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‘El Sueño de la Vida’, o la oportunidad (perdida) de desacralizar a García Lorca

febrero 13, 2019

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El de El Sueño de la Vida posiblemente fuese uno de los estrenos más sonados y esperados de la presente temporada teatral. Se trataba del estreno del conjunto que ahora forman el primer acto de la Comedia sin Título de Federico García Lorca –obra inacabada y destinada a formar, con El Público y Así que Pasen Cinco Años la llamada trilogía imposible del teatro lorquiano- más un segundo y un tercer acto que escribió nada menos que Alberto Conejero por encargo de la Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid.  El compendio completo de los tres actos –Conejero rehúsa, con muy buen criterio, a referirse a su trabajo aquí como algo que complete o continúe a Lorca, y lo considera solamente “un nuevo texto en diálogo entre lo que pudo haber sido y lo que no pudo ser”- lleva tiempo publicado por Cátedra; y llega ahora a los escenarios bajo la dirección de Lluís Pasqual –que ya en 1989 cerrase su temporada al frente del Centro Dramático Nacional con una mastodóntica producción de Comedia sin Titulo, en aquel caso solo del acto conservado, que al parecer terminaba con el teatro envuelto en tiniebla y escombros…-.

El Sueño de la Vida se ofrece en un montaje que implica a la friolera de 16 actores y 2 músicos en directo. Desde luego, a tenor de los testimonios periodísticos de aquel montaje de 1989, uno podría esperar de esta propuesta de Pasqual para El Sueño de la Vida una apuesta de teatro de riesgo; que por una vez –y puesto que podemos considerarla como un Lorca más allá de Lorca- se atreviese a desacralizar a García Lorca, y mostrar que se puede operar sobre él. Nada más lejos de la realidad: El Sueño de la Vida ofrece el texto íntegro de Comedia sin Título; y dos actos de Alberto Conejero que basculan a caballo entre el espíritu lorquiano y la pulsión propia –acertando mucho más cuando la voz personal de Conejero se aleja del espíritu de Federico y echa a volar sus recursos y su imaginación- presentados en una puesta en escena auténticamente lorquiana de Lluís Pasqual, que ha eludido esta vez todo riesgo escénico; perdiendo la oportunidad de innovar, desacralizar y crear un Lorca más allá del propio Lorca para ofrecer una puesta en escena purista, afectada de una forma de decir el texto más propia de otros tiempos que ya debería empezar a estar superada. Conejero ha dejado volar su imaginación – y el resultado funciona- pero Pasqual, en su afán de respetar a García Lorca como si todavía fuese un ser superior e intocable, no se ha atrevido a desacralizar a Lorca.

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Desde que la Comunidad de Madrid encargase a Alberto Conejero escribir un final para esta obra críptica e inacabada de García Lorca, han corrido ríos de tinta al respecto. Debo reconocer que no comprendo el estupor –más o menos generalizado- ante una práctica que en el mundo del arte no es ni mucho menos nueva –busquemos ejemplos en el mundo de la ópera y recordemos que tanto Franco Alfano como Luciano Berio escribieron sendos finales para Turandot cuando Puccini murió sin poder completarla; y otro tanto hizo Friedrich Cerha con la Lulu de Alban Berg: finales, en ambos casos que, con el tiempo, se han integrado al original por tradición como todos inseparables-. Así pues, no debería sorprender a nadie que Conejero reciba y acepte el encargo de finalizar esta obra –el asunto tampoco debería pasar de la curiosidad, máxime cuando hasta hoy la Comedia Sin Título ha conocido varias versiones escénicas del único acto conservado sin que eso supusiese un problema- ni nadie debería buscar en el texto de Conejero una suerte de continuación –idea que el jienense rechaza de pleno con muy buen criterio- ni mucho menos una suerte de posesión de Lorca como han sugerido algunas voces. Es cierto que Conejero está especialmente ligado a Lorca –por La Piedra Oscura y su muy aplaudida versión de El Amor de Don P           erlimplín con Belisa en su Jardín, unánimemente elogiada y que apenas pasó por Madrid unos días..-; pero deberíamos dejarnos llevar por las pulsiones y el imaginario que su mente pueda desplegar y no sujetarnos a Lorca como excusa para un trabajo que, en el mismo punto en que Federico para de escribir – final del primer acto- pasa a ser de Conejero. Sorprende que cuando el mismo Conejero rechaza todas estas ideas, muchas voces externas al montaje hayan aplaudido una falsa continuidad, un hilo que une a ambos nombres o no sé qué tipo de exorcismos inútiles. Y no, esto es otra cosa.

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A medio camino entre el metateatro y el teatro auténticamente político, el acto conservado de Comedia sin Título nos presenta a un Autor –alter ego claro de Federico- desafiando ante la platea las reglas del teatro burgués, la comodidad del espectador que ve teatro sin pararse a pensar… Un speech que es toda una declaración de intenciones sobre las nuevas formas, la renovación del teatro – básicamente, lo mismo de lo que habla Treplev en La Gaviota chéjoviana muchos años antes- y la verdadera función del teatro: un teatro activo, un teatro que interpele e incomode al espectador, para intentar modificarlo. “¿Por qué hemos de ir al teatro a ver lo que pasa y no lo que nos pasa?” se pregunta el autor en un momento, como una clara declaración de intenciones. El discurso del Autor soliviantará a la platea, indignada; y generará el caos entre la propia compañía a punto de estrenar ese nuevo espectáculo… Un caos que se volverá total cuando la revolución –reinante fuera del teatro- estalle y acabe tomando a espectadores, intérpretes y personal del teatro como rehenes; en un debate que excede pronto el mero hecho de la creación teatral para devenir en una denuncia clara de la tiranía política imperante en el momento en el que se escribe la obra – la misma tiranía que cercenaría la vida de Federico-. El acto finaliza en un caos generalizado que deja un buen número de preguntas en el aire…

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Nunca sabremos qué venía después; y tampoco Alberto Conejero pretende saberlo ni aportar más luz. Con muy buen criterio, Conejero se limita a continuar la historia que acaba en ese caos en la platea; situando un segundo acto en el que transcurre digamos un ensayo de una obra en la que se representa la vida –y, por tanto, realidad y ficción se entrelazan, en un juego metateatral que cuestiona constantemente dónde están los límites entre realidad y ficción y se afana en cuestionar algo que preocupaba sobremanera a Federico: cómo representar lo real, cómo representar la vida más allá de la vida-. En este segundo acto puramente metateatral –en el que Conejero dialoga mano a mano con Lorca, mediante un trabajo que usa tanto escritura nueva del autor como intertextos de fragmentos de obras de Lorca que aparecen aquí y allá- tal vez la acción tienda a relajarse –no olvidemos que venimos del caos revolucionario anterior…- y la gente de teatro se protege del horror que se desencadena fuera esforzándose en ensayar un material en el que se cuestionan una y otra vez los límites, del mismo modo que sobrevuela una gran pregunta: ¿es ético estar haciendo teatro cuando afuera estalla la revolución? Estos límites indisolubles entre teatro y realidad pueden poner al público en alerta –porque las fronteras, conscientemente, nunca están claras-; pero todo cobra sentido en un tercer acto lírico, onírico y puramente de Conejero en el que el dramaturgo de Jaen da rienda suelta a su imaginario para extremar el conflicto emocional de los personajes, convirtiéndolos en seres de carne y hueso y enfrentándolos a un delirio onírico que pronto se torna en pesadilla… y en el que el peso de la realidad acaba por imponerse sin remedio. Ya ni el teatro podrá salvarlos de lo real. Hay que reconocer que el tercer acto de Conejero –más que el segundo- vuela alto y resulta un material valiente y de total interés; precisamente porque se aleja de Lorca y entra más de lleno en el conflicto personal y social que encierra Comedia sin Título en una creación en la que símbolo, poesía, realidad y surrealismo se funden en un todo de lo más interesante. Es en este tercer acto –el segundo cae en ritmo- cuando el texto da un gran golpe de efecto, que demuestra en Conejero a un autor capaz de darle una vuelta de tuerca a Lorca sin perder su esencia ni su tradición. Es por ello por lo que interesa El Sueño de la Vida: no se trata de parecer Lorca, ni de acercarse a Lorca ni mucho menos de parecerlo –tareas imposibles- sino de ir más allá; y Conejero acierta de pleno cuando así lo hace.

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El Sueño de la Vida –entendámoslo como un todo- me parece pues un material lleno de posibilidades, por más que tenga los altibajos que queramos. Un material complejo, variado, con tintes de realismo, tintes de poético y tintes de surrealismo con el que bien se podría haber jugado hasta el extremo, máxime en una producción como esta que seguramente tendrá todos los medios posibles a su alcance. Dicho esto, no sé si Lluís Pasqual – considerado como uno de los mayores eruditos lorquianos en circulación, y entendamos erudito como aquel que busca ofrecernos al Lorca más puro posible- es la mejor opción para dirigir este espectáculo. Porque allá donde se podía –y se debía- haber dejado volar la imaginación, Pasqual opta primero por seguir a rajatabla las acotaciones de Lorca en el primer acto –el telón negro, la acción en la platea, la acción en los palcos…-. Cuentan quienes vieron el montaje de 1989 que lo que se ofrece en el Español es prácticamente un calco de aquello –falta, desde luego, la explosión final-; pero visto desde hoy resulta un compendio de recursos que ya están superados y no consiguen sorprender. Gran parte de ese primer acto transcurre, claro, entre la platea y los palcos: nada nuevo bajo el sol, lo esperable y lo que marca el texto. Respeto escrupuloso por Lorca, que gustará a los puristas lorquianos –¿alguna vez se han preguntado por qué hay un purismo mucho más extendido hacia García Lorca que hacia cualquier otro autor en lengua española?- pero se quedará corto –y resultará aburrido- para aquellos que –bajo la premisa del teatro irrepresentable esperen un espectáculo más creativo-.Ni siquiera en los dos actos siguientes –que ya transcurren en el escenario- Pasqual se ha atrevido a distanciarse de lo que sería el espíritu lorquiano, de manera que el espectáculo resulta monótono y aburrido; incluso cuando el material textual hubiese permitido mayores posibilidades de juego. La idea del teatro vacío –o de las entrañas del teatro- se queda corta y uno espera –más allá de alguna imagen atractiva- un mayor riesgo que nunca llega… Añadir una morcilla, un desnudo o fuego en escena no hacen que la propuesta de Pasqual deje de parecer casi un trabajo de arqueología teatral, que interesará a una mínima parte del público más conservador. ¿Un montaje purista? Seguramente. ¿Pide el teatro lorquiano en general –y más aún el teatro irrepresentable en particular- un montaje purista? Tengo mis dudas.

Otro asunto sobre el que quiero incidir es esa decisión de dirección de resaltar lo poético del texto –resaltar lo poético implica alejarnos de lo real- obligando las más de las veces a una entonación exagerada y poética, de la que unos salen mejor parados que otros; pero que no siempre funciona en términos dramáticos. Práctica muy extendida en el teatro lorquiano –darle mucho peso a todo, porque es palabra de Lorca, te alabamos Federico…- en la que Pasqual cae sin remedio. Nuevamente, gustará al espectador más purista –y hará que los que esperamos un nuevo Lorca nos echemos las manos a la cabeza-; pero los máximos perjudicados por esta práctica no dejan de ser unos actores que tienen que bregar con esta decisión.

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Copioso elenco actoral, con varias generaciones de nombres de sobrada eficacia –y algunos nombres ligados directa o indirectamente al montaje de 1989 que protagonizasen Imanol Arias y Marisa Paredes-. Al Autor de Nacho Sánchez se le ha marcado estar completamente desquiciado desde el comienzo, cuando todavía no ha pasado nada… así que imagínense cómo se pondrá el asunto cuando las cosas se ponen feas. Lo hace muy bien, con mucho aplomo, Nacho Sánchez –hace exactamente lo que se le ha pedido…-, pero acaba resultando enervante y no hay arco en el personaje. Así y todo: mis respetos, porque no ha de ser fácil estar disparado durante los 100 minutos que dura la función y aguantar el reto… Insisto, lo hace muy bien; aunque personalmente crea que el enfoque del personaje es erróneo. Siempre es una gran noticia tener en el teatro nacional a Emma Vilarasau, que me parece una actriz mayúscula a la que vemos demasiado poco en la capital. Por tono y elegancia, suyas son –como Elena- algunos de los momentos más intensos y sinceros de la representación; dejando hacia el final de la obra un par de monólogos de cortar el aliento. Se le ha marcado en algún momento ponerse en modo primera actriz –y la imitación consciente de Núria Espert parece bastante clara- y creo que no lo necesita; porque ella es una actriz como la copa de un pino. Casi milagrosamente, el Joven de Daniel Jumillas consigue en el tercer acto –¿he dicho ya que lo mejor de esta propuesta es el tercer acto?- huir de esa cierta impostación generalizada y suelta algunas de las mejores frases de la representación, con mucha intención. Antes, Jaume Madaula también imprime algo más real que el resto a sus frases, en un cometido breve, pero de capital importancia. Tiene mérito la cosa. Con mucha menos participación, nombres como María Isasi, Sergio Otegui, Ester Bellver, Luis Perezagua o Antonio Medina demuestran sobrado oficio: nunca están mal, tampoco aquí. Completan el elenco –en roles más puntuales, a veces desaprovechados- Raúl Jiménez, Dafnis Balduz, Juan Matute, Chema de Miguel, Koldo Olabarri, Juan Paños, César Sánchez y la música en directo –muy bien interpretada y seleccionada- de Miguel Huertas e Iván Mellés. La voz en off de Juan Echanove personifica al poeta. Desde luego, el elenco es de quitar el aliento; y si la cosa no consigue volar más alto es, básicamente, por una dirección que peca de ser en exceso conservadora y ha pedido lo que ha pedido a sus actores… Todos cumplen órdenes.

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El Sueño de la Vida –visto en su totalidad- es, en definitiva, un texto lleno de posibilidades, en el que Conejero se ha atrevido progresivamente a jugar y dialogar con García Lorca, y que crece más cuanto más juega el jienense, con un tercer acto de altos vuelos. Pena que la apuesta escénica –puramente lorquiana, pero conservadora en exceso- no acompañe con una propuesta más arriesgada: contentará a los puristas, pero seguramente decepcione a quienes esperasen algo después de García Lorca… Y creo que me cuento entre estos últimos. La buena noticia de este montaje es sin duda que ya conocemos El Sueño de la Vida, un material que esperemos que llegue dispuesto a quedarse; para que pronto podamos ver un montaje que le haga justicia: algo que se atreva a dialogar y jugar con García Lorca desee la puesta en escena, del mismo modo que el texto mira a Lorca de tú a tú. El Sueño de la Vida es un texto para el futuro, y seguramente un primer paso para desacralizar a García Lorca de una vez. Se puede y se debe hacer cuanto antes… Si con otros autores clásicos se ha podido, no veo por qué temerle a Federico. La apuesta era, desde luego, muy alta; y creo que dentro del resultado, se triunfa más dando a conocer el muy interesante El Sueño de la Vida que a la hora de tomar las decisiones para trasladarlo a escena.

H. A.

Nota: 2.25 / 5

 

“El Sueño de la Vida” (Comedia Sin Título, de Federico García Lorca y dos nuevos actos de Alberto Conejero). Con: Nacho Sánchez, Emma Vilarasau, Dafnis Balduz, Ester Bellver, María Isasi, Raúl Jiménez, Daniel Jumillas, Jaume Madaula, Juan Matute, Antonio Medina, Chema de Miguel, Koldo Olabarri, Sergio Otegui, Juan Paños, Luis Perezagua, César Sánchez, Miguel Huertas e Iván Mellén. Voz en off: Juan Echanove. Dirección: Lluís Pasqual. TEATRO ESPAÑOL / COMUNIDAD DE MADRID.

Teatro Español, 6 de Febrero de 2019

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