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‘Obabakoak’, o la potencia de las imágenes

noviembre 9, 2018

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Espectáculo en euskera

Muchos años llevaba Calixto Bieito sin presentar un espectáculo de teatro de texto en Madrid. Ahora, tras su reciente nombramiento como director artístico del Teatro Arriaga de Bilbao presentó –nuevamente por temporada brevísima- en el Centro Dramático Nacional una de sus primeras propuestas al mando del teatro bilbaíno: la adaptación teatral de Obabakoak, una de las cumbres de la literatura vasca escrita por Bernardo Atxaga en 1988 de la que Montxo Armendariz realizase una particular transposición cinematográfica en 2005. Con muy buen criterio, el Centro Dramático Nacional mantuvo el euskera original del montaje en la primera de las cuatro funciones ofrecidas – que fue a la que asistí-, ofreciendo en traducción al castellano las tres siguientes.

Por medio de relatos cortos, Bernardo Atxaga construye en Obabakoak (Los de Obaba) la realidad del pueblo de Obaba, un lugar rural marcado por lo mítico, las supersticiones, el universo de la fábula y la creencia de que si un habitante del pueblo duerme en la hierba, un lagarto podría entrar por su oído y llegar hasta el cerebro hasta volverle loco… por eso no se debe dormir en el campo de Obaba. En el universo de Obabakoak aparecen historias como la de un escritor que regresa al pueblo al encontrar una extraña coincidencia en una fotografía de infancia, un profesor amarrado a una historia de amor utópica con una desconocida con la que se cartea, mujeres que tratan de sobrevivir a la soledad en el frío invierno del pueblo o situaciones en la que loa animales adquieren personificaciones y se sitúan a la misma altura que los humanos. Todas estas historias –entrelazadas por la conexión de la leyenda negra del lagarto y las conexiones entre unos y otros habitantes del pueblo- vienen salpicadas de este universo de melancolía soterrada, fábula, mito, superstición y tradición oral; algo que sin duda ayuda a disparar la imaginación y deja abierta la puerta a un sinfín de posibilidades sobre cómo subir a escena todos estos relatos. Y tampoco cabe duda de que el siempre arriesgadísimo y personal universo de Bieito parece un vehículo ideal para hacer de este material una experiencia teatral de primer orden.

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Si el acercamiento de Armendariz al particular mundo de Atxaga era ya peculiar, no menos es el de Bieito al mundo rural, mítico y fantástico que plantea Atxaga en los relatos que construyen su obra. Para empezar, hay una cierta distancia: el director burgalés plantea un espectáculo que inicialmente posee una potencia visual incuestionable –al menos a primera vista- pero que deja en segundo plano tanto los relatos de Atxaga –por más que los textos se ofrezcan completos- como el sentido mismo de la obra. No es nada que nos sorprenda en el universo de Bieito –que ya ha versionado con éxito para el teatro tanto novelas contemporáneas de éxito (recordemos su extraordinario acercamiento a Plataforma de Michel Houellebecq) como clásicos de la literatura universal (no menos impactante era su acercamiento a Edgar Allan Poe con Despertar). Sin embargo, pasado el impacto visual inicial, hay algo de este acercamiento a Obabakoak que no termina de hacer justicia a la obra misma de Atxaga. Dice Bieito que su versión es una “composición poética, visual y física para once voces”; pero la impresión final es que Bieito no ha sabido muy bien qué hacer con los relatos de Atxaga, que son sólo un elemento más en un espectáculo de una potencia visual incuestionable – al menos mientras dura el primer impacto-; pero donde el texto acaba diluyéndose como un elemento más, de modo que los textos escogidos para esta propuesta podrían ser estos u otros.

Bieito sitúa a estas once voces que ocupan el espacio –no necesariamente personajes, o al menos no siempre- montados en bicicletas y pedaleando con frenesí, como si de una regresión al mundo de la infancia se tratase. Cada uno de ellos pendiente de un micrófono colgante –a modo de los estudios de grabación-. Al fondo, sobre unas pantallas que cubren el espacio se proyecta la creación de videoescena de Sarah Derendinger, que incluye tanto primerísimos planos en directo de situaciones que ocurren en escena como videomontajes o proyecciones fotográficas de cierta potencia que completan el espacio. A cada uno de los actores corresponderá el texto de uno o más de los relatos que componen la novela – dichos a micrófono, con intención y en primer término-, mientras el resto de los intérpretes realizan movimientos y coreografías de una exigencia física notable que completan el cuadro y ayudan o impiden la fluidez y discursividad de los relatos; en un ambiente deudor del espíritu del regietheater alemán que, por un lado provoca una distancia casi total con los relatos pero por otro aporta algunas imágenes de potencia visual notable. Así, en esta versión de Obabakoak el paisaje que plantea Bieito –en absoluto rural, sino rudo, seco y hasta aséptico- cautiva en un primer momento por lo sugerente de algunas imágenes y por la entrega física que se exige de los actores; pero el mecanismo se pierde por repetitivo pasado el primer impacto, el espectáculo se hace excesivamente largo –dura dos horas, pero pesan como bastante más- por la reiteración estilística y el espectador acaba desconectando del contenido de los relatos para dejarse llevar por la potencia de las imágenes, por más que la impresión inicial se vaya diluyendo conforme avanza la función.

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Aun compartiendo el particular universo de Bieito – que indudablemente ha dado algunos de los más estimulantes espectáculos que haya visto como espectador tanto en ópera como en teatro- hay algo en esta adaptación de Obabakoak que no fluye como sí fluía en propuestas anteriores. No entramos ya en la separación entre texto y escena –técnica perfectamente asumible, más cuando asistimos a trabajos como los de este director-, sino en el hecho de que esta vez el regista parece no haber sabido muy bien qué hacer con el material: ni hay un nexo claro –ni argumental ni estético- que una los relatos ni la propuesta sobrevive bien a su excesiva duración, por más que visualmente haya momentos poderosos e incluso de hermosa poética –las evocaciones de los animales son los momentos más conseguidos-. ¿A dónde ha querido llevarnos Bieito con todo esto? No se sabe. Pero lo más grave de esta propuesta es que, dado que hay cierta tendencia a desconectar del texto, uno podría preguntarse qué aporta esta versión a Bernardo Atxaga -que, por cierto, ha querido mantenerse al margen durante el proceso de creación-. Por más que el espectáculo tenga momentos aislados de fuerza incuestionable; este parece un trabajo menor de Bieito, como si tuviera que cubrir el expediente, como si fuese un encargo, como si no le interesase especialmente… pero queda desde luego a mucha distancia no solo de otras propuestas suyas; sino de otros acercamientos a literatura que resultaron triunfales. En Bieito siempre hay una idea sólida en la que se apoya la lectura – se puede compartir más o menos, pero siempre la hay-: aquí no alcanzamos a vislumbrar cuál es la idea que arma la propuesta. La estética está muy cuidada – como siempre nos ocurre con él-, el esfuerzo exigido a los actores –y el compromiso que todos muestran para con la propuesta- queda fuera de toda duda; pero el conjunto no va más allá… y cualquiera que siga el trabajo de Bieito se dará cuenta de que este es uno de los trabajos menos redondos de uno de nuestros directores más punteros.

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Al conjunto actoral –once actores- hay que aplaudirle su entrega a la propuesta en un trabajo esencialmente coral, que no deja grandes oportunidades de lucimiento pero que exige unos niveles de exigencia física – porque todos están, de una forma u otra, integrados en el paisaje- que no está al alcance de cualquiera. Partiendo de que todos cumplen con creces, podemos destacar el peso de Joseba Apaolaza –en el único personaje con verdadero recorrido, porque ejerce de voz narrativa e hilo conductor-, lo logradas que resultan las aterradoras intervenciones de Lander Otaola y el buen provecho que saca de sus intervenciones Eneko Sagardoy –desde luego a años luz aquí con respecto a su intervención de unos días atrás en otro espectáculo: es de ley reconocerlo y valorar que aquí ha estado mejor dirigido, más implicado o ambas cosas-. Todos los demás contribuyen a la propuesta, y por eso es de ley nombrar a todo el elenco: Ylenia Baglietto, Gurutze Beitia, Ainhoa Etxebarría, Miren Gaztañaga, Iñake Irastorza, Itziar Lazcano, Idoia Merodio y Koldo Olabarri– en una propuesta francamente exigente.

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Tenía mucha expectativa por saber qué haría Bieito con un universo tan particular como el de Atxaga y, sin embargo, reconociendo el cuidado estético y la entrega actoral, no puedo esconder cierta decepción por una falta de imaginación que no es frecuente en los trabajos de este director: queda la potencia de algunas imágenes; pero debería haber algo más que eso. No es, desde luego, su propuesta más lograda –y los que esperen la más mínima provocación se van a aburrir…-; y sería interesante saber hasta qué punto este trabajo nace de un encargo del teatro o de un deseo personal de este creador, que nos tiene acostumbrados a espectáculos de mucho mayor calado.

Nota: 2.25 / 5

H.A.

“Obabakoak”, a partir de la novela de Bernardo Atxaga. Versión y dirección: Calixto Bieito. Con: Joseba Apaolaza, Lander Otaola, Eneko Sagardoy, Ylenia Baglietto, Gurutze Beitia, Ainhoa Etxebarría, Miren Gaztañaga, Iñake Irastorza, Itziar Lazcano, Idoia Merodio y Koldo Olabarri  TEATRO ARRIAGA ANTZOKIA.

Teatro Valle-Inclán, 25 de Octubre de 2018

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