimos de la estilización que partimos…- y hay ciertos juegos que no se ven con claridad desde el primer piso –Emmy aguarda su intervención casi durante una escena entera leyendo un libro sentada sobre el tejado, pero desde mi posición sólo alcanzamos a vislumbrarla de cintura para abajo…- o no quedan del todo claros –¿por qué en algunas escenas en que Emmy y Anne Marie no forman parte una está en modo de espera y otra en modo de escucha?: ¿decisión de dirección? ¿decisión de las actrices? ¿nuevamente estamos viendo más de la cuenta? Hay también hallazgos simbólicos: Torvald evita entrar por la puerta –¿le recuerda demasiado al portazo tal vez?- e irrumpe en su propia casa desde la ventana, casi como un ladrón. También cabe destacar la capacidad de Lima para haber matizado los tonos de los diálogos en una función que, por su naturaleza, podría haber derivado en un auténtico festival del grito: afortunadamente no sucede.

Buen cuarteto actoral, con química evidente y bien controlados en su ímpetu por la mano de Lima. Vuelven a ser pareja artística Aitana Sánchez-Gijón y Roberto Enríquez un par de años después de aquella errática versión de La Rosa Tatuada: con este montaje se redimen sobradamente de aquel, como los espléndidos actores que son. La Nora de Aitana Sánchez-Gijón, en un papel extensísimo que obliga a la actriz a mantenerse en escena y en tensión toda la representación. Una vez más – recordemos aquella memorable Medea– se demuestra que Lima es capaz de sacar lo mejor de Sánchez-Gijón: elegante, regia, recta y despojada de los manierismos que ocasionalmente pueden aparecer en manos de otros directores, de los que aquí no hay ni rastro; Sánchez-Gijón mantiene sobradamente el tipo en un personaje que exige una primerísima actriz y que no deja las cosas fáciles –porque la imagen que se ofrece de Nora no siempre es agradable-. La protagonista aparece sincera y acertada. No debe ser fácil para Roberto Enríquez conseguir aportarle a Torvald – tal vez un personaje antipático de partida- toda la dignidad que le da; y, sin embargo, el actor le aporta un perfil tremendamente humano que se gana toda la empatía del espectador: subraya una fragilidad que nos recuerda que, en principio, ante Nora tiene todas las de perder, pero al tiempo es un tipo tremendamente digno. En papeles que ofrecen menor recorrido; pero sin embargo ofrecen también ocasiones de lucimiento, María Isabel Díaz (Anne Marie) y Elena Rivera (Emmy), ambas despojadas de cualquier referencia anterior básicamente ligada al medio televisivo, demuestran con su solidez que no hay papel pequeño y le plantan cara a toda una Aitana Sánchez-Gijón con el suficiente aplomo. No es poco.

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La Vuelta de Nora (Casa de Muñecas 2) tiene un cuarteto afinado, y una puesta en escena que –pese a ciertos momentos de confusión- cuenta más aciertos que errores. Pero, sobre todo, presenta un texto que merece la pena conocer; porque es mucho más que un capricho de autor: pese a su exceso de metraje, Hnath nos hace replantearnos no sólo un clásico sino llegar a conclusiones que tal vez nos incomoden. Habrá quien se indigne por ello –de algún modo, Hnath derriba a Nora…- pero yo lo encuentro francamente interesante. ¿Nora: heroína o egoísta? A la vista del texto de Hnath parece que hay algo de ambas. Esto es, desde luego, algo más que una mera segunda parte.

     H. A.

Nota: 3.75 / 5

 

“La Vuelta de Nora (Casa de Muñecas 2)”, de Lucas Hnath. Con: Aitana Sánchez-Gijón, Roberto Enríquez, María Isabel Díaz y Elena Rivera. Dirección: Andrés Lima. VERTEATRO / PACHESCA PRODUCCIONES / FOCUS / PRODUCCIONES TEATRALES CONTEMPORÁNEAS

Teatro Bellas Artes, 26 de Abril de 2019

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