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‘Liberto’, o la vida (y el teatro) aún sirven para algo: una cuestión de valentía

marzo 12, 2019

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Espectáculo en lengua gallega

Rara vez sucede encontrar en espacio de apenas tres años dos producciones distintas de un texto tan contemporáneo y personal como es Liberto, de Gemma Brió, sin duda uno de los espectáculos que más me hayan golpeado en tiempos recientes. Después del éxito de la versión original, la compañía gallega Marelas se presenta apostando por subir a escena este complejo espectáculo –que permanecía inédito en Galicia- en versión gallega, con nuevo elenco y una puesta en escena radicalmente diferente a la que en su día protagonizase la propia autora. Sin duda es una opción arriesgada en un texto tan personal como este –que podría considerarse de autoficción, por más que la voz de Brió se exprese a través de un personaje; y por tanto podría parecer indivisible de su intérprete original-; pero al mismo tiempo pone de manifiesto la potencia incuestionable que posee Liberto por los temas que toca y por cómo los toca; del mismo modo que parece ir aupando poco a poco este texto a la categoría de clásico contemporáneo.  En cualquier caso, apostar por Liberto en un circuito como el gallego es ya una verdadera declaración de intenciones de querer hacer un teatro de hoy, un teatro de compromiso –compromiso ético, compromiso social, compromiso moral, compromiso intelectual…-, incómodo, que remueva y haga reflexionar a un espectador que debe alejarse de la pasividad de su butaca para dejarse llevar por un huracán de sensaciones que –sin dejar de lado el sentido del humor- ayuda a plantearse cuestiones de máxima actualidad –y todavía no plenamente resueltas-; de la misma forma que puede ayudar al espectador a crecer como persona y a considerar la valía de sus propias vidas. Porque Liberto viene a hablar, después de todo, de la importancia vida, si bien lo hace a través de la muerte.

Liberto plantea la dicotomía de unos padres enfrentados al nacimiento de su hijo con una parálisis cerebral severa que le acarreará graves daños cerebrales irreparables en caso de seguir viviendo. Así las cosas… ¿qué futuro le espera a Liberto? ¿merece la pena vivir una vida que no sea digna? ¿cuál es la mejor salida para sus padres? ¿Puede una madre desear la muerte de su hijo? ¿Puede la muerte considerarse un acto de amor a pesar de todo? La lucha de Ada y su esposo por respetar el derecho a una vida digna de su bebé – una lucha con la sociedad; pero en ocasiones también entre ellos dada la gravedad del asunto que enfrentan- acaba de empezar, como una suerte de carrera polifónica en la que la protagonista –hasta cierto punto, alter-ego de la propia Brió- sólo se verá acompañada por una amiga –aquí, una hermana- sin la que no le saldrían las palabras – y que asumirá las réplicas de toda la pléyade de personajes que acompaña a Ada- y por una cantante. Tres actrices para dar vida a una historia que habitan múltiples personajes y transita por la esfera de lo real, de lo irónico, a veces incluso del flujo de conciencia; planteando una dramaturgia rabiosamente contemporánea que escapa conscientemente de cualquier atisbo de autocomplacencia y pone ante el público toda una serie de cuestiones que remueven conciencias irremediablemente. A todas luces, la historia que nos cuenta Brió – debe agradecerse de nuevo esa desnudez, esa franqueza para hablar de una experiencia personal, muchas veces desde el humor negro- excede con mucho el género de la autoficción, sencillamente porque tiene muchas más virtudes que el franco tono que asume la autora para gestionar un material tan personal y tan sensible. Ritmo teatral, audacia narrativa, visión contemporánea y la capacidad de dejar que la emoción aflore por sí sola son algunas de las bases que permiten que lo que en un principio parecería un texto tan indivisiblemente ligado a la figura de su autora acabe por convertirse en un espectáculo universal, que sigue teniendo potencia y vigencia en manos de estas nuevas intérpretes. Porque Liberto es, ante todo, buen teatro.

Conviene que se tomen un par de minutos en releer con detenimiento lo que escribí acerca de la función cuando asistí a las representaciones de la Abadía tres años atrás, para evitar repetirme en demasía en esta crítica y entender la emoción en toda su extensión. Sí querría insistir en que “(…) fascina del texto de Gemma Brió (…) esa capacidad de contar una historia tan dura, tan espinosa y tan incómoda sin perder de vista nunca el hecho teatral; y sin convertir la función en un discurso monocorde y/o lacrimógeno. (…) es rabiosamente teatral en el sentido de que no renuncia ni a plantear su discurso narrativo con un ritmo trepidante que bien podría evocar la angustia de esa madre a la que los acontecimientos se le vienen encima sin poder evitarlo (…). Tiene el acierto de tratar esta trama tan delicada, tan seria y tan dramática desde unos cánones que no renuncian a episodios repletos de ironía ácida –(…) siempre he pensado que hay mucho dolor detrás de la ironía ácida, y creo que el uso que se hace de ella en Liberto es buena prueba de ello-, tal vez porque a veces, cuando las cosas se ponen feas no nos queda otra que reírnos de nuestra propia desgracia. Habrá quien pueda pensar que ciertos episodios (…) se pasan de ácidos; pero creo que en absoluto distancian al espectador del drama, si bien quizá sí aporten ciertos oasis de relajación en una función dura y emocionante. (…) la narración tiene la capacidad de no esconder –el episodio de la agonía final del niño se ofrece completo, y es tan duro para el espectador como delicado en la ejecución y la escritura-, y agarrarse a recursos e imágenes de fuerte lirismo a la hora de plantear según qué pasajes: otro acierto. Todo ello, insisto, desde una estructura casi de monólogo polifónico trepidante, que convierte a esta dura función en una experiencia teatral que difícilmente podrá dejar indiferente a nadie.”. Todas estas consideraciones siguen intactas ante un nuevo encuentro con este texto hermoso, arriesgado y valiente; y el hecho de que la función sobreviva ahora como lo hace al hecho de estar en otras manos –nunca lo hubiera pensado…- nos muestra la grandeza real del texto. No es poca broma.

Colaboradores /

Como Brió fue valiente a la hora de ofrecer este texto; también hay que calificar de proeza valiente el hecho de que este equipo joven pero ya talentoso se haya lanzado a la piscina, a la aventura de levantar un espectáculo difícil por su carácter poco condescendiente y por el reto que plantea en lo interpretativo y en lo emocional, a actrices y espectadores. En este sentido, es digno de aplauso que la puesta en escena que firma Tamara Canosa –en su primer trabajo de dirección, en una función llena de complejidades- tome la decisión de alejarse tangencialmente de la propuesta original para llevarse la función a su terreno. Es, desde luego, la opción correcta. Desde el minimalismo, desde un mundo esencialmente oscuro –en este sentido, la iluminación de José Manuel Faro “Coti” alcanza una funcionalidad expresiva de altos vuelos- que quizá permita un menor número de puntos de fuga al público que la producción original; con todo lo que ello conlleva: aquí es más difícil distanciarse del aliento trágico de la función. En este sentido, el reto que plantea la función al espectador puede que sea mucho mayor en esta versión que en la original; porque, de algún modo, concentra la esencia del drama en un espacio diáfano, oscuro en esencia y, pese al tono a veces ácido y humorístico que emana el texto mismo, obliga a hacernos mucho más conscientes de la dimensión trágica de lo narrado.

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La lectura de Canosa no pierde de vista el factor humorístico, esa acidez dolorosa; pero, sin embargo, está enfocada desde el respeto y la madurez de la persona que sabe perfectamente de lo que habla. Con mucha pertinencia –y en esa búsqueda de universalizar el caso- la versión traslada además la trama al aquí y al ahora de la realidad gallega, a su sanidad y a lugares muy concretos que pueden tener una relación concreta con lo que se nos está contando; en un acertado ejercicio de cercanía. También el aspecto musical –capital en esta función- aparece absolutamente repensado y renovado –aquí, en línea con esa lectura intimista, expuesto con una sonoridad mucho más sutil y acústica que en el montaje original-, puede que todavía susceptible de crecimiento: de momento queda la sensación de que tiene menos presencia –y hasta se diría menor impacto directamente dramático, si exceptuamos algunos juegos rítmicos muy bien traídos en las secuencias de letanía, que funcionan como un cañón- de la que tenía en el original; y tal vez por ello quepa seguir indagando en la función de la música en esta obra de cara a futuras representaciones, del mismo modo que tal vez la cuestión del movimiento físico empleado aquí con fines expresivos todavía podrá ensamblarse mejor en el conjunto –esta reseña corresponde a la función de estreno-. Por otro lado, seguramente en su oscura limpieza, la versión gallega de Liberto lucirá más y mejor en espacios más cerrados, que permitan más la cercanía del público; cercanía que esta función pide a gritos. Así y todo, es valiente la voluntad de afrontar la función desde un lugar más oscuro, más árido y hasta se diría que menos amable –y menos sencillo para el público-, como lo es el hecho de haber apostado por contar esta historia desde el propio sentimiento de la directora, desde su propia sensibilidad y sin limitarse a copiar nada.

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Las tres intérpretes se enfrentan a una función complicada, llena de retos tanto por la peculiar estructura del texto –fragmentaria, plural; pero al tiempo muchas veces casi camerística- como por la obligación de gestionar la emoción que les exige. No ha de ser fácil para Rocío González enfrentarse a un rol como el de Ada –tan ligado a la figura de Brió y que Brió había creado en la producción original- calibrando esa cierta distancia entre personaje y persona real. En la interpretación de González hay siempre íntima contención bien calibrada –la difícil acústica del espacio a veces nos hace perder alguna de sus réplicas más íntimas; pero desde luego que la sutil intimidad desde la que se expresa la actriz es totalmente pertinente: la recepción mejorará en espacios de acústica menos ingrata o que permitan mayor recogimiento- y si algo del escalofriante dolor contenido que respiraba la interpretación original de Brió –algo que nadie que haya visto podrá olvidar con facilidad-  tal vez se quede por el camino seguramente no sea cuestión de la actriz –que echa el resto en este viaje tan complicado-, sino porque hay ciertos lugares de intimidad que difícilmente pueden penetrarse. También Cris Iglesias echa el resto en un personaje complejísimo –Etna, aquí la hermana de la protagonista-, porque requiere transitar por más de una veintena de personajes de las más diversas índoles, muchas veces a velocidad de crucero: es un reto para cualquier actriz, del que Iglesias sale aparentemente indemne… Su emoción sincera y desbordada en el saludo final supera cualquier juicio crítico, y es la muestra de la capacidad de la actriz para saber gestionar durante la representación un viaje emocionalmente exigentísimo que no da tregua alguna; y dejar que toda esa emoción aflore solo en el saludo: lo que viene siendo pegarse un viaje… En el personaje de La que Canta –mucho más que un mero complemento musical, un comodín fundamental en términos dramatúrgicos, más aún en esta versión que ha recalibrado el peso de las dos piernas que sostienen al personaje central- Lucía Aldao aparece bien integrada en el conjunto, tanto a nivel musical como a nivel actoral; apostando por esa pátina de oscura sobriedad que cubre todo el montaje y huyendo tal vez de ciertos momentos de desmelene que se le permitían al personaje en la versión original. Seguramente el personaje podrá crecer en el viaje si se exploran las posibilidades –intuyo todavía mayores, puesto que la presencia musical es considerablemente menor aquí que en la obra original- que el aparato musical puede ofrecer a la representación. Todavía puede explorarse.

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Que Liberto no es una función fácil ni condescendiente salta a la vista; de la misma manera que es un teatro vivo y que obliga al espectador a posicionarse y reflexionar. Es, desde luego, algo bien diferente del tipo de teatro que se hace habitualmente en Galicia; y se debe agradecer de corazón la valentía de este grupo de jóvenes artistas al lanzarse a la piscina y apostar por esta función mostrando que sobrevive más allá de la autoficción como el gran ejemplo de teatro contemporáneo que es. Desde luego, este tipo de apuestas en el sistema teatral gallego deben valorarse como merecen: por la valentía de la apuesta, por apostar por un teatro contemporáneo de compromiso y por ofrecer una función que tanto puede aportarnos a los que observamos la representación, a todos los niveles. De eso va esto del teatro.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

 

“Liberto”, de Gemma Brió. Con: Rocío González, Cris Iglesias y Lucía Aldao. Dirección: Tamara Canosa. MARELAS.

Teatro Colón (A Coruña), 3 de Marzo de 2019

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