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‘Zarabanda’, o la fría sutilidad de la condición humana

febrero 24, 2019

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Resulta sin duda interesante que el off madrileño se detenga en presentar una producción teatral de Zarabanda (2003), testamento fílmico de Ingmar Bergman, secuela tardía de la mucho más popular Escenas de Matrimonio; y que tal vez no ocupe el lugar que le corresponde dentro de la filmografía del director sueco pese a su incuestionable interés. Hay que calificarla pues de verdadera rareza –en teatro en España sólo recuerdo una producción que se vio en Madrid en el ya lejano 2010, por aquel entonces en programa doble con Escenas de Matrimonio-. De algún modo, podríamos decir que en su sencillez formal Zarabanda contiene toda la maestría estilística del mejor Bergman; y es por ello que hay que celebrar que ahora el título regrese a la cartelera en una producción camerística –como lo es la pieza- que expone con sencillez toda la fría contundencia de sus diálogos.

Zarabanda revisita a los personajes de Escenas de Matrimonio –Johann y Marianne- ya en su madurez, 40 años después de divorciarse. Tras todo este tiempo sin verse, Marianne acude a visitar a Johann a la casa de campo en la que vive con su hijo Henrik –alcohólico e incapaz de superar la pérdida de su esposa Anna, dos años atrás- y su nieta Karin – aspirante a violoncellista que se debate entre su deseo de volar para crecer como músico y la responsabilidad para con su padre, inconscientemente castrador-. La visita de Marianne a esta casa en la que reina un mar de fondo sentimental nunca del todo aclarado pero siempre latente hará que todos los personajes –enfrentados en una serie sucesiva de encuentros de a dos- pongan sus problemáticas contra las cuerdas para enfrentarse a sus verdades –a veces sanadoras, otras veces hirientes- siempre bajo la atenta mirada de un personaje ausente: Anna, la esposa muerta de Henrik que, de una u otra manera, ejerce una fuerte influencia sobre todos ellos. La pieza narra en esencia el tiempo que Marianne visita esa casa… un corto espacio de tiempo que sin embargo marcará las vidas de todos de forma irremediable, por más que esas vidas deban continuar después.

Como digo, Zarabanda encierra en apenas 70 minutos un duro conflicto personal, emocional y familiar en el que muchas veces lo soterrado, lo que no se dice, cobra mucha más relevancia que lo que se dice. Un encuentro de verdaderos minusválidos emocionales –no en vano uno de los personajes se refiere así a ellos en un momento de la representación con mucho acierto-, cada uno de ellos con sus agujeros negros; que necesitan desesperadamente de los otros para salir a flote de sus propios conflictos por más que – tal vez más los dos hombres que las dos mujeres- se empeñen en negarlo a toda costa. Personajes que callan pero sienten en el fondo la necesidad de ser escuchados, de contarle a otros que se ahogan sin remedio en un mar –sea de soledad, de alcohol, de dudas…- del que solo la compresión de los otros puede salvarles. Temas universales, conflictos humanos que Bergman aborda desde la sabiduría que le aporta su madurez creativa y por medio de unos diálogos tan fríos en apariencia como contundentes en contenido una vez que se procesa la dureza y la desnuda crudeza de su mensaje.

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No es necesario haber visto o leído Escenas de Matrimonio para entender en toda su dimensión aquello de lo que nos habla Zarabanda. La obra se abre con un monólogo de Marianne antes de llegar a la casa en el que nos pone en antecedentes de lo fundamental; del mismo modo que se cierra con otro monólogo que explica las luces y sombras de un futuro que continúa como el presente, porque la vida siempre se impone. Entre uno y otro, una serie de escenas dialogadas que –casi a manera estructural de una sonata- nos recuerda esa idea de baile por parejas que sugiere la danza que da título a la obra – la Zarabanda, que también hace referencia a las Suites para Cello de Bach, que acabarán cobrando importante fuerza simbólica en el desenlace de la obra, cuando Henrik ofrezca a su hija interpretar las zarabandas bachianas en un concierto parroquial, aunque ella afirme que se necesita toda una vida para interpretar esa música-. Zarabanda aborda precisamente eso: los trascursos de cuatro vidas. De vidas en el ocaso y ya escritas – las de Johann y Marianne-, de vidas que todavía pueden corregirse –la de Henrik- y de vidas que todavía pueden ser –la de Karin-. La rutina que dibuja las vidas de los cuatro personajes con sutil elegancia –sin duda la sutilidad que aporta la confianza para exponerse ante los otros en toda su miseria-, aupados a una tragedia inevitable que marca su incapacidad para comunicarse a pesar de todo, y su propia fragilidad.

Producción camerística –nació como una serie de lecturas dramatizadas y ahora se ha convertido en un montaje pleno- para  una obra que se apoya en el retrato de los personajes y en la sutil rotundidad de sus diálogos. Pocos elementos escenográficos –siempre más evocativos que realistas-, movidos por los propios actores en los sucesivos cambios de escena le bastan a Mercedes Castro para armar un montaje sencillo que pide de la colaboración del espectador para completar todo aquello que falte; pero que al mismo tiempo permite concentrar nuestra atención de pleno en un texto que resulta lo suficientemente potente en sí mismo. Entendiendo la apuesta no realista de la propuesta escénica –en la que no aparecen, por ejemplo, elementos que bien podrían ser centrales como el cello de Karin- se nos antoja complejo no contar con un elemento concreto constantemente evocado y central en la trama: el retrato de Anna –la esposa muerta- que preside una de las habitaciones, y que a veces se sugiere como una verdadera amenaza y otras como herramienta de verdadera salvación. Aquí sólo es un punto de luz – para que sea cada espectador quien le ponga cara, y es cierto que los propios personajes no se ponen de acuerdo a la hora de describir cómo era ella-; pero siento que la imagen del personaje tiene tal potencia y relevancia en el devenir de la trama que bien podría presidir la escenografía –aún teniendo en cuenta que ésta no pretende ser en absoluto realista- como el símbolo que es.

El trabajo actoral tiene en líneas generales retazos de esa cierta frialdad nórdica tan bergmaniana que juega conscientemente a contener la emoción de los personajes, a pesar de la dureza de las situaciones. Es un estilo que rehúye cualquier atisbo de exceso –en este sentido la propuesta es bastante fiel al espíritu bergmaniano- y conceptualmente está bien planteado. Hay algo muy de agradecer en la suavidad reconfortante con la que Mercedes Castro plantea a su Marianne –paño de lágrimas de todos; por más que tenga su propio conflicto interno no resuelto con la figura de su hija- y la fresca jovialidad que aporta Raquel Espada a su Karin, como si fuera un rescoldo de luz que lucha desesperadamente por salir de una habitación de ventanas cerradas. Siempre teniendo en cuenta el tono escogido –y la solvencia de ambos intérpretes- puede que aumentar la intensidad en momentos concretos –particularmente en su enfrentamiento, y en el de Henrik con su hija- termine de perfilar los trabajos de Francisco Olmo (Johann) y Javier Pérez-Acebrón (Henrik), siempre dentro de una línea de máxima honestidad. En sucesivas representaciones, Isabel Ampudia y Elena Martínez sustituyen respectivamente a Mercedes Castro y Raquel Espada como Marianne y Karin.

En cualquier caso, hay que celebrar que estas representaciones recuperen un texto francamente infrecuente pero sin duda interesante –con la madurez del mejor Bergman- para la cartelera madrileña en un montaje que supera su sencillez –puede que por momentos extrema- con trabajos sólidos que ponen de manifiesto lo brillante de un texto capaz de diseccionar con fría sutilidad la condición del alma humana. Desde luego, si no conocen este texto, esta es una gran oportunidad para hacerlo.

H. A.

Nota: 3.25 /5

“Zarabanda”, de Ingmar Bergman. Con: Mercedes Castro / Isabel Ampudia, Francisco Olmo, Javier Pérez-Acebrón y Raquel Espada / Elena Martínez. Versión y dirección: Mercedes Castro.

Teatro de las Culturas, 15 de Febrero de 2019

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