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‘La Resistencia’, o ¿amar se escribe con A de admirar?

febrero 9, 2019

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Que Lucía Carballal (1984-) es una de las autoras teatrales más interesantes de nuestro país en la actualidad ya no debería ser un secreto para nadie. Por su capacidad para plasmar lo cotidiano, por la fluidez natural de sus diálogos y por contar historias emparentadas con el aquí y ahora, es sin duda un nombre que nunca defrauda. Encadenando varias piezas de éxito, la autora escribió La Resistencia como resultado de la I Beca Artística para Autores de El Pavón Teatro Kamikaze. Estos días –más de un año después de su publicación por la editorial Acto Primero- se ha estrenado por fin en los Teatros del Canal la pieza. En La Resistencia Carballal ofrece una mirada a esa delgada línea que separa el amor de la mera admiración –cuando no son dos conceptos que se complementan- a través del (des)encuentro de una pareja de escritores en plena madurez que deben decidir de una vez si dar un paso adelante en su relación… o quizás un paso al vacío.

David –55 años- y Mónica –47 años- ambos novelistas, se encuentran de noche en el restaurante que ella regenta. Recién llegados de la Feria de Frankfurt y amantes clandestinos desde hace años, apuran los detalles de la inminente mudanza de Mónica al apartamento de David ahora que él por fin se ha divorciado. Aunque ambos se dedican a la escritura, sus carreras han sido muy diferentes: él es un idolatrado escritor de blockbusters, bastante pagado de sí mismo que acaba de pegar su último pelotazo con una novela romántica en la que reproduce pasajes de la relación con su amante; mientras que Mónica escribe y publica más por mera necesidad vital, sin perder de vista su negocio de hostelería como fuente de ingresos, y asumiendo haber tenido que realizar trabajos poco estimulantes en diversas editoriales aunque anhela ese éxito que no termina de llegar, al menos no en la medida del que tiene David. De este punto de inicio –en el que enseguida comprendemos que ambos el asunto de la creación desde lugares en principio irreconciliables- se engancha la historia para llevarnos a la disección de un amor a la deriva, en el que ambos necesitan desesperadamente obtener la admiración del otro, en una relación de alumna y discípulo que ha acabado siendo de cama y pronto lo será de casa. Las divergencias en el terreno creativo –y sus distintas visiones del concepto de éxito- no son más que el punto de partida de una tensa conversación que pondrá a prueba no solamente su amor –si es que lo hay o alguna vez lo hubo-, sino también su continuidad como pareja –ahora que por fin lo tenían todo al alcance de la mano…- y tal vez el darse cuenta de que amor y admiración no sean dos conceptos que puedan ir de la mano con facilidad y que lo suyo tal vez no resista algo tan sencillo como la rutina. Y es que en el fondo ¿se quieren David y Mónica? ¿aguantarán una convivencia y están preparados para ella? ¿puede el amor no ser recíproco? ¿puede una pareja sostenerse sin sentir la admiración del otro? ¿está el amor por encima de las verdades dolorosas que puede traer la sinceridad?

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Al leer La Resistencia hace más de un año, al hilo de su publicación, me pareció efectivamente un texto espléndido porque tiene la capacidad de permitirnos asistir a la caída –o, mejor dicho, a la lucha desesperada por no caerse- de dos personas maduras pero con una cierta incapacidad emocional a la hora de expresar sus sentimientos, quizá porque necesitan asegurarse de otras cosas que están por encima… por más de que claramente se necesiten el uno al otro como balsas en las que salvarse del naufragio emocional al que se dirigen sin remedio. Dos personajes con puntos de vista bien diversos, cada uno con sus carencias emocionales no resueltas, que quizá se quieran, sí; pero en el fondo parece claro que su historia de amor está condenada al fracaso antes o después, porque son incapaces de establecer una comunicación fluida con el otro, aceptar el punto de vista del otro e incluso complementarse… Puede que David, que desde la seguridad de su éxito aporta una actitud bastante conciliadora, no necesite realmente la admiración de Mónica –porque ya tiene la de todos- y le cueste asumir que su sentimiento es amor; pero desde luego que Mónica necesita sentirse admirada y protegida como creadora por David… algo que, por supuesto, nunca llega, porque él basa su relación en otros parámetros que abren un agujero negro; y hacen que la escritora acabe claramente interesada en un becario que consigue admirarla tal vez como David –que la quiere- nunca pueda. Pero en el fondo… ¿necesita Mónica un amante o simplemente un segundo padre para sentirse más segura de sí misma? En el fondo, en el texto se dibuja una caída libre al vacío, parece que sin frenos; la apertura de una grieta puede que insalvable. Hay mucho dolor en La Resistencia – por ese choque de trenes inevitable-, pero la escritura no está exenta de toques de fina ironía e incluso humor en su modo de mirar al sistema literario –e incluso de reírse de ciertos tópicos-. Carballal sabe hilar fino sus diálogos, engancharnos a una historia en la que en apariencia no ocurre estrictamente gran cosa –porque la marejada muchas veces está por debajo…- y presentarnos a seres humanos con claroscuros, con capacidad de equivocarse, sin tomar partido por ninguno de ellos: hay que ser muy hábil para dar tanto calado a una historia tan pequeña en apariencia y ella sin duda lo es.

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Siento La Resistencia como una obra de cámara, y por ello creo que quizá requiera de un espacio más íntimo que el de la Sala Verde – por más que se hayan eliminado las primeras filas de butacas para acercar el espacio al público, este espectáculo parece pedir con claridad la íntima Sala Negra-. La escenografía de Mónica Boromello es bastante aparatosa, atractiva – salvo por esa barra en azul, un detalle bastante hortera- y está bien planteada; por más que el espacio recuerde más a una coctelería que al restaurante al que hace referencia la trama. En otro orden de cosas, tal vez sobren los vídeos; porque siento que esta debe ser una función básicamente de texto y de actores, sin necesidad de demasiados artificios. En este sentido, en la dirección de actores que plantea Israel Elejalde –que ha hilado muy fino con algunos de los espectáculos que ha dirigido, como la inolvidable Voz Humana que protagonizase Ana Wagener- hay una especie de frialdad nórdica – puede que algo del estilo de Bergman- que va muy bien a la historia. Podrá parecer en un principio que no hay demasiada pasión entre Mónica y David; pero no olvidemos que han caído en ese momento de rutina que les puede costar la relación… Y en la manera de servir el texto hay una especie de distancia entre ambos que creo que refleja muy bien esa rutina. Me gusta, en definitiva, el ritmo que el director imprime al texto y siento que, sin perder de vista la ironía del texto, refleja bien la caída. En este aspecto, el progresivo fundido final es un gran golpe de teatro. En otro orden de cosas, llama la atención que dos personajes que se pasan la función copa en mano apenas acusen los efectos del alcohol a lo largo de la función.

A falta de un dúo actoral que eche chispas –pero con una pareja más que solvente de actores-, podemos decir que hay algo extraño en el soniquete con que Francesc Garrido cuyo David se expresa con una cierta impostación, entre pija y amanerada que resalta –creo que sin mucha necesidad- una cierta pedantería o superioridad del personaje y nos hace inclinar nuestra simpatía hacia Mónica cuando lo deseable sería que el espectador no tome partido por ninguno de los dos – como tampoco lo hace la autora-. Difícil saber si estamos ante un vicio del actor o una marca de dirección; lo cierto es que el deje desaparece hacia el final de la función pero el resultado no convence y es una pena, porque el actor está perfecto de presencia y actitud. Frente a él, hay algo atractivo en la Mónica algo apagada de Mar Sodupe, porque parece tener la partida perdida de antemano, como si supiera que no va a conseguir aquello por lo que lucha… En esa aparente apatía hay sin embargo un aire de rutina que va muy bien tanto al personaje como al tono de la propuesta; y, desde luego, si la química entre ambos no termina de fluir, seguramente sea porque ambos personajes no están en lo mejor de su relación: como idea dramatúrgica, desde luego, funciona.

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En La Resistencia hay un texto que, en su aparente sencillez, sabe abrir muchas capas y supone una honda reflexión sobre la fragilidad de las relaciones aparentemente sólidas y la necesidad de aprobación de la persona querida. Puede que al montaje le falte pulir algunos aspectos –ese cierto desequilibrio actoral y la sensación de que cuenta con más elementos de los necesarios- pero tiene interés en el tono; y en absoluto emborrona el disfrute de un texto como este.

H. A.

Nota: 4/5

 

“La Resistencia”, de Lucía Carballal. Con: Francesc Garrido y Mar Sodupe. Dirección: Israel Elejalde. BUXMAN / TEATROS DEL CANAL.

Teatros del Canal (Sala Verde), 2 de Febrero de 2019

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