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‘Lokis’, o dejarse deslumbrar por el exceso tecnológico (o no…)

diciembre 15, 2018

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Espectáculo en lituano e inglés

Mucha curiosidad había por conocer Lokis, ambicioso y mastodóntico trabajo de Lukasz Twarkowski –considerado uno de los nombres fundamentales del teatro contemporáneo actual, y enfant terrible del teatro polaco- dentro del contexto del Festival de Otoño. El resultado son tres horas y media de espectáculo que alterna material literario, ficcional y real, diálogo entre disciplinas a la hora de crear la función –metateatro, audiovisual en directo, música, performance, teatro documento…- para armar un todo que es un despliegue de medios de primer orden, que deslumbra por su potencia y su exceso; incluso por la capacidad de levantar todo cuanto se ve en escena… Pero que, más allá de su complejidad, no logra conducir al espectador a ningún lugar de reflexión especialmente interesante. No se puede negar que la propuesta –excesiva en todo, incluso en una duración que resulta exasperante- apabulla… ¿pero a dónde ha querido llegar Twarkowski con todo esto más allá de enseñarnos todo lo que sabe y puede hacer? Difícil saberlo.

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La función se inicia con una especie de falso encuentro con el público en el que Twarkowski y todo el equipo artístico nos explican las premisas artísticas y creativas de Lokis. Para muchos es un preámbulo, pero el espectáculo ya ha empezado… Aprendemos así las tres líneas de investigación en las que se apoya el espectáculo. Por un lado, Lokis, novela de Merimeé sobre un hombre que vaga por las montañas lituanas, mitad hombre mitad oso, nacido después de que un oso atacase a su madre; por otro lado, la figura del fotógrafo Vitas Luckus, aparentemente asediado por el KGB, asesino y suicida al mismo tiempo; y por último el caso de Bertrant Cantat, líder de un grupo de rock francés que en 2003 asesina de una paliza a su pareja, la actriz Marie Trintignant, mientras ella rodaba un telefilme sobre la figura de Colette, siempre en Lituania, dando pie a uno de los mayores escándalos franceses de los últimos tiempos. Presentadas las tres líneas de acción por las que discurrirá la propuesta, se nos explican algunos aspectos técnicos sobre cómo se ha llevado a cabo: el uso de joysticks para los efectos especiales y sonidos, cómo se emplea una maqueta para crear imágenes reales – al estilo de lo que hace la Agrupación Señor Serrano, pero un recurso mucho menos aprovechado aquí- y el uso del cine como hilo conductor, tanto argumental –porque gran parte de la trama transcurre en un rodaje y en la fiesta posterior- como a nivel técnico. Esta explicación a modo de prólogo copa casi 20 minutos que se siguen con mayor o menor atención; y que no hacen más que crear una expectativa ante lo que viene…

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Lo que viene –el espectáculo en sí mismo- es una especie de pastiche que alterna tramas de las tres historias presentadas. Arranca con el interrogatorio a Luckus para pasar enseguida a los prolegómenos del rodaje del telefilme de Marie Trintignant y la fiesta posterior en la que se desencadena la tragedia; mientras que del material de Merimée apenas queda más que el título del espectáculo. Hay un mensaje claro que se proyecta gigantesco y amenazante: “IMAGE IS EVERYTHING” –la imagen lo es todo-. Este es el punto de arranque de lo que podríamos denominar un gran pastiche excesivo en el que es complejo dilucidar una línea argumental clara y desarrollada – se diría que Twarkowski se expresa en una narrativa no discursiva-, que el espectador a menudo recibe proyectada en una pantalla cinematográfica, grabando en directo todo lo que sucede tras ella. Esto es: asistimos –al menos durante gran parte de la primera parte- a lo que podríamos llamar un ejemplo de cine en directo, sin que podamos ver su realización – porque, salvo una habitación/cubículo, la mayoría de cuanto sucede ocurre tras la pantalla-.

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La primera de las dos partes que componen el espectáculo no es demasiado motivadora. Al prólogo que antes mencionaba – bastante innecesario bajo mi punto de vista…- sigue una hora y media larga en la que, pese a lo potente de las imágenes, uno piensa que este tipo de teatro ya lo ha visto antes y con mejor resultado. Si Agrupación Señor Serrano ya nos enseñó magistralmente cómo manipular y codificar imágenes para crear un todo –en A House in Asia o Birdie-, o Juan Carlos Zagal mostró con TeatroCinema las posibilidades de diálogo entre teatro y cine pueden dialogar de forma audaz –con Historia de Amor– no podemos perder de vista cómo algunas espléndidas propuestas de Christiane Jatahy –Julie o E se Elas Fossem para Moscou, ambas vistas en Madrid, y a todas luces muy superiores a Lokis– se acercaron a lo que podríamos llamar cineteatro, dejando a la vista de forma muy original el mecanismo que producía la ilusión –lo más interesante de su propuesta-. Justo es eso lo que no ocurre aquí, y justo es eso lo que hace que perdamos el interés ante lo que muestra Twarkowski: si no se nos muestra el mecanismo, por más que podamos entender la complejidad técnica de filmar en directo todo lo que se filma, lo que nos queda es una proyección cinematográfica en tiempo real… Un mecanismo complejísimo, seguro que sí; pero que de nada sirve si no lo vemos. Comprobar que la narrativa pronto se diluye, que las escenas se prolongan hasta la extenuación y que lo que vamos a ver va a suceder básicamente en una pantalla salvo en momentos concretos enseguida hace que nos desmoralicemos como público, y que las deserciones comiencen a producirse… Al intermedio llegamos con la sensación de comprender la complejidad técnica de lo que nos muestran, aplaudiendo la entrega del elenco actoral – una decena de intérpretes-; pero con la sensación de no haber visto nada nuevo y de que, efectivamente, Twarkowski está desplegando toda su artillería pesada, al servicio de no sabemos muy bien qué…

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La segunda parte –más interesante en lo teatral que la primera, sin duda; pero para entonces gran parte del público ya ha tirado la toalla y abandonado la sala…- se aparta algo más de este aparato cinematográfico que reinaba en la primera, y comienza –una vez pasada una escena con formato entrevista no demasiado estimulante- con una interesante secuencia teatral que parece sacada del cine de espionaje y debe contarse entre los momentos más logrados del montaje, por tono y ritmo. Más adelante llegará una larguísima secuencia de rave que atronará literalmente al espectador con luces estroboscópicas de un calibre que pocas veces se ha visto en teatro y música techno a volumen difícilmente soportable durante casi media hora, sin que ni siquiera el público pueda levantarse de sus butacas a bailar, que es lo que pide el cuerpo cuando uno ve que la cosa va a ir para largo… Un nuevo exceso, una nueva demostración de poderío de Twarkowski y de nuevo nada que no hayamos visto antes –porque en Mount Olympus, en la misma sala que se representa este espectáculo, hemos vivido otra rave catártica y participativa, solo hace unos meses, con bastante mejor resultado que esta…-. Por el camino quedan imágenes inconexas que pueden hacer referencia a las tres historias que pueblan el espectáculo, imágenes de decadencia y degradación y un número de rock que cierra un espectáculo, que deja al público –al que permanece en la sala, porque para entonces, con el goteo constante, son no pocos los que no han conseguido llegar al final-  en shock: entre deslumbrado y desconcertado en la butaca.

El resultado es un complejo espectáculo de tres horas y media –para lo que son las duraciones a día de hoy, hay que considerar que la función no es tan larga; y sin embargo pesa como una losa…- en el que Lukasz Twarkowski crea una propuesta técnicamente apabullante, empleando todos los medios a su alcance –que son muchos- para lanzarse al exceso y abrumar al espectador, enseñándonos todo lo que sabe hacer… pero dejando el contenido en un segundo plano, en favor de algo que epate desde la forma y el envoltorio. De acuerdo, pero se debería pedir algo más…

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No podemos negar que el espectáculo es complejo y deslumbrante en su exceso; pero también que –en su naturaleza no discursiva- es difícil discernir a dónde ha querido llevarnos el lituano con todo esto. Uno se va a su casa apabullado ante la dificultad técnica de lo que acaba de ver; pero al mismo tiempo sin la menor reflexión en su cabeza. Quieran que no, eso es un problema. Preocupa también comprobar cómo, entre todo este despliegue tecnológico, no hay ninguna técnica ni novedosa ni sorprendente, sino un conjunto de cosas que ya hemos visto antes, expuestas aquí en su máxima expresión. No se niegan ni el imaginario, ni la capacidad creadora de Twarkowski para levantar una de las propuestas más técnicamente complejas que se hayan visto últimamente en los escenarios madrileños; pero el exceso termina resultando cargante y, sobre todo, no lleva a reflexión de ninguna clase. Sin perder de vista lo apabullante del apartado técnico, deberíamos pedir algo más y no ser impresionables ante el juego de la tecnología. La sensación final es agridulce: la de haber visto algo extraordinariamente complejo ejecutado con precisión milimétrica; pero también la de haber pasado casi cuatro horas recibiendo estímulos técnicos y visuales que no llevan a ningún lugar de reflexión. Con todo lo interesante que pueda resultar ver algo de esta complejidad, no puedo esconder cierta decepción ante el resultado final. No, la imagen no lo es todo. Ni siquiera aquí.

H. A.

Nota: 2.25 / 5

“Lokis”, creación sobre la novela Lokys, de Prosper Mérimée, y las biografías de Bertrand Cantat y Vitas Luckus. De: Anka Herbut. Dirección: Łukasz Twarkowski. Con: Darius Gumauskas, Rytis Saladžius, Vainius Sodeika, Saulius Bareikis, Nelė SavičEnko, Elžbieta LatėNaitė, Airida Gintautaitė, Dovilė Šilkaitytė, Gytis Ivanauskas y Arnas Danusas. ŁUKASZ TWARKOWSKI / LITHUANIAN NATIONAL DRAMA THEATRE.

XXXVI Festival de Otoño. Teatros del Canal, 2 de Diciembre de 2018

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