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‘Karelu’, o marcados

abril 24, 2019

KARELU CARTEL

Espectáculo en lengua gallega

Después de su éxito con Castrapo –que indagaba en el significado y lo arraigado de los orígenes de un personaje que, en principio, renegaba de ellos- la compañía gallega Os Náufragos presenta Karelu, una pieza coescrita por Gustavo del Río e Ismael Gil Candal que se encarga de revisar las cicatrices –reales y mentales- que la infancia puede dejar en los adultos; y qué ocurre cuando los seres humanos se limitan a repetir patrones  de conducta que se han aplicado con ellos cuando eran niños por mero sistema. ¿Es la violencia doméstica la mejor forma de domesticar –nunca mejor dicho- a los vástagos? ¿Tendemos los humanos a comportarnos tal y como otros se comportaron con nosotros por doloroso que resulte? ¿Cicatrizan las heridas de infancia o supuran en nuestra conciencia? Karelu es un pequeño drama que se ocupa, a medio camino entre el realismo y lo poético, de la educación familiar y los valores educativos en la sociedad actual a través de un encuentro que revisa cómo las heridas de nuestro pasado –y no solamente las físicas- pueden convertirse en lastres para nuestro presente y nuestro futuro.

Karelu es una palabra india que se utiliza para referirse a las marcas que deja la ropa en la piel. Cuando comienza la acción, Daniel –padre de una familia desestructurada- debe enfrentar el problema de que su hijo Martín se ha quedado marcado por un golpe, un cachete o una bofetada que su propio padre le propinó. Puede que accidentalmente. Puede que esa sea su forma de educarle. En ese momento, Daniel recibe la inesperada visita de su hermano pequeño. A través de este encuentro, nos remontaremos a la infancia, a la educación férrea que ambos hermanos recibieron de niños y a las terribles consecuencias que esa educación ha tenido en cada uno de los hermanos. ¿Cómo ha marcado sus vidas el hecho de que un padre quiera moldear a los hijos a su antojo? ¿Va Daniel por el camino de repetir los errores que marcaron su vida? ¿Se puede modificar el futuro, aunque haya que pagar el precio de negar el pasado? El reencuentro de los hermanos servirá para poner en la mesa lo duro que fue luchar por sus identidades y no dejarse amilanar; incluso cuando el precio para defender aquello en lo que creían, aquello que eran –su verdadera identidad- puede ser tan alto que obligue a que esta conversación suceda en fronteras que exceden el realismo… Porque, ante situaciones límite, sólo la imaginación puede salvarnos.

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Del Río y Gil Candal escriben un drama conciso –una hora- que va más allá de una severa crítica al sistema educativo, a la necesidad de educar a base de golpes para crear hombres hechos y derechos, fuertes y al dicho de que la letra con sangre entra– para entrar en el terreno de lo personal. La lucha de los dos hermanos es, ante todo, una lucha de configuración de sus identidades, trabada –quién sabe si inconscientemente- por una educación paterna a la que se le han ido de las manos las consecuencias de crear a los hijos perfectos. Las heridas que arrastran ambos personajes van mucho más allá de lo físico; para convertirse en estigmas incurables de un lado o en fantasmas que persiguen como fiera amenaza del otro. De hecho, puede que lo más hondo que nos plantea la función –más allá de la obvia reflexión acerca de la necesidad o no del castigo físico en sí misma- sea precisamente el debate acerca de qué debemos dejar en el camino para luchar por ser quienes somos y la necesidad de evitar repetir errores que repercutan en los que más queremos. El trauma, la inconsciencia y otros fantasmas sobrevuelan este drama en el que se necesitan consecuencias irreparables para comenzar a intentar reparar el futuro, el porvenir; antes de que sea demasiado tarde.

Como trama, e incluso como crítica al método educativo, tal vez no sea Karelu nada que no se haya visto antes, y hay desde luego una clara intención educativa y hasta aleccionadora en la pieza. Sin embargo, el texto crece en inventiva e interés conforme se lanza hacia lo poético y no teme emplear símbolos muy claros y reconocibles –hay un símbolo concreto que preside la segunda mitad de la obra y que es generacional, identitario y marca de un tiempo- conforme la tragedia avanza y se impone; la verdad sale a la luz y entendemos que, efectivamente, a veces la única fuerza salvadora reside en lo imaginario. Lo imaginario a lo que, de una u otra manera, en dos tiempos y dos lugares, se aferran tanto Daniel como su hermano. En este sentido, la apuesta de Del Río y Gil Candal me resulta valiente; sobre todo cuando –en un audaz ejercicio de extrañamiento- toma la salida drástica de juntar símbolo, imaginación y realidad ante un momento de máximo dramatismo –y capital en la trama-. El juego –mejor no desvelar de qué se trata- podría haberse quedado en un ridículo de los que hacen época; pero, sin embargo, el teatro enmudece ante una apuesta más que arriesgada: bravo por la valentía. En otro orden de cosas, Karelu tiene en su sencillez otro acierto: durar justamente lo que debe; ir al grano y no andarse por las ramas, para captar nuestro justo interés.

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Sugestiva escenografía –a medio camino entre realista y onírica, como casi todo en la pieza- que manda al espectador constantes guiños sobre lo que está sucediendo realmente, bien marcada por la iluminación y con una dirección de Gustavo del Río que es plenamente consciente de encontrarse ante una pieza de texto; pero que al mismo tiempo no renuncia a ciertos detalles de carga poética. En el reparto, los más que eficaces Denis Gómez y Santi Cuquejo sostienen el diálogo de ambos personajes con la suficiente entereza y sin desequilibrar la balanza ni hacia el odio ni hacia el melodrama barato. A ambos les hemos visto en otras piezas, y su solidez está más que probada. Gómez consigue marcar un perfil de autoritarismo marcado por lo que podríamos denominar la resaca de la derrota: efectivamente, hay mucho mar de fondo en su personaje desde el comienzo. En cuanto a Cuquejo, más allá de su solidez, hay que destacar la entereza y el aplomo con que acomete una escena dificilísima –por forma y contenido- que podría haber caído en el ridículo pero que, gracias a su actuación, aparece aquí llena de dignidad. Hay que ser muy bueno para lograr lo que logra en apenas unos minutos que definen decisivamente el rol.

En fin, Karelu es un montaje sencillo y honesto; que parte como un material crítico y aleccionador, pero crece conforme se adentra en la esfera de lo poético para situar el drama. Evita ser pretenciosa y llega justamente a lo que pretende, en el tiempo justo.

H. A.

Nota: 3/5

 

“Karelu”, de Gustavo del Río e Ismael Gil Candal. Con: Denis Gómez y Santi Cuquejo. Dirección: Gustavo del Río. OS NÁUFRAGOS.

Teatro Rosalía Castro, 13 de Abril de 2019

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