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‘El Precio’, o un drama americano de los de antes

noviembre 5, 2018

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En el mismo año en que se cumple medio siglo de su estreno, El Precio –clásico de Arthur Miller que explora los conflictos familiares de una familia golpeada por el crack del 29- regresa a la cartelera madrileña, en lo que parece la revisión –con nuevo elenco- de un montaje estrenado anteriormente en Barcelona, bajo la dirección de Silvia Munt. Son Tristán Ulloa, Gonzalo de Castro, Eduardo Blanco y Elisabet Gelabert quienes integran el más que notable reparto de una velada que parece tener sobre el papel todos los ingredientes para convertirse en un espectáculo memorable; pero que sin embargo pierde algunos enteros por el código de dirección escogido.

Víctor –un policía que bordea los 50- y su esposa Ester se encuentran en el desván de la casa del padre del agente para tasar las pertenencias de su difunto padre, ahora que la vivienda debe ser demolida. De la tasación se encargará Solomon, un nonagenario usurero. A los problemas iniciales por el precio que esperan obtener se suma el tener que compartir el dinero con Walter, el hermano mayor de Víctor, con el que lleva 16 años sin hablarse. La aparición aparentemente conciliadora de Walter en casa del patriarca, dispuesto a desentenderse de lo que por derecho le corresponde –por más que Víctor en apariencia (solo en apariencia) esté dispuesto a repartir la suma para acabar con el asunto cuanto antes- será el primer disparo que destapará toda una serie de secretos, frustraciones soterradas, rencores enterrados y envidias; en un entorno social de desencanto que encierra a unos personajes golpeados por la depresión económica que arrastran consigo el haberse realizado en vidas diferentes a las que ellos hubieran querido tener. Por si la tensión entre los dos hermanos no fuese suficiente, además, hay que sumar la presencia constante del tasador, empeñado en embaucar a ambos para sacar el mayor provecho posible –y, por tanto, multiplicando la tensión-. Tampoco Ester –que en un principio trata de mediar por la reconciliación entre los dos hermanos- es un elemento de mucha ayuda; pues podría descubrir a lo largo de este tiempo no ha sido más que una marioneta arrastrada por los demás.

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El Precio se mueve en la esencia de lo que podríamos llamar el drama americano puro y duro, explorando a través de personajes todo un contexto socioeconómico que sacudió a varias generaciones y marcó una época. Así, por supuesto que el asunto de la tasación pronto se convierte en una anécdota, como también lo hacen los conflictos entre los dos hermanos. Lo que verdaderamente interesa al autor es radiografiar la sociedad del desencanto –tema, por otra parte, bastante recurrente en la literatura de Arthur Miller- para ir desde lo particular hasta lo general. Nos adentramos en la intimidad de esta casa como podríamos entrar en la intimidad de tantas otras casas de la misma época; y vemos el contraste entre los que se han ido dejando cosas por el camino a base de intentar salir adelante –y viven de algún modo alimentados de sueños que ya nunca serán; porque no hay vuelta atrás y en el fondo lo saben… siendo esa su verdadera tragedia- y el de aquellos perros viejos que, conscientes de la gravedad de la situación, no dudan en chupar la sangre del otro para lograr salir adelante. El verdadero conflicto de estos personajes no es tanto con los demás –contra los que disparan constantemente dardos envenenados para intentar a duras penas sentirse mejor- sino consigo mismos: es en cada uno de ellos donde reside el desencanto que no les deja avanzar. Es de esa frustración decadente y melancólica de lo que quiere hablarnos en el fondo Arthur Miller: de la esencia de perdedores que no se conforman con perder y asumir ser felices con lo poco que tienen; sino que además tienen la gran tragedia de irse alejando más y más de aquellos que les rodean en un contexto en el que precisan de apoyos a toda costa… Esa es su verdadera tragedia.

La puesta en escena que dirige Silvia Munt entronca con la esencia más clásica de lo que entendemos por drama americano; y tal vez con una manera algo anticuada de enfocar según qué cosas, que hace que el concepto de drama se solape en algunas ocasiones peligrosamente con el de melodrama -y una cosa y otra no son lo mismo, ni mucho menos…-. Así, el juego entre la abigarrada escenografía de Enric Planas –conscientemente apelotonada para crear al mismo tiempo sensación de profundidad- y la iluminación de Kiko Planas –que ayuda de forma decisiva a realzar el ambiente decadente que impregna la obra y la propuesta- confiere al conjunto un tono clásico francamente atractivo. Menos aporta tal vez la videoescena –empleada a modo de prólogo y epílogo-, sin la que el espectáculo – ya de por sí extenso- podría haber sido el mismo perfectamente. Dentro de esta apuesta por lo clásico, parece que la propia dirección escénica se ha decantado por acercar la obra al público desde un código también un punto anticuado, que trata a los personajes y los sentimientos desde una esfera que tiende ocasionalmente a magnificar reacciones y sentimientos, ofreciendo el texto no tanto desde un lugar estrictamente realista, sino desde un código a veces propio de este tipo de teatro, que busca el impacto en el espectador a base de una cierta grandilocuencia cantarina – y a veces hasta conscientemente un punto impostada- con la que los actores han de saber bregar. Es, como digo, un código perfectamente válido para este tipo de teatro – así se hacía hace algún tiempo- por más que yo, personalmente, prefiera un enfoque esencialmente realista.

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Por asunto de este código de dirección, el espléndido reparto se contagia o se deja contagiar –unos más que otros- de esos ciertos excesos ocasionales – a mi modo de ver innecesarios- que seguramente harán las delicias de lo que gusten de un cierto distanciamiento a la hora de encarar ciertos dramas: no es especialmente mi caso; pero puedo llegar a entender el código de la propuesta. Así y todo, hay que señalar la camaleónica y excepcional creación que del tasador usurero hace un irreconocible Eduardo Blanco, entregado a un festival de gestos y tics que construyen a un personaje perfectamente reconocible; y que hacen muy creíble su decrepitud: el espectáculo sube enteros en cada aparición suya, y es sin duda el más afinado del cuarteto: hay que ser muy bueno para hacer lo que él hace aquí; y debo insistir en que me fue completamente imposible reconocerle en su caracterización física y vocal… Esto es teatro. Los tres personajes que forman parte de la familia –actores excepcionales a los que hemos visto brillar en otras propuestas- no terminan de brillar como pueden y acostumbran; supongo que porque se limitan a moverse en el código que la dirección les ha indicado. Mejor – en líneas generales más contenido en sus arrebatos- el Víctor de Tristán Ulloa que el Walter de un elegante Gonzalo de Castro que no puede evitar impostar algunas de sus frases más duras –tengo bastante claro que la dirección ha marcado ese camino y él se limita a seguirlo-. La siempre estupenda Elisabet Gelabert se deja arrastrar como Ester por ese código de cierta impostación antigua, más que ninguno de sus compañeros; y queda a gran distancia de otras interpretaciones suyas: nuevamente, después de haberla visto en otros muchos roles, hay que considerar que se está limitando a cumplir lo marcado. En cualquier caso, debemos insistir que no es la primera vez que se aborda el teatro de Miller y sus contemporáneos desde este código que va un par de escalones por encima de lo estrictamente realista, que existe un público que gusta de este tipo de acercamientos y que este espectáculo hará las delicias de ese público que guste especialmente de encarar los melodramas americanos desde un tono que resalte la decadencia de los personajes también en su forma de expresión.

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En resumen, podemos decir que este acercamiento a El Precio tiene una impecable factura visual que sigue – para bien y para mal- la tradición del melodrama americano. Pone de manifiesto la incuestionable vigencia de un texto estrenado hace 50 años, llena la sala, cosecha grandes aplausos y convence a buena parte del público; si bien creo que modernizar el código interpretativo – máxime con el excelente cuarteto con que se cuenta- hubiese ayudado sobremanera a aumentar el interés de la propuesta, mejorando además sus resultados.

H. A.

Nota: 3/5

 

“El Precio”, de Arthur Miller. Con: Tristán Ulloa, Gonzalo de Castro, Eduardo Blanco y Elisabet Gelabert. Dirección: Silvia Munt. BITÓ PRODUCCIONES.

El Pavón Teatro Kamikaze, 24 de Octubre de 201

One Comment leave one →
  1. noviembre 28, 2018 08:45

    Encántame o subtítulo!

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