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‘Top Girls’, o volver sobre un texto hijo de su tiempo

marzo 20, 2019

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Fuerte apuesta del Centro Dramático Nacional al ofrecer una producción con todo lujo de detalles y sin escatimar en medios –elenco de relumbrón, escenografía aparatosa…- de Top Girls, la icónica comedia dramática feminista que Caryl Churchill estrenase allá por 1982, al amparo del auge del thatcherismo. A medio camino entre lo histórico y el drama realista, Churchill revisa en este texto –que se ha convertido en parte indiscutible del canon de la dramaturgia feminista contemporánea- revisa los periplos de 16 mujeres de distintas épocas que o bien han conseguido hacerse un hueco en un mundo de hombres, o bien luchan a brazo partido para lograrlo; a pesar de que el precio a pagar pueda ser el de desestabilizar su propia vida familiar. Ahora bien, a pesar del esfuerzo y el lugar indiscutible que ocupa la obra, resulta complicado no pensar que hoy, 37 años después de su estreno, tal vez Top Girls –hija indiscutible de su tiempo- no haya envejecido del todo bien; y tengamos otros ejemplos más recientes para abordar este tema en los escenarios. Por supuesto que al feminismo le queda mucho camino por recorrer para alcanzar definitivamente esa igualdad que busca; pero también hay que señalar que ha recorrido mucho camino desde la fecha de estreno de esta obra, que además se prolonga por más de dos horas y media –metraje a todas luces excesivo para lo que tiene que contarnos-. A pesar de todo, el esfuerzo por vestir esta producción lo mejor posible está más que conseguido; y la apuesta del CDN por la obra es firme y clara.

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La función se divide en dos partes que bien podrían ser dos obras independientes. La primera –de algo menos de una hora- nos presenta a Marlene celebrando su ascenso laboral en una cena alegórica en un restaurante. Las invitadas, son diversas mujeres de todas las etapas históricas –reales y de ficción- que han conseguido abrirse camino, pasar a la historia o dejar escrita una página con su nombre. Por la cena desfilan la victoriana Isabella Bird, la papisa Juana, Lady Ninjo – cortesana japonesa que abrazó la fe budista-, Dull Gret – extraída de un cuadro de Brueguel- y la Griselda de los relatos de Chaucer. Todas ellas, junto a Marlene –y ante la atenta mirada de una camarera contemporánea que sirve la cena y toca el violín sin abrir la boca- contextualizan sus logros, su posición en la Historia y se conocen las unas a las otras –puesto que todas proceden de épocas bien distintas-. Como corresponde a una cena de esa índole, las réplicas a menudo se pisan; y todas hacen esfuerzos por imponer su relato frente a los del resto… El resultado, sin embargo, es un batiburrillo que llega confuso a un espectador que puede acabar por exasperarse, porque en el fondo los diálogos rara vez llegan con claridad, por más que el elenco actoral se esfuerza en imprimir ritmo a la secuencia. Algo menos de una hora y a la pausa; tras una larga –se hace larguísima- escena que es difícil tanto de seguir como de montar y que, desde la dirección, parecen haber querido llevar lo más rápido posible, como para quitársela de encima. No funciona y hasta sobra tal y como está concebida, porque el problema es que una anécdota alegórica que daría para 25 minutos se prolonga hasta la hora de duración… De hecho, se diría que se puede ver solamente la segunda parte de la función –de unos 80 minutos y mucho más interesante- y no nos habríamos perdido casi nada.

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Cuando casi hemos tirado la toalla, la cosa mejora considerablemente en la segunda parte; que explora la vida de Marlene en su lugar de trabajo –la agencia de colocación Top Girls, de la que conocemos brevemente su funcionamiento- incluyendo un enfrentamiento con la apocada esposa del hombre al que supuestamente le ha pisado el ascenso, y en el entorno de su familia. Un entorno en el que ha tenido que abandonar a una hija preadolescente, dejándola al cargo de su hermana, para poder lanzarse a crecer en el mercado laboral… Una hija que, efectivamente, la cree su tía; aunque vive inquieta porque las fechas no cuadran, y con la que mantiene una relación cariñosa. El reencuentro de las dos hermanas –Marlene y Joyce- al calor del alcohol, hará que las cosas salten definitivamente por los aires, en una escena digna del mejor realismo americano de la época que seguramente sea lo mejor de una función que acaba en punta. La segunda parte de la función, de hecho, es mucho más interesante –y creo que se sostiene por sí sola con independencia de la primera- y permite que tanto las actrices –aquí sí, todas encuentran su momento- como la dirección brillen más.

Pero no podemos negar que, a pesar de todo, la función se hace excesivamente larga y no siempre consigue mantener el interés. La primera parte pesa como una losa; e incluso la reflexión sobre la lucha de la mujer para conseguir ser una triunfadora se nos antoja un poco anticuada; porque, por fortuna, hoy por hoy la mujer ya está bastante más integrada en el mercado laboral, cada vez con mayor normalidad; por más que aún quede camino por recorrer –que, claro, queda-. Así pues, seguramente haya que ver Top Girls como una obra contextualizada en el momento en que fue escrita, que pierde potencia –y algo de vigencia- si la traemos al hoy, al aquí y ahora. No se le discute su importancia histórica en su momento, ni siquiera el interés de las escenas que se agrupan en la segunda parte del espectáculo. Pero… ¿por qué apostar con esta decisión por esta obra que no ha envejecido todo lo bien que podría esperarse? Y, aún más, ¿por qué no ofrecer una versión del texto que potencie las virtudes del texto –las tiene- y pase lo más rápido posible por aquellos pasajes que, vistos a día de hoy resultan más farragosos, máxime si la duración es tan excesiva? Aquí está la clave… De hecho, creo que el hecho de renunciar a hacer una versión y ofrecer el texto casi íntegro probablemente sea el mayor escollo que debe intentar salvar la representación.

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No se puede negar el esfuerzo del director, Juanfra Rodríguez, por vestir la función lo mejor posible. Todo apabulla. Desde la mastodóntica escenografía que firma Alicia Blas, en varias alturas, con neones y proyecciones que contextualizan la trama en su tiempo –que es vistosa en un primer vistazo al entrar; pero acaba resultando demasiado para esta sala (necesita un espacio más grande para respirar) y, lo peor de todo, no siempre se le da uso… ¿de verdad era necesario levantar todo esto para contar esta historia?- hasta el elegante y variopinto vestuario – recordemos que ya no es que haya que vestir a casi 20 personajes; sino que además vienen de varias épocas- de Guadalupe Valero, este sí, muy cuidado y entre lo mejor de la propuesta. Pero la sensación global es esa: la de que se ha intentado vestir la función para entretener al público, para que siempre tenga algo que ver y no se distraiga más de la cuenta, como si el texto mismo –y ese elenco sobresaliente que hay- no bastante para sostener la representación.  En términos de dirección, desde luego que la segunda parte ha quedado mucho más matizada, equilibrando humor y tensión dramática, que una primera parte que se le ha escapado a Rodríguez entre los dedos; porque pocas veces se encuentran el orden y el tono. A todos los niveles, parece que estamos ante dos funciones: la segunda –lo que viene tras el descanso- más interesante y mejor ejecutada que la primera; por más que esta primera sea más compleja.

Irreprochable el trabajo del elenco de actrices que a menudo se desdobla en varios personajes. Es muy de destacar cómo la volcada papisa Juana de Miriam Montilla, la elegante Griselda de Paula Iwasaki y la Lady Ninjao de una Huichi Chiu muy en estilo dentro de su misticismo logran imponerse y sobreponerse con pies firmes al caos en que se convierte muchas veces la primera parte: dice mucho bueno de ellas como actrices. Las demás –Manuela Paso, Rosa Savioni, Macarena Sanz y una Camila Viyuela a la que ni texto le han dejado en este largo primer acto- intentan salvar la papeleta de este primer acto con más oficio que verdaderos resultados. Si uno relee los nombres, pronto se dará cuenta de que aquí hay un agujero de dirección; porque, desde luego, el elenco es de postín. Todo mejorará en la segunda parte, que deja enfrentamientos memorables. Macarena Sanz y Camila Viyuela están perfectos en esos primeros escarceos amorosos preadolescentes entre Angie y Kitty – de entre los mejores momentos del montaje-; especialmente Sanz en los arrebatos de alocada ira contenida de Angie, que presagian sin duda el agujero emocional del personaje. También la Marlene de Manuela Paso alza el vuelo de cara al enfrentamiento final con su hermana, con un duelo de rompe y rasga frente a una Rosa Savioni que tal vez logre su mejor momento cuando intenta vigilar las salidas de su sobrina/hija. Son estas cuatro actrices quienes cargan con el peso de la segunda parte, mientras Montilla, Huichi Chiu e Iwasaki sirven esta vez de apoyo y complemento en diversas escenas. En cualquier caso, hay un buen trabajo actoral –sobre todo en aquellos momentos en que la dirección es más eficaz- y si seguimos la función es, en buena parte, por el talento de las actrices.

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A pesar de todo –y sin negar que la producción levantada tiene medios más que suficientes y un puñado de buenas interpretaciones- no termino de ver la necesidad real de volver ahora sobre este texto, que resulta por momentos largo en exceso y hasta farragoso. Ahora bien, no cometan el error de abandonar en el descanso; porque lo mejor de la función empieza, a todos los niveles, en la segunda parte.

H. A.

Nota: 2.5 / 5

 

“Top Girls”, de Caryl Churchill. Con: Manuela Paso, Rosa Savioni, Macarena Sanz, Miriam Montilla, Camila Viyuela, Paula Iwasaki y Huichi Chiu. Dirección: Juanfra Rodríguez. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro Valle-Inclán (Sala Francisco Nieva), 15 de Marzo de 2019

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