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‘Le Petit Chaperon Rouge’, o hacia las tinieblas del bosque

diciembre 14, 2018

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Espectáculo en francés

Dentro de la programación del XXXVI Festival de Otoño se estrenó en España Le Petit Chaperon Rouge, un breve espectáculo familiar que ya se ha convertido en un verdadero clásico contemporáneo, puesto que es una de las más célebres creaciones de Joël Pommerat, y que ha girado por medio mundo desde su estreno en 2004, con más de 900 representaciones. Se puede decir que Pommerat toma la esencia del cuento de Caperucita Roja para trazar un relato – textual y visual- en el que, con extrema sencillez, explora el oscurantismo y las fronteras del miedo del universo infantil; pero también aquellos elementos de crítica social que puede contener el propio cuento, para ponerlos de manifiesto a lo largo de la narración.

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El oscurantismo, las sombras y el universo de lo ambiguo son elementos conductores de esta propuesta minimalista, narrada en primer término de escenario –Rodolphe Martin, a la manera de los storytellers– por un hombre vestido de riguroso negro y con voz y expresión de pocos amigos. A la narración –salpicada por comentarios críticos y hasta un punto cínicos acerca de lo que ocurre, que de algún modo acercan el cuento a la realidad de hoy (“…así les ocurre ahora a los lobos”), se le integran sonidos, sombras y dos actrices –Valèrie Vinci, que se encarga de dar vida a Caperucita y a la Abuela; e Isabelle Rivoal, que hace lo propio con la madre y el lobo feroz- que ayudan a completar los hechos del cuento, en un acercamiento escénico que completa la narración con técnicas tanto del teatro como de la danza y hasta del mundo de las sombras.

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Pese a presentarse como un familiar, creo que Le Petit Chaperon Rouge lo es sólo por su duración, y tal vez también por la temática que aborda; pero huye con decisión de las premisas que se pueden esperar de un espectáculo para toda la familia –y, por lo tanto, se acerca al gusto del público adulto en su complejidad-. En este sentido, destacable el acercamiento crítico que hace Pommerat al relato, tanto a nivel de crítica social –la madre vive encajada en una espiral de rutina que debe reproducir hasta la saciedad, el primer miedo que siente la niña surge mediante un juego con su madre en el que ella interpreta a una bestia abominable, y no en vano más tarde será la misma actriz que da vida a la madre quien personifique al lobo; la abuela lleva meses en su casa sin ser visitada por nadie, en clara referencia al abandono de los mayores en la sociedad actual…- como a la hora de ubicar el todo en un mundo oscuro, frío, casi de tiniebla en la estética, que nos recuerda que el miedo –cómo autogestionarlo- es un factor fundamental de la historia. En este ambiente minimalista, en el que la iluminación y el diseño de sonido juegan roles fundamentales, Pommerat trata a sus personajes casi como si fueran figuras de grand-guignol, a menudo obligados a ejecutar coreografías que acentúan lo grotesco que encierran –el ejemplo claro es el tratamiento del personaje de la madre y su relación con la hija-. Este enfrentamiento entre la tiniebla ambiental –Caperucita jugando con su sombra en la oscuridad del bosque, un momento de gran teatro- y lo grotesco crea un efecto tan extraño como atractivo que demuestra el gran cuidado por la estética, el buen diálogo entre disciplinas, el equilibrio entre tonos y el sabor incuestionable que posee esta propuesta tan personal como decididamente alejada de lo que uno espera a primera vista.

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En un espectáculo de apenas 40 minutos de duración –comprendo que se vende como un familiar; pero dado que también va dirigido al público adulto, tal vez sería bueno plantear un programa doble con un segundo cuento tras una pausa- Pommerat capta sin duda la atención del espectador, y saca lo mejor de sus actores. En este sentido, es muy destacable la frialdad con la que Rudolphe Martin despacha la narración con gesto cercano a la cínica amenaza, la marcadísima mímica y los movimientos de autómata con los que se expresa la madre de Rivoal o la gélida frialdad expresiva que transmite Valérie Vinci en lo que parece una Caperucita casi permanentemente congelada. Así y todo, lo más atractivo de esta propuesta es sin duda esa estética oscurantista –tan alejada del mundo del cuento de hadas- que respira toda la propuesta, y que Pommerat ha conseguido levantar tan bien con tan pocos elementos: en esa estética está el atractivo que hace que –sobre todo el público adulto- se enganche al espectáculo para no soltarse más. Hay que decir, sin embargo, que la revisión del cuento es mucho menos profunda de lo que uno puede esperarse: hay retazos de ironía ácida, sí; pero seguramente se podría haber ido un poco más allá en el acercamiento textual al clásico, máxime si estamos hablando de un espectáculo de 40 minutos, en el que por cierto el desenlace se precipita en demasía.

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Así pues, a pesar del atractivo estético incuestionable de la propuesta, y el impecable acabado –virtudes infrecuentes de encontrar en este tipo de espectáculos- creo que Le Petit Chaperon Rouge –que atrapará al público adulto como pocos infantiles- es una propuesta susceptible de mayor desarrollo, sobre todo de cara al tramo final. Tampoco estaría de más considerar la idea de ofrecerla en programa doble. Pese a todo, tiene muchos puntos de interés, y es un paso adelante decisivo en la manera de encarar el género familiar; precisamente porque tendrá tanto o más interés para el adulto que para el niño.

H. A.

Nota: 3.75/5

 

“Le Petit Chaperon Rouge”, de Joël Pommerat (a partir del cuento original). Con: Rudolphe Martin, Valérie Vinci e Isabelle Rivoal. Dirección: Joël Pommerat. JOËL POMMERAT / COMPAGNIE LOUIS BROUILLARD.

XXXVI Festival de Otoño. El Pavón Teatro Kamikaze, 2 de Diciembre de 2018

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