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‘El Silencio de Elvis’, o ¿qué vida, papá?

febrero 5, 2019

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Escrita, dirigida e interpretada por la actriz Sandra Ferrús, llega al Teatro Infanta Isabel –tras breve estancia en el Teatro del Barrio la temporada anterior- El Silencio de Elvis, una comedia dramática que se adentra en la cotidianeidad de una familia de clase media que tiene un hijo de 33 años aquejado de esquizofrenia paranoide. Así, a través de una falsa estructura de comedia –porque la función empieza como una comedia; pero pronto estalla como el verdadero drama familiar, personal y social que es- Ferrús pone el foco en la realidad de una enfermedad compleja y quizás poco transitada, tanto a nivel de darle voz e imagen como a nivel de mostrar cómo repercute en el entorno en el que sucede, que es donde se desencadena la verdadera tragedia que ni siquiera lo cotidiano puede evitar.

Vicent es un joven nacido un 8 de Enero –como Elvis- que sueña con ser cantante –para lo que no duda en presentarse a varios talents televisivos, llegando incluso a enrolar a su familia si es necesario- y con la extraña capacidad anticiparse a lo que los otros van a decir… Un chico normal que, sin embargo, ve su comportamiento alterado por los brotes de esquizofrenia que padece ocasionalmente. Brotes que pueden afectarle de diversas formas ya sea a él o a su estado de ánimo, ya sea a los suyos, los que le rodean, los le quieren y a los que quiere.  De esta forma, a través de la óptica de una familia aparentemente normal –con un toque costumbrista de inicio- asistimos en apenas 90 minutos a cómo la aparente normalidad de una familia en la que nunca sucede nada relevante – y que, hasta cierto punto, trata de encajar la enfermedad de su hijo intentado dejar en un aparente segundo plano un asunto que puede volverse peligroso…- puede tambalearse por la dimensión de gravedad de la esquizofrenia.

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Tiene El Silencio de Elvis esa estructura de matrioshka que nos hace esperar mucho para llegar a lo que realmente nos interesa… y cuando ya casi hemos tirado la toalla ante lo que parece una comedia más para pasar el rato; la cosa se convierte en lo que realmente es. Hay costumbrismo inicial y comedia – fácil y de las que no siempre entran bien- para introducirnos en esa casa en la que nunca pasa nada y hacernos empatizar con los personajes –de largo la parte menos interesante de una función de 90 minutos- pero deja paso a un drama de gran calado emocional, que nos conmueve porque nos muestra sin ambages toda la dimensión de la esquizofrenia.  Tras una primera mitad que nos muestra el día a día de la familia salpicado con retazos del mundo digamos interno de Vicent –el de sus voces, sus altibajos emocionales, la presencia de un Elvis al que, obviamente, sólo él ve como un amigo o un alter-ego y que de alguna manera es un hilo conductor de la propuesta…- y que, salvo por algunos golpes de costumbrismo de corte arnichesco de la familia tiende a volverse más bien farragosa – me sobran escenas enteras, como la del casting…- sucede el milagro. En un momento dado, sucede un golpe inesperado, un momento que torna la comedia en brutal tragedia y que desencadena consecuencias irreparables que nos conmueven porque es entonces cuando entendemos los dos niveles: el miedo de Vicent ante lo que para él es desconocido en el momento en que toma conciencia de que algo ocurre… puede que demasiado tarde, el miedo de la familia ante lo que para ellos es incontrolable y la desidia de la sociedad ante un problema que comienza en la enfermedad pero se vuelve mucho más amplio con el devenir de los acontecimientos. Sin que sea consciente de ello, Vicent puede llegar a destruir la armonía familiar de una familia que lucha por mantenerse unida, por el amor a su hijo y por gestionar algo por lo que tal vez se vean superados; mientras la sociedad y los servicios sociales parecen darles la espalda sin compasión.

Así las cosas: ¿tiene futuro Vicent? ¿puede la familia no ahogarse? ¿arruina la incomprensión social una historia de amor familiar dura que pende de un hilo? ¿cuáles son los límites del amor ante una situación extrema? Son algunas de las cuestiones que apunta y plantea Sandra Ferrús en una obra que, pese a su estructura irregular, acaba resultando emocionante, conmovedora y necesaria porque nos muestra sin miedo una realidad terrible que no sólo se ha tocado poco en el teatro sino que es muy poco conocida en el mundo en que vivimos. Casi contra todo pronóstico, El Sueño de Elvis acaba capturando nuestra atención –tarda, sí; pero lo hace- cuando no teme enseñarnos la realidad en toda su crudeza, dejando de lado el artefacto cómico y mostrando la verdadera cara de los personajes. Estremece, emociona y se sale del teatro movido a la reflexión acerca de esta realidad… no son pocas virtudes para una función que ganaría si emplease menos tiempo en presentarnos a los personajes y fuese directamente al meollo de la cuestión – que vaya si lo hay-. Una vez que lo hace – la escena central entre los padres y el hijo contiene uno de los diálogos más duros que se hayan escuchado en teatro en tiempo y la frase del titular nos abofetea- la función no deja de crecer; pero cuanto más la repienso, más noto que me sobra toda la parte inicial y que esta función de 90 minutos bien podría haber durado 70 y llevarnos al mismo lugar. Obviamente el comienzo cómico podrá relajar; pero siento que una mera pincelada haría la función muchísimo más intensa…

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El escenario del Infanta Isabel no es desde luego el lugar más idóneo para una función de cámara que exige proximidad y cercanía –sin duda esto habrá lucido más en Teatro del Barrio- y seguramente por ello algunos aspectos de la dirección de la autora –que busca solucionar muchos espacios y tiempos con pocos elementos- tiendan a perderse en la inmensidad de un espacio que no ayuda y a veces nos invada una cierta sensación de desnudez. El elenco que sirve la función es bastante sólido. Como el padre, Pepe Viyuela –que se alterna con José Luis Alcobendas- da un singular recital mostrando un amplio abanico que va desde la comedia más disparatada del comienzo hasta la emoción contenida, la desesperación ahogada de la segunda parte; que es donde más crece y se luce: clava el momento central de mayor dramatismo y la desesperación callada posterior. Otro tanto le ocurre a Sofía, la hermana de Vicent, interpretada por la autora Sandra Ferrús –alterna con Concha Delgado- que encuentra sus mejores momentos cuando debe aflorar la emoción, una emoción muy real. A la madre de Susana Hernández, por escritura del personaje, quizá le falte tener momentos de mayor hondura emocional en un personaje muy enfocado al sainete, incluso cuando lo trágico se desata –curiosamente la madre en ese momento queda apartada, puede que por la incapacidad del personaje para asimilar la dimensión de la situación; y es el padre quien coge las riendas-: Hernández está bien, pero no tiene ni las líneas ni los momentos más interesantes del montaje… Vicent es un papel difícil por su condición esquizofrénica, y lo cierto es que Elías González se mueve con dignidad en un personaje muy complejo. En fin, Martxelo Rubio se encarga de la figura de Elvis, así como de toda una serie de personajes episódicos –médicos, presos…- que terminan de armar el relato. Con sus altibajos – muchas veces por una cuestión de escritura- el trabajo actoral grupal es digno con puntos de notable.

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El Silencio de Elvis es, después de todo, una de esas funciones extrañas que piden tiempo, paciencia y un espacio más recogido y cercano que este; y que acaban golpeando pese a su clara irregularidad, porque pone por sorpresa lo terrible de una realidad ante nuestras narices. Mientras uno la ve puede pensar en los altibajos de unas cosas y otras que tiene la función –los tiene: de estructura, de interpretación y de una puesta en escena que no acaba de acomodarse a este espacio-; pero cuando llega el final uno abandona el teatro con una sensación a medio camino entre la compasión y la congoja, reflexionando y haciéndose preguntas sin poder evitarlo, y los agujeros se han minimizado… Es señal inequívoca de que esta función tiene algo, aunque sólo fuese a nivel social. Que algo nos haga reflexionar y nos conciencie sobre una realidad que existe como esta función lo hace, ya es un valor muy a tener en cuenta… A partir de la segunda mitad, además tiene muchos otros.

H. A.

Nota: 3 / 5

 

“El Silencio de Elvis”, de Sandra Ferrús. Con: Pepe Viyuela, Sandra Ferrús, Elías González, Susana Hernández y Martxelo Rubio. Dirección: Sandra Ferrús. EL VODEVIL / TANTTAKA

 Teatro Infanta Isabel, 1 de Febrero de 2019

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