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‘Elogio de la Pereza’, o expectativas frustradas

diciembre 23, 2018

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El de la rumana Gianina Carbunariu (1977-) es uno de los nombres más importantes del teatro contemporáneo actual, y fundamental en la realidad teatral de su país en la actualidad. Los anteriores trabajos que había presentado en España llamaron la atención de propios y extraños –desafortunadamente no alcancé a ver ninguno- y por eso se esperaba con expectación esta producción propia del Centro Dramático Nacional, que invitó a la creadora rumana para levantar un espectáculo de creación colectiva con un elenco español. El resultado es Elogio de la Pereza, una función que en su carácter innovador –a pesar de que ya hayamos visto ejercicios semejantes con mucho mejor resultado, todo el ciclo Escritos en la Escena sin ir más lejos- presenta atractivo estético y apunta ideas interesantes; pero nunca llega a profundizar en ninguna. Sala grande del Valle-Inclán –mucho menos que mediada en mi función, y sin la grada alta- y un gran nombre internacional invitado por el CDN para una producción propia, con todo el gasto que eso conlleva… ¿De verdad era necesario traer un nombre extranjero para que este sea el resultado? A tenor de lo visto, la respuesta parece ser un no rotundo.

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Elogio de la Pereza toma su título del Elogio de la ociosidad de Bertrand Russell y del Derecho a la pereza, de Paul Lafargue, para armar un espectáculo centrado en un futuro utópico en el que la jornada laboral es de tan sólo tres horas. Así, se ha creado además un Museo del Trabajo de la Explotación todavía en proceso de construcción, ante el cual se encuentra el espectador. La función es un paseo por las diferentes estancias del Museo, guiados por estos individuos que, ante esta jornada laboral de tres horas, no saben muy bien qué hacer con su tiempo libre. Así, se nos va conduciendo por las diferentes estancias del Museo –a saber: la sala de la explotación, la sala de reuniones, la sala de los sonidos del trabajo…-, en cada una de las cuales se desarrolla una pequeña historia – unas veces a modo de cuento con moraleja, otras como paisaje onírico, otras como monólogos irónicos de tinte reivindicativo…- que pone en tela de juicio asuntos como la precariedad laboral, el estrés extremo al que pueden llegar a verse sometidos los trabajadores, o los límites éticos a los que uno está dispuesto a llegar para mantener su puesto de trabajo. En pocas palabras, se rememoran situaciones reales de aquellos tiempos en que los humanos nos dedicábamos solamente a trabajar, observadas desde ese futuro ocioso como auténticas reliquias que de ninguna manera podrían volver a ocurrir. Esto da pie en principio a un punto de vista más o menos irónico; presentando los distintos casos en forma de píldoras que nunca llegan a desarrollarse del todo.

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La función –como comento más arriba, de creación colectiva- nace por lo visto de una serie de entrevistas que la autora y los actores mantuvieron con un buen número de personas para abordar sus preocupaciones reales, casos reales y lo más heterogéneos posible; en un trabajo de investigación a pie de calle. Desde luego que el modo de armar la función se antoja interesante, pero el resultado está muy lejos de suscitar ese interés: el texto generado no tiene un peso real –hay algún momento interesante, tal vez el cuento que ocupa la primera sala, pero la cosa pronto se va deshinchando- y el tedio y la pereza invaden también al espectador, conforme vamos entendiendo que el contenido no va a alcanzar un nivel verdaderamente interesante… Se sabe de sobra que el concepto de creación colectiva es siempre un asunto complejo en el que hay que tener algo que contar y saber cómo queremos contarlo, cosa que aquí no siempre ocurre. Esto es un conjunto de elementos – que beben de lo coreográfico, de lo cómico, de la farsa, del posdrama, del teatro social, del teatro documento…- que nunca llegan a encajar en un todo que tenga entidad. Y así se van consumiendo los 90 minutos de función, por el que van pasando una serie de ideas inconexas y no desarrolladas, que quedan a mucha distancia de la premisa que nos planteaba el futuro imaginario en el que se ubica la función. Una vez que la cosa se termina vuelve a surgir una pregunta: ¿de verdad era necesario traer a una figura de fuera para levantar un espectáculo así?

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Se ha cuidado mucho, eso sí, el aspecto estético del montaje, tanto por la funcional escenografía de Dorothee Curio –que firma también el variado vestuario- como por la iluminación de Ion Aníbal, que ayudan a crear atmósferas y juegos de perspectiva muy interesantes, que acaban siendo lo mejor de la propuesta. De hecho, es en ir observando los distintos recursos que tiene la escenografía en lo que los espectadores acabamos centrando nuestro interés, y los momentos más destacables de esta propuesta llegan de lo plástico y lo visual; es decir, se ha cuidado mucho más la puesta en escena que el contenido del texto o el mensaje que se quiere transmitir, con todo lo que eso implica. Hay que tener recursos para armar una puesta en escena así –y está claro que aquí los tienen-, pero sería de agradecer que detrás de todo eso hubiese algo más… No es el caso.

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Sobre el escenario, siete actores absolutamente entregados, todos con su momento de lucimiento personal; que dan todo lo mejor de sí mismos: son Enrique Cervantes, Ksenia Guinea, Jorge Machín, Vicente Navarro, Elena Olivieri, Laura Santos y Diana Talavera, y todos echan el resto. Se esfuerzan en jugar con los códigos, en darle algo de intensidad a las réplicas –y precisamente es la intensidad que imprimen, algunas veces hasta excesiva, otro de los aspectos que hacen que mantengamos la atención-; pero me quedo con la sensación de que están un poco vendidos, esforzados en dar algo de enjundia a un texto que no la tiene. Mi respeto a todos ellos desde aquí por el esfuerzo de sostener esto de algún modo, porque el talento de todos queda fuera de toda duda después de ver esto. Si consiguen mantener el tipo aquí como lo hacen, podrán casi con cualquier cosa.

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El formato de espectáculo podrá gustar más o menos; pero desde luego el resultado es insuficiente para una producción propia en una sala grande del Centro Dramático Nacional. No podemos ya ampararnos bajo el abanico de la creación colectiva a pie de escenario –porque, insisto, cualquier Escritos en la Escena barre con esta propuesta-, tampoco a la idea de que haya que conectar con la forma del espectáculo, que es lo que es y no es nada especialmente novedoso. Lo especialmente grave es que se haya contado con una artista extranjera de prestigio para una producción propia y que el resultado sea tan pobre, tan innecesario. Anteriores trabajos de Carbunariu han suscitado aplauso e interés; y sin embargo esta propuesta –en la que poco más hay que una estética atractiva y un puñado de actores que luchan por salir del asunto lo mejor posible- es difícil de sostenerse como proyecto mismo a la vista de los resultados. ¿Qué ha pasado para que la cosa fallase? Nunca lo sabremos. ¿Mereció la pena? Seguramente no. ¿Cuántos nombres de creadores españoles que permanecen inéditos en el Centro Dramático Nacional hubieran podido hacer un espectáculo de corte semejante con mejores resultado y seguramente con un caché más económico? Se me ocurren unos cuantos. Quizá esa sea la pregunta central que tengamos que hacernos después de presenciar esta propuesta tan fallida a la que tampoco ha acompañado especialmente el público. Si esto fuese un trabajo experimental de un nuevo creador en una sala alternativa, podríamos hablar de curiosidad; pero es una creación de una estrella internacional en una producción propia de un gran teatro nacional. No basta, ni remotamente. Mi total respeto al equipo artístico por intentar levantar esto de la mejor manera posible. Poco más se puede decir.

H. A.

Nota: 1.75 / 5

 

“Elogio de la Pereza”, de Gianina Carbunariu (creación colectiva). Con: Enrique Cervantes, Ksenia Guinea, Jorge Machín, Vicente Navarro, Elena Olivieri, Laura Santos y Diana Talavera. Dirección: Gianina Carbunariu. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro Valle-Inclán, 15 de Diciembre de 2018

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