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‘La Culpa’, o por sus propios intereses

enero 20, 2019

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Siempre de la mano de Taylcual –que tan buenas experiencias nos dio en España en torno a la obra de este autor- se presenta La Culpa, nuevo texto de David Mamet estrenado en 2017 que, aún sin acercarse a sus mejores creaciones, mantiene algunas de las señas de identidad del autor: un teatro dialéctico, apegado al presente y a la actualidad, que plantea dilemas éticos y morales que remueven la conciencia tanto de los personajes como del espectador. Podrá no ser de las obras más redondas de Mamet pero, desde luego, no defraudará a los seguidores de su obra, porque posee su estilo perfectamente reconocible.

Charles es un prestigioso psiquiatra que se niega a declarar a favor de un paciente después de que este haya cometido una masacre. El paciente –homosexual declarado- alega que si el psiquiatra no quiere declarar es porque recientemente ha abrazado la fe judía. Ante el escándalo mediático, los medios de comunicación echan más leña al fuego al publicar un artículo de Charles con un supuesto error tipográfico reconvirtiendo “La Homosexualidad Como Forma de Evolución” en “La Homosexualidad Como Forma de Aberración”. Ante este panorama, toda la sociedad señala a Charles como un apestado y su carrera y prestigio se tambalean peligrosamente, mientras su esposa Kate se ahoga en casa viendo cómo su estabilidad social y familiar se derrumba por la negativa de su marido a declarar. Tampoco Richard –un abogado íntimo amigo de la familia- consigue hacer que Charles entre en razón. ¿Por qué por primera vez no quiere declarar a favor de un paciente? ¿Merece la pena mantener nuestra moral y ética personal si ponemos en juego nuestra profesión o la salud de nuestra propia familia? ¿Se debe contentar a la masa? ¿Dónde están los límites de nuestro aguante? Y, sobre todo ¿qué ocurre cuando en una situación límite todos empezamos a movernos por nuestro propio interés? ¿Cuáles son las consecuencias?

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Desde luego que La Culpa pone sobre la mesa asuntos de máxima actualidad que, desde luego, interesarán al espectador de hoy. El abrazo de la religión y la fe que convierte a los seres humanos en contradictorios, el asunto de la homosexualidad –todavía no tan encajado como la gente cree-, la influencia de los poderes fácticos – en este caso la prensa, uno de los ejes del conflicto- en la masa y los individuos y el peso de la ética y la moral bajo la errónea etiqueta de lo correcto. ¿Qué es lo correcto, lo que se espera de nosotros en La Culpa es uno de los asuntos centrales de la función? Charles, de hecho, se ampara en su derecho a no declarar –para él no declarar es lo correcto de acuerdo con su moral y su ética actual- pese a que todos los demás personajes –su esposa, el que se convertirá en su abogado que además es su amigo íntimo, y la abogada de la defensa- están convencidos de que lo correcto, lo moralmente aceptable es que Charles declare a favor de su paciente pese a que se haya convertido, efectivamente, en un asesino. Tenemos pues a un hombre aparentemente firme en sus convicciones; pero completamente solo ante la masa.

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Hay cuestiones –las del párrafo anterior- que están en primer término, pero pronto surgen –como siempre ocurre en Mamet- asuntos subyacentes que sólo el espectador podrá resolver y que son los verdaderamente importantes: ¿Por qué Charles no ve que defender aquello que cree está levantando un huracán que podría arrasar todo a su paso? Pero –sobre todo- ¿cuál es el verdadero motor que impulsa las acciones de los personajes? Y aquí, a nada que rasquemos un poco, sale a relucir la verdadera naturaleza del conflicto: en el fondo, todos los personajes actúan de acuerdo no tanto a lo que les dicta su conciencia – y ni siquiera arrastrados por la opinión pública- sino a sus propios intereses. Si observamos la trama con atención, veremos cómo cada uno de los cuatro personajes que hay en escena tratan de ampararse en esa esfera de lo moralmente correcto para tratar de actuar en su propio beneficio: a primera vista Charles parece el villano egoísta, en el punto de mira; pero pronto entenderemos que la máxima prioridad de la esposa es la de recuperar su estatus, del mismo modo que tanto el amigo íntimo como la abogada de la defensa pretenden inclinar el caso hacia el lado que mejor les convenga… En un principio todos están dispuestos a todo para lograr su máximo beneficio; por más que todos sean incapaces de calibrar las consecuencias de un juego que se les podría volver en contra y en el que, al final, todos pagan de un modo u otro. Es entonces cuando vemos las contradicciones que tienen los personajes y alcanzamos a comprender la verdadera dimensión de lo que nos cuenta Mamet con esta historia. Y es ahí, precisamente, cuando comprendemos que lo que podría ser una obra menor tiene, en el fondo, bastante más enjundia de la que parece: en el fondo, en lo que no se dice… en las decisiones que cada espectador deba ir completando, o en el debate que genere la función. Ese debate soterrado es lo más interesante de La Culpa.

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Los apenas 75 minutos que dura la función podrían llevarnos a engaño; porque en absoluto es La Culpa un texto fácil ni para espectador ni para intérpretes. El estilo es, como siempre en Mamet, el de un combate dialéctico que enfrenta a Charles –presente toda la función- en escenas a dos con el resto de los personajes: 3 con Kate, 3 con Richard y 1 con la abogada de la defensa; lo que convierte la función casi en toda una serie de combates de boxeo textual entre personajes rotundos que no dan su brazo a torcer y van ahogando al protagonista, constantemente amenazado por una presión que va más allá de la presión social. De hecho, el psiquiatra debe soportar también la presión de los suyos –tal vez la más dura-, que le va rodeando como una ratonera, mediante un lenguaje escogido –como acostumbra a ser el de este autor, que nunca deja una palabra al azar- que ayuda a que el espectador se vaya planteando preguntas. Así y todo, la particular estructura –que pone el foco en el protagonista- funciona a nivel dramático porque dosifica la manera en que el espectador recibe la información; al mismo tiempo que acentúa la presión que recibe el protagonista a través del resto de personajes hasta precipitar un desenlace que podrá ser previsible –reconozco que me vi venir de lejos los últimos dos golpes…- pero también es funcional. Todo esto en una función cuya breve duración no impide que el lenguaje y el contenido alcancen cotas de importante intensidad, que requieren máxima atención del público.

La puesta en escena que firma Juan Carlos Rubio –habitual director de Mamet en nuestro país- se vale de un doble espacio –habitación de una casa/habitación de hospital- que crea Curt Allen Wilmer; potenciando en ambos casos la idea de encierro y, en el caso del domicilio de Charles y Kate, encerrando una amplia librería en la parte trasera, como si el amplio conocimiento que poseen los personajes no les pudiese salvar de sí mismos. En los enfrentamientos entre Charles, Kate y Richard; el personaje que no interviene activamente de la escena aguarda su turno, ausente de los hechos pero al mismo tiempo amenazante –prueba de que el entorno acaba por ser el mayor enemigo del protagonista-; mientras que el careo con la inquisitiva e implacable abogada de la defensa es el único momento en el que se permite retirarse a los otros dos personajes. Rubio sabe bien cómo dirigir Mamet, un autor en el que el peso de la acción reside en el peso de la palabra misma, y facilita la llegada de ese texto al espectador, para que podamos recibirlo y analizarlo de modo pormenorizado. El espacio es elegante; pero, aun así, el máximo interés de la propuesta radica en el trabajo actoral –condición fundamental si de Mamet se trata-. Puede que me sobren, si acaso, el flashforward inicial y las cortinillas musicales entre escenas –cómo y dónde colocar la música en una función de teatro siempre es asunto peliagudo…-.

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El cuarteto actoral es ciertamente impecable, y se diría que hay algo de lo que podríanmos llamar esa elegancia actoral británica en el conjunto –por más que Mamet sea autor americano-; empezando por un Pepón Nieto que, en el rol principal, afronta el que seguramente sea uno de los mayores retos teatrales de su carrera. Por la exigencia que requiere el papel – no le da tregua alguna-, por el tono del personaje –decididamente alejado de gran parte de sus anteriores trabajos: diría que en teatro nunca ha hecho nada ni remotamente semejante a esto…- y por lo bien que domina el ritmo y el peso de una función que descansa, básicamente, en tener un actor principal que dé la talla. El de Nieto es un Charles recto en sus firmes convicciones, que sabe subrayar el componente más ético del personaje –nunca llega a desbocarse a pesar de la presión- como si de un héroe incomprendido se tratase. Y, en cualquier caso, el actor domina sobradamente la función, en un trabajo que sorprenderá a más de uno y que es una piedra de toque para cualquier actor que lo asuma. A su alrededor le dan réplica una elegantísima y refinada Ana Fernández en el papel de la desesperada esposa –a pocas actrices verán pisar el escenario hoy por hoy con esa elegancia-, un rotundo Miguel Hermoso como el abogado amigo de la familia y Magüi Mira –en su regreso a los escenarios como actriz tras varios años de ausencia, precisamente desde que protagonizase La Anarquista (siempre de Mamet) en 2012-, lujo asiático en su única escena como esa abogada de la defensa que acorrala a Charles casi como si de una inquisidora se tratase. Hay, como digo, algo de elegancia – tan fría como elocuente al mismo tiempo, y valga la aparente contradicción- en el tono de todas las interpretaciones; un tono que huye conscientemente de cualquier grandilocuencia porque saben bien que la tensión, en Mamet, fluye del peso de la palabra misma; por más que no sea el camino más sencillo para un público que debe mantener la atención si quiere ir enlazando los datos: es, en cualquier caso, un estilo auténticamente mametiano. En la solidez de los actores –y lo acertado de la interpretación- está otro de los puntos interesantes de esta representación.

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Puede que La Culpa no sea uno de los textos más complejos o redondos de Mamet – claro que hablamos de uno de los mejores dramaturgos vivos de la actualidad-; pero desde luego posee todos los ingredientes que harán disfrutar a los seguidores de la obra de este autor –es un Mamet perfectamente reconocible-, pone sobre la mesa asuntos que mueven a debates actuales interesantes y exige un espectador atento e inteligente, capaz de escarbar todo lo que hay bajo el texto. No son pocas virtudes para un espectáculo que, además, está montado e interpretado con todas las garantías.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

 

“La Culpa”, de David Mamet. Versión: Bernabé Rico. Con: Pepón Nieto, Ana Fernández, Miguel Hermoso y Magüi Mira. Dirección: Juan Carlos Rubio. TALYCUAL PRODUCCIONES /LA ALEGRÍA PRODUCCIONES / TRIPLE F / NIKI

Teatro Bellas Artes, 11 de Enero de 2019

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