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‘El Jardín de los Cerezos’, o ¿es esto acaso Chéjov?

febrero 28, 2019

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Último montaje de Ernesto Caballero en su etapa al frente del Centro Dramático Nacional: una versión a gran escala de El Jardín de los Cerezos, último de los grandes textos teatrales de Chéjov – que, por cierto, se ha montado tres veces en Madrid en apenas unos años, una de ellas nuevamente en el CDN y en la etapa de Caballero-. A pesar del nutrido y espléndido elenco congregado, nada bueno hacían presagiar las notas al programa que firma Caballero divagando sobre los tópicos extendidos de lo que debe o no debe ser Chéjov, rematando tajante e irónicamente con un “esto es Chéjov”. Sin embargo, el presente montaje resulta un despliegue de medios, una demostración de poderío técnico; que lee la obra del autor ruso decididamente en clave cómica –opción como mínimo peligrosa- y se deja por el camino gran parte de la esencia de la historia. Hay un montaje aparatoso, hay un puñado de buenos actores, pero… ¿de verdad es esto Chéjov? Se me antoja difícil dar una respuesta afirmativa.

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Conjunto de pequeñas historias, conjunto de pequeños dramas, conjunto de pequeñas decepciones personales, El Jardín de los Cerezos trata asuntos como lo inexorable del paso del tiempo, y la caída de unas costumbres y estamentos que van a repercutir en la familia central, que lucha por no perder su casa de toda la vida. Mientras Lopahim – hijo de jornaleros venido a más- lucha por ofrecer a la matriarca una salida digna para la venta, Lyubov Andreyevna parece hacer oídos sordos a la idea de cambio; al mismo tiempo que Gayev –su hermano- se afana en encontrar una solución ante la inminente subasta. Alrededor de este conflicto central –que acabará, claro, con la familia fuera de la casa enfrentada a un inevitable nuevo comienzo fuera de Rusia- pululan una serie de pequeñas historias personales, a menudo marcadas por el idealismo, el desencanto o la lucha por unas expectativas – sociales, vitales, amorosas…-con las que los personajes sueñan con franqueza; pero que los espectadores saben con certeza que jamás se cumplirán. Seguramente esa sea la gran tristeza, la melancolía que esconde El Jardín de los Cerezos, en la que Chéjov dibuja una panorámica –a través de muchos personajes, a menudo bosquejados- de las consecuencias que implica el cambio: todo cambio exige renuncias; y cada personaje – porque en esta función sólo Lopahim triunfa- deberá decidir cómo gestionar esas renuncias, calibrar esos cambios y sopesar su capacidad de adaptación. Pero, en cualquier caso, por mucho que se quiera remarcar el aspecto cómico de la obra, El Jardín de los Cerezos tiene siempre un poso decadente de honda melancolía que en esta versión no aparece por ninguna parte.

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El enfoque de Caballero es sinceramente desconcertante. Primero por el dibujo estrafalario que hace de casi todos los personajes, extremando el tono de las situaciones –muchas veces hasta llegar a desfigurarlas-. Por el escenario van desfilando una serie de personajes pintorescos, con un punto freak, que pretenden causar risa –¿pero por qué? – y acaban moviendo al desconcierto. La intimidad que parecen pedir a gritos muchas de las escenas queda sustituida a menudo aquí por una profunda astracanada que acaba contagiando a casi todos los personajes, como quitándole peso –y poso- a la vertiente más dramática. De un modo otro, todos los personajes se contagian de un peligroso tono de indolencia que provoca que veamos la historia a una distancia emocional inmediata que nos impide cualquier tipo de empatía con ellos. Ante nosotros, una serie de personajes bastante indolentes –y sólo preocupados por sí mismos- que pululan por el carnaval en que se ha convertido el montaje sin que podamos comprender sus motivaciones ni sus preocupaciones. Eso es lo que nos enseña Caballero, sí… pero ¿es eso lo que nos quiso mostrar Chéjov en esta obra? ¿llevado a estos extremos? Cabe dudarlo como mínimo.

El paso del tiempo es uno de los motores que mueven la acción. Sólo así se entiende el montaje completamente intemporal que plantea Caballero. Escenografía ampliada de Paco Azorín –que prolonga el ya mastodóntico escenario hasta bien entrado el patio de butacas- en la que cabe absolutamente todo: maquetas en miniatura que se agrandan, trenes de juguete –como aquel que Caballero usase en su montaje de Doña Perfecta-, falsos fondos que dejan que el escenario se amplíe más y más, hojas otoñales que caen del cielo hasta cubrir todo el suelo del escenario, proyecciones de corte bastante hortera que incluyen momentos de karaoke bastante kitsch en la fiesta central… Incluso las tripas del escenario vacías al final, como para sugerir que de la misma manera que la familia debe dejar la casa, Caballero deja la institución. Tal vez por eso Caballero haya escogido esta obra – que, insisto, en Madrid ya se ha montado tanto y tan bien (recordemos aquel Huerto de Guindos de La Casa de la Portera, mucho más modesto de medios pero mucho más acertado de resultados)-. Todo cabe en este montaje en el que el director parece empeñado en mostrar su capacidad de crear y añadir más y más cosas, y las posibilidades del espacio. Proyecciones varias, espacio inmenso que aleja a los personajes del primer término del proscenio –en esta obra que pide intimidad a gritos-, música de distintas épocas –uno de los personajes tararea “Rusita, rusa divina” de la Katiuska de Sorozábal, otro se marca un I Want to Break Free a golpe de karaoke, otro se arranca por Los Rodríguez a golpe de “Sin Documentos”: todo en el mismo montaje… por no hablar del inenarrable videoclip del supuesto grupo invitado a la fiesta- y un largo etcétera. Desde luego que en esta tremenda miscelánea todo tiene cabida –e indudablemente el montaje es de gran, de grandísimo formato- pero no tengo claro la utilidad real de la cantidad de cosas que aparecen, más allá de demostrar todas las posibilidades que puede ofrecer un montaje en el CDN. Pero ¿dónde está el concepto? ¿dónde quedan Chéjov y la historia en toda esta demostración de poderío? ¿qué nos han querido contar con esto? Buenas preguntas… Vemos pasar toda la maquinaria ante nuestros ojos, somos conscientes del poderío del montaje… Pero no podemos evitar aburrirnos como ostras, porque la historia queda en segundo plano.

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Por el enfoque escogido por el director no parece haber mucha profundización en los personajes, que muchas veces parecen más piezas de este mastodóntico montaje. Aún así, un buen puñado del elenco –todos estupendos actores- consigue sobreponerse y ofrecer interpretaciones todo lo creíbles que permite un montaje como este. El mejor es de largo el rotundo Lopahim de Nelson Dante, creciente amenaza conforme el personaje va tejiendo su tela de araña sobre el resto de los personajes: la consagración de su triunfo final deja algunos de los mejores momentos del montaje. En un inesperado movimiento en travesti, Isabel Dimas se maneja bien en lo vocal y en lo físico como Firs, el viejo criado de la familia y deja un trabajo de máximo interés –sólo habría que revisar la habilidad con la que sube y baja por la grada de público, pese a que el personaje está claramente encorvado por el paso de los años-. Miranda Gas, Isabel Madolell consiguen dar algo de luz a sus personajes; Tamar Novas se contagia de esa luz como el idealista maestro –bien por todos ellos- y la Sharlota de Carmen Gutiérrez es de las pocas que sale bien parada de este extraño código cómico que marca la propuesta: si puede salir a bien de esto como lo hace, podrá con prácticamente todo. El resto del reparto –con nombres de mucho peso- oscila entre los que parecen haber puesto el piloto automático –Carmen Machi, sorprendentemente en modo primera actriz, Paco Déniz, que no consigue destacar como siempre lo hace, los que se pasan de rosca en lo cómico hasta desdibujar sus personajes –el Gayev de Secun de la Rosa tiene un enfoque errático, pero entiendo que eso es lo que le han pedido- y aquellos a los que sus pequeños personajes no les permiten hacer grandes cosas – Karina Garantivá, Didier Otaola, Fer Muratori-.El reparto, desde luego, es de categoría; y a todos les hemos visto bien en otras propuestas… es una pena que aquí sólo algunos hayan conseguido sobreponerse a esta dirección tan extraña.

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Dos horas de espectáculo en los que pronto la curiosidad por la envergadura del montaje deja paso al aburrimiento por la falta de profundidad con la historia; y el tono cómico que ha escogido Caballero dejará a más de uno con la cara a cuadros… Con todo lo irregulares que hayan sido las propuestas de Caballero en la dirección del CDN, ha dejado sin duda algunos grandes espectáculos –Rinoceronte, Montenegro…-. Este último, desde luego, es un resbalón del que apenas parecen salvarse algunos actores con el aplomo a prueba de bombas, por más que el despliegue de medios sea espectacular, que lo es… Y Chéjov parece ir por otros caminos.

H. A.

Nota: 2/5

“El Jardín de los Cerezos”, de Anton Chéjov. Con: Chema Adeva, Nelson Dante, Paco Déniz, Isabel Dimas, Karina Garantivá, Miranda Gas, Carmen Gutiérrez, Carmen Machi, Isabel Madolell, Fer Muratori, Tamar Novas, Didier Otaola y Secun de la Rosa. Versión y dirección: Ernesto Caballero. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro Valle-Inclán, 19 de Febrero de 2019

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