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‘La Voz Dormida’, o rizar el rizo: novela, cine… teatro

diciembre 26, 2018

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Después del éxito de la novela original (2002) y la transposición cinematográfica de Benito Zambrano (2011), llega la versión teatral de La Voz Dormida, uno de los más celebrados trabajos literarios de Dulce Chacón; en una versión a modo de monólogo que ha preparado Cayetana Cabezas, interpreta Laura Toledo –como Pepita Patiño, el personaje al que diese vida en el cine María León- y dirige Julián Fuentes Reta. El resultado es sin duda una apuesta ambiciosa; que, aunque está bien sostenida por la actriz, se enfrenta a una adaptación textual complicada y no siempre igual de lograda; que sólo algunas veces aporta algo realmente novedoso a novela y película.

La Voz Dormida narra, como eje central, el periplo de Pepita Patiño, cordobesa que se traslada a Madrid en tiempos de posguerra ante el encarcelamiento de su hermana en la prisión de Ventas; y cómo convirtió gran parte de su vida en un doble acto de amor. Amor hacia su hermana Hortensia –injustamente enviada a prisión por motivos políticos, embarazada y ejecutada después de dar a luz-; pero también amor hacia su novio Paulino, por el que se implica como enlace encubierto de la resistencia. Este doble acto de amor –al tiempo que lucha por salir adelante y confía en la improbable salvación de la hermana- convierte la vida de Pepita en un constante sacrificio, creencia, y confianza en el futuro que se prolongará durante muchos años. Será después de bastante tiempo cuando Pepita pueda iniciar una nueva vida, inevitablemente marcada por los hechos que ha tenido que sufrir durante la etapa de represión. Además, complementando esta trama central, La Voz Dormida incluye toda una serie de pequeñas historias que buscan dibujar un fresco de una etapa especialmente negra y deprimida en España: conocer la Historia para que no se repita; al tiempo que traslada un esperanzador mensaje de futuro, en el que sólo mediante el perdón podemos continuar, seguir adelante no con el olvido pero sin el odio que nos impida avanzar. Esa es, a fin de cuentas, la gran enseñanza que nos deja La Voz Dormida: recordar pero mirando al frente con la cabeza alta; porque, a pesar de todo, no nos queda otra.

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Si nunca es fácil trasladar una novela a otro soporte distinto del original; mucho menos lo es en este caso en el que ya existe el precedente de una película que ha sido un éxito y se ha convertido en una de las más aplaudidas en su género en España en tiempos recientes.  A esto hay que sumar que la estructura original de la novela –que aúna una ardua labor documental con una trama central de ficción, salpicada por un buen número de subtramas que buscan dibujar toda una etapa. Convertir La Voz Dormida en una función teatral con una narrativa al uso hubiese obligado indudablemente a un profundo ejercicio de selección que ya tendría suficiente complejidad como para considerarlo un reto; pero reducirla a formato monólogo – como ocurre aquí- es casi una carambola. Y, en este sentido, la versión que firma Cayetana Cabezas ha querido simplificar su estructura dejando que conozcamos el relato desde los recuerdos de Pepita, que teje en su máquina mientras habla con el fantasma de su hermana –aquí ya muerta desde un principio- para ponerla al corriente de su esperanzador presente después de tantos años; y para recordar el periplo que acabó provocando su muerte. Así, siempre exclusivamente desde Pepita, tenemos dos planos de acción: el mundo del presente – con Pepita a punto de casarse por fin y empezar una nueva vida- y la esfera del recuerdo, siempre desde el punto de vista de Pepita. En este sentido, Cabezas rehúye durante buena parte del tiempo la opción de construir un monólogo polifónico –esto es, con la actriz dando voz a diversos personajes- para armar su narración desde un diálogo mudo de Pepita, dirigiéndose a interlocutores silentes. Al margen de la poda de subtramas –obligatoria por la estructura de la novela misma-, creo que esta opción de contar todo exclusivamente desde Pepita es, desde luego, menos rica que la de la polifonía –hablo de polifonía siempre desde una única actriz-; y quizá los saltos entre presente y pasado puedan llamar a cierta confusión, sobre todo en el primer tramo de la función. Conforme avanza –y asumimos la estructura de la función- la cosa se va enderezando; pero creo que la versión no es todo lo funcional que debería para una versión teatral: está llena de buenas intenciones, pero no salva todos los escollos que supone acercarse a plasmar en carne y hueso una historia tan compleja. Hay que distanciarse además del espíritu de la película, y entender que esto es algo completamente diverso, que pasa de forma demasiado veloz por los múltiples acontecimientos que pueblan la novela. En otro orden de cosas, creo que la estructura de monólogo no beneficia especialmente a este relato. En resumen, se puede decir que este acercamiento al original sabe transmitir bien el mensaje que encierra la novela; pero deja el camino complicado a la hora de pensar en trasladarla al escenario.

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El equipo artístico echa el resto ante un reto que no es fácil. La función se ubica en una escueta escenografía de Laura Ferrón, presidida por la máquina de Pepita rodeada de una gran y amenazante tela de araña que se va tejiendo conforme las cosas se van poniendo más y más negras para Pepita y su entorno. Un hombre de espaldas representa a Paulino, el chaqueta negra, amor en la distancia de Pepita. En este sentido hay que señalar que Julián Fuentes Reta ha sido capaz de trabajar con muy pocos elementos para darle sin embargo un sutil sentido poético a su montaje, con alguna imagen interesante a nivel visual; sin que a veces dejen de ser algo confusos los saltos narrativos –pero entiendo que este problema viene derivado de la versión misma-. Del sencillo pero válido montaje sólo revisaría un desenlace que llama a la atemporalidad –y, de golpe, trae el recuerdo al presente-: siento que no se necesita.

Por la estructura del texto, no lo tiene fácil Laura Toledo para sacar adelante la representación; y, sin embargo, logra gracias a su entrega reponerse de un inicio algo titubeante –nuevamente por la confusión narrativa que se genera- para acabar mostrándose como una actriz volcada en la labor de contar esta historia. Más que la historia en sí misma – porque algo de la esencia se nos queda por el camino…- puede que sea la intensidad que imprime al tramo final lo que nos llega a emocionar verdaderamente. Así pues, en Laura Toledo encontramos a una actriz válida, cálida y entregada a dar vida a Pepita, que alcanza momentos de buen dramatismo; pero que hubiese merecido una mejor adaptación para brillar con todo lo que tiene. Aún así, la forma de entregarse a la causa como una leona dice mucho de ella como actriz; por más que la estructura del monólogo no termine de convencernos. Ángel Gotor tiene la papeleta de mantenerse en escena y de espaldas durante los 75 minutos que dura la representación para leer un párrafo de una carta… Entiendo el simbolismo, pero no sé hasta dónde es verdaderamente necesario que ese personaje esté presente en carne y hueso de esa forma…

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Así pues, esta versión teatral se sustenta en el trabajo actoral, y en la sencilla pero válida dirección. Desde luego que se agradece subir esta historia a las tablas –porque nos transmite un mensaje que conviene no olvidar-; pero es imposible no pensar que la versión teatral presenta algunos problemas de estructura difíciles de superar y se deja gran parte del contenido de la novela por el camino. Reconociendo el esfuerzo de todos –y aplaudiendo especialmente a actriz y director- nos hubiera gustado verlos ante un material teatral de mayor peso. Desde luego, tanto la novela como la transposición fílmica precedente habían dejado el nivel muy, muy alto. Conviene señalar, eso sí; que siempre es importante traer de vuelta estas historias, para que no olvidemos que ciertas cosas no deben volver a ocurrir. Sólo por eso ya habría que darse una vuelta para ver esta función

H. A.

Nota: 2.75/5

 

“La Voz Dormida”, de Dulce Chacón. Con: Laura Toledo y Ángel Gotor. Dirección: Julián Fuentes Reta. COMPAÑÍA SALVADOR COLLADO.

Teatro Bellas Artes, 18 de Diciembre de 2018

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