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‘Medea’, o la cálida estética de lo frío

noviembre 22, 2018

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El joven dramaturgo australiano Simon Stone (1984-) se puso en el punto de mira de propios y extraños hace algunos años, cuando estrenó en Londres su versión libre de Yerma en inglés, protagonizada por Billie Piper, releída, sin una sola palabra de García Lorca pero con toda la esencia del relato. Aquel sensacional montaje y aquel apabullante acercamiento al texto –que por cierto en España montó la escuela Theatre for the People, en una versión de la que di cuenta en estas páginas y que permite conocer el texto: sigue en cartel y gratis- nos dejó sin aliento a muchos; y desde entonces “la Yerma de Stone”, como damos en llamarla algunos, se ha convertido en una referencia. Máximo interés tenía por supuesto su visita a España dentro del Festival de Otoño, esta vez con un acercamiento a Medea que preparó en 2014 para el International Theater Amsterdam. ¿Estaríamos ante una nueva experiencia apabullante? Y lo cierto es que, tal vez sin llegar a las cotas de excelencia estratosférica de su Yerma, esta Medea de Stone -que, por supuesto, tiene más de Stone que de Eurípides- es una experiencia cautivadora, capaz de releer el mito casi en unos códigos de telefilme de sobremesa – pero filmado con la fría y fascinante estética de lo que podría ser un Bergman-; pero al tiempo capaz de ir convirtiendo lo que comienza como un melodrama de pareja en una absorbente experiencia estética. En cómo logra pasar del uno a la otra sin que nos demos casi cuenta está el que tal vez sea el mayor hallazgo de esta representación, en la que el espectador acaba entrando sin remedio.

Espacio blanco y diáfano y una gran pantalla al fondo. Anna, repudiada por su marido Lukas, regresa a la casa familiar para tratar de reintegrarse en la sociedad por un tiempo, tras haber estado internada por intentar asesinar a su esposo con veneno. Los dos hijos de la pareja graban el tenso reencuentro del ex-matrimonio a modo de documental escolar. Muchas cosas han cambiado desde la ausencia de Anna, pero ella no parece querer aceptarlo: Lukas – un médico más joven que Anna, galardonado habituado a las jaranas con su jefe (el padre de su nueva amante) y que parece haberse aprovechado de su esposa para unos logros que poco tienen que ver con su brillantez- va a casarse con la despampanante Clara… y Anna – que desde su entrada en la casa se lanza a la desesperada a la reconquista y a la reconstrucción del hogar familiar perdido- se entera de la forma más accidental. De poco vale la ayuda de esa especie de asistente social que tiene que velar por la reinserción de la mujer; porque ante los torpes intentos de la protagonista por recuperar a su esposo, solo le quedará una salida posible: arrasar con todo, teñir de rojo el blanco impoluto que preside la estancia y recurrir al “polvo eres y en polvo te convertirás”: cenizas – elemento estético fundamental de la propuesta- a las cenizas y ojo por ojo. La crónica de sucesos está servida.

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Como digo, a primera vista uno podría pensar que el acercamiento de Stone a Medea – que se inicia con una conversación del antiguo matrimonio acerca de la pérdida de la confianza de la pareja (algo más que lógico si recordamos que la despechada Anna tiene una orden de alejamiento por intento de asesinato)- se acerca al melodrama de sobremesa, o a un episodio de alguna serie policial americana, por contenido y estética. Tal vez sea complejo entrar en el primer tramo de la función – una concatenación de discusiones y reproches-; pero sin embargo hay algo en la apuesta estética de Stone –que proyecta grabaciones en directo con la excusa de los dos hijos grabando el documental- que atrae de entrada. Primero en su acercamiento al mito: nuestra Medea –Anna- es una desquiciada desde el comienzo; y no tiene ni remisión posible ni el público encuentra compasión para con ella a pesar de los horribles actos que va a cometer en breve… Conocemos la mayoría de los hechos desde el punto de vista de ella y ni aun así logramos compadecernos. Esta diferencia – fundamental: aquí todos parecen ser víctimas de una desequilibrada mental que nunca debió salir de su internamiento- nos permite observar la función desde un punto de vista mucho más frío como público, viendo cómo la serpiente va atrapando a sus presas sin que puedan evitarlo: casi podemos compadecer más a las víctimas que a la protagonista.  Es desde luego una apuesta a la hora de abordar la historia y puede resultar una apuesta discutible; pero no hay que olvidar que es, a buen seguro, un paso en firme de distanciamiento del mito de Stone hacia su propia historia, y como tal me resulta perfectamente válido: esta es otra historia.

El ambiente de frialdad que preside la propuesta por los cuatro costados casa muy bien con la sobriedad de blanco impoluto que preside la escenografía de Bob Cousins. Tal vez la parte visual del montaje –fundamental aquí; pero un recurso usado tantas y tantas veces (¿cómo no pensar en el Ubu Roi de Declan Donnellan por ejemplo?)- genere menos interés; pero crece de cara al desenlace. También es de destacar la intensidad del equipo actoral –el despotismo de Lukas, el cinismo inicial de Anna pronto convertido en mera humillación, el sexo sucio al que se acaba entregando la pareja ya destruida…-.

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Lo cinematográfico es fundamental en esta Medea puro cine subido a las tablas. Así y todo, por sobre todas las cosas hay que señalar el espléndido ritmo narrativo que Simon Stone imprime a su puesta en escena, trasladando técnicas propias del cine al teatro – y aquí no me refiero tanto al uso de audiovisual como recurso; sino a la puesta en escena en sí misma-. Stone juega sobre el escenario con tiempos y espacios, pone en jaque las reglas de la continuidad y sube al escenario técnicas como los fundidos encadenados, en una apuesta estética y formal que se acaba volviendo fascinante en su sobriedad blanca. Si la primera mitad es más interesante por forma que por contenido; la segunda – la que empieza con Anna tramando su plan- subyuga por la suave frialdad con la que Stone y sus actores van planteando el reguero de sangre que la protagonista va dejando atrás. Una polvareda de ceniza va cubriendo el escenario blanco, mientras Anna piensa, ejecuta y recuerda su vengativa caída al abismo como una crónica de sucesos, y los crímenes se suceden de un modo tan sutil como contundente que es pura poesía visual donde uno podría esperar violencia extrema. Es ahí, en esta hermosa contradicción – hay que pensar nuevamente en Bergman- donde está la genialidad de la propuesta: durante ese tiempo Stone y su equipo son capaces de capturar nuestra atención sin remedio, respiramos con ellos, estamos por y para ellos y nos dejamos llevar por la sutil belleza del horror. Poco importa ese comienzo menos interesante; porque la segunda mitad vuela a una altura infrecuente, y la sutilidad y el distanciamiento desde el que Stone mira esta gran crónica negra de sucesos que es como el director y autor reimagina la tragedia contemporánea –y que hasta entonces había tenido sexo, acidez e ironía- cautiva a cualquiera. La hermosísima media hora final es difícil de olvidar; y creo justifica casi cualquier fisura que se le pueda encontrar al espectáculo hasta entonces.

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El equipo actoral está muy entonado, desde la desquiciada Anna de Marieke Heebink entregada y elegante; que transita con suma destreza entre la frialdad, la distancia y el arrebato; encajando con dignidad los golpes que recibe sin que nunca perdamos de vista que es un personaje que precisa de atención psicológica urgente- hasta el Lukas de Aus Greidanus Jr, capaz de enseñarnos tanto la cara de patán vividor clasista como la cara del hombre desesperado por tener que aguantar a la desequilibrada de su ex mujer a todas horas: en ambas facetas resulta convincente. La Clara – la amante y futura esposa de Lukas- que firma Eva Heijnenes rotunda y contundente; como si fuese la única capaz de predecir la que se les viene encima a todos, y resulta una amenaza cristalina para Anna en su torpe plan de reconquista. De los dos hijos se encargan Faas Jonkers y Poema Kitseroo, ágiles y seguros –aunque puede que tal vez demasiado mayores para estos papeles, al menos visualmente-. Bart Slegers como el jefe de Lukas verdaderamente llega a parecer un cretino en más de un momento –y de eso se trata- y Fred Goessens y Evgenia Brendes completan el elenco sin fisuras en roles que les permiten un menor recorrido.

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Esta Medea, desde luego, no tendrá el potencial visual de aquella Yerma; pero confirma que Simon Stone es un autor y un director con un imaginario lo suficientemente potente como para volver interesante aquello que se le ponga por delante. La función no es larga –85 minutos- y a mi modo de ver tarda en arrancar; pero cuando finalmente lo hace va como un cohete y captura nuestra atención por completo, por lo fascinante que resulta su sencilla apuesta estética. Gran parte del público de mi función acabó braveando en pie, merecidamente.

H. A.

Nota: 4/5

 

“Medea”, de Simon Stone a partir de la obra de Eurípides. Con: Evgenia Brendes, Fred Goessens, Aus Greidanus Jr., Marieke Heebink, Eva Heijnen, Bart Slegers, Faas Jonkers y Poema Kitseroo Dramaturgia: Peter van Kraaij. INTERNATIONAAL THEATER AMSTERDAM.

XXXVI Festival de Otoño. Teatros del Canal (Sala Roja), 17 de Noviembre de 2018

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