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‘Saigon’, o las heridas de la vida a fuego lento

enero 21, 2019

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Espectáculo en francés y vietnamita

“Estamos hechos de más historias que la nuestra, estamos hechos de otras heridas que las nuestras (…) Así es como se cuentan las historias en Vietnam, con muchas lágrimas.” (Saigon. Caroline Guiela Nguyen).

Dentro del ciclo Una Mirada al Mundo, llegó por temporada limitada al Centro Dramático Nacional Saigon, una ambiciosa superproducción teatral que, desde su estreno en 2017, arrasa por donde pasa, visitando algunos de los más prestigiosos festivales de teatro del panorama internacional. Se trata de una creación de la francesa Caroline Guiela Nguyen (1981-) que, con un amplio equipo de once actores franceses y vietnamitas, revisa –a modo de gran saga familiar, con un hondo y cinematográfico melodrama que se prolonga por tres horas y media- la historia reciente de Vietnam; los problemas de la multiculturalidad y el (des)arraigo de los individuos a unas tierras y unos orígenes que han quedado lejos, resquebrajados y desparramados por el horror de la guerra.

1956. Saigón –entonces capital de Indochina, antigua colonia francesa; hoy Ciudad Ho-Chi-Min-. Los independentistas vietnamitas derrotan al ejército francés, provocando así que los galos tengan que regresar a su país. Pero no sólo los franceses abandonan Vietnam; también aquellos vietnamitas que lucharon en la causa francesa – los Viet Hoang- deben huir como traidores para evitar represalias. Cuando toda esta situación estalla, Marie-Antoniette –cuya familia regenta un restaurante en Saigón- huye a Francia con su futuro esposo; y abre en París un restaurante de cocina asiática que es una réplica exacta del que su familia tenía en Saigón. Esta partida será sólo el comienzo de una historia que se prolonga hasta 1996 y que nos cuenta –desde el presente, en off y casi a modo de narradora omnisciente- Lam, una de las camareras del restaurante de Marie-Antoniette en París: una presencia que, sin que sepamos bien por qué, es capaz de conocer todo de todos y resistir el paso del tiempo…

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A lo largo de tres horas y media, Caroline Guiela Nguyen trenza una compleja historia a modo de puzzle, que servirá para recomponer las piezas de una familia resquebrajada por el dolor, las circunstancias y el tener una vida a caballo entre dos mundos: el propio, que se ha dejado atrás; y uno ajeno, en el que se vive añorando un regreso que cada vez se torna más improbable. Por los dos restaurantes –el de Saigón y el parisino- los tiempos se solapan mágicamente –pasamos de 1956 Saigón/París a 1996 Saigón/París. Cuatro tiempos, dos espacios y dos esperas: los que esperan en Saigón a los que se han ido – aparentemente hacia un lugar mejor que no es tal; porque Francia señala a los foráneos- y los que anhelan volver a su país –amargados y decepcionados ante la pobreza y dificultad que han de afrontar en el país galo, que trata inútilmente de integrar razas con matrimonios que, a veces, rozan lo delirante, marcados incluso por la insalvable barrera idiomática…-. Por esta historia –grande como la vida y triste como un tango- desfilan varias generaciones, que arrastran sin poder evitarlo la carga de amargura de los que vinieron antes que ellos –conscientes de que se han dejado la vida por el camino-.

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La autora nos ofrece una visión panorámica de la situación social y política, por medio de pequeñas historias –todas ellas interconectadas al final, por más que en un principio el espectador piense que se podrá perder entre la maraña de tiempos, espacios y personajes- que muchas veces no se desarrollan del todo, ni falta que hace, porque es la suma de todas ellas la que crea el conjunto. La joven vietnamita que viaja a París para casarse con un militar repudiado por su familia, que ha prometido a su esposa un falso futuro esperanzador que se hará añicos el día de su boda; el soldado vietnamita que se fuga a Francia jura a su prometida regresar pronto pero la sume en una espiral de depresión esperando un regreso que sólo sucederá 40 años después –tarde, por supuesto- cuando ya no es capaz de reconocer como suya la que fue su patria de nacimiento; o la madre que espera noticias de su hijo partido para la guerra veinte años atrás… los mismos que tardará en conocer el fatal desenlace de su vástago, son algunas de las historias que arman el devenir de esta familia. La distancia de costumbres entre Oriente y Occidente es señal inequívoca de barrera; pero también puede aportar retazos de absurda comedia ante un panorama fundamentalmente dramático; de la misma manera que la barrera lingüística –marcada y que ayuda a crear momentos de gran impacto dramático- obliga a veces a buscar otras formas de comunicación: distintos lenguajes para un mismo drama. Y, mientras, en ambos restaurantes, la vida sigue, se sirven comidas, vienen y van los clientes y la rutina se apodera de unas vidas en tensión constante que intentan sobrellevar el peso de lo que desconocen, mientras se cantan canciones decadentes para entretener a la clientela; canciones que, inconscientemente, arrastran el dolor que golpea a los personajes…

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La estructura narrativa – en la que conviven tiempos y espacios- nos recuerda, ante todo, que el pasado se hace presente; que somos las historias que vivimos y que la memoria imborrable también nos configura. Los fantasmas – reales y metafóricos- pululan por los espacios como amenaza de la memoria de una pléyade de personajes que son los unos consecuencia de los otros. Muchas veces ni siquiera lo saben; pero pueden sentir que una carga superior y poderosa está ahí. Unos se quedan por el camino, otros esperan eternamente, otros vuelven cambiados a buscar cosas que ya no encontrarán; y los más golpeados tal vez opten por la vía de la resignación… Porque, a fin de cuentas, la vida siempre debe seguir; por duros que sean los acontecimientos, siempre gracias a la unidad familiar: esa es la gran enseñanza que nos aporta la función. Saigon es, ante todo, un mayúsculo melodrama histórico en el mejor de los sentidos. Los personajes arrastran herencias dolorosas, anhelan futuros imposibles y aparecen inevitablemente golpeados por los acontecimientos. Son sufridores que no pueden escapar de su fatum trágico; pero a pesar de todo se esfuerzan por continuar. Hay mucho dolor en las historias que pueblan Saigon; pero también mucho amor: amor callado, amor imposible, amor malentendido, amor dolido por las heridas del pasado… Pero amor, al fin y al cabo. Sólo con ese amor consiguen los que siguen vivos salir adelante en ese universo roto y adverso.

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Podrá ser –es- una historia previsible –porque, llegado cierto punto, cuando las piezas comienzan a encajar, el espectador va conscientemente por delante de los golpes que reciben los personajes- pero eso en absoluto invalida el impacto emocional de una historia que tiene una estructura auténticamente cinematográfica –pero también un lenguaje verdaderamente teatral-. Caroline Guiela Nguyen y su equipo montan una historia de dimensiones descomunales, a medio camino entre el cine bélico de saga familiar o una de esas novelas históricas que rompen las ventas – no en vano, el relato se estructura en cuatro capítulos (que no actos), prólogo y epílogo- que toma la historia casi como una gran excusa para hablar de temas mucho más grandes y generales; por medio de un estilo que nos engancha sin remedio precisamente por el exceso trágico – que vuelve, de algún modo, mucho más humanos a esos personajes sufridores- y. Además, en unos tiempos en los que las ficciones históricas están a la orden del día; hay que agradecer que Saigon se ocupe de una etapa todavía no excesivamente explorada por la ficción. La autora, optando por un estilo casi neorrealista que a veces salpica de realismo mágico, no teme reproducir la rutina con todo detalle –hay largas partes de acción en las que no ocurre nada relevante, como falsos tiempos muertos, simplemente pasa la vida; que ayudan al espectador a contextualizar la tragedia que se está armando, y tal vez a entender también la sensación de eterna espera que invade la historia y a los personajes- y quizá sea esa suma entre la anodina rutina de lo cotidiano y cómo lo trágico puede golpear esa cotidianeidad sin llegar nunca a detenerla lo que nos fascina de la función. La función es larga – excede con generosidad las tres horas-; pero nunca se hace larga ni se queda uno con la sensación de que le sobre metraje por ninguna parte: buena señal. Porque no se puede negar que hay algo emocionalmente muy atractivo tanto en la estructura como en el contraste entre rutina y emociones disparadas. Es melodrama, sí; pero muy bien escrito: engancha, emociona y tiene claramente la estructura de un gran guion de cine que alguien debería lanzarse a producir cuanto antes; porque estoy seguro de que sería un grandísimo éxito.

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No se ha escatimado en el espectacular montaje. Ni en la hiperrealista escenografía de Alice Duchange –que copia con todo lujo de detalles uno de esos restaurantes asiáticos que encontramos en tantas capitales europeas: un restaurante que sirve para crear los dos con mínimos cambios- ni en la iluminación de Jèrèmie Papin –fundamental para ubicar tiempos, espacios, esfera de los vivos y esfera de los muertos- ni en el variopinto vestuario de Jerome Moureau. Incluso la música – tanto la intradiegética como la extradiegética, porque de ambas hay mucha- de Antoine Richard está muy bien pensada y colocada, perfectamente integrada en el devenir del drama – y eso que la música en el teatro siempre suele ser un problema-. El aspecto visual del montaje es verdaderamente impresionante por esa sensación de absoluto realismo; e incluso por esa sensación de que nada ocurre que lo impregna todo tantas veces; y porque consigue transmitir esa sensación de ventana indiscreta, como si estuviésemos allí mismo, testigos mudos de la tragedia: realmente parece que esos dos restaurantes separados por el tiempo y el espacio están ahí, con nosotros.

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La dirección –de la propia autora- es superlativa en su capacidad de solapar tiempos y espacios con elegancia –las transiciones se ejecutan de forma tan limpia que son casi imperceptibles- y claridad narrativa –lo diré una vez más: el ritmo cinematográfico es clarísimo- y por saber gestionar tan bien tanto los momentos más costumbristas –que son muchos- como unos estallidos de drama que son de una intensidad emocional importante; pero nunca llegan a desparramar del todo. El material dramático es, desde luego, peligroso de gestionar; pero la autora lo gestiona con gran habilidad. El resultado es un montaje impecable que narra una historia harto compleja de forma bien clara, y que sabe salpicar tanto realismo descarnado de realismo mágico –más allá de lo fantasmagórico, hay que destacar ese recurso por el cual, mientras todos los personajes envejecen; la narradora, esa extraña presencia que rara vez se mezcla en los hechos pero que siempre está ahí, permanece joven durante los 40 años que dura la historia-. Lo cinematográfico está muy presente, claro; pero siempre desde el teatro: Guiela Nguyen no tira de recursos audiovisuales ni nada semejante, sino que simplemente integra el ritmo y la estructura cinematográfica en un espectáculo puramente teatral: pocas veces se ha visto algo así tan bien planeado y ejecutado.

SAÏGON - FESTIVAL D AVIGNON - 71e EDITION -

En el elenco –once actores- se juntan actores franceses y vietnamitas, idiomas y acentos para crear esa maravillosa sensación de cotidiano que es la base del montaje. Todos están bien, todo está en su sitio y todos se mueven en un código de verdad casi vulgar, en el mejor de los sentidos. Particularmente el elenco vietnamita –que, muchas veces en esta historia, se mueve en el desconocimiento de los hechos; y por tanto en un tono de esperanza imposible que resulta muy atractiva para un espectador que conoce la fatalidad de los acontecimientos reales- ofrece momentos de marcada intensidad. El viaje del desconocimiento a la pena y la resignación que se pega Anh Tran Nghia cuando espera y recibe las noticias de su hijo de parte de una compasiva esposa de un alto cargo militar -interpretada por la francesa Caroline Arrouras– incapaz de hacerle comprender las tremendas noticias que porta, con su sobrina –interpretada por Thi Thanh Thu Tôtraduciendo la situación es uno de los puntales dramáticos de una representación en la que nadie falla. Están también en el elenco Dan Artus, Adeline Guillot, Thi Trúc Ly Huynh, Hoàng Son Lê, Phú Hau Nguyen, My Chau Nguyen thi, Pierric Plathier, y Hiep Tran Nghia y todos ellos contribuyen a hacer de esta función fascinante la maravilla que es.

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Teatro apenas mediado en función de sábado por la tarde; pero público absolutamente entregado. No es, desde luego, una función fácil y requiere un esfuerzo para entrar en ella – hay que concederle a la autora el tiempo que se toma en echar las cosas a andar, y desde luego que el resultado merecerá la pena-; pero una vez que entramos no nos podemos despegar y nos entregamos al melodrama por entero, de manera que esta historia  tan previsible se convierte en tremendamente emotiva. Por la narrativa, por la espectacularidad de la propuesta escénica, por la magnitud de la historia; y hasta por dignificar el género melodramático, Saigon es una propuesta para el recuerdo. Es un espléndido espectáculo teatral –más allá del apabullante despliegue de medios con que se cuenta, hay muchísimo trabajo detrás de todo esto, nada falla y es un reto tremendo levantar un espectáculo de esta envergadura, como es infrecuente ver algo así en teatro-; pero también, lo repito, un guion cinematográfico que podría dar pie a una película de primer nivel. En cualquier caso, es un espectáculo teatral para recordar. Rara vez se ven cosas así.

H. A.

Nota: 4.25 / 5

 

“Saigon”, de Caroline Guiela Nguyen y equipo artístico. Con: Caroline Arrouas, Dan Artus, Adeline Guillot, Thi Trúc Ly Huynh, Hoàng Son Lê, Phú Hau Nguyen, My Chau Nguyen thi, Pierric Plathier, Thi Thanh Thu Tô, Anh Tran Nghia y Hiep Tran Nghia. Dirección: Caroline Guiela Nguyen. LES HOMMES APROXIMATIFS / LA COMEDIE DE VALENCE / CDN DRÔME-ARDÈCHE.

Teatro Valle-Inclán, 12 de Enero de 2019

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