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‘Espejo de Víctima’, o lo relativo de la debilidad

abril 9, 2019

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víctima

Del lat. victĭma.

  1. f. Persona o animal sacrificado o destinado al sacrificio.
  2. f. Persona que se expone u ofrece a un grave riesgo en obsequio de otra.
  3. f. Persona que padece daño por culpa ajena o por causa fortuita.
  4. f. Persona que muere por culpa ajena o por accidente fortuito.
  5. f. Der. Persona que padece las consecuencias dañosas de un delito.

hacerse alguien la víctima

  1. loc. verb. coloq. Quejarse excesivamente buscando la compasión de los demás.

***

Ya saben que en el teatro a veces salta la sorpresa donde uno menos se lo espera. Seguramente nadie contaba con ello; pero Espejo de Víctima –que estos días está en cartel en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero- está siendo aclamada de forma unánime como una de las mejores funciones de este año y de la temporada. El boca a boca ha logrado lo que tiene que ser: que se agoten las entradas, que la sala se llene y que el público no pare de hablar de una de esas funciones que deberían estar meses y meses en cartel, girar y reponerse para que el todo el mundo pueda verla. Porque es teatro de cámara; pero en absoluto teatro pequeño… Todo lo contrario: Espejo de Víctima es una de las funciones más inteligentes, entretenidas y mejor interpretadas y escenificadas que hayamos visto últimamente. Ni más ni menos.

Ignacio del Moral propone un programa doble formado por dos piezas breves –en torno a 45 minutos cada una- e independientes, que comparten rasgos temáticos y formales. Dos thrillers psicológicos, dos pulsos dialécticos, dos encuentros íntimos, dos entrevistas entre cuatro personajes que –al menos en primera instancia- no se conocen; pero que comparten mucho más de lo que parece a primera vista. La Lástima –texto que abre el díptico- presenta a una audaz periodista que por fin ha conseguido entrevistar al político del momento, minutos antes de que el partido le confirme como candidato y firme la página más importante de su carrera: parece una entrevista cordial, con una periodista incisiva; pero pronto sabremos que, en el fondo, ella busca algo muy concreto. La Odiosa –segunda de las piezas- nos presenta a una superviviente de un atentado terrorista que le ha dejado secuelas bien visibles, aupada a influencer y abanderada de las víctimas del terrorismo en redes sociales –capaz de suscitar amor y odio a partes iguales- en el momento en que recibe la visita de un extraño hombre que se cuela en su casa e insiste en hablar con ella para conocerla mejor: la extravagante y poderosa personalidad de la mujer pondrá contra las cuerdas a nuestro hombre, cuya meta también es muy concreta.

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Una escena de La Lástima.

No hay rasgos argumentales que unan las dos funciones, que se ven separadas por un entreacto –¿cómo no pensar en los textos breves de Harold Pinter o David Mamet, a menudo ofrecidos en programas dobles?- y, sin embargo, ambas comparten muchas particularidades. A lo largo de las dos obras, Ignacio del Moral dibuja, ante todo, un tratado sobre victimismos, víctimas y victimarios en la sociedad actual. ¿Qué es el concepto de víctima? ¿La víctima nace o se hace? ¿Es el de víctima un rol adquirido? ¿Cómo reacciona alguien a quien la sociedad ha etiquetado como víctima para defenderse o encajar esa etiqueta impuesta? ¿Somos aquello que proyectamos al exterior? Son algunas de las preguntas que plantean estos dos textos que tocan temas de máxima actualidad desde unos puntos de vista incisivos, ácidos y políticamente incorrectos. La escritura es sumamente inteligente –en ambas historias los giros se suceden, y cuando el espectador cree tener por fin todas las claves siempre hay un último giro que el autor se saca de la chistera-, con diálogos rápidos, incisivos y que no dan puntada sin hilo. La brevedad de las funciones beneficia decisivamente el ritmo dramático –la tensión es creciente, no hay ni un dato superfluo ni un diálogo que sobre- y es imposible no caer rendido ante la audacia de estos textos que transcurren a dos palmos de distancia del espectador.

Ambos textos tienen una simetría perfecta, que se intuye en una primera visión; pero sólo se asimila en su totalidad una vez que los textos se releen o el espectáculo se revisita. Los cuatro personajes –dos por función, interpretados por la misma pareja de actores- son poliédricos –de entrada parecen una cosa, asumimos que son una cosa, tendemos a equivocarnos y se nos demuestra que son otra…-; pero encuentran correspondencias notorias de un texto al otro –sin entrar en spoilers, e insistiendo de nuevo en que son historias independientes entre sí, digamos que el personaje que interpreta Eva Rufo en La Lástima comparte no pocos rasgos psicológicos con el de Jesús Noguero en La Odiosa; del mismo modo que el carácter del de Rufo en La Odiosa emparenta psicológicamente con el de Noguero en La Lástima-. Estamos ante personajes que atraviesan por situaciones extremas –incluso traumáticas-; pero deben decidir cómo enfrentar la adversidad: pueden acomodarse en el victimismo que se espera de ellos o luchar por redimirse, reinventarse y empezar de cero. En ambas historias, Del Moral nos presenta víctimas y verdugos, perdedores y supervivientes; si bien las fronteras no siempre están tan claras como parecen –y los giros nos obligarán a cuestionarnos la realidad de lo que vemos, y a plantearnos si hemos prejuzgado en base a lo que veíamos y creíamos tomar como cierto-.En torno al concepto de víctima como rol social –o no-, el autor revisa además cuestiones de máxima actualidad como el poder fático de la prensa, la política como paraguas de poder o las redes sociales como herramienta para aupar y derrumbar ídolos mediáticos con pies de barro. Hay que insistir, más allá de su originalidad formal – porque claramente son textos hermanos y hermanados- los textos son de una inteligencia extraordinaria: sin miedo a hablar claro, sin miedo a cuestionar la pertinencia de ciertos lugares comunes presupuestos por la sociedad e incluso dispuestos a meter el dedo en la llaga de cuestiones incómodas desde lugares igualmente incómodos. Además, el autor muestra, expone; pero nunca juzga: hemos de ser nosotros quienes decidamos los límites o la veracidad de lo que vemos –ahí empieza el gran debate de esta función; y la cosa da para debatir largo, créanme-. Tienen tensión bien medida, diálogos inteligentes, humor y capacidad de reflexión para dar y tomar.

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Una escena de La Odiosa.

La Lástima es un notable texto, que parte quizá de una premisa más manida –la entrevista política en la que sospechamos y comprobamos que la periodista va a sacar la mierda del político como sea-; pero mantiene en lo alto la tensión y culmina con un muy interesante doble salto mortal –un giro sobre el giro- que encaja perfectamente y nos deja perplejos ante el cambio que experimentan los personajes. La Odiosa es, sencillamente, uno de los textos que más me hayan interesado últimamente. Lo tiene todo: un conflicto políticamente incorrecto, un personaje femenino memorable –que ha hecho de su supuesta debilidad su mayor fortaleza, lo que la hace más peligrosa- y un personaje masculino que se va metiendo en una ratonera sin darse ni cuenta; a pesar de que todos vemos quién manda aquí. Me fascina lo que cuenta, desde dónde lo cuenta y cómo lo cuenta; y pone sobre la mesa un conflicto necesario de una forma necesaria. La suma es, desde luego, uno de los espectáculos más intensos de los últimos tiempos, con un autor que demuestra que maneja los códigos del thriller –y que acierta incluso al meternos dobladas todas las sorpresas propias del género-: se lo compramos todo.

Con un material de esta potencia, servido además en una sala íntima –con el público enfrentado a dos bandas y los actores en el centro del espacio- pareciera que hay poco que hacer para llevar el espectáculo al éxito. Y, sin embargo, las puestas en escena de Eduardo Vasco hilan muy fino; van al detalle y se revelan llenas de detalles de audacia. Por cómo ha equilibrado el ritmo de los diálogos –un ejemplo: desde el inicio de La Lástima el personaje de Eva Rufo nos produce, por ejemplo, una incómoda sensación de extrañamiento que crecerá y crecerá hasta que la tensión reviente-; por el aprovechamiento de la sucinta escenografía –el uso de los espejos para crear perspectivas que completen lo que creemos que nos estanos perdiendo es todo un hallazgo- e incluso por un espacio sonoro que está perfectamente en su sitio; las puestas tienen una elegancia de esas en las que el director parece haberse apartado –y, sin embargo, tenemos presente que está ahí y muy presente-. El vestuario de Lorenzo Caprile está plagado de detalles gloriosos –desde el del impoluto político de La Lástima, o el loser de manual que, con un mero cambio de peinado y unas gafas, se planta en La Odiosa hasta el glorioso look de la protagonista de La Odiosa, digno de la mejor villana de telenovela imaginable (¿recuerdan a la mítica Catalina Creel en Cuna de Lobos?) y al que no le falta detalle-. Parece que hay muy poco; pero cada elemento está medido al milímetro.

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La Lástima.

Es una función compleja para los actores. Porque al hecho de tener que interpretar dos personajes perfectamente antagónicos hay que sumar los viajes emocionales por los que atraviesan todos los personajes, que siempre comienzan pareciendo una cosa y acaban siendo otra – caras y cruces extremas en funciones de poco más de 40 minutos-. El trabajo de ambos es matizado, elegante, impecable en dibujar sus caídas o sus alzamientos; y en la capacidad de haber sabido construir caracteres bien diferenciados de una a otra función. La convicción con que el político que hace Jesús Noguero en La Lástima defiende firme sus ideales renovados –políticos; pero también vitales- contrasta debidamente con el desmontaje enajenado y progresivo del hombre que interpreta en La Odiosa, llevado por su contrincante hasta el límite de la desesperación. Tal vez convendría suavizar algún arrebato; pero la construcción es de altura y la elegancia es marca de la casa. Del mismo modo, la periodista de Eva Rufo en La Lástima transita muy bien desde la rabia contenida hasta lo que es casi un éxtasis alucinatorio; y la lisiada que hace en La Odiosa es algo para enmarcar y recordar largo tiempo: lo fácil con ese vestuario hubiese sido llenarla de tics de supervillana, y, sin embargo, Rufo logra no sólo que nos la tomemos completamente en serio en su cinismo hipersexualizado –por tanto, llenarla de dignidad- sino que enseguida tengamos claro que su tara es su fortaleza, y por tanto es una amenaza para los que no la tienen en cuenta… La composición es para quitarse el sombrero; y hay que tener mucho aplomo para hacer lo que hace. El pulso que mantienen ambos es de altos vuelos; pocas veces se verá una pareja tan afinada, tan certera y tan bien compenetrada. Un gusto.

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La Odiosa

Espejo de Víctima es –en su originalidad, en la calidad de sus textos, en la elegancia de su puesta en escena y en sus sobresalientes interpretaciones- de lo mejor que se puede ver ahora mismo en la cartelera española. El Centro Dramático Nacional no debería dudar en prorrogarla, reponerla y exportarla a todo cuanto teatro nacional guste de las propuestas de calidad. No ha pasado desapercibida para los que la hemos visto; pero debe ser vista por todos. De esos espectáculos tan inteligentes y redondos que dejan poso durante días y semanas –a mí todavía me dura-, admiten nueva visión y dan para amplias tertulias. Quizá sea una sorpresa inesperada; pero benditas sean estas sorpresas. Nadie a quien le guste el buen teatro debería perderse este espectáculo.

H. A.

Nota: 4.75 / 5

 

“Espejo de Víctima (“La Lástima” y “La Odiosa”), de Ignacio del Moral. Con: Jesús Noguero y Eva Rufo. Dirección: Eduardo Vasco. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa), 4 de Abril de 2019

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