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‘Tratando de Hacer una Obra que Cambie el Mundo’, o ¿para qué sirve el teatro?

noviembre 19, 2018

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Escogidos para la apertura del Festival de Otoño y presentados como la revelación punk del teatro chileno, La Re-Sentida no será un conjunto nuevo para los seguidores de este blog. Ya en 2015 dimos de la alocada La Imaginación del Futuro –aquella sátira corrosiva, punzante, excesiva y política y socialmente incorrecta, que levantó ampollas y no dejó indiferente a nadie en la Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia- y a Marco Layera –director de la compañía- corresponde la versión libre, libertina y sexualmente liberada que de Sueño de una Noche de Verano firmase para la compañía gallega Voadora. Así pues, lo que en Madrid se presentó como una gran novedad para mí tal vez no lo fuese tanto; por más que siempre suscite interés seguir el trabajo de una compañía de señas de identidad tan rotundas como esta. Presentaron esta vez Tratando de Hacer Una Obra Que Cambie el Mundo (el delirio final de los últimos románticos), una pieza estrenada en 2010 que –siendo mucho más suave de lo que era La Imaginación del Futuro– supone también una sátira ácida sobre los modelos de creación del teatro, los límites de la vanguardia, lo posmoderno y lo posdramático y la verdadera utilidad del teatro. Desde su código de comedia alocada marca de la casa – que hizo saltar los pilotos automáticos de gran parte del público que debutaba con esta compañía- La Re-Sentida se pregunta, entre otras cuestiones: ¿para qué sirve el teatro? ¿puede y debe el teatro modificar al espectador? ¿es el teatro una herramienta política válida para el cambio?

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Tratando… es un ejercicio metateatral para cuestionar la necesidad del teatro y la hipocresía política de un país. Presenta un entorno más o menos apocalíptico en el que un grupo de actores llevan años encerrados en un sótano y ajenos a cualquier contacto con la realidad, buscando las claves para armar una función teatral que consiga no ya conmover sino golpear y hasta modificar al espectador; tumbar las estructuras sociales y, en definitiva, cambiar la realidad de ese mundo –entendemos que poco menos que ruin- que han dejado arriba, casi en una realidad paralela que para ellos ha dejado de existir. En estos años de creación, al margen del mundo real, uno de ellos ha muerto en la búsqueda de la clave de la obra que haga reventar definitivamente las estructuras sociales; y se le ha levantado un altar desde el que sus compañeros le recuerdan casi como un héroe mártir. Tratando de Hacer… es pues dos obras en una: una sátira de la creación teatral y su utilidad por un lado; pero también una crítica más o menos soterrada –muy soterrada en comparación con la otra obra que conocemos de esta compañía- a la situación social y política de Chile, telón de fondo de toda la situación que plantea la obra. Y, en el centro, la gran pregunta: ¿cuál es la verdadera utilidad del teatro?

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Al comienzo de la obra, los actores plantean cuál puede ser la mejor manera de impactar al público, descolocarlo, hacerle sentir la experiencia y lograr que la obra que preparan sea la experiencia total: ¿han de incluir negritos desnutridos? ¿tal vez a la verdadera Nadia Comaneci correteando? ¿un personaje que represente el virus del SIDA? ¿implicar directamente al público en acciones romántico-poéticas que golpeen su sensibilidad? ¿matar de verdad a uno de los componentes de la compañía durante la función? – la tiranía de la verdad pero… entonces ¿cómo ensayarían?- Quién sabe cuál sea la clave… Los muchos apuntes de unos y otros –y las luchas de toda la compañía por liderar el proyecto- suman tantas ideas que no parece que el resultado final de la función que están escribiendo vaya a ir a ninguna parte; tal vez porque todos creen que su idea es la que debe vertebrar la propuesta y que su concepto es el que va a cambiar el mundo. La sátira entra en juego conforme la situación desbarra más y más por la batidora de ideas que aportan unos y otros; y la efusividad con la que luchan por llevarlos a cabo casi con una fuerza mística que demuestra no solo que para ellos el teatro lo es todo, sino que además su concepto de arte total –el de cada uno, que rara vez coincide con el de los otros- está por encima del mundo mismo.

Se puede decir que en esta primera parte, la troupe de Layera –la forman unos entregados Carolina Palacios, Benjamín Westfall, Nicolás Herra y Ricardo Herrera, llevando los límites de la sátira hasta sus últimas consecuencias, en trabajos de marcada fisicidad- La Re-Sentida pone de vuelta y media el espíritu de tantos y tantos creadores actuales – abanderados de lo que podríamos llamar “el mal de la posmodernidad”- que se creen el centro del universo y promulgan a diestro y siniestro la necesidad de su arte. En lo reconocible que encontramos de entre los perfiles encendidos e incendiarios que representan estos personajes – cualquiera que frecuente mínimamente las entrañas del teatro habrá conocido a artistas así- está la base cómica de un cúmulo de escenas más o menos inconexas; pero siempre marcadas por ese ritmo atolondrado –y muchas veces excesivo y hasta un punto sucio- que es marca de la casa de la compañía.

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Después de aproximadamente media hora de función, Pedro Muñoz –que había permanecido defecando a la vista del respetable al fondo del escenario desde el comienzo de la representación- pierde definitivamente los nervios ante la sarta de tonterías que está escuchando y rompe el váter en el centro del espacio, culpando a Duchamp de los desbarros modernos que invaden ahora el mundo del arte contemporáneo –y, de alguna forma, expresando el punto de vista de muchos de los que estamos entre el público-: estamos perdiendo el Norte, nos estamos desnortando. “Tener una mala idea pase, pero ya desarwrollarla…” dice en un momento, en el que seguramente sea el golpe más afortunado de este sector. En su intento por poner un poco de orden en medio a toda la compañía, se recurre a los clásicos – un proyecto de levantar Marat/Sade (no en vano han escogido una obra que trata los límites entre la locura y la cordura) en un formato cercano a la tradición del títere de cachiporra-, e incluso se opta por extremar la violencia física –llegando a la automutilación- como método de capturar la atención del espectador a cualquier precio. Pero no, tampoco así parece que la función que estos héroes del sótano preparan vaya a cobrar sentido alguno-.

Este segundo tramo de la representación –más breve, más relajado; y quizá por eso también menos sorprendente, puesto que permite que el espectador se relaje- entronca con el desenlace. Un desenlace en el que Layera y su equipo se alejan de la sátira teatral para introducirse en la sátira y crítica política que, por un lado, derrumba la utopía de cambiar el mundo de estos héroes que lo han perdido todo por el arte y por otro se ríe de la propia realidad política chilena dibujando una doble utopía: la de cambiar el mundo a través del arte que promulgan los cómicos –esta se derrumba…- y la de un futuro mejor para la sociedad que aquí – en la realidad que imagina Marco Layera- llega por sí sola, sin necesidad de arte, sin necesidad de ese teatro renovador que los cómicos han buscado por años. ¿Para qué ha servido su esfuerzo? Puede que para nada. ¿Para qué sirve verdaderamente el teatro? Pues eso… Es ese golpe irónico final que lanza Layera –que se apropia de “Creep” para ponerla en boca de unos cómicos que están hasta las narices…- lo mejor de una función que termina mejor de lo que empieza; cuando Layera logra criticar con ágil sutilidad lo político por encima de lo meramente teatral: y la reflexión resulta verdaderamente desoladora en este sentido. Todo lo anterior ha sido algo así como un simpático divertimento – mucho más inofensivo que La Imaginación del Futuro-; pero Tratando de Hacer… gana cuando la sátira se pone más seria, en el último tramo de una propuesta de tiempos algo descompensados, que hace que los 90 minutos que dura se hagan un poco cuesta arriba – y nos quedemos con la sensación de que la cosa se prolonga en demasía-.

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Poniendo en valor el trabajo de los actores, y ciertos momentos atractivos, con una estética bastante cuidada -escenografía e iluminación muy bien aprovechados como elemento estético-; no podemos negar que Tratando de Hacer Una Obra que Cambie el Mundo dista de ser algo que se aleje de cosas que hayamos visto antes y que suma aciertos y puntos flacos casi a partes iguales. Resulta simpática, podemos reconocer aquello de lo que se ríe; pero prefiere acomodarse en la sátira antes que adoptar un punto de vista más ácido, más crítico e incluso más incómodo para el espectador. Más allá de la impresión que puedan provocar el ritmo y el desbarre –armas que no cogerán de nuevas a quienes ya conozcan a la compañía- es cuando la cosa se pone más seria –incluso desde la sátira- cuando se gana interés. El ejemplo anterior que conocemos de esta compañía –una obra posterior a esta- es, desde luego, superior por más que esta tenga aciertos y momentos. Cosechó grandísimos aplausos; pero personalmente me faltó el factor sorpresa y me quedé con la sensación de que mis antecedentes con esta misma compañía eran claramente superiores.

H. A.

Nota: 2.75 / 5

 

“Tratando de Hacer Una Obra que Cambie el Mundo”, dramaturgia de La Re-Sentida. Con: Carolina Palacios, Pedro Muñoz, Benjamín Westfall, Nicolás Herera y Eduardo Herrera.  Dirección: Marco Layera. LA RE-SENTIDA

XXXVI Festival de Otoño. Teatros del Canal (Sala Verde), 16 de Noviembre de 2018

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