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‘Las Cosas Extraordinarias’, o ¿qué bello es vivir?

abril 22, 2019

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“Si tenéis una vida realmente larga y llegáis al final sin haberos sentido terriblemente deprimidos ni una sola vez, es probable que no hubierais estado bastante atentos (…) Las cosas mejoran. No siempre se vuelven extraordinarias, pero mejoran.” (“Las Cosas Extraordinarias”, Duncan MacMillan).

***

El nombre del dramaturgo británico Duncan MacMillan no resultará desconocido a quienes sigan este blog. Ya hace un par de años reseñé una pequeña producción de su interesantísimo texto Personas, Lugares y Cosas –una dura historia de adicciones y dependencias siguiendo la figura de una actriz en crisis existencial- en ese oasis que es Theatre for the People; que siempre hace llegar a Madrid obras y autores en primicia antes de que los grandes circuitos se fijen en ellos: ha vuelto a ocurrir. Ya entonces señalé la riqueza y el interés de aquel texto y del autor. Ahora, es el Teatro Lara el que ofrece una gran producción de Las Cosas Extraordinarias, un complejo monólogo que MacMillan escribe y estrena en 2015 y que ya se había montado con grandísimo éxito en Barcelona. Ahora, el montaje llega a Madrid en versión en castellano, con el gancho indudable de la presencia de Brays Efe –que, en apenas un par de años, se ha convertido en todo un icono mediático- como gran reclamo. Podrán pensar que esto es un producto ideado para que el público potencial de un producto televisivo cope las salas de teatro para ver a su estrena; pero nada más lejos de la realidad: Las Cosas Extraordinarias es harina de otro costal – la marca de MacMillan debería sobrar para imaginárselo-; y puede que el público previsiblemente potencial no sea el que más la disfrute. Debo reconocer que, personalmente, debo de ser de los pocos espectadores que se lanzaron al teatro ante todo con curiosidad por conocer un nuevo texto de Duncan MacMillan como primera prioridad. El resultado, sin embargo, es un monólogo de marcada complejidad formal, que me ha mostrado nuevos resortes dramatúrgicos de MacMillan –me sigue pareciendo una figura a seguir-; en un espectáculo que además demuestra y reivindica que Brays Efe es bastante más que un actor absorbido por un personaje: aquí hay un intérprete con recursos más que suficientes como para sacar adelante una función íntima, compleja y sensible.

Antes de comenzar la representación –en cercanía, con el público dispuesto alrededor del vacío espacio escénico- el intérprete reparte una serie de papeles con un número y una frase a casi todos los espectadores: “me gustaría pedirte que leyeses esto en voz alta cuando diga este número” es toda la premisa con la que contamos antes de empezar; a pesar de que vemos que casi todos tenemos algo en la mano…-. Comienza la función, en la que MacMillan nos muestra la peripecia de un joven que lleva años haciendo una lista con las cosas extraordinarias de este mundo, aquellas cosas por las que merece la pena vivir. Su idea se remonta a cuando tenía seis años, el día que su padre le fue a buscar al colegio porque su madre había intentado suicidarse por primera vez… Había hecho, según el padre “una tontería”. La desesperación – en un principio casi inconsciente- del niño ante la idea de perder a su madre le lleva a diseñar esta lista de cosas que, aunque en un principio tiene previsto un punto y final, acabará siendo una balsa de salvación para nuestro protagonista durante toda su vida, hasta la edad adulta. Así, durante 70 minutos asistimos a la peripecia vital del protagonista – la relación con su familia, la enfermedad de su madre, su etapa universitaria, sus relaciones amorosas, sus fracasos vitales y sentimentales…- casi a modo de confesionario cómplice y con una lista de cosas por las que merece la pena vivir que comienza siendo obvia; pero se va complicando más y más y más. Y es que, en el fondo, parece que nuestro protagonista sí logra vislumbrar lo bueno del mundo, la magia de las pequeñas cosas… Pero, entonces, si hay tantas cosas en el mundo que merezcan la pena… ¿por qué es tan difícil la vida, tanto para el protagonista como para los que le rodean? Tal vez esta sea una de las primeras preguntas que nos arroje el texto.

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Las Cosas Extraordinarias parece sencilla en primera instancia, pero crece decididamente en su complejidad cuanto más se bucea en su estructura. Porque, en el fondo, aborda temas espinosos – la depresión, el suicidio, las crisis vitales…- desde un lugar cálido, amable, tierno, a veces hasta cómico y sin caer nunca en la lágrima fácil o el melodrama. Habla de lo pequeño, de lo íntimo y de lo cotidiano; para poner el foco, casi sin que lo parezca, en problemas y cuestiones mucho más grandes. Por momentos es un material cercano a lo que podríamos considerar una charla TED –por lo que puede parecer hasta antiteatral-; pero enseguida comprendemos que va mucho más allá. Porque implica de manera íntima al espectador, no sólo increpándole desde la cercanía –habla de lo íntimo, pero con el público rodeando el espacio- sino también invitándole a participar en múltiples ocasiones –para leer desde su asiento, para intervenir en escena como personajes que deben dar la réplica al actor, para aportar objetos personales…-. Todo esto da una idea de la compleja peripecia que suponen tanto el espectáculo como el texto mismo: el actor principal ha de manejar un material muy delicado desde un punto justo que evite el melodrama pero fomente la complicidad del público; pero a la vez el texto no se completa sin las intervenciones del público, múltiples y fundamentales… Intervenciones que, claro, serán diferentes en cada sesión y para las que el intérprete debe ir sobrado de recursos si quiere salir a bien del asunto. Así las cosas, todo son dificultades en esta función: si el actor se pasa en el tono melodramático, la función se cae; si no se consigue un ambiente de relax y camaradería entre el público, la función no fluye; y si el público no entra al trapo como debe, la función no resulta bien…

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Todo lo anterior da una idea de lo compleja que es la dramaturgia de MacMillan para esta obra –cuya estructura puede recordar ligeramente a Un Roble, de Tim Crouch: recordemos que allí hay un texto cerrado y un actor invitado cada noche que no conoce previamente la obra; mientras que aquí es todo el público quien debe intervenir sin conocer previamente la obra y el texto no siempre está del todo cerrado- que requiere por fuerza un público cómplice, un actor sobrado de recursos y una dirección matizada para orquestar todo. Que la trama – un gran drama, después de todo- entre ligera como lo hace y que se traten esos temas tan hondos sin que nos demos casi ni cuenta es virtud también de MacMillan, que deja al espectador la tarea de repensar la historia una vez que ha salido del teatro, para evaluar toda su dimensión trágica: no es fácil lograr que parezca que estamos asistiendo a una comedia amable –con algún que otro nudo en la garganta- cuando, en el fondo, se están abordando cuestiones tan serias que el autor sabe sin embargo cómo colocar. Tiene Las Cosas Extraordinarias un cierto parentesco también con Personas, Lugares y Cosas –del mismo autor- puesto que en ambas hay crisis personales, familias disfuncionales y terapias de autoayuda; y esto nos demuestra que MacMillan tiene la suficiente habilidad para hablar de cuestiones delicadas con pericia desde lugares bien distintos. No es fácil.

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Todos conocemos a Brays Efe por un histriónico y carismático personaje televisivo que corre el riesgo de abducir al actor y mimetizarlo con ella en una sola cosa. Muchos no podrán si quiera imaginárselo en otro registro, y si han leído hasta aquí estarán pensando que cómo podrá hacer esta obra… Precisamente por eso este proyecto –tan distinto, tan complejo, tan delicado- le llega en un momento ideal para que nos quitemos de la cabeza cualquier idea preconcebida y nos convenzamos no sólo de que puede hacer otras cosas; sino de que tiene las herramientas suficientes como para sacar adelante una propuesta tan compleja. Brays Efe se despoja de su carismático personaje y renuncia a cualquier tipo de histrionismo, para ofrecer una interpretación serena y matizada; íntima y con los resortes suficientes como para no resultar ni excesivamente bufo –sí simpático unas cuantas veces, pero porque eso pide el texto- ni excesivamente dramático. Está sincero y en su punto justo. Además, consigue no sólo obtener la complicidad del público; sino nutrirse de ella para dar la mejor versión posible de la función: tiene el tono, sabe a lo que se enfrenta y sabe manejar las situaciones con soltura. No es poco elogio, y ya habrán entendido que este ejercicio es cualquier cosa menos fácil. Del mismo modo, la dirección de Pau Roca es de esas que no se ven, pero indudablemente están ahí: ante todo, porque ha de ser difícil montar y ensayar este material calibrando todas las opciones posibles; y aquí, sin embargo, todo fluye, todo parece fácil, señal de que hay un trabajo muy meditado. Punto y aparte para la selección musical: mucha y muy bien seleccionada.

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Las Cosas Extraordinarias es pues pura complejidad en su aparente formato de miniatura, y un reto para cualquier actor que se precie. Reto que aquí, Brays Efe salva con nota. Su peculiar estructura – tal vez no apta para el público más comercial- puede ser un cierto hándicap; del mismo modo que es una certeza el hecho de que nunca habrá dos funciones iguales ni mucho menos, por más que se cuente la misma cosa. Así y todo, conviene verla para vislumbrar nuevas formas de dramaturgia, escarbar en la profundidad de su problemática desde ese lugar tan falsamente blanco en apariencia y corroborar las virtudes actorales de Brays Efe, que si puede con esta función podrá salir victorioso de prácticamente cualquier cosa que se proponga. Curiosa.

H. A.

Nota: 3.25/5

 

“Las Cosas Extraordinarias”, de Duncan MacMillan. Con: Brays Efe. Dirección: Pau Roca. SIXTO PAZ / EL TERRAT.

Teatro Lara (Sala Lola Membrives), 10 de Abril de 2019

 

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