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‘La Loca, Loca Historia de Ben Hur’, o ¡están locos estos romanos…!

abril 16, 2019

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Después de estrenarse en la pasada edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida se encuentra haciendo temporada en el Teatro La Latina La Loca, Loca Historia de Ben Hur, una gran farsa con mucho de astracanada consciente que toma como puntos de partida tanto la novela de Lewis Wallace (1880) como la película de William Wyller (1959) para revisar esta épica historia en una versión libre y libertina que firma Nancho Novo y que produce Yllana, con David Ottone a la cabeza. El resultado es un acercamiento al mito que condensa la historia en dos horas, en un espectáculo bufo que lleva al extremo todo ese exceso bien controlado y consciente propio de la marca Yllana; y que termina siendo un montaje tremendamente festivo, que da justamente lo que promete: pura diversión de astracán muy bien ejecutada y que hace las delicias del público con sentido del humor. Porque juega sin límites a la comedia y tiene en su propio exceso y en el arte de manejo de la comedia absurda, el clown y la sátira de su elenco algunas de sus mejores armas. Una comedia muy disfrutable –y de ejecución mucho más compleja de lo que pueda parecer a primera vista- que da en el clavo y tronchará de risa a quienes entren en el código –tan particular como bien ejecutado- que propone; y que encuentra en el Teatro de La Latina un marco ideal para hacer las delicias del público.

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Una compañía de teatro romano del siglo I anuncia que va a escenificar La Verdadera y Nunca Contada Historia de Ben Hur. Es el comienzo de una narración –en manos de un particular poeta reconvertido poco después en verdadero deus ex-machina– que se remonta casi a los anales de la historia para contar la epopeya de Judá Ben Hur –príncipe comerciante en la Judea dominada por el Impero Romano del año 30 D.C., en un momento en que el pueblo ansía la venida de un Mesías que le libre del yugo romano-. La llegada de Mesala –legionario romano y antiguo amigo de la infancia de Ben Hur- podría suponer un punto de inflexión; pero un desgraciado accidente con un jarrón que provoca una muerte fortuita por la que son condenadas la madre y la hermana de Ben Hur pone en el punto de mira al comerciante y abre una brecha irreparable entre él y Mesala; y obligará al protagonista a emprender una épica huida hacia adelante, no sin antes jurar venganza contra su antiguo amigo cueste lo que cueste. Así nos han contado la historia y ya saben cómo termina, pero… ¿sucedió la historia realmente así? El juego que proponen Nancho Novo e Yllana consigue precisamente en eso: convertir la épica historia en un juguete cómico que pone de vuelta y media toda la épica de la historia, cuestionando sus estereotipos y sus tópicos; pero sin descuidar ni una sola de las escenas de la película, pasadas aquí por el filtro del juego cómico con un resultado hilarante.

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Desde luego, el despliegue de exceso cómico de la versión que plantea Nancho Novo es brillante precisamente en eso: consigue mantener la esencia de la historia; pero la deforma a placer hasta convertirla en un absurdo casi guiñolístico que bebe, sin embargo, de la historia misma. En su reescritura, Novo demuestra que le gusta jugar, no tiene miedo a hacerlo y se lanza a la piscina sin miedo. El resultado es un cóctel explosivo, que tiene en su propio exceso y en su gran sentido del absurdo y hasta del ridículo sus mejores armas: todo, absolutamente todo está tan pasado de rosca que resulta tronchante, porque uno ya no sabe qué puede ser lo siguiente. Por el escenario, además de los personajes de la historia original, desfilan José y María –acento gallego incluido-, los Reyes Magos, un poeta de poca monta, el mismísimo Jesucristo actrices que reivindican su peso en la historia –una historia que saca de escena a la madre y a la hermana de Ben Hur para recuperarlas sólo al final y convertirla en una historia de género-, cuervos parlantes, marineros, leprosas y toda una legión –nunca mejor dicho- de secundarios. Ni los medios ni los recursos tienen fin, ni la cosa termina de tocar techo nunca. Para entender de qué palo va todo esto, piensen en ejemplos como La Vida de Brian; e imagínensela en un teatro y multiplicada. Así se harán una ligera idea de qué es realmente este Ben Hur. La esencia lógica de Monty Python se da la mano con ecos del estilo de Martes y Trece, Tricicle, los comics de Asterix y Obelix, algún rasgo de revista y el sello de inconfundible de Yllana, para constituir un todo tan loco como tronchante.

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Los diálogos de Nancho Novo –conscientemente sobrecargados- no temen ni a cuestionar la libertad sexual de sus personajes –¿acaso no era la sexualidad algo mucho más abierto en aquel entonces?… pues esta versión hace gala de ello-, y encaja gags –a veces ingeniosos, otras onomatopéyicos, absurdos, o en forma de juegos de palabras…-. Hay que tener inventiva, desde luego, para armar esta divertida bufonada, que a veces nos troncha de risa precisamente por lo evidente de su humor: esa es la clave de la farsa; y a esa farsa es a la que juega Nancho Novo sin amilanarse, y directo a un público que cae rendido ante cada gracia… ¿Es todo demasiado? Seguramente; pero ahí está la mayor virtud de un texto que sabe a lo que juega, y que se ríe sin tapujos de tópicos y estereotipos, sin dar tregua en las dos horas que dura. Es un sentido del humor desde luego muy particular –payasístico las más de las veces- en el que se puede entrar o no; pero, si se entra, el divertimento –porque esta función no persigue otra cosa- está más que garantizado.

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La función en sí misma es una especie de grand-guignol carnavalesco; una astracanada, y todos lo saben. Una astracanada, eso sí; ejecutada de forma impecable; y ahí radica la mayor dificultad de este espectáculo. David Ottone y Juan Ramón Toro –factoría Yllana- conocen bien cómo levantar este tipo de funciones, que exigen gran dominio del ritmo –no hay un instante de respiro, y un gag enlaza directamente con el siguiente-, del lenguaje facial y corporal –muchas veces se recurre al clown- y de aportar mil y un recursos escenográficos a favor de la parodia. Para ello, se recurre al sistema Teatromascope, que incluye una gran pantalla al fondo en la que se proyectan imágenes con sentido de la profundidad en las que se integran los actores. El uso de esta técnica deja, al menos, dos momentos hilarantes: el de la ola de mar embravecido que parte la embarcación y provoca el naufragio, y la sensacional carrera de cuadrigas, que se prolonga durante varios minutos, en un equilibrio brillante entre el clown y lo audiovisual. Estos diálogos son sólo dos muestras de la dificultad de ejecución de un montaje que, aunque sea una verdadera astracanada, requiere una coordinación milimétrica para llegar a buen puerto. Por gesto, ritmo y manipulación de elementos escénicos, todo debe ir cuadrado al segundo; o la caída puede ser fatal… Aquí todo está sin embargo en su sitio, y los actores –que se reparten un sinfín de personajes- manejan con soltura tanto la escenografía de Carlos Brayda como los variopintos figurines de Gabriela Salaverri, plenos de recursos y en muchas ocasiones verdaderamente inenarrables… Cuesta decidirse por uno; pero esos Reyes Magos incrustados literalmente en los camellos son difíciles de olvidar. No termina de lucir esta vez la iluminación de Juanjo Llorens –cosa rara- y los audiovisuales de Javier de Prado – tan importantes en este montaje- están muy bien integrados en el conjunto. Un conjunto que tiene mucha más complejidad de la que pueda parecer a primera vista.

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Manejar estos códigos excesivos, absurdos, exigentes en lo físico y tan cercanos a la payasada es tarea difícil, y ha de contarse con un elenco experimentado que sepa jugar y provocar la risa del respetable desde un exceso que resulte natural. Puede parecer una tontería; pero esto no lo hace cualquiera; y, si nos tronchamos es precisamente porque los aquí congregados son bien experimentados en estas lides. Sin tiempo de respirar – en una función coral, que exige múltiples cambios y que no da descanso a los intérpretes- todos se van repartiendo un número elevadísimo de roles, y todos encuentran momentos de lucimiento. Si ambos papeles femeninos parecen tener menos peso que los masculinos en su conjunto, sería injusto no destacar la descacharrante escena de las leprosas que se reparten María Lanau y Elena Lombao, uno de los más hilarantes momentos del montaje: Elena Lombao, además, se revela como una espléndida payasa –en el mejor sentido del término- a lo largo de toda la representación, con un especial dominio del apartado físico y gestual, dándolo todo en la escena de las cuadrigas; y María Lanau se resarce de una dicción a veces algo discutible al convertir a esa madre de Ben Hur en un verdadero figurón de alta comedia. Entre los hombres – que regalan momentos memorables, como la aparición de los Reyes Magos, que entran en camello por la platea y con un Baltasar blanco; o toda la escena de las galeras- sorprende encontrar a Fael García –Mesala, entre otros personajes- tan bien integrado en un código tan distinto a otros trabajos que le hayamos visto, alcanzando momentos francamente divertidos; del mismo modo que el esfuerzo de Víctor Massán –uno de los artistas más sólidos de nuestro teatro musical actual- por integrarse como Ben Hur en una propuesta tan diversa es encomiable; por más que – quienes conozcamos todas sus posibilidades- podamos pensar que queda algo desaprovechado. Quizá equilibrar la aparición de la pulsión homoerótica entre ambos –la pluma, vamos- mejoraría la comicidad de cara al desenlace; porque aquí se ve venir desde el primer segundo… Agustín Jiménez saca oro de esa capacidad innata no sólo para manejarse en este tipo de comedias pasadas de rosca; sino sobre todo para comunicar y comunicarse con el público –a él corresponde, por ejemplo, interactuar con el respetable a lo largo de la representación- y ese showman total que es Richard Collins-Moore – que es poeta-narrador, Jesucristo, rey mago, voz en off…- hace gala de su versatilidad para llevarse la función de calle por su extraordinario talento humorístico, rematando la noche con un inesperado número musical. En conjunto, si hay que reconocer que unos se lucen más que otros, también hay que reconocer que el conjunto funciona, y aporta ritmo y comicidad a la propuesta –e insisto que este código, tan petardo en apariencia, es complejo de sostener: aquí se sostiene-.

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Este Ben Hur es una fiesta; honesta en su manejo de lo cómico y quizás más apta para el Teatro de La Latina en el que se encuentra ahora que para el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida… Pero ese es otro debate. Tal vez allí se quedase corto; pero aquí encuentra el marco exacto y da justo aquello que promete: mera diversión, de un modo tan concreto y reconocible –la astracanada absurda pero bien ejecutada- como bien realizado. Se puede entrar o no en el desaforado código –yo entré; pero entiendo que haya quien no lo haga…-; pero no se puede negar que el equipo de Yllana va sobrado de medios al servicio de esta gamberrada… y sabe cómo utilizarlos. El teatro, a tope, riendo con sonoras carcajadas y convertido en una verdadera fiesta. Las dos horas que dura se pasan en un santiamén, es apta para cualquier tipo de público y contiene un tipo de humor que debe tener cabida en el repertorio; siempre teniendo presente lo que estamos viendo. Desde luego, bajo ningún concepto es un género que deba ni merezca ser denostado: saben lo que hacen; y está muy bien hecho.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

 

“La Loca, Loca Historia de Ben Hur”, de Nancho Novo a partir de la novela de Lewis Wallace y la película de William Wyller. Con: Víctor Massán, Fael García, Agustín Jiménez, Richard Collins Moore, Elena Lombao y María Lanau. Dirección: David Ottone y Juan Carlos Toro (Yllana). FESTIVAL INTERNACIONAL DE TEATRO CLÁSICO DE MÉRIDA / YLLANA / FOCUS.

Teatro La Latina, 6 de Abril de 2019

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