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‘La Golondrina’, o cuando el orden de los factores puede alterar el producto

abril 15, 2019

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La aparición en los teatros de toda una primera actriz como es Carmen Maura –ausente de los escenarios desde que hace unos años interpretase Carlota en la temporada del Centro Dramático Nacional- siempre es motivo de curiosidad e interés. Ahora ha vuelto al teatro para protagonizar La Golondrina, un melodrama de Guillem Clua –del que recordamos la más que interesante La Piel en Llamas– en el que comparte protagonismo con Félix Gómez, bajo la dirección de Josep Maria Mestres con producción de LaZona. La cosa tiene los mejores mimbres posibles y, a priori, todos los elementos presagiaban una función de incuestionable nivel. Sin embargo, a veces la conjunción de muchos elementos válidos da productos que quedan por debajo de lo esperado. No cabe duda de que el teatro se está llenando ni de que parte del público aplaude en pie; pero, al menos a nuestro juicio, La Golondrina dista de ser uno de los mejores trabajos de Clua, y ni el reparto ni la apuesta de dirección acompañan del todo. No es en absoluto un desastre – y, como producto comercial, es un tipo de teatro muy concreto para un público muy concreto-; pero, a la vista de las expectativas, no podemos negar que esperábamos bastante más.

Ramón acude a la casa de Amelia, prestigiosa profesora de canto, para que le ayude a preparar una canción –“La Golondrina”- que debe interpretar en la misa de aniversario de la muerte de su madre. Ante la nulidad de Ramón para el canto, la profesora intenta deshacerse de él con cajas destempladas. Sin embargo, la inesperada revelación de un nexo inesperado que les une –Ramón ha sido compañero de instituto y de coro de Dani, el hijo de Amelia, fallecido en un atentado terrorista en una discoteca de ambiente- hará que el encuentro entre ambos se prolongue; dando pie a una dura conversación en la que más verdades acabarán saliendo a la luz, provocando caso un debate sobre la identidad, el concepto de amor, la lacra del terrorismo –en este caso, el terrorismo homófobo- y la necesidad de comprensión y diálogo entre los seres humanos. Porque, al fin y al cabo, Amelia y Ramón no son más que dos personas marcadas por la misma desgracia; que han tenido que cargar solos con la pérdida y la culpa… Tal vez haya llegado el momento de que el entendimiento entre ambos les ayude a asimilar las cosas como son, y a compartir la tragedia.

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Guillem Clua ha escrito, como digo, un melodrama de temática LGTB, que se inspira directamente en el atentado real ocurrido en 2016 el pub Pulse, un local de ambiente de Orlando; pero que a la vez condena –desde lo general- toda una serie de agresiones homófobas que han sucedido y, desgraciadamente, siguen sucediendo a día de hoy. Pero, más allá de condenar lo evidente, La Golondrina parecer querer buscar un acercamiento de posturas; y mostrar que, ante un caso extremo –como el conflicto que centra esta obra- el amor, la tolerancia y la necesidad del otro quedan por encima de cualquier diferencia; y que, a veces, una diferencia que pueda parecer una barrera insalvable puede no ser más que un diverso punto de vista. Desde luego que, en primera instancia, Guillem Clua pone sobre la mesa asuntos espinosos; y parece querer plantear un debate – afectivo, ético, moral…- que podría haber dado mucho de sí. Y, sin embargo, conforme avanza la pieza –que plantea inicialmente un conflicto muy interesante-, la trama se va diluyendo hacia un código de melodrama –y melodrama en absoluto es una palabra despectiva: se han visto muchos muy buenos- que simplifica en demasía la situación y no profundiza en según qué aspectos que habrían dado para mayor debate. Incluso al margen de que el desarrollo de la historia sea previsible y nos veamos venir cada giro a kilómetros, los puntos de vista que ofrecen los personajes –salvo quizá por un monólogo de Amelia hacia el comienzo que podría haber tenido más chicha por lo que plantea; pero que se queda en nada porque el autor parece no haber querido nadar en terreno pantanoso…- se vuelven obvios, no exentos de tópicos; y bastante salpicados de lugares comunes que salpican también el retrato de los personajes, y buscan –y a veces consiguen- la lágrima fácil del espectador; más que adentrarse en un debate que podría haber dado mucho más de sí. El mensaje está claro y es muy potente; pero el desarrollo está más enfocado a conmocionar que a llamar a la reflexión, y al asunto no le falta un tópico por sacar. Se ha preferido el melodrama que un material que suscite verdadero debate. En otras palabras, es un texto cómodo para el espectador medio, que busca epatar y epata, de esos que calculan el momento exacto en el que va a llorar el público; pero que no logra ir más allá cuando tenía todas las papeletas para hacerlo. Además, el texto de Clua –un melodrama con todas las de la ley- salpimenta la tensión dramática con toques de ironía que intentan relajar la tensión, en un recurso que la dirección debe medir con tino para que la cosa no se desparrame: aquí, sin embargo, parece que se ha incidido demasiado en las frases más cómicas; y esa supuesta relajación que se busca provoca, por ejemplo, risotadas generalizadas en momentos, como mínimo, poco oportunos. Ocurrió en mi función… pero, por lo que he podido saber, ocurre también otros días.

¿Es La Golondrina un mal texto? En absoluto. No hay más que ver la cantidad de producciones exitosas que ha tenido desde su estreno a nivel internacional. Dista de ser el trabajo más logrado de Clua; pero tiene virtudes, por más que su estructura no deje de tener tintes claramente comerciales. Sabe el género teatral que enfrenta y no corre más riesgos de los necesarios. Tal cueste asumir el viaje que emprenden los personajes en apenas hora y media –porque la función transcurre en tiempo real-; y tal vez hubiese sido más eficaz plantear que los encuentros entre Amelia y Ramón transcurriesen en varias clases, durante semanas. Su mayor dificultad, sin embargo, seguramente sea equilibrar el tono: conseguir que sea un drama propiamente dicho –sin caer en el melodrama-, e integrar esas frases que relajan la tensión en el conjunto de manera que no desequilibren el conjunto… La tarea no es sencilla; pero se puede lograr… aunque en esta producción parece que no se ha dado con el tono adecuado. Si comparan la versión española con otras producciones –busquen trailers en Youtube- verán que el código es decididamente más dramático. Aquí, sin embargo, pareciera que la propuesta se ha agarrado a según qué frases –coloreando el tono, haciendo especial hincapié en ellas…- como a un clavo ardiendo para relajar la tensión… y, el resultado, no siempre funciona como debería.

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Nadie va a descubrir ahora ni la capacidad de Josep Maria Mestres para dirigir buenas propuestas, ni el talento innato de Carmen Maura como la gran actriz que es, ni lo sólido que resulta Félix Gómez, curtido en batallas de toda clase. Ni siquiera el talento escenográfico de Alessio Meloni –que ha diseñado un espacio entre realista y poético-. Sin embargo, algo no brilla como debería. Porque el tono en el que dirige Josep Maria Mestres resulta demasiado estático y el tono elegido no termina de encontrar el delicado equilibrio que el texto exige –las risas del público en según qué momentos son curiosa muestra de que quizá algo no termina de ir bien-. Por ejemplo, según qué frases más ácidas –puestas en boca de Amelia- parecen aquí salpicadas de un tono de corte almodovariano que puede que haga las delicias de los que vayan al teatro a ver a Carmen Maura y quieran reconocerla; pero no terminan de irle bien al texto mismo… Más adelante, consigue dotar a las escenas más dramáticas de cierta temperatura; pero la distancia entre ambos tonos cortocircuita, como si hubiese que dar al público una lectura cómoda. Ambos actores aparecen bastante planos en la construcción de sus personajes, como si por  momentos se limitasen a salvar los muebles; pero lo curioso es que sea el papel de Félix Gómez quien lleva el peso de la acción: Ramón tiene más recorrido, más conflicto a la vista y vale más por lo que calla que por lo que cuenta en un principio. Sabemos que todo eso acabará aflorando, y el actor sabe aprovecharlo; sacando fuerzas de flaqueza en los momentos más dramáticos, que son en los que más e puede luir. La Amelia de Carmen Maura es un rol que no permite especial lucimiento; porque fundamentalmente escucha –tiene un par de monólogos de gran intensidad en los que rebate los argumentos de Ramón que son de los mejores momentos del texto; pero no dejan de ser un par de momentos- y lleva su procesión por dentro. Tiene, también, gran parte de las frases que buscan aligerar la tensión, y quizá la dirección haya decidido incidir en ellas para darle mayor lucimiento – como en un intento por acomodar a la naturaleza de la actriz un papel en el que no termina de encajar…- pero no parece lo más adecuado a un personaje que no le deja brillar como sabe y debe –desde luego hubiera lucido más en otro perfil; y era de esperar que, puesto que sus apariciones teatrales ocurren con cuentagotas, se le hubiese ofrecido un rol de mayor enjundia, en el que pudiera lucirse a sus anchas-. Corramos un tupido velo sobre las capacidades musicales de ambos intérpretes.

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El espectáculo acaba con gran parte de la platea en pie… curiosamente el mismo público que –al menos en mi sesión- ríe sorprendentemente en momentos poco esperados. ¿El éxito es de la función o tal vez simplemente se sienten satisfechos de haber visto a la gran actriz a la que han acudido a ver en masa? Será una de las preguntas que hay que hacerse. El caso es que estamos ante uno de esos ejemplos en los que, a pesar de que todos los elementos son de calidad, la suma del todo no termina de ofrecernos un espectáculo en el que nos alejemos de la comodidad que gustará al público más comercial. Pero todo lo que aquí había daba para mucho más que esto.

H. A.

Nota: 2.25 / 5

 

“La Golondrina”, de Guillem Clua. Con: Félix Gómez y Carmen Maura. Dirección: Josep Maria Mestres. LAZONA

Teatro Infanta Isabel, 6 de Abril de 2019

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