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‘Mrs. Dalloway’, o lo que queda de Clarissa

abril 28, 2019

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Seguramente esta versión teatral de Mrs. Dalloway –una de las más celebradas novelas de Virginia Woolf- fuese una de las apuestas más esperadas de la presente temporada teatral; más aún teniendo en cuenta que Carme Portaceli –que se encarga de la puesta en escena y firma la versión del texto junto a Michael de Cock y Anna Maria Ricart- ya salió a bien del reto de trasladar a las tablas la nada fácil Jane Eyre hace unos meses. Había un equipo de lujo –el reparto es de impresión-, había ganas; y había la confianza de que se repitiese aquel éxito. Sin embargo, el resultado es una puesta en escena más bien sosa para una adaptación teatral confusa que no ha sabido trasladar al escenario el espíritu de la emblemática novela de Woolf; tomándose además tantas licencias que la trama llega a desfigurarse: quien conozca la novela saldrá con un buen número de preguntas en su cabeza; pero quien no la haya leído pensará que Woolf cuenta, directamente, otra cosa. Y es que Virginia Woolf siempre es difícil.

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Publicada en 1925, Mrs. Dalloway se adentra en 24 horas en la vida de Clarissa Dalloway, el mismo día en el que se afana en preparar una fiesta en su casa a la que acudirán algunos de sus seres más queridos. Con el Big Ben marcando el paso del día, iremos conociendo –a modo de flujo de conciencia- la vida de esta mujer aparentemente fría y acomodada, excéntrica para unos y magnética para otros; pero en el fondo tan sola y necesitada de dar y recibir cariño, así como cómo han sido las relaciones con los que le rodean hasta que todos los personajes confluyan en esa fiesta final que tendrá irreparables consecuencias para todos. De estructura compleja, la novela de Woolf pone el foco no sólo en el retrato de su protagonista, sino también en asuntos como la depresión, la locura, el suicidio, la bisexualidad, o las consecuencias que deja en los personajes el contexto histórico en el que se mueven. Sin duda, Mrs. Dalloway es una novela hija de su tiempo; que fascina tanto por el retrato de la compleja mente de la protagonista como por los espinosos temas –sobre todo para la época de su publicación- de los que Woolf se encarga sin temor, mirándolos de frente y normalizándolos ya en su tiempo, a la vez que supone un sólido retrato de la sociedad de entreguerras y tiene el interés de la subjetividad de los puntos de vista. Es también, claro, un material decididamente feminista y reivindicativo de la libertad de la mujer. Pero ¿cómo trasladar un material tan complejo –podemos decir que más de sensaciones y estados de ánimo que de pura acción- al teatro? Sin duda es una de las primeras preguntas que surgen a la hora de abordar la adaptación. Al contrario de lo que sucediese con la fiel versión de Jane Eyre -donde la esencia de Brontë estaba más que presente-puede decirse que lo que se presenta ahora en el Teatro Español está, por muchas cosas, más cercano a una versión libertina que al seguimiento de la novela de Woolf.

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¿Se puede adaptar Mrs. Dalloway al teatro con garantías? No es tarea fácil, desde luego, y presenta no pocos problemas. Aquí, la versión del texto es confusa; y deja bastantes dudas a muchos niveles, no sólo de comprensión sino de la verdadera necesidad de intervenir el original hasta estos extremos. Veamos. Se ha decidido trasladar la acción a la actualidad, con lo que hay que operar bastantes cambios en el original para que la cosa funcione; y algunos de esos cambios nos hacen interrogarnos qué obra estamos viendo realmente. ¿Qué queda de Mrs. Dalloway? Por un lado, ya no estamos en entreguerras, y el uso de teléfonos móviles o whatsapps hacen la comunicación más fluida… Pero entonces ¿cómo entendemos que Peter y Clarissa hayan pasado tanto tiempo sin saber el uno del otro durante el largo viaje que él emprendió para intentar olvidarla? No tiene mucho sentido. Tampoco el asunto del lesbianismo –latente en la relación de Elisabeth, la hija de Clarissa, y Doris- o la bisexualidad reconocida entre Clarissa y Sally tienen la misma fuerza leídos desde el presente que la que tenían en el momento de la publicación de la novela: en la actualidad, ya no son tabúes que haya que esconder tanto como entonces. Y, como por actualizar, ya no estamos en entreguerras; a los autores de la versión no les ha quedado otra que reinventar completamente algunos personajes que no tendrían sentido alguno. Así, Septimus Warren Smith –antagonista de la novela, veterano de Guerra torturado hasta la agonía por sus recuerdos- y su esposa Lucrezia se convierten aquí en Angélica –una esposa de buena posición, amargada en la soledad de su casa y a la que se le desaconseja escribir- y su amante marido Max, desesperado por ayudarla a salir de la depresión en la que se encuentra. Los motivos de este cambio –más allá del problema que supone actualizar la obra- se me escapan; porque creo que el conflicto de Angélica tiene menor enjundia real que el de Septimus –los desenlaces son semejantes…-;y que ni siquiera era necesario reconvertir a Septimus en mujer para acercar la empatía que pueda sentir Clarissa al conocer su fatal desenlace. Parece, por un momento, que los autores de la versión hayan querido resultar más feministas que la propia Woolf… y, claro, les ha salido el tiro por la culata; porque este añadido es incomprensible –y lo que se pierde al desaparecer Septimus como tal es mucho-. En otro orden de cosas, el estilo de flujo de conciencia se reconvierte en largos monólogos que no siempre tienen la tensión dramática deseada; y las relaciones entre personajes –todas, pero particularmente la de Elizabeth y Doris- aparecen esquemáticas, esbozadas. El resultado es un acercamiento confuso –desde luego, la sombra de Las Horas es alargada…- que desconcertará a quienes conozcan el original; y tal vez dé la sensación de otra cosa a los que no la conozcan. Sin que vea qué aporta a Virginia Woolf esta honda revisión del texto, sí creo que hubiese sido más que pertinente rebautizar la obra –Clarissa, La Fiesta de Clarissa o algo semejante…- y dejar claro que se trata de una versión libérrima, porque lo que aquí se ve se aleja del original bastante más de lo deseable.

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La función la monta prácticamente el mismo equipo que se encargase con éxito de Jane Eyre, y la cosa poco tiene que ver. Todo tiene un tufillo de modernidad que no termina de sentarle bien La escenografía de Anna Alcubierre – recordemos aquella profundidad de espejos que preparase en Jane Eyre– es esta vez fea e impersonal, como para salir del paso –las flores que caen al final, un detalle pretendidamente poético, tienen lo suyo de hortera…- y bastante hace la iluminación de David Picazo por vestir lo que tiene. Tampoco el vestuario de Antonio Belart tiene nada de reseñable; y el vídeo de Miquel Ángel Raió no suma al conjunto – como sí lo hacía por ejemplo en Jane Eyre-. La puesta en escena es prolija en danzas que unen las transiciones y evocan el paso de las horas, va bien de música –bastante bien encajada y compuesta por Jordi Collet- y no consigue escapar de cierto estatismo que impregna toda la propuesta. De hecho, todos los personajes se mantienen en escena buena parte del espectáculo, esperando su turno y creando cuadros; del mismo modo que todos –también Angélica y Max, que poco pintaban allí- aparecen al final en la fiesta de Clarissa. Dado que se trata de una fiesta mastodóntica –y el reparto es el que es- no parece mala idea convertir a todo el teatro en los invitados de Clarissa Dalloway, quizá en el mayor hallazgo de la propuesta. Hay algo que no marcha –todo resulta demasiado estático-; pero, cuanto más lo pienso, más creo que el problema de base está en la versión del texto: era difícil hacer algo con ritmo a partir de esa versión, y aquí pocas veces se consigue. Además, da la sensación de que el escenario de la sala Principal se le queda grande como espacio a este montaje de carácter mucho más íntimo.

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Desde luego, el reparto es muy potente y está llena de nombres a los que hemos visto brillar una y otra vez. Sin embargo, aquí se ha marcado un código más bien altisonante, al que obedecen y que no es propio de este reparto. Uno podría pensar que la versión estaría ideada a mayor gloria de Blanca Portillo que se encarga del personaje principal. Está bien, firme y aportando destellos de calidad. Esforzándose en tirar del carro con la mayor convicción posible; aunque no termine de brillar como nos tiene acostumbrados. Con todo, sus monólogos finales están entre lo mejor de la función, y se nota que nos las vemos con una actriz de raza. El resto de actores tienen papeles menos desarrollados –no ocurre así en la novela-, y seguramente los que mejor parados salgan sean Manolo Solo (Peter), Inma Cuevas (Sally) –la conversación entre ambos es otro instante en el que la función alza el vuelo- y hasta Gabriela Flores, capaz de sacar petróleo de lo que le han dado (Angélica). Anna Moliner es una Elisabeth enérgica pero de espíritu excesivamente aniñado y canto mejorable; mientras que a Zaira Montes apenas le han dejado un puñado de frases como Doris y Jimmy Castro (Max) haría bien en relajar la corporalidad y bajar un poco las revoluciones. Bien Jordi Collet en el doctor. La mayoría, como digo, adolece de un enfoque excesivamente enérgico que, claro, resta realismo a las situaciones – Portillo, Solo, Cuevas y Flores se salvan por momentos, no me pregunten cómo-. La música en directo –interpretada por casi todo el reparto- tiene, en general, buena calidad.

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La apuesta era fuerte; pero también había razones para creer en que de aquí saldría algo bueno. No pudo ser: ni la versión hace justicia a la novela ni el resultado a la hora de trasladarla a escena acaba de cautivar como sería deseable; aunque tenía todos los elementos para ello. La sensación final es la de que aquí apenas quedan retazos del original: poco queda de Clarissa. Después del triunfo que supuso Jane Eyre, aquí el patinazo ha sido grande e inesperado. Así y todo, las funciones están llenas hasta la bandera.

H. A.

Nota: 2/5

 

“Mrs. Dalloway”, de Virginia Wolf. Versión de Michael de Cock, Anna María Ricart y Carme Portaceli. Con: Blanca Portillo, Manolo Solo, Inma Cuevas, Gabriela Flores, Jimmy Castro, Anna Moliner, Zaira Montes y Jordi Collet. Dirección: Carme Portaceli. TEATRO ESPAÑOL / KVS BRUSELAS.

Teatro Español, 23 de Abril de 2019

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