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‘Federico Hacia Lorca’, o la formación del mito

abril 19, 2019

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En un año en el que García Lorca está especialmente presente en la cartelera madrileña, La Joven Compañía propone Federico Hacia Lorca, un texto escrito a cuatro manos por Irma Correa y Nando López bajo la dirección de Miguel del Arco. Un espectáculo que destaca, sobre todo, por la búsqueda de una nueva estética en las propuestas de esta compañía –se nota la mano de un nuevo director, y de qué manera…- y la entrega de un equipo fundamentalmente coral que se vuelca en levantar una propuesta de marcado carácter plástico, vuelo poético y gran exigencia física. Y, ante todo, una apuesta importante de la compañía, a la hora de invitar a un gran nombre de la dirección de escena actual para ponerse al frente de uno de sus espectáculos. Un paso necesario; como muestra el resultado.

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Federico Hacia Lorca propone, casi a modo de biografía trufada con su material literario, bucear en la formación de la figura de Federico García Lorca como el gran poeta histórico que es. Para ello, asistimos a un viaje onírico –y por momentos hasta alucinado- en el que seguimos a Federico desde su casa granadina a su llegada a Madrid, su estancia en la Residencia de Estudiantes, su contacto con la Generación del 27, la formación de la Barraca, su estancia en Nueva York, su fatal desenlace, su concepción del arte; e incluso su posición personal y política. Un viaje marcado por la aparición directa o indirecta de numerosas personalidades de todos los ámbitos –de Rafael Alberti a Maruja Mallo, de Primo de Rivera a Salvador Dalí- y también por el espíritu del eco inapelable del fatum trágico del que no puede escapar. Así, este viaje – que, en su carácter coral, universaliza la figura del poeta fragmentándola en varios actores y actrices que le van dando vida a lo largo de la representación- está impregnado de un halo inevitablemente trágico, como si Federico emprendiese una carrera contra sí mismo para huir de aquello que, inevitablemente, acabará ocurriendo. Hay ecos, sombras, recuerdos de los que el poeta no puede escapar; y la circularidad es un elemento clave de un relato en el que, junto al componente biográfico, se insertan también innumerables referencias a su obra literaria, componiendo el conjunto una especie de fresco que parecer querer intentar desmitificar en la medida de lo posible a Lorca, mostrando su lado más humano. Es cierto que, en su empeño, la pieza –100 minutos- abarca muchos conceptos y no puede ni tiene tiempo de profundizar en todos ellos como sería deseable, centrándose más, por ejemplo, en la peripecia personal que en el contexto histórico de la España en que trascurre la acción, sobre la que habría mucho que decir, y por la que se pasa casi de soslayo. También hay que añadir que tal vez la cantidad de referencias que aparecen en la pieza puedan abrumar a ese público adolescente –al que va dirigida la obra esencialmente-, porque por una mera cuestión de metraje es imposible explicar quiénes son y qué representan todos los personajes que aparecen en la narración, tarea obvia para el espectador más o menos experimentado pero mucho menos para el público adolescente.

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El trabajo de Irma Correa y Nando López es más que encomiable a la hora de trazar una panorámica tan amplia en apenas 100 minutos, de carácter fundamentalmente; por más que –al menos desde la visión de un espectador más experimentado- en algunos momentos fuese deseable un punto de vista más crítico, un posicionamiento más claro con según qué cuestiones que aparecen, aunque entienda que no es eso lo que aquí se busca. De la escritura a cuatro manos – incluso a seis, si consideramos la gran cantidad de material lorquiano que aparece en el texto-, tal vez se pueda señalar que se ve con mayor o menor claridad la mano de ambos autores, en la diferencia estilística y de tono: el material mejora cuanto más se acerca al factor documental; y pierde enteros cuando, por ejemplo, cae en la práctica de incrustar alguna morcilla, e incluso raps –metidos con calzador, falso símbolo de juventud- como si quisiera acercarse al público más joven mediante unas técnicas y etiquetas predeterminadas: no sé si es del todo pertinente, máxime cuando se cae en ciertos lugares comunes. Puesto que es un material dramático ya de por sí difícil para el público adolescente – por su amplio universo referencial- sería conveniente apostar por un estilo único, que no ofrezca concesiones que no se necesitan, rompen la tensión dramática y dejan al espectador con esa sensación de que hay dos acercamientos en el conjunto.

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Lo que no se puede negar es el esfuerzo de Miguel del Arco por insuflar nueva vida a los trabajos de La Joven Compañía, con un espectáculo que tiene muchas de sus señas de identidad; pero que sobre todo se basa en un ritmo tan trepidante como limpio y bien medido. Sobre una sugestiva escenografía de Paco Azorín –presidida por una especie de gran carrusel móvil del que florecen árboles muertos y caducos, flanqueado por escaleras que permiten acceder a todo ese espacio, que servirá para evocar tanto el frenético devenir de la vida de Federico como algunas imágenes de corte más poético –la luna, inevitablemente lorquiana; el juego de guiñoles, el Cristo de espinas…- a la que las luces de Cornejo ayudan a crear imágenes decididamente sugestivas. Del mismo modo, el variado vestuario de Guadalupe Valero –unas veces simbólico, otras realista- ofrece un buen equilibrio entre las dos vertientes en las que se mueve este montaje: el sueño y la poesía. La belleza estética de la propuesta de Del Arco es incuestionable –la música de Arnu Vila, con esos guiños al rap, me sobra; y tal vez la videoescena no termine de lucir como debería, pero pocas cosas más se le pueden objetar- y el apartado estético ofrece momentos de un atractivo francamente deslumbrante que pocas veces –por no decir nunca antes- se había visto en un montaje de La Joven Compañía. Además, hay un marcado cuidado por la administración de la palabra; tanto en la parte más poética –no tan enfática como suele escucharse Lorca: se agradece- como en la parte más propiamente documental; y un delicado equilibrio entre las partes más corales –casi a modo de coro de tragedia griega, puesto que la vida de Lorca tiene mucho de trágico- como en las más intimistas – el monólogo de la madre de Federico es un momento de gran teatro-, con una curva en la composición de los personajes muy superior a lo que otras veces se ve en trabajos de esta compañía: puesto que los actores son fundamentalmente los mismos, hay que aplaudir la mano del director. En resumen: tanto en la estética del montaje como en la entrega contagiosa de los actores Federico Hacia Lorca es un paso de gigante para La Joven Compañía, que indica que estos jóvenes intérpretes pueden y deben alimentarse de otras formas de trabajar, otras formas de entender el teatro. Invitar a otros nombres a dirigir es una necesidad para el equipo de cara al crecimiento, y esta función es la prueba.

El amplio reparto es fundamentalmente coral – ya he comentado que casi todo el equipo pasa, en algún momento u otro, por la experiencia de ser la imagen misma de Lorca-; y todos contribuyen al buen rendimiento de la propuesta. Una vez señalada la implicación física necesaria –en algunos casos la carga física puede llegar a resultar agotadora- podemos mencionar el honesto trabajo de Xoán Fórneas –de parecido físico impresionante con el poeta gracias a la caracterización-, el gran momento de teatro que ofrece Carmen Tur en el monólogo de la madre –ojo a esta actriz-, el aplomo con que Julen Alba se encarga de algunos roles especialmente complejos por lo controvertidos o la entrega física de Rosa Martí, que ha de decir su texto en posiciones a veces complejas. Todo ello en un reparto coral en el que, como digo, todos reman en una misma dirección y nadie desentona ni suena altisonante. Completan el elenco Óscar Albert, Ana Bokesa, Katia Borlado, Álvaro Fontalba, Pascual Laborda, Jesús Lavi, Nono Mateos e Íñigo Santacana; y a buen seguro que la dirección de Del Arco ha sabido sacar lo mejor de todos ellos.

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Así pues, lo más reseñable de Federico Hacia Lorca – por encima de la apuesta de acercar al poeta al adolescente, por encima del texto, por encima de sumar un nuevo espectáculo de La Joven…- seguramente sea todo lo que ha aportado la mano de Miguel del Arco: tanto en el aspecto rítmico y estético –el montaje deja un puñado de imágenes muy bellas- como en el trabajo actoral, que permite que este grupo brille más aquí que otras veces, porque se les ha permitido desplegar una mayor gama de matices. El potencial de La Joven Compañía está fuera de toda duda; pero, desde luego, invitar nuevos nombres para trabajar con ellos es el camino a seguir, porque se nota en el resultado.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

 

“Federico Hacia Lorca”, de Irma Correa y Nando López. Con: Julen Alba, Óscar Albert, Ana Bokesa, Katia Borlado, Álvaro Fontalba, Xoán Fórneas, Pascual Laborda, Jesús Lavi, Rosa Martí, Nono Mateos, Íñigo Santacana y Carmen Tur. Dirección: Miguel del Arco. LA JOVEN COMPAÑÍA.

Teatros del Canal, 7 de Abril de 2019

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