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‘Mi Película Italiana’, o cuando Anna cogió su pistola…

mayo 6, 2019

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Agradable sorpresa el estreno en el Teatro Español de Mi Película Italiana, un texto casi inclasificable de la gallega Rocío Bello que se adentra en la peripecia de una saga familiar marcada por una herencia para crear algo lleno de personalidad propia, a medio camino entre el drama, la comedia negra y el más auténtico esperpento contemporáneo. Una historia de mujeres, de perdedoras, de supervivientes; de sueños rotos y suelos por recomponer que el espectador debe mirar desde la risa por no rendirse ante la dimensión de la tragedia que se avecina.

Una familia comandada por Anna, la matriarca. Una anciana que se llama así por Anna Magnani y que siempre soñó con ser una estrella y cantar en el Festival de San Remo. Pero nunca lo logró. Tampoco al hombre de sus sueños; porque conoció a un tipo no muy guapo pero bueno y de holgada posición económica y se quedó para siempre en Galicia. Tuvieron varias hijas: Sofía – como la Loren-, Lucía –como la Bosé-, Gina –como Lollobrigida- y Claudia –como Cardinale-. Hay también dos nietas, María –la hija de Lucía- y un Yo –hija de Sofía- que se erige en voz narradora de la historia. La ensoñación de grandeza y la fascinación por el cine italiano de la protagonista nuca cesó; del mismo modo que nunca pudo materializarse. Ahora, la muerte del patriarca a los 92 años deja a la anciana Anna recluida en una residencia, y a las hermanas litigando por una herencia que incluye la casa azul, la casa familiar… La disposición de la herencia – con la que, unas menos que otras, ninguna está en completo acuerdo- será el punto de partida que abra grietas insalvables en la familia, dejando ver la peor cara de cada personaje… Caras que no son más que reflejos de lucha de seres golpeados por sus duras vidas. No son malas, pero simplemente deben defenderse – o defender los derechos de los suyos- en ese entorno familiar que se ha vuelto hostil. Y mientras la familia se resquebraja sin remedio, asistimos también a la degradación de la abuela Anna – desde la residencia, ya con la cabeza a medio camino entre un pasado que no fue y un futuro que no será-, dispuesta a tener la última palabra, a vivir su vida por fin hasta las últimas consecuencias, a su manera. Por el camino, una pistola en paradero desconocido, un velatorio delirante en el que las hijas acaban hablando de la mejor manera de preparar un pollo… y un pollo, un pollo que ejercerá cono testigo de los tremendos acontecimientos que tuvieron lugar en la Casa Azul, esa por la que todas se pelean ahora como aves de rapiña.

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Como digo, Mi Película Italiana es una historia inclasificable. Por momentos bebe del más puro absurdo costumbrista y provoca risotadas por esa retranca incisiva –tan gallega como estos personajes- que está tan presente en los diálogos; y, por momentos, se da la mano con la más sincera emoción, con el esperpento que nos muestra los instintos más bajos de todas estas mujeres que luchan por la supervivencia… e incluso encuentra espacio para aposentarse con comodidad en la nostalgia. En esa nostalgia del sueño roto, del quiero y no puedo, de lo que pudo haber sido y nunca fue. A fin de cuentas, se puede decir que Mi Película Italiana es una gran comedia construida sobre una gran tragedia, la tragedia de una familia que, al menos en apariencia, se va a pique… o tal vez sean las cosas que ocurren en todas las familias. Puede ser la suya, puede ser la mía, o la familia de la autora. Quizá esa sea la gran crudeza de la función: lo reconocibles que pueden llegar a resultar personajes y situaciones, por ajenos que nos puedan resultar a primera vista.

Rocío Bello ha tenido la habilidad de unir todos estos elementos en un todo que no tendrá clasificación; pero tiene personalidad propia y cautiva por la cercanía de lo grotesco de algunas situaciones –por contradictorio que pueda parecer- y por la humanidad que de pronto destilan los personajes. Podría ser autoficción –o falsa autoficción-, pero se eleva hacia una historia de carácter universal en la que nos reconocemos, en una historia de personajes humanos con capacidad de lucha, margen de error y derecho y deber de errar y equivocarse. Se le podrá achacar a la obra que tiene demasiados personajes –no todos con el suficiente recorrido, bajo mi punto de vista-; e incluso que camina hacia un final anunciado que hace que la función acabe en punta, quizás buscando el aplauso – y conste que me gusta el símbolo musical del que se acompaña- pero, a su vez, en aquellos personajes más desarrollados hay retratos de un realismo devastador –la abuela, carismática hasta decir basta; o esa Lucía que se afana en tratar de que su díscola hija no repita los errores que casi le cuestan la vida a ella-, golpes de efecto incuestionables – la escena del velatorio, la escena discutiendo la herencia en el bar, el pollo declarando…- y no es fácil trenzar tantos géneros en un todo con la destreza que ella lo hace. En cómputo global, es de ley celebrar Mi Película Italiana como lo que es: un texto lleno de sabor y personalidad propia, que tiene en las atmósferas que crea su mejor arma.

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El montaje de Salva Bolta huye en principio del realismo y se apoya en una sencilla escenografía de Paco Azorín y en onírica iluminación de Luis Perdiguero para resaltar cuanto de sueño –o pesadilla- y oscurantismo hay en esta historia que transita por varios tiempos y lugares casi sin solución de continuidad. Puede llegar a despistar en algún momento la organización espacio-temporal; pero a su vez deja alguna imagen poderosa –esa figura del muerto en el velatorio, esas hijas saliendo del armario…- y ha sabido otorgar el peso del montaje al texto y a las actrices, con muy buen criterio. En este sentido, los diferentes tonos por los que atraviesa el montaje están bastante logrados; y seguramente ese sea el mayor acierto de la propuesta: teniendo en cuenta la pluralidad de tonos y estilos que se exigen, no era tarea fácil lograrlo. Además, hay una atmósfera oscurantista que recuerda a buen número de dramas familiares femeninos de esta clase – se respira un aire a Bernarda Alba bastante claro- que conviene mucho para subrayar la doble cara genérica de la pieza.

Gran reparto comandado por una rotunda Teresa Lozano personificando a Anna. Su construcción es de una rotundidad a veces gruñona, otras esperpéntica por su aparente falta de empatía con el exterior; otras directamente entrañable en su falta de contacto con la realidad, en cualquier caso, rotunda es la palabra que mejor describe este trabajo que comanda y define toda la propuesta. A su alrededor pivotan hijas y nietas. Unas con roles mejor definidos que otros son la conmovedora Lucía de Mona Martínez – espléndida en su monólogo-, la más sosegada y conciliadora Sofía de Elena González, las casi sainetescas hermanas que construyen Nerea Moreno e Inma Nieto y las dos nietas. Vicky Luengo tiene esta vez más presencia que texto, pero sabe aportar luminosidad al personaje y es el contrapunto perfecto de su madre –la muy inspirada Martínez- en un capital momento de esta. Por su parte, Camila Viyuela ejerce de narradora por momentos casi onmisciente y esto tal vez le dificulte llegar a crear un personaje en sí mismo: así y todo, observa y comenta la función con la debida implicación y humanidad por los hechos que suceden a su alrededor. Rulo Pardo completa el reparto en vídeo, en un cometido breve pero que le permite lucirse con una escena francamente memorable.

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En conclusión, a falta tal vez de un mayor desarrollo, Mi Película Italiana es una gran función coral, que nos muestra a una autora con la suficiente personalidad como para armar un todo inclasificable –que va y viene de la risa a la emoción-, en una pieza sostenida por un reparto de actrices francamente inspirado. No hay que perdérsela.

H. A.

Nota: 4/5

“Mi Película Italiana”, de Rocío Bello. Con: Teresa Lozano, Elena González, Mona Martínez, Inma Nieto, Nerea Moreno, Camila Viyuela y Vicky Luengo. Dirección: Salva Bolta. TEATRO ESPAÑOL.

Teatro Español, 25 de Abril de 2019

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