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‘Lacura’, o exorcizarnos para reprogramarnos

marzo 22, 2019

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Tras algunos años en la carretera –y algunos bolos puntuales en Madrid- llegó para hacer temporada en el Fernán Gómez Lacura, espectáculo unipersonal en el que la artista plural canaria Bibiana Monje en el que, a modo de autoficción, levanta una reflexión sobre el derecho y la libertad de los humanos de construir nuestro propio universo y luchar por mantener nuestra esencia, ser aquello que somos y queremos ser; todo ello visto a través de la herida que puede dejar la infancia y la adolescencia si nos encontramos con un entorno en el que no terminamos de encajar, sencillamente porque el mundo no lo hemos inventado nosotros. Monje propone entonces una suerte de viaje hacia el autoconocimiento en el que se desplaza desde lo particular – su experiencia- hasta lo más general –el concepto de formación de personalidad que nos abarca a todos- para que el público pueda no sólo participar de la experiencia, sino también sacar su propia enseñanza del relato, extrapolarlo a su propia realidad y convertirse en parte de esa comunidad de soledad en la que, como dice Monje hacia el final de la función, estamos todos.

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Así, en Lacura –término híbrido entre ‘la cura’ y ‘locura’- Bibiana Monje nos invita a acompañarla a un viaje a los recuerdos de su infancia, al entorno de esa casa canaria, con su pintoresca madre, esa abuela anclada siempre en la misma edad y ese colegio… En otras palabras, ese microcosmos isleño en el que la pequeña Bibi –una niña aunque sus padres siempre quisieron un niño, primera nota discordante en su periplo vital- tal vez no terminaba de encajar, porque no se acomodaba a la imagen que se esperaba de ella. En un prólogo, un epílogo y tres actos – etiquetados en forma de ‘enfermedades’ sociales, viendo quizás al entorno como enfermedad misma- Monje revisa, en clave de humor, la propia tragedia del no pertenecer, de su lucha de joven por convertirse en eso que es hoy, aun teniéndolo tal vez todo de espalda en primera instancia. Porque en un entorno pequeño en el que algo lleve la marca de distinto, puede que esas cosas se paguen por mero desconocimiento… Ahora bien, el relato de su deslocalización –geográfica, sexual, familiar, social…- está abordado desde un humor fino y directo; un humor irónico y sanador que tal vez sea la única manera de abordar esos recuerdos –porque, hoy por hoy, ya solo son eso: recuerdos- que, de algún modo e inevitablemente, han armado su psique. Hoy Monje echa la vista atrás con nosotros y no guarda rencor: a veces mira con ternura –la figura de su abuela-, otras con ácida ironía – la madre- y otras con los ojos de una adulta que conserva mucho de la niña que fue; la que quiso entender su entorno y a veces sólo encontró formas de rebelión como respuesta. No en vano, Monje llega a emplear – con mucho acierto- la metáfora de los ordenadores, presentándose ante el respetable como una mera “proyección de la actriz que han venido a ver” y mostrando a los seres humanos como seres con capacidad para programarse, desprogramarse y reprogramarse. Meros discos duros que se pueden resetear. Y es que ¿no hay algo de eso en las relaciones personales y en la forma de agrupar nuestro bagaje vital? La analogía no puede ser más acertada; como si la autora hubiese tenido que reconstruirse para construirse, liberándose de aquellas cosas que le pesaban –pero que venían con ella de fábrica- y rearmar para ser lo que es hoy.

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A lo largo del relato, se intuyen mucho dolor y mucha lucha para haber llegado a armar su propia personalidad; pero se intuyen porque la autora ha tenido el acierto de mirar al dolor –un dolor que tal vez ni ella misma podía comprender- desde una ternura que invita a una suerte de exorcismo colectivo. Así, entramos con ella en el relato desde su pachorra, desde la carcajada, desde esa naturaleza tan natural –valga la redundancia- y deslenguada que emplea para expresarse; y conforme va avanzando el relato –y la actriz coge confianza con el público, con el que llega a confesarse de primera mano-; pero enseguida comprendemos la dimensión de estar en paz consigo misma y de feliz reconciliación que lleva implícita este espectáculo, esa necesidad de contar, de desnudarse emocionalmente ante nosotros y de lanzar una mirada cariñosa al dolor; porque el dolor, como sugiere el título de la función, puede curar. Lacura promulga el derecho y la necesidad de querernos tal y como somos sin tener que amoldarnos a lo que otros esperan de nosotros; porque sólo siendo tal y como somos nos podremos querer nosotros, y sólo así llegaremos a alcanzar el amor verdadero del exterior. Esa –y la idea de unirnos en nuestra soledad común- es otra de las grandes enseñanzas que arroja Lacura.

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Más allá de un monólogo unipersonal, la pieza tiene un formato hijo de su tiempo en el que conviven la estética tecnológica –la figura del ordenador como máquina humana es un hilo conductor importante-, la microfonía como elemento expresivo, el uso de loops como recurso que va más allá de crear una mera banda sonora; e incluso la expresión corporal –y tintes de posdrama- para terminar de alcanzar aquellos rescoldos donde tal vez no pueda llegar la palabra. En Lacura Monje se erige entonces no sólo como una narradora honesta –porque el formato tiene mucho del story-telling, de la tradición de la narración oral-, que lo es; y una actriz con la capacidad de evocar con pocos elementos, muchas veces de mero carácter simbólico a todos los personajes que aparecen en el relato, sino también como una verdadera performer, artista total. Todo al alcance de un espectáculo bien planteado en su formato, que utiliza gran amplitud de recursos –mucho más allá de la palabra misma- todos puestos al servicio de la propuesta. Esto es, todo lo que se emplea en la puesta en escena –que la actriz codirige con Enrique Pardo- tiene un valor expresivo claro y no está empleado para adornar el relato. Lacura es, después de todo, la suma del conjunto de todos los elementos que en ella aparecen.

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A fin de cuentas, de Lacura hay que valorar la honestidad de la narración, la capacidad de la artista para trascender lo personal y universalizarlo y el hecho de haber armado un montaje tan tecnológico en el que los recursos estén puestos al servicio del resultado final. Tal vez lo narrativo tienda a veces a dar demasiadas vueltas sobre sí mismo – ahora mismo el montaje unos 100 minutos, y siento que el metraje tal vez podría recortarse-; pero no cabe duda de que, en la sincera sencillez de su discurso tan lleno de pachorra, en esa capacidad de reírse de sí misma, Bibiana Monje y Lacura nos acaban ganando; sin que perdamos de vista la esfera íntima que rodea al relato y el montaje: es ahí donde está su mayor honestidad, y la honestidad seguramente sea la gran virtud de la propuesta.

 H. A.

Nota: 3.5 / 5

“Lacura”, de Bibiana Monje. Con: Bibiana Monje. Dirección: Bibiana Monje y Enrique Pardo. IMPULSO.

Teatro Fernán Gómez (Sala Jardiel Poncela), 16 de Marzo de 2019

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