Saltar al contenido

‘Hermanas (Bárbara e Irene)’, o la destrucción de la lengua hermana

enero 16, 2019

hermanas__

“Nadie quiere nunca sufrir tanto. Nadie puede nunca encarar (…) que el mal tenga la cara de quien salió de la misma vagina que tú.” [Hermanas. Pascal Rambert. (trad. Coto Adánez)].

Vuelve Pacal Rambert a la cartelera madrileña. Después de sus grandísimos éxitos con La Clausura del Amor y Ensayo, había grandísima expectación por conocer Hermanas (Bárbara e Irene) un texto dirigido por el propio autor y escrito paralelamente para cuatro actrices: Audrey Bonnet y Marina Hands –que se hacen cargo de la versión francesa- y Bárbara Lennie e Irene Escolar –que asumen la española-. Como dice el autor en sus notas al programa: “La misma historia. El mismo texto. Pero pensado para cuatro energías”. Y lo cierto es que el espectáculo da justamente lo que se espera de él: un combate dialéctico a muerte entre dos actrices que se dejan la piel enfrentadas a un reto energético y emocional tan exigente para ellas como para el espectador. Un duelo que justifica por sí solo la visión del espectáculo; pero que invita a verlo casi como un ejercicio actoral de doble salto mortal con tirabuzón. Se parte de una situación cotidiana llevada al extremo, puede que incluso estirada como un chicle, en la que el lenguaje se convierte en un arma arrojadiza. Una historia de amor contada desde el odio más profundo. Y una función que nos acerca el que seguramente sea el texto más humano de cuantos ha presentado Rambert en España, aunque una parte de la originalidad formal en cuanto a posibilidades pragmáticas y discursivas que tenían sus propuestas anteriores se haya quedado por el camino.

Dos hermanas de una familia más o menos acomodada, ambas en los primeros treinta. Irene –la pequeña, periodista y bloguera de profesión- irrumpe con una maleta en el lugar en el que Bárbara –la mayor, seguramente activista- prepara una inminente conferencia. La tensión se corta con un cuchillo desde el primer momento, se ve que Irene no es bienvenida: y, a pesar de que Bárbara le ruega que se marche, la joven Irene no parece dispuesta. Es el punto de partida de una larga conversación en la que dos hermanas que arrastran conflictos no resueltos casi desde que nacieron se van a decir por fin las cosas a la cara. Resuenan el recuerdo del padre, sus vidas sentimentales, la imagen que cada una ha proyectado en la otra y en los que las rodean… y una única herramienta de lucha: el lenguaje. Tal vez este momento sea la gota que colma el vaso de un camino que ya no parece tener mucha vuelta atrás, aunque ninguna sepa muy bien cómo empezó todo aquello. Las versiones, por supuesto, son contradictorias. Hay quien ve el inicio del problema en un supuesto favoritismo desde la infancia; opción enseguida negada por la otra hermana. Y, desde ahí, dos vidas prácticamente paralelas que, hoy por hoy, sólo pueden resumirse en un verdadero festival del reproche. Es posible que ni Bárbara ni Irene quieran discutir, es posible que se mueran de ganas de abordar el diálogo… pero quizás sea tarde, quizás no sepan ni por dónde afrontarlo. Y, en el fondo de toda esta situación, la cortina del amor soterrado que las hermanas ya no pueden ni expresar ni comprender… y dos preguntas que repite Irene a Bárbara de forma insistente y que seguramente sean la punta del iceberg: “¿Por qué no me has avisado? ¿Sabes de dónde vengo?” Después de todo, en el fondo, en Hermanas estamos ante una situación límite de dos personas que tal vez sólo necesiten apoyarse y aparcar los errores y los reproches por un momento, pero prefieren tomar el camino de la destrucción.

hermanas1

Tiene Hermanas muchos elementos recurrentes en la literatura teatral de Rambert. Hay una prosa exigente –por momentos hasta demasiado recargada- que deja algunas frases ocurrentes de cierto lirismo, pero que a su vez nos aleja de un discurso realista – dice Irene en un punto de la función: me has matado ya tantas veces que quizá dentro ya estoy muerta (…) puedes tirarme encima paladas de tierra y acabamos ya con esta historia de hermanas, con esta historia de amor entre dos hermanas, esta forma de decir que te quiero aunque te odie, aunque te odie con todas mis fuerzas.”-. También una obsesión por el uso del lenguaje como máquina de herir, y por el peso lingüístico y semiótico que les damos a las palabras para construir y destruir aquello que somos. No en vano, ya desde la infancia el lenguaje ha marcado las vidas de ambas –“a lenguaje limitado mundo limitado si uno quiere ampliar su mundo amplía su lenguaje” les decía el padre de niñas; del mismo modo que ahora Irene exclama desesperada: “si hay una lengua materna debe de haber una lengua hermana. Es esa lengua que hablas, esa lengua dura, y por eso estoy aquí, para atacarla, destruirla: si destruyo tu lengua te destruyo a ti, si destruyo tu lenguaje destruyo tu mundo.”-; del mismo modo que la cosificación del lenguaje – y en particular de lo sexual- ocupa un lugar relevante en el discurso que Rambert pone por boca de Bárbara e Irene. De hecho, esta idea del lenguaje como formador del mundo, pero también como destructor del otro –esa voluntad enfermiza de llenar el espacio con palabras, de no dejar de hablar nunca, de generar palabras que anulen las palabras de la otra; e incluso de dejar a la otra sin palabras para haber ganado así la partida de una vez- es uno de los elementos más interesantes que de cuantos plantea Rambert en esta propuesta. Incluso hay en el texto una cierta voluntad social que aparecía con bastante fuerza en Ensayo y sobre la que se insiste aquí –desde el lugar activista que ocupa Bárbara, aparecen conceptos como el “¡Levantaos!”  en forma de rebelión o la actitud política como forma de vida, ambos llamando claramente a Ensayo-.

hermanas2

No cuesta pues reconocer enseguida el estilo de Rambert en este combate dialéctico que no deja las cosas fáciles ni al espectador –asimilar este texto casi inabarcable en una única escucha es tarea imposible- ni a la traductora –dentro de la dificultad intrínseca que entraña el lenguaje de Rambert hay que señalar que la traducción de Coto Adánez, entiendo que en su empeño por acercarse lo más posible a la prosa del autor, suena a veces demasiado literal, con soluciones a veces no del todo correctas en lo gramatical. Hay además una mención a enviar sms que imagino que vendrá del texto original, pero resulta francamente improbable entre dos mujeres del siglo XXI a día de hoy- ni mucho menos a unas actrices que han de emplearse a fondo para salir a bien del reto que supone esta función.

Tiene Hermanas una situación de conflicto familiar perfectamente reconocible –y eso nos acerca como seres humanos-; y, sin embargo, hay algo del estilo que ya no nos impacta tanto como en las dos funciones anteriores: no sabría indicar si se trata del hecho de haber optado esta vez por la forma más clásica del diálogo puro –recordemos que tanto La Clausura… como Ensayo se estructuraban en largos monólogos, que ofrecían unas posibilidades pragmáticas muchísimo más ricas que las que se obtienen aquí- o, sencillamente, el hecho de que ya nos sentimos como peces en el agua con este autor tan complejo. Aquí nos apabullan la belleza de algunos reproches –hermosa contradicción-, la intensidad que imprimen ambas actrices a una situación límite como esa que atraviesan –que, a nivel humano, se puede entender tan bien, incluso a pesar de los agujeros conscientes que nos deja Rambert en su conflicto- e incluso el uso del lenguaje como forma de destrucción, en ese combate en el que tal vez se trate de anular a la otra dejándola sin palabras: reconozco que el uso filológico que hace Rambert del lenguaje es un elemento que siempre me resulta atractivo en su obra, por más que por momentos pueda resultar antiteatral. Sin embargo, sin desmerecer las virtudes del texto, hay algo en Hermanas –seguramente la obra de estructura más fácil de cuantas conocemos del autor francés- que parece haber perdido una cierta oportunidad: otras veces el lenguaje sonaba tal vez poco emocional; pero a cambio teníamos unos recursos de pragmáticos de gran riqueza. Aquí, por el contrario, la balanza se ha inclinado más hacia lo poético y una estructura más clásica, sin que el discurso termine de ser tampoco ‘realista’: una opción más fácil para buena parte del público; pero, desde mi punto de vista, menos interesante que en sus obras anteriores.

hermanas5

La puesta en escena que dirige el propio autor bebe nuevamente de recursos que ya hemos visto en sus obras anteriores. Espacio diáfano en tonos blancos iluminado por intensas luces de neón – pensado por el propio Rambert- y sólo formado por un atril y un grupo de sillas de distintos colores. Hay también un intermedio musical, creo que esta vez sin mucha necesidad real –miren que aquel tan inesperado de La Clausura del Amor, que enervó a tanta gente, me pareció un golpe de teatro extraordinario y el de Ensayo estaba bien pensado; pero sinceramente me cuesta encajar que dos personas que se están diciendo lo más grande de pronto lo paren todo para bailar… y después seguir diciéndose lo más grande- y una cierta ruptura de la cuarta pared –no tanto por integrar al público, sino por el hecho de que las actrices usen esta vez todo el espacio del teatro, como ya ocurría en Ensayo– a la que no se le termina de dar un uso del todo práctico.

hermanas6

Ahora bien, si por algo hay que ver Hermanas es por el intensísimo duelo interpretativo que mantienen Bárbara Lennie e Irene Escolar. Se les exige una entrega física, emocional y mental brutal, se les exige ir con todo del primer minuto al último y eso es exactamente lo que hacen. Desde luego, si pueden hacer esto serán capaces de hacer cualquier cosa; porque han de terminar la función emocionalmente exhaustas… tanto como los que las (ad)miramos desde la platea. Lennie y Escolar nos disparan texto, nos ametrallan a velocidad de crucero, desde un nivel de energía e intensidad que no da tregua ni a actrices ni a espectador. Como en un partido de tenis, se pasan la pelota de forma constante y llegan a unos niveles casi cárnicos; con un esfuerzo agotador al que hay que sumar la densidad del texto. Podríamos decir que, en un principio, el personaje de Bárbara es el más seguro mientras que el de Irene resulta más débil –el texto se refiere en repetidas ocasiones a su debilidad, y no solamente física- pero trae más ira en la maleta. Tal vez sea por eso que Bárbara Lennie nos apabulle – como ya lo hizo en La Clausura del Amor- con una exhibición de poderío energético que sabe que no debe dejar pasarse de la raya ni medio centímetro a su hermana, porque es una olla a presión a punto de estallar: lo que hace Lennie aquí –el ejercicio de intentar dominarse, de intentar torear al Mihura que en un principio tiene delante; aunque no le quede otra que acabar reventando- sencillamente está a la altura de pocas, muy pocas actrices en el panorama español actual. Todo en ella es natural, está vivo, es orgánico, es real, y tanta verdad en lo que hace casi intimida… Para muestra un botón: un largo monólogo final en el que habla de la madre, expuesto en el borde de la rabia y la desesperación, dicho casi sin respiración; sin que el espectador pierda sin embargo el significado de una sola palabra de lo que está diciendo. Uno de esos momentos de gran teatro que nos demuestran por qué la Lennie ha llegado a lo más alto a tan corta edad. No ha de ser fácil ser la contraparte de semejante bestia de la escena, y bastante tiene Irene Escolar con mantenerle el pulso con garantías como lo hace: es cierto que quizá por escritura y tono deba permanecer un poco apocada gran parte de la representación –por esa sensación de segundona, de hermana a la sombra, que trae el personaje como bagaje- y tal vez sea por eso que algunos de sus arrebatos de ira no suenen tan naturales como los de su compañera; pero en la parte positiva de la balanza hay que situar su buen manejo de la vertiente emocional más contenida –sabe manejar el exceso, y eso en esta obra no es fácil- y, sobre todo, lo bien que gestiona su complejo monólogo final, fundamental en lo dramático, en el que es luz pura… y no es un momento nada fácil, por la magnitud emocional de lo que expresa. En cualquier caso –y si se pueden establecer ciertas diferencias entre una y otra- hay que señalar que esto que hacen aquí no está al alcance de casi nadie; y ambas consiguen mantenernos con el corazón en un puño, conteniendo el aliento y la respiración ante algo que quizá veamos como un ejercicio interpretativo más esta vez que otras; pero que al mismo tiempo resulta un ejercicio casi olímpico del que ambas salen con vida. Sólo por verlo la función ya merece la pena.

hermanas4

Así pues, Hermanas dista de tener el ingenio y la complejidad de textos anteriores de Rambert; pero, sin embargo, tiene elementos suficientes como para resultar atractiva y deja un puñado de frases para recordar por lo hermoso de su dureza. Y, sobre todo, es un ejercicio interpretativo elevado a la categoría de combate pugilístico y servido por dos actrices que se entregan hasta el paroxismo a la causa. A nivel interpretativo no dejará indiferente a nadie, y es de las cosas más intensas que se puedan ver hoy por hoy en un escenario. Hay que estar a los pies de ambas.

*Los fragmentos de texto que aparecen citados a lo largo de la reseña pertenecen a la traducción de Coto Adánez, de próxima aparición en la editorial La Uña Rota.

H. A.

Nota: 3.75/5

 

“Hermanas (Bárbara e Irene)”, de Pascal Rambert. Con: Bárbara Lennie e Irene Escolar. Dirección: Pascal Rambert. Traducción: Coto Adánez. BUXMAN PRODUCCIONES / DILETANTE PRODUCCIONES

El Pavón Teatro Kamikaze, 10 de Enero de 2019

Anuncios
No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: