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‘Jauría’, o la tensión descargada en un abrazo

abril 12, 2019

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Después del éxito que obtuvo hace unos años con Ruz-Bárcenas, Jordi Casanovas vuelve por la senda del teatro documento con dos piezas que se representan estos días en El Pavón Teatro Kamikaze y que se ocupan de dos casos reales: Port Arthur – que aborda el interrogatorio a Martin Bryant, acusado de cometer una matanza de la que dice no recordar nada; y cuyo texto llegó a filtrarse en las redes- y Jauría –que se ocupa del juicio por violación del reciente caso de La Manada-. En ambos casos, el texto se basa ya sea en el material filtrado en redes –en Port Arthur– o en las transcripciones exactas del juicio de La Manada–en Jauría-, con las palabras exactas que pronunciaron la denunciante y los acusados. Corresponde esta reseña al segundo de los espectáculos. Según se nos hace saber al principio de la representación, en ningún caso se han agregado textos de ficción, así que la tarea de Casanovas ha consistido fundamentalmente en reordenar, seleccionar y recortar el material; para darle un cierto ritmo dramatúrgico.

Jauría es uno de esos espectáculos que no necesitan presentación alguna. Pocas veces un espectáculo ha suscitado tanta expectación, tanta polémica y tanto material en medios de comunicación, no solamente culturales, incluso antes de estrenarse-. Si el teatro documento y las ficciones documentales son ya un género a la orden del día –pensemos en Ruz-Bárcenas, El Pan y la Sal o Claudia como algunos ejemplos recientes- es incuestionable que este caso concreto de La Manada es todavía un hecho muy reciente –la violación se produce el 7 de julio de 2016, y el juicio tuvo lugar durante el mes de noviembre de 2017- que, por lo brutal del hecho y la más que polémica sentencia resolutiva del juicio, conmocionó y mantiene conmocionada a la opinión pública; así como a cualquier persona con unos mínimos de sensibilidad y sensatez. Sobre si es muy pronto o no para levantar este espectáculo –e incluso sobre su pertinencia real: ¿era necesario contar precisamente esto y hacerlo precisamente ahora? ¿es o no una maniobra oportunista? – han corrido ríos de tinta, se han generado debates de toda clase –la propia marquesina del teatro amaneció con una pintada contraria a la representación un mes antes de que comenzasen las funciones…- y cada uno tendrá su opinión. Sin embargo, ese es otro debate distinto; y lo pertinente aquí es centrarse en valorar el espectáculo teatral en sí mismo, su forma, su realización; e incluso la labor social que, como tal, puede cumplir.

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Incluso al margen de su crudeza –mayor aún porque sabemos que todo lo que estamos escuchado son hechos reales y palabras salidas de la boca de gente real- Jauría, tiene, desde luego, valores que hacen que sea un buen espectáculo teatral. En líneas generales, el material que ha seleccionado Jordi Casanovas –que hace más un trabajo dramatúrgico que de verdadera autoría; puesto que no hay palabras de ficción propiamente dicha- mantiene el ritmo, y el inicio –con la declaración de la víctima entrecortada con la recreación de los hechos- es tan incómodo y desasosegante como teatralmente potente. En esta secuencia inicial –desgarradora- posiblemente esté el momento más poderoso de un espectáculo que es valiente en el sentido de que ofrece todos los puntos de vista. Tenemos las declaraciones de la víctima; pero también escuchamos la defensa imposible de los violadores –palabras de una pachorra tal que mueven a la náusea-, sus conversaciones de Whatsapp, jactándose de lo que han hecho, el impacto social del caso –los gritos de “¡Yo sí te creo!” retumban en varios momentos de la representación- e incluso el punto de vista judicial. Porque Casanovas y Miguel del Arco –que se encarga de la puesta en escena- tienen el acierto dramatúrgico de desdoblar en varios momentos a los intérpretes de los cinco violadores en los magistrados que se encargan del juicio –evocando así la comisión de hombres que se encargó del caso, llegando a cuestionar la pertinencia o no de llamar a algo “delito sexual”, en otro momento que no puede sino causarnos perplejidad- y a la víctima en fiscal del caso. Es, desde luego, una solución dramatúrgica audaz, que da ritmo y sentido teatral a la propuesta y demuestra la voluntad de todos de hacer buen teatro, sin perder de vista el peso testimonial de lo que estamos contando. Ahora bien, siento que Jauría empieza muy arriba –insisto, las primeras escenas son verdaderamente espeluznantes-; pero acaba teniendo un exceso de metraje que afecta, sobre todo, a los interrogatorios, que acaban volviéndose algo reiterativos y por ello –al menos bajo mi punto de vista- perdiendo algo de su fuerza. Son interesantes la estructura, el lugar al que la obra nos mueve – esta cuestión merece párrafo aparte-, la potencia de la propuesta escénica y el trabajo actoral; pero siento que 95 minutos es mucho tiempo; tanto por la exigencia emocional que la función plantea al público como por la cantidad de información que se nos aporta, muchas veces queriendo incidir y reincidir en datos que ya tenemos –y que, como público sensato, ya hemos procesado-. No es necesario: hemos captado el mensaje en toda su magnitud hace tiempo. Pero al margen de lo excesivo del metraje; poco más se le puede reprochar a la recreación.

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Siempre es delicado armar un montaje a partir de este material; y Miguel del Arco ha tenido sin embargo el acierto de no querer cargar demasiado las tintas en nada –porque el texto ya es lo suficientemente crudo por sí solo-; pero, al mismo tiempo, no renunciar a momentos de gran teatro. La escena inicial –con los cinco violadores vociferando la canción de San Fermín a la víctima mientras la acorralan- es de una potencia incuestionable; como lo es toda esa primera sección que sigue, y hay varias imágenes visualmente poderosas. Están bien aprovechadas tanto la escenografía de Alessio Meloni –que, con pocos elementos, sabe evocar, por ejemplo, el portal fatídico en el que suceden los hechos- como la iluminación de Cornejo en favor de crear climas e imágenes con capacidad de sugestión. Incluso los perfiles psicológicos están bien trazados; y si los cinco violadores pueden parecer caricaturizados, no hay más que revisar sus imágenes para darse cuenta de que Del Arco no hace más que plasmar lo que es y lo que hay. Puede que –por resultar demasiado evidente- me sobren los gritos de fervor social, en una función que se sigue con la solemnidad de una ceremonia, no siempre compro los acentos andaluces de los violadores – puesto que en unos casos están más logrados que en otros; tal vez se podría haber dejado todo en el neutro- e incluso el giro final de convertir a la víctima en fiscal me resulta un golpe tal vez demasiado evidente; pero nadie podrá discutir el buen trabajo dramático que ha cuajado Del Arco, enfrentando tan delicado material con seriedad y valentía; armando un buen espectáculo teatral, sin querer nunca quedar por encima del tremendo mensaje que la función transmite.

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Ha de ser complejo para el elenco enfrentarse a algo así, y todos merecen mi más absoluta admiración. Lo que hace María Hervás sencillamente hiela la sangre. Es ella contra el mundo, es ella contra los cinco violadores y el papel exige un nivel emocional que excede con mucho lo dramático. Debe afectar no sólo como actriz; sino también como mujer y como ser humano. Ver cómo Hervás se abre en canal ante nosotros, con esa verdad en su narración, cómo nos clava la mirada sin compasión alguna, con tanta verdad –después de Confesiones a Alá o Ifigenia en Vallecas deberíamos estar ya acostumbrados a la franqueza con la que Hervás afronta sus papeles; pero nunca nos deja de impactar- nos hace pequeños en nuestras butacas y nos hace sentir vergüenza de ser hombres y hasta de la raza humana. Hay que ser buena –muy buena- para enfrentarse a esto, exponerse a ello y enfrentarlo así; y sólo admirar el portentoso trabajo que realiza ya es motivo más que suficiente como para ver el espectáculo. Esto va más allá de una buena interpretación; esto tiene unas connotaciones emocionales –para ella como actriz y como mujer, para nosotros como espectadores y hasta para sus compañeros de reparto- que van mucho más allá, y es algo que casi nunca pasa. Hervás es la actriz perfecta para aportar esa dignidad a la víctima, para exponernos nuestra propia vergüenza como sociedad a la cara y para abofetearnos con su verdad. Es imposible imaginar Jauría con otra protagonista. Es una de las grandes, posiblemente la gran actriz española de su generación. A su alrededor pululan –por momentos amenazantes, por momentos grotescos, por momentos descontrolados- los cincos violadores – o los cinco magistrados- a cargo de cinco actores que se dejan la piel, en una función que también para ellos debe resultar durísima. Porque no ha de ser fácil defender a los personajes que defienden, ni enfrentar a la actriz como lo hacen; y porque, obviamente, hay algo en estas interpretaciones que trasciende el mero hecho teatral y ataca directamente lo emocional. Son Fran Cantos –soberbio, en una interpretación que, por momentos, llegó a resultarme francamente repulsiva: en este caso, claro, es un enorme elogio-, Álex García –muy centrado en el que probablemente sea su más cincelado trabajo teatral-, el siempre eficaz Raúl Prieto, el cada vez más sólido Martiño Rivas y el rotundo Ignacio Mateos. Si de entre los cinco el mayor peso recae sobre los dos primeros –Cantos y García, ambos tremendamente afinados-, todos están en su lugar, enfrentando con aplomo esta representación que, insisto, excede con mucho lo meramente teatral.

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Después del consabido tráiler de programación que ya es marca de la casa de este teatro, Jordi Buxó advertía “…os diría que lo disfrutéis, pero me temo que no va a ser así; aunque creo que este tipo de espectáculos son necesarios”. No le falta razón. De hecho, hay varios aspectos externos a la representación propiamente dicha que me impactaron tanto o más que la representación misma y sobre los que conviene detenerse, aún a riesgo de que este escrito se prolongue en demasía, porque me parecen asuntos muy importantes. Primero: la representación se sigue en un silencio escalofriante, casi ceremonial, como si estuviésemos asistiendo a una catarsis individual y colectiva. El silencio, como pocas veces he sentido en un teatro –ni un móvil, ni una tos, ni siquiera un sollozo- hace la atmósfera irrespirable; y es muestra del profundo respeto con el que el público sigue la representación. Segundo: lo primero que hacen los cinco actores al terminar la representación –antes incluso del saludo conjunto- es abrazar a María Hervás, arroparla, apoyarla, casi se diría que protegerla. La imagen es tan sincera como devastadora y es la demostración de muchas cosas: del compromiso de todos para con la representación; de la conciencia de la dureza que supone el rol de Hervás en esta función, y de la necesidad de liberar la tensión que se respira en el escenario. El abrazo que estos cinco actores le dan a Hervás –que, personalmente, creo que es la imagen de Jauría que se me va a quedar clavada en la retina a fuego- es el que, a buen seguro, le damos todos. Tercero: no se produce gran catarsis con grandes ovaciones al acabar la representación. Algunos se levantan, otros sollozan, yo mismo aplaudía casi como un autómata de piloto automático… Pero, sin embargo, el aplauso es larguísimo. La cosa tiene explicación: la función deja mal cuerpo –como para no…- y un poso que es imposible descargar en el momento correspondiente al aplauso. No es mala señal; más bien todo lo contrario. Cuarto: los lunes se está exhibiendo Jauría en campaña escolar, con coloquios y grandísimo éxito. Si este espectáculo sirve para concienciar a los más jóvenes, y evitar así que este tipo de episodios lamentables sigan sucediendo, montarlo ya habrá tenido pleno sentido. Que todo esto pase en una representación teatral es tan infrecuente como importante. Aquí, pasa.

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Jauría es, desde luego, un buen espectáculo teatral; pero además tiene muchos valores que exceden lo teatral propiamente dicho. Le podrá sobrar metraje, podrá insistir en cuestiones que están claras y suscitará una polémica social inacabable –¿montar o no montar Jauría aquí y ahora? – sobre la que no hay una verdad superior; pero no sólo no deja indiferente, sino que lleva a lugares que alcanzan muy pocas funciones teatrales. Puede, de hecho, que lo más importante e interesante de Jauría –además de la interpretación de María Hervás- esté en el patio de butacas: en las sensaciones que provoca, en el debate que suscita. No es mala señal; y demuestra que es buen teatro, porque consigue modificar al espectador.

H. A.

Nota: 4 / 5

 

“Jauría”, de Jordi Casanovas. Con: María Hervás, Fran Cantos, Álex García, Martiño Rivas, Raúl Prieto e Ignacio Mateos. Dirección: Miguel del Arco. KAMIKAZE PRODUCCIONES / MILONGA PRODUCCIONES / HOUSE & RICHMAN STAGE PRODUCERS / ZOA PRODUCCIONES.

El Pavón Teatro Kamikaze, 5 de Abril de 2019

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