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‘La Geometría del Trigo’, o echar raíces

febrero 12, 2019

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En una de sus temporadas más fecundas –tras presentar Todas las Noches de un Día y estrenar El Sueño de la Vida– Alberto Conejero estrena en el Centro Dramático Nacional La Geometría del Trigo, un texto propio –a partir de una anécdota verídica de su pueblo que le contó en su día su madre- en el que el dramaturgo jienense asume también la dirección del espectáculo, con un espléndido reparto con el que ha trabajado largo tiempo en residencia antes de presentar una función cocinada a fuego lento. En La Geometría del Trigo, Conejero escribe lo que podríamos denominar una suerte de melodrama poético sobre la tierra, el arraigo, la necesidad de formar y dejar salir nuestra propia identidad o la fuerza de la tierra y la llamada de la sangre; a través de una historia familiar que abarca dos generaciones y que se va completando como un puzzle.

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Joan y Laia, una pareja de arquitectos en crisis sentimental, viajan desde Barcelona hasta un pueblo de Andalucía – pudiera ser Vilches, el del propio dramaturgo…- para asistir al entierro del padre de él. Un padre al que nunca conoció; pero del que ahora una especie de fuerza superior le inclina a querer saber, a encontrar las respuestas de esa ausencia que sin embargo parece haberse convertido en una presencia constante a modo de fantasma que Joan no puede quitarse de la cabeza. Ahora, ya en la primera madurez, espera que volver a esa tierra que hoy le es ajena pueda ayudarle a entender qué ocurrió. Tres décadas antes, en el mismo pueblo andaluz, Antonio –minero de profesión- y Beatriz esperan la llegada de su primer hijo; a la vez que reciben a Samuel, el mejor amigo de Antonio que regresa al pueblo para montar un negocio tras quince años en Francia… El 3feliz reencuentro entre Antonio y Samuel es observado con cierta cautela por Emilia, la conservadora madre de Beatriz, al mismo tiempo que parece una oportunidad para que el minero pueda crecer laboralmente enrolándose en el negocio que plantea su compadre. Pero este hecho, aparentemente intrascendental, prenderá una mecha que ha permanecido candente pero oculta durante años y obligará a los personajes del pasado a tomar decisiones drásticas. Decisiones que, por supuesto, repercutirán en un futuro en el que Joan va desencriptando los interrogantes de su historia familiar –para llegar a entender quién es- tal vez inconsciente de que su relación con Laia se va al garete sin que la joven –testigo mudo de la obsesión de su novio por querer saber- pueda hacer mucho por evitarlo.

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La Geometría del Trigo –que toma su título de un verso del poeta Antonio Lucas- es un más que estimable drama que seguramente beba de la mejor tradición americana del género –vuelve a haber en su trama ecos de Williams y Miller; como ya los había en Todas las Noches de un Día; por más que aquí las coordenadas sean netamente españolas y rurales, por las que asoma también la sombra de los dramas de Federico- en el que Alberto Conejero consigue equilibrar – seguramente más y mejor que en piezas anteriores- el poso poético de su lenguaje –hermoso- con el devenir de una trama que se nos va desvelando progresivamente. Además de trazar una panorámica del conservadurismo del rural unos años atrás – conservadurismo tal vez no del todo superado aun a día de hoy- podemos decir que el tema principal de la obra es el de la construcción de la identidad en toda su extensión. La identidad para con la tierra, la identidad sexual, la identidad para con el lenguaje y la reconstrucción de una identidad nueva identidad fuera de las fronteras que nos son propias… Los vínculos – esos vínculos que, como se dice en el texto, nunca se pierden- y el peso de unas raíces que por más que silenciemos no podemos callar. Porque, a fin de cuentas, todo echa raíces en La Geometría del Trigo, y todo crece como una plantación germinada que no puede evitar nacer, provocando que los sentimientos se disparen para provocar acontecimientos inevitables que repercuten en los demás. También la renuncia es un tema que aparece con fuerza en la función: porque, en algún u otro momento, todos los personajes deben renunciar a algo para tomar el camino que han decidido… y esa renuncia va a pesar sobre todos ellos como una losa presente y futura; por tanto, aunque La Geometría del Trigo pueda parecer una función luminosa, hay en ella un poso de oscuridad latente, porque todos los personajes acaban aceptando pagar un precio. Aunque está acogida a ciertos elementos propios del género en el buen sentido, es esa cierta oscuridad que sólo deja pasar parcialmente la luz lo que la hace tan interesante y permite hacer una lectura más profunda que la que aparece a primera vista.

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Alberto Conejero trenza la historia con habilidad, manejándose con comodidad en el género, salpicando la trama de un hermoso poso poético que pone de manifiesto la belleza de la palabra. Además, muy oportunamente dado que la obra trata sobre raíces e identidad, Conejero explora toda la riqueza lingüística del idioma: desde el acento andaluz puro que poseen todos los personajes del pueblo –algo menos coherente quizá en el caso de Samuel, puesto que ha residido desde niño en Francia y nunca ha vuelto a su tierra; pero sin embargo conserva todo su acento andaluz…-  hasta ese catalán en el que se expresa Laia, esa pieza perdida en el tablero que lucha por comprender cuál es su función en la historia: es un hallazgo haber permitido que el personaje se exprese en catalán –sin que ese catalán se subtitule-, no sólo por una cuestión de veracidad, sino también para reafirmar cómo sus raíces son diferentes a las del resto… y, por lo tanto, debe quedar descolgada. Además, el autor acierta al conceder momentos de ensoñación a varios personajes –los recuerdos de Beatriz, la pesadilla de Laia o el capital monólogo final de Emilia, por ejemplo- en los que colocar el lenguaje más poético con pericia; puesto que, efectivamente, son momentos que pertenecen, de una u otra forma, a la irrealidad. En cualquier caso, con La Geometría del Trigo, Conejero ha encontrado el equilibrio deseable entre palabra poética y crescendo dramático de la historia; haciendo que una y otra se retroalimenten en perfecta armonía.

La puesta en escena del propio autor –su primer trabajo como director en solitario- maneja con sutil habilidad una historia que transcurre en diversos planos temporales, bien apoyado en una sutil escenografía de Alessio Meloni – tierra, y un muro central presidido por una grieta; además de dos bancos laterales en los que los actores esperan su turno- iluminada con pericia por David Picazo para ambientar adecuadamente aquellos momentos que exceden lo puramente real. Las escenas fluyen, se ha cuidado mucho huir de ciertos tópicos que nunca aparecen –y podría haber sido así- para resaltar la verdadera dignidad de los personajes; y los acontecimientos se encadenan de forma clara y precisa: no son pocas virtudes para una primera dirección.

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El reparto contiene un puñado de nombres sobresalientes, un grupo de esos actores que siempre brillan por separado y que aquí funcionan casi como una conjunción estelar. Puede que las mejores escenas se las lleven la Beatriz de Zaira Montes –siempre sincera y contenida; especialmente luminosa en sus poéticas ensoñaciones del recuerdo- y una Consuelo Trujillo a la que, como Emilia, le bastan unas pocas líneas para deslumbrar con su dominio de la poesía y la expresión: su monólogo de despedida es un momento para enmarcar… y, de algún modo, nos quedamos con las ganas de que el personaje tenga más recorrido una vez que alza el vuelo. También Eva Rufo, como Laia, sale airosa de un doble reto: primero porque asume un personaje siempre presente, pero al mismo tiempo ajeno al conflicto principal –con lo que podría haber quedado desdibujado- y, sin embargo, consigue hacernos partícipes de su propio conflicto individual –lo tiene y particularmente conecté mucho con ella- con la misma fuerza que el central; y después porque se maneja bien en los largos párrafos en catalán, provocando que – por la magia del teatro o la fuerza expresiva que imprime la actriz- el asunto idiomático no sea un hándicap, sino algo que suma a nivel expresivo. Por construcción y estructura no es un rol fácil; y el hecho de que una actriz no catalana lo asuma con estas garantías nos recuerda que en el teatro, la calidad de la interpretación debe primar por encima de unos valores fonéticos que se pueden aprender como Rufo lo ha hecho. El Joan de José Bustos está mejor por presencia escénica que por un arco de intensidad dramática que tal vez se podría definir algo mejor con el desarrollo de la trama. En fin, Juan Vinuesa (Antonio) como José Troncoso (Samuel) manejan sus personajes y su trama en unos parámetros de sincera verdad que escapan de cualquier manierismo o lugar común en el que podrían haber caído fácilmente y se agradece; porque el resultado es una relación muy bien construida: si esta relación no hubiese resultado creíble –o hubiese estado teñida de edulcoramiento- posiblemente se hubiese caído toda la trama, cosa que, afortunadamente, no sucede.

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En La Geometría del Trigo encontramos un drama sencillo y directo, armado con habilidad, bien montado e interpretado; que da exactamente lo que se espera de él y consolida a Conejero como un valor muy sólido en los dramas de personajes, trayendo al presente muchas tradiciones de este género.

H. A.

Nota: 4/5

“La Geometría del Trigo”, de Alberto Conejero. Con: Juan Vinuesa, José Troncoso, Zaira Montes, Consuelo Trujillo, Eva Rufo y Jose Bustos. Dirección: Alberto Conejero. TEATRO DEL ACANTILADO / CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL / LA ESTAMPIDA / PADAM PRODUCCIONES / AYUNTAMIENTO DE VILCHES / DIPUTACIÓN DE JAEN

Teatro Valle-Inclán, 6 de Febrero de 2019

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