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‘Los Otros Gondra (relato vasco)’, o por la senda del perdón

enero 17, 2019

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Espectáculo en castellano con fragmentos en euskera

“Solo puedo decir que he sido fiel a las voces que escucho aquí dentro, muy dentro, donde nada miente.” (Los Otros Gondra. Borja Ortiz de Gondra).

Dos años después de cosechar un grandísimo éxito en el Centro Dramático Nacional con Los Gondra (una Historia Vasca) –aquella obra en la que el autor revisaba un siglo de Historia vasca a través de su propia familia, capaz de elevar una trama personal a lenguaje universal- Borja Ortiz de Gondra presenta en el Teatro Español Los Otros Gondra, la esperadísima secuela de aquella. Es cierto que la primera parte –Mejor Texto Original en la última edición de los Premios Max- nos sorprendió a todos, con un éxito tan rotundo como inesperado.  Ahora, el doble reto de Ortiz de Gondra al presentar esta segunda parte era no defraudar ni al espectador ni a sí mismo, aportando algo que sume y aporte al material ya existente; y cumple todo con nota. Porque Los Otros Gondra –que no es estrictamente una continuación de Los Gondra, esto es, se puede entender de forma individual- toma el panorama socio-histórico vasco más reciente –desde 1985 hasta la actualidad- para dibujar una historia de personajes. Personajes que intentan seguir con su vida rodeados de odios heredados por generaciones que no consiguen comprender, de preguntas sin respuesta y en busca de un camino que les permita seguir adelante, regenerarse. Olvidar o perdonar –si es que tal cosa es posible…- e incluso dar la oportunidad al teatro de modificar la vida. Los Otros Gondra es, ante todo, una historia de personajes y una historia que conecta con las emociones, con la parte más emocional de estos seres humanos: es ahí donde Ortiz de Gondra vuelve a conseguir su mayor virtud, en elevar los conflictos y las emociones a la categoría de universales hasta el punto de que todos podamos comprenderlos e identificarnos con ellos.

Al hilo de Los Gondra escribí en su día entre otras cosas “(…) una historia vasca -e incluso una historia personal-; pero con el empaque suficiente como para volverse una historia universal. (…) remueve muchos cimientos de la Historia de nuestro país en general y de Euskadi en particular para trascender mucho más allá de un mero ejercicio de autoficción (…) son los humanos del presente los que deben intentar arreglar las rencillas que les han dejado los seres humanos del pasado para intentar dejar un lugar mejor a los que vienen… Pero ¿hay lugar para el perdón en un entorno en el que el olvido parece una tarea casi imposible? ¿podemos desprendernos de las culpas de los otros cuando nos pesan como una losa? ¿son esas culpas de los otros sencillamente culpas de otros aún anteriores? ¿Dónde y cómo termina realmente la cadena?” Todo lo que valía para aquella sigue valiendo para esta.  Los Otros Gondra, de hecho, retoma algunas de estas preguntas para poner el foco sobre ellas desde el presente, cuando las últimas generaciones de Gondras deben decidir cómo gestionar unos hechos que quizá no les pertenezcan directamente para salir adelante. Por Los Otros Gondra transita el peso de las culpas ajenas; pero también el cansancio por un pasado arrastrado, y quizás la torpe y hasta desesperada búsqueda de soluciones para seguir adelante sin rencillas ni rencores del pasado… Pero ¿cómo se hace eso? ¿es tan fácil borrar el pasado como una pintada de una pared? ¿cuál es el camino hacia el perdón?

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Borja Ortiz de Gondra junto a Jesús Noguero, el actor que interpreta a Borja.

Si Los Gondra exploraba el peso de las culpas, podríamos decir que Los Otros Gondra se encarga de la senda perdón, aunque ese perdón lleve dolor implícito. Recordemos que Los Gondra terminaba con una escena en un frontón: la del encuentro entre Borja y su prima segunda Ainhoa, con una pregunta que quedaba flotando en el aire: “¿Podremos olvidar algún día?” Los Otros Gondra se inicia cuando Borja Ortiz de Gondra regresa a Algorta, su pueblo natal, para recoger un premio que le otorga el Ayuntamiento después del éxito de su obra anterior en Madrid. El regocijo de verse rodeado de todos los suyos –esta vez incluso su esposo- se torna en desasosiego cuando, en el cóctel posterior, una presencia se encara con Borja: la verdadera prima Ainhoa, que viene a pedir cuentas sobre las cosas que contó en la obra anterior y las consecuencias que esa obra ha tenido en el pueblo para ella y para los suyos. Será este incidente el que remueva sin remedio la conciencia del autor, consciente de que debe encontrar de una vez por todas respuestas a esas preguntas para poder cerrar el círculo y para que todos –unos y otros- puedan seguir adelante. Es el inicio de una nueva investigación para intentar dilucidar qué ocurrió entre su hermano Juan Manuel y su prima Ainhoa poco antes de que este muriese asesinado, un asunto del que la madre del autor prefiere no oír hablar. El camino definitivo hacia una respuesta que permita encontrar la paz. Y es que, tras varias generaciones arrastrando rencor y odio ¿se puede perdonar? ¿cómo ir hacia la reconstrucción y la limpieza de sangre Gondra para seguir adelante? Puede que la función también arroje respuestas a estas preguntas.

En Los Otros Gondra –espléndido ejercicio de autoficción, galardonado con el Premio Lope de Vega 2017- encontramos muchas de las claves que nos golpearon en la primera parte: una prosa humana y directa, llena de rabia y dolor; pero al mismo tiempo no exenta de golpes de ironía que ayudan a suavizar el dramatismo de la situación; y una mirada amablemente crítica al costumbrismo social que arrastran pueblos y familias, entre personajes tremendamente vivos. Ya conocemos los antecedentes familiares –brevemente evocados para aquellos que no hayan visto la primera obra-; así que ahora Gondra se ocupa, efectivamente, de la generación que paga sin quererlo los platos rotos de unos antepasados que podrán estar ya muertos; pero ni descansan en paz ni dejan vivir en paz a los vivos. Saber la verdad sobre lo ocurrido entre Juan Manuel y la prima Ainhoa se ha convertido en una necesidad vital para el autor; algo a lo que su madre se muestra tan reticente como al hecho de que su hijo vaya paseando las vergüenzas de la familia por los teatros adelante… y encima con gran éxito. En los enfrentamientos entre autor/personaje –porque, como ya sucedía en la primera parte, el autor aparece desdoblado con un actor que le da vida- y su madre hay algunos de los instantes más irónicos de una representación, con juegos metatrales y autoficcionales que aportan ácida ironía a una situación que puede ser incómoda para la familia. Pero Los Otros Gondra se centra en el retrato de la prima Ainhoa, auténtica protagonista del drama: marcada desde hace años por unos hechos nunca del todo esclarecidos, madre adoptiva de Edurne –una joven negra que parece condenada a cargar con los odios ajenos por el mero hecho de llevar el apellido Gondra, aunque esa sangre no corra por sus venas…-. La alargada sombra de Juan Manuel –como recuerdo en esa casa, como parte del pasado de Ainhoa…- la golpeada prima movida entre dos aguas, el derecho de Edurne a decidir cómo gestionar las cosas o el empeño de la madre del autor en no dar su brazo a torcer son algunos de los hilos argumentales que tejen un relato en el que Ortiz de Gondra, creo que con gran sabiduría, ha logrado sugerir el peso de los hechos históricos –presentes como telón de fondo- para bucear de lleno en los conflictos de unos personajes que resultan humanos precisamente en sus contradicciones, en su capacidad de equivocarse, de no ser capaces de establecer un diálogo fluido que les llevaría a la resolución del conflicto con más facilidad de la que creen, quizás pronunciando otra palabra que sobrevuela la representación: “Perdón”. Es precisamente el perdón que tranquilice sus conciencias lo que, de una u otra forma, buscan todos los personajes que pululan por esta historia; y, para perdonar y alcanzar el perdón, han de saber gestionar las herencias adquiridas – también todos cargan con la suya-. Del perdón, de heridas abiertas y de cómo cerrarlas es de lo que trata en primera instancia Los Otros Gondra: las heridas de una familia, pero también las de unos seres humanos… Y, por lo tanto, las heridas de la sociedad misma.

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Consciente de que debe armar, un material dramatúrgico que funcione, nos toque y nos interese, Ortiz de Gondra no duda en alternar realidad y ficción, imaginar sucesos que nunca han ocurrido –pero podrían haber ocurrido así- e incluso provocar otros que no existen, pero son necesarios para el buen desarrollo de la trama. También usa Gondra el elemento metateatral más allá de presentarse como autor en escena; al propiciar por ejemplo que sus propios personajes se rebelen o le pidan que escriba en esta segunda obra escenas que podrían haber sido, por pura necesidad –finalmente Ainhoa ve en la obra el único camino posible para cerrar el círculo y le suplica que escriba ficción, en un ingenioso momento que excede con mucho la metateatralidad-. El equilibrio entre realidad y ficción –nunca del todo aclarado, cosa que se agradece- arma un todo cotidiano en el que – manejando una cronología menos intrincada que la de la primera entrega- vivos y muertos, presente y pasado, realidad y teatro se dan la mano para acercarse por momentos a una suerte de realismo mágico en la que el autor ha mimado sobremanera la dignidad de los personajes. La gran mayoría de las resoluciones –el inesperado y emocionantísimo encuentro entre la Madre y la joven Edurne (sin duda la escena más intensa de la función, por lo que significa) y las consecuencias que este tiene, piedra de toque de la función; los encuentros en el más allá; o el simbolismo desgarrado y sosegado al mismo tiempo del desenlace, por poner tres ejemplos claros- son momentos de un impacto dramático y emocional incuestionable, que derrochan humanidad y demuestran que el autor ha sido capaz nuevamente de escribir algo que excede con mucho la esfera de lo meramente personal para trascender; pero que además es un material dramático de primer orden: podrían ser los Gondra, los Arsuaga o los Uriarte, la historia cautivaría de la misma forma… Y es que, nuevamente, estamos ante un ejemplo de buen teatro.

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La puesta en escena que firma Josep María Mestres es hábil a la hora de separar tiempos y espacios en una escenografía sencilla pero funcional presidida por una gran grieta metafórica que podría ser la brecha abierta que hay en la familia –por tanto podría buscarse la forma de cerrarla hacia el final, también como cierre simbólico-. Muy bien planteada la iluminación de Juanjo Llorens y equilibrados los guiños poéticos a distintas realidades que se cruzan –el mundo de los vivos y el de los muertos- o a elementos musicales y regionales que son trasfondo constante, para construir momentos de bella plasticidad. Así y todo, puede que la mayor virtud de la puesta resida en la claridad con la que están narrados los hechos, y en el pulso y el ritmo que mantiene a lo largo de toda la representación; encontrando el tono exacto, sin dejarse invadir por melancolías baratas ni excederse en los instantes más jocosos. Por la estructura de la función no era tarea fácil.

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El elenco actoral –esta vez un sexteto, reparto menos nutrido que en la primera entrega- realiza una espléndida labor individual y de conjunto, como si todos fuesen perfectamente conscientes de la magnitud de lo que están narrando. Cecilia Solaguren ve multiplicada su presencia en el personaje de Ainhoa, complejo por su dualidad. En las escenas del pasado –las que comparte con el encendido Juan Manuel de Lander Otaola, con mucha verdad en su interpretación pese a contar con un rol más breve- mantiene una tensa firmeza en sus creencias que se convierte en rabia contenida en las escenas del presente, en las que debe tratar de entender y equilibrar cómo ha llegado a todo eso… El equilibrio entre las dos caras de Ainhoa está muy bien dibujado – pueden ser dos tipos de rudeza, pero son dos rudezas bien diferentes-; y eso que, por escritura, Solaguren ha de transitar de una a otra constantemente con todo lo que ello conlleva: lo hace de forma espléndida. Casi diría que extrañamente, el siempre sólido actor que es Jesús Noguero –el Borja personaje, rol que en la obra anterior asumía otro actor- ha logrado una espectacular mimetización con el verdadero Ortiz de Gondra, calcando algunos gestos; lo que ayuda a potenciar la duplicidad del personaje, eso sin olvidarnos de la seguridad que siempre aporta contar con Noguero en un reparto. La madre de Sonsoles Benedicto se maneja bien en los instantes más irónicos –aquellos que comparte con su hijo en los que, tras su empeño por detener la nueva escritura, afloran algunos ramalazos de conservadurismo rancio que el autor mira no sin cierto e irónico cariño- pero es en las escenas finales, cuando el asunto se pone más serio para ella, donde la actriz da lo mejor de sí: la capital escena que mantiene con Edurne es un puntal de la representación, como lo es su sobrenatural encuentro con Ainhoa: en ambas se nota que la veteranía es un grado; y hay que ser hábil como sólo una grande puede serlo para pasar del costumbrismo al drama más sincero. Habría mucho que decir de la joven pero ya firme  muy desenvuelta Fenda Drame: primero porque Edurne se convierte casi sin quererlo en personaje central de la trama –no importa la brevedad de la parte si el cometido es de peso-; y segundo porque mantenerle el pulso sin temblar a toda una Sonsoles Benedicto en una escena importante como ella lo hace no es todo un reto. En fin, la participación de Ortiz de Gondra en escena excede esta vez lo testimonial de la primera entrega, para regalarnos un desenlace íntimo, personal, simbólico; pero al mismo tiempo de tremenda carga emocional sobre el espectador.

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Podemos decir que Los Otros Gondra no defrauda; porque mantiene la esencia de la primera entrega en la voluntad del autor de sobrepasar el ‘teatro del yo’ para crear una autoficción que aborda cuestiones universales y sentimientos universales, más cercanas que nunca a la esfera de lo emocional. Por su estructura, por su honestidad, por su voluntad de juego continuo con lo metateatral –no en vano el propio autor nos cuestiona al final sobre la veracidad de lo que acabamos de ver- por lo vivos que están personajes y situaciones y por lo conectado que está a las emociones, podemos decir sin temor a equivocarnos que Los Otros Gondra es un gran texto; y que Ortiz de Gondra ha encontrado un filón en la autoficción que hará bien en seguir explorando; porque desde luego, esas voces interiores que nunca mienten a las que hace referencia al final de la representación son un poco las voces de todos nosotros. La noche del estreno de esta segunda entrega, la platea al completo aplaudió en pie.

H. A.

Nota: 4/5

 

“Los Otros Gondra (relato vasco)”, de Borja Ortiz de Gondra. Con: Cecilia Solaguren, Sonsoles Benedicto, Jesús Noguero, Lander Otaola, Fenda Drame y Borja Ortiz de Gondra. Dirección: Josep María Mestres. TEATRO ESPAÑOL.

Teatro Español (Sala Margarita Xirgu), 10 de Enero de 2019

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