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‘Suaves’, o de riesgo, atmósferas y expectativas

febrero 22, 2019

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Desde luego que Gon Ramos ha de considerarse pese a su juventud como una de las voces más arriesgadas y personales de la dramaturgia actual en España. Tras ponerse en el punto de mira de todos con aquella memorable experiencia que era Yogur / Piano –que, como mínimo, conseguía la proeza de hacer que todos nosotros nos sintiéramos un poco más individuales y especiales que al entrar…- siguió con la personalísima Un Cuerpo en Algún Lugar –que me interesó más por estructura que por contenido- y la sugerente La Familia No –indescrifrable en algunos momentos, tremendamente poética en otros y directamente una bofetada a veces-. Por el camino firmó dramaturgias conjuntas –Petit Mort, junto a María Velasco- o dramaturgias para espectáculos singulares –La Última Noche de Don Juan, ambicioso espectáculo que dirigiese Carlos Tuñón-. Además, ha actuado en algunas de las propuestas más potentes de la cartelera reciente –Luces de Bohemia bajo la dirección de Alfredo Sanzol el pasado año-. Todo esto en apenas 4 años… No es poca cosa, ni mucho menos. La presentación de Suaves –el último texto que escribe y dirige- era desde luego un proyecto de todo interés; y si algo hace el desigual resultado es confirmarnos que Gon Ramos es, ante todo, un autor sin complejos, extremo, arriesgado y seguro de sí mismo. Suaves es un espectáculo que parte de las relaciones materno-filiales para convertirse pronto en una gran fábula muchas veces indescifrable, que bebe con claridad de múltiples referencias teatrales y que tal vez valga más por lo que apunta, por lo que sugiere que por lo que finalmente da por su carácter conscientemente críptico. Y un espectáculo defendido por dos actrices que llevan sus interpretaciones hasta el paroxismo.

Una madre y una hija –¿perras que se comportan como humanas / humanas que se comportan como perras?- habitando un espacio en el claro de un bosque. La sombra de un padre de azúcar que nunca aparece, que se diluye por más que la hija quiera desesperadamente contactar con él… Cintas magnetofónicas que se graban para el padre, y que posiblemente nunca escuchará. Y afuera, al otro lado del río, lo desconocido: esa tierra a la que la joven Mariana quiere acceder –en busca de la figura del padre- y de la que la madre intenta alejarla a toda costa… Una casa en la que la vida se ha convertido en un bucle interminable, una lucha entre madre e hija la una por aferrar lo que se le escapa de entre los dedos y la otra, efectivamente, por vivir y salir al mundo en un momento en el que la joven debe dejar el nido y echar a volar definitivamente. Temas recurrentes que sobrevuelan la relación –a veces amorosa, otras veces tóxica y dependiente- entre madre e hija: el futuro, el fracaso, la sombra del padre –la necesidad de padre ausente, por extensión- y el rechazo de lo exterior –y a lo exterior- o la ceguera –metafórica y literal- de los personajes ante el porvenir, que no es más que la vida misma. Diálogos a veces absurdos, a veces descarandos… Tensión creciente escondida en instantes aparentemente intrascendentes, pero siempre surcados por un intenso mar de fondo.

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Hay que reconocer que el material que ha escrito Gon Ramos –en el que el absurdo de Beckett convive en armonía aparente con el teatro simbolista de Meterlinck- es sin duda lo más complejo que el dramaturgo haya presentado hasta el momento. Primero por su carácter directamente indescifrable desde un comienzo –por tono y estructura-, después por las sucesivas expectativas que genera –¿quiénes son ellas? ¿qué es el padre? ¿cuál es la verdadera función de esas cintas de casette que se graban? ¿hacia dónde nos encaminamos? ¿por dónde acabará explotando esta olla a presión si es que, como es de esperar, lo hace?- y, finalmente por esa voluntad de no resolver ninguno de los caminos que abre, ni aportar respuesta alguna a las diferentes posibilidades que va presentando a lo largo del mismo. Desde luego que Ramos parece querer presentar una radiografía sobre lo extremo de las relaciones materno-filiales –y la necesidad e imposibilidad de romper el vínculo existente- pero tamizada por tantos géneros y estilos teatrales que el resultado acaba siendo confuso en el paso de lo poético a lo cotidiano, de lo absurdo a lo costumbrista, de lo simbólico a lo naturalista… Todo en una única función en la que las escenas de corte aparentemente naif conviven con momentos de altísimo voltaje emocional y exigencia dramática y en la que lo desconocido y lo desencriptable generan una sensación de incomodidad latente que seguramente sea lo más interesante de la función –sumado quizá a las expectativas progresivas que se van generando, y cuyas respuestas sin embargo casi nunca llegan del todo-.

Hay personalidad y valentía a la hora de aunar todo esto en un único texto –¿cómo podríamos dudarlo? – y nos mantiene a la expectativa… Aunque después de todo, al final, el desenlace –mucho más humano y menos explosivo de lo que uno podría esperar puesto que nos estamos enfrentando a este viaje tan complejo- deje en nosotros cierto poso de decepción, no sólo por no aportar respuestas sino por lo básico y abrupto del desenlace una vez que ya habíamos asumido que, debido a la estructura del texto –pura incógnita, miscelánea de géneros que reta al espectador…- cualquier cosa era posible y los espectadores que entrasen en el juego – no es fácil- ya habrían asimilado esta opción. Entonces… ¿Por qué tomar el camino más evidente para rematar? –más aún después de la explosión emocional de la que venimos-. En cualquier caso, tengo la sensación de que Suaves es un material muy interesante en su carácter de incógnita; que tal vez haya juntado en una misma pieza demasiados estilos, demasiadas referencias y que se pierde a la hora de que este cóctel explosivo termine de engancharnos. Un material seguramente susceptible de darle una vuelta y decidir qué se queda y qué se va de entre el conjunto. Un teatro desconcertante, siempre dual, siempre ambivalente y ambiguo. Un teatro de sensaciones –y sensaciones produce unas cuantas, desde luego- que pierde enteros cuando llega a un desenlace que no colma las altas expectativas creadas; y que, desde luego, se deshincha al repensarlo, más allá del impacto que pueda crear mientras uno lo está viendo… Porque es amplio en interrogantes pero parco en respuestas; como es parco a la hora de aportar las herramientas que ayuden a buscar y encontrar esas respuestas. Desde luego, con Suaves Gon Ramos se ha lanzado a la piscina sin miedo, encontrando por igual aciertos – sobre todo en la esfera de las sensaciones generadas- y errores.

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Del mismo modo que no es una función sencilla para el público; tampoco lo es para unas actrices que deben transitar sin red por toda una gama de emociones y sensaciones que a menudo obligan a pasar del absurdo costumbrista a la emoción extrema. Ambas enfrentan momentos extremos a tan solo unos palmos del espectador; ambas lo dan todo y ambas merecen todo nuestro aplauso. En este sentido, creo que la función está muy – pero que muy- bien dirigida -hay muchas imágenes escénicas para enmarcar, tremendamente sugerentes y la iluminación es capital en la creación de atmósferas, más aún en una obra tan atmosférica como es esta- aprovechando el escueto espacio y ayudando a que las actrices brillen como lo hacen en un texto nada sencillo ni por contenido ni por estructura El viaje que se pega la madre que interpreta Esther Ortega desde la calma de la rutina hasta la desesperación más absoluta ante la certeza de pérdida nos revela a una actriz de rompe y rasga, con muchos momentos en los que no teme ir con todo en las distancias cortas para enseñarnos de cerca su desesperación real – esos arrebatos que nos muestran a esa madre dispuesta a defender lo suyo a cualquier precio; pero tal vez también por ello tremendamente tóxica aunque no sea consciente…-: desde luego que intimida, en el mejor de los sentidos y la interpretación es sinceramente valiente. A su lado, Mariana –la hija que interpreta Carolina Yuste– camina firme hacia la tiniebla de lo desconocido, primero como una aventurera curiosa y más tarde como esa persona que busca respuestas y corre el riesgo de encontrarlas –como si de una mezcla de Alicia y Caperucita se tratase- y alcanza el paroxismo interpretativo en una escena tremendamente expuesta – y ¿por qué no decirlo? también algo desagradable a esa distancia- a la que se entrega con todo: si puede sostener esto, será fiable en prácticamente cualquier cosa. Desde luego que el nivel de violenta entrega que alcanzan ambas actrices es digno de admiración; y en parte aminora esa sensación de duda e incertidumbre que nos deja el texto.

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Teniendo en cuenta la personalidad creativa de Gon Ramos y el riesgo que siempre asume en sus propuestas; desde luego que Suaves ha de verse como un ejercicio. Tanto a nivel de escritura –porque la pluralidad de estilos que emplea da un todo prácticamente indescifrable que promete más de lo que da finalmente- como a nivel actoral, porque los extremos a los que llegan Yuste y Ortega son de esos que rara vez se ven no ya en un escenario sino a tan corta distancia. Por más que haya un verdadero festival de sensaciones durante su visión, son demasiadas las dudas que quedan en el aire y el desenlace es francamente poco arriesgado. Así pues, alto nivel interpretativo para un texto personalísimo y difícil que tal vez todavía acepte darle una vuelta en la escritura.

   

H. A.

Nota: 2.5 / 5

 

“Suaves”, escrita y dirigida por Gon Ramos. Con: Esther Ortega y Carolina Yuste. EL PAVÓN TEATRO KAMIKAZE.

El Pavón Teatro Kamikaze (Ambigú), 15 de Febrero de 2019

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