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‘Los Cuerpos Perdidos’, o feminicidios a distancia

noviembre 27, 2018

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Por la expectación ante el texto y los medios con que se contó, esta producción de Los Cuerpos Perdidos –una obra que le valió a José Manuel Mora el Premio Sgae de Teatro en 2009- tendría que haber sido uno de los espectáculos más estimulantes de la presente temporada del Teatro Español. La siempre personal Carlota Ferrer a los mandos del espectáculo y un reparto numeroso, con algunos de los nombres más sólidos de nuestro teatro actual; capitaneado por Cristóbal Suárez y Verónica Forqué. Los crímenes de Ciudad Juárez como tema central. Sobre el papel, todo auguraba un espectáculo interesante. Y, sin embargo, la decepción ha sido grande: ni el texto de José Manuel Mora –a medio camino entre ficción y teatro documental- llega a profundizar lo suficiente en una temática tan espinosa –que ya se ha abordado en teatro otras veces, como Baños Roma o la memorable adaptación de 2666 de Bolaño que realizase Álex Rigola unos años atrás- ni la estética personal de Ferrer –que, como acostumbra, aúna texto, música, danza y arte plástico- sirve como debe al texto. El resultado, un espectáculo de más de dos horas que pesan como una losa; salvado por algunos momentos y la entrega de un elenco multifuncional que se deja la piel en el proyecto.

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Los Cuerpos Perdidos se adentra en las vivencias de un profesor universitario de la Complutense de Madrid que, abandonado por su esposa, acepta una plaza en la Universidad de Ciudad Juárez. Su llegada a México será el punto de partida de un periplo en el que conocerá de primera mano tanto la forma de mercantilizar y cosificar los cuerpos y el sexo que reinan en el lugar –parece que aquí nadie se salva: ni el Decano, ni los altos ejecutivos…- como la opresión y desigualdad social que rige las reglas del terreno. A través de sus ojos – casi a modo de trabajo de investigación- conocemos tanto la particular situación en la que se vive, como el devenir de una oleada de violaciones y asesinatos que se van sucediendo; de los que aparentemente es culpable un hombre encarcelado –y acusado del asesinato de cientos de mujeres- que clama su inocencia en el presidio; al mismo tiempo que su madre lo hace ante el juez. Entre pequeñas viñetas que nos muestran el día a día de la vida en el pueblo mientras los crímenes se suceden vamos conociendo la realidad de Ciudad Juárez – en una trama en la que todos están metidos, con lo cual tampoco interesa que la verdad salga a la luz-, salpicada entre artículos periodísticos, atestados judiciales y el estilo narrativo del protagonista –un Yo que nunca llega a nombrarse-, un tipo moralmente recto que, sin embargo, acaba sucumbiendo sin remedio a la ‘normalidad’ del territorio, integrándose y siendo uno más del redil, casi como si el propio entorno fuese capaz de contaminar a las personas.

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A pesar de que Mora ha realizado un consciente estudio de la situación sobre el terreno, lo cierto es que el resultado de Los Cuerpos Perdidos es un material híbrido y hasta algo confuso; seguramente difícil de teatralizar. El estilo narrativo periodístico por el que se opta durante gran parte de la representación se vuelve tedioso –por no hablar del larguísimo atestado judicial, que llega con la función ya bien avanzada- y las pequeñas historietas que van confluyendo a lo largo del texto nunca llegan a desarrollarse del todo, impidiendo deliberadamente la creación de cualquier tipo de emoción ante el horror de lo que se ve. En pocas palabras, Mora toca varios temas en Los Cuerpos Perdidos pero nunca llega a profundizar en ninguno, aportando lo que parece una visión demasiado panorámica y hasta periférica de una problemática que es lo suficientemente seria como para detenerse en ella y mostrar toda su dimensión; cosa que –insisto- ya se ha hecho otras veces en teatro con mayor calado y profundidad que aquí. Puede que leído el texto tenga mayor interés; pero ni su estilo esencialmente narrativo ni el poco recorrido de sus personajes ayudan a mantener el interés de la representación teatral. El espectáculo se observa desde la distancia – porque se habla de lo que ocurre pero rara vez se muestra directamente, con lo cual ni siquiera llega a ser una experiencia incómoda, que hubiese sido un camino interesante a explorar-; sin llegar a entrar nunca en lo emocional, y por lo tanto tampoco en la verdadera profundidad de lo que estamos tratando. Desde luego, si vamos a abordar un asunto de este calibre, qué menos que hacerlo en toda su crudeza. No esperen nada de eso aquí.

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Puede que en consonancia con ese distanciamiento que plantea el texto, la propuesta escénica de Carlota Ferrer –creadora siempre personal y extrema a la que no se le niega el ingenio- nos muestra una visión deliberadamente kitsch de Ciudad Juárez, en la diáfana escenografía que firma Mónica Boromello. Tanto el variopinto vestuario de Leandro Cano como los elementos de atrezzo son una suma de tópicos sobre el universo mexicano, que muchas veces parecen querer mirarlo con ironía… incluso a pesar de la crudeza del tema que se está tratando: la mezcla cortocircuita – espero que deliberadamente- y se alcanzan algunos momentos de verdadero horror vacui –esa madre que aparece sobrecargada como una Piedad en un altar, ese cactus gigante difícil de olvidar…- que nos indican que este montaje mira a México desde el tópico. Sumemos a eso una variopinta selección musical – aparece La Llorona, por supuesto; pero también un bolero como Gracias, pop a ritmo de ukelele, o una inesperada versión de Este Amor No se Toca, entre otras muchas cosas- que casi se convierte en lo más interesante del montaje, por la buena disposición de casi todos a hacer bien música- y algún momento plástico interesante –el asesinato de la joven Silvia Elena está bastante bien resuelto: pero es de los pocos momentos áridos del montaje; así como la siguiente escena en la morgue- envueltos en una estética coherente dentro de su gusto por lo kitsch –o gusta o no gusta…- y nos haremos una idea de lo que pretende el montaje. Es cierto que los añadidos que plantea Ferrer –aquí son muchos, demasiados- ralentizan y extienden la duración de un texto que ya es árido de por sí. Pareciera que Ferrer haya querido vestir el texto para acercarlo más al público con un sinfín de adornos; pero, entre unas cosas y otras, la cosa se acaba prolongando hasta la extenuación. El potencial de Ferrer como creadora está ahí; pero en este caso no siempre ayuda. En otro orden de cosas, la decisión de afrontar en castellano neutro un texto repleto de modismos mexicanos no parece muy lógica –resulta confuso escuchar “ni modo”, “chido”, “cogía como un chamaco” y tantas otras cosas sin que los actores dibujen el más mínimo acento-. Tampoco acabo de ver el sentido de que, en momentos determinados, los personajes rompan la cuarta pared para dirigirse al público –y la acción se sitúe por un instante en el teatro en el que transcurra la representación- para volver a Ciudad Juárez –esto es, al universo de ficción- unos momentos después. Curiosamente nadie firma los arreglos musicales: son muchos y están francamente bien.

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Diez actores multidisciplinares multiplicándose en diversos roles; y, como digo, perfectamente capacitados para lo musical, que seguramente sea donde reside el mayor valor de una propuesta que no termina de volar; pero en la que todos dan cuanto tienen. Por derecho propio, el trabajo de Julia de Castro queda para el recuerdo: tiene dos momentos memorables –uno como monologuista cabaretera (el único momento del montaje con acento mexicano); y otro entonando el Bravo mientras arrastra al profesor universitario por los pies, en un momento de una potencia visual incuestionable- y está brillante e implicada en todo cuanto hace. Nos gustaría verla más en teatro. El narrador de Cristóbal Suárez se enfrenta a un papel tan extenso como falto de definición psicológica – y eso que el conflicto al que se acaba enfrentando tiene bastante tela, pero nunca se corta del todo- y el actor lo salva con tablas. Verónica Forqué no termina de encontrarse del todo implicada ni convincente en su breve aparición como la madre del condenado –el asunto del distanciamiento emocional, supongo…-. Bien en sus caracterizaciones José Luis Torrijo, Guillermo Weickert y David Picazo. Luminosa en lo escénico –y muy desenvuelta en lo musical- la Silvia Elena de Paula Ruiz: es de justicia que señalar que canta francamente bien-. Suficientemente creíbles el preso de Carlos Beluga y su novia que interpreta Conchi Espejo; y bien Jorge Suquet en un papel complejo del que se apuntan algunas cosas pero que exige un mayor recorrido para profundizar en su problemática.

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El elenco es válido y los medios puestos al alcance del montaje son de primer nivel; pero ni el texto engancha, ni se profundiza lo suficiente en un tema tan serio como este ni la idea del montaje salva los escollos de un texto que considero problemático de escenificar, prolongando innecesariamente su duración. Aquí nos distancia deliberadamente de la tragedia; cuando de algo así deberíamos salir con el corazón en un puño. El teatro apenas mediado en mi función de domingo por la tarde.

H. A.

Nota: 2/5

 

“Los Cuerpos Perdidos”, de José Manuel Mora. Con: Cristóbal Suárez, José Luis Torrijo, Guillermo Weickert, Julia de Castro, Verónica Forqué, Paula Ruiz, Conchi Espejo, Carlos Beluga, Jorge Suquet y David Picazo. Dirección: Carlota Ferrer. TEATRO ESPAÑOL.

Teatro Español, 18 de Noviembre de 2018

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