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‘West Side Story’, o lo tiene todo salvo el canto…

octubre 29, 2018

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Sin duda, de unos años hasta hoy, el musical vive en España un fecundo momento por el amplio volumen de montajes que conviven en la cartelera, muchas veces con extraordinario resultado. Con Stage Enterteinment y Som Produce repartiéndose el grueso de las grandes producciones en nuestro país, se han estrenado con éxito títulos emblemáticos –El Fantasma de la Ópera, Sonrisas y Lágrimas, Los Miserables, hasta dos producciones de Cabaret, Priscilla, Reina del Desierto, El Guardaespaldas… y un buen número de títulos de la factoría Disney, como puede ser La Bella y la Bestia-. En la actualidad, al omnipresente Rey León hay que sumar montajes como Billy Elliott, El Médico, 33: el Musical o la que debería haber sido la joya de la corona de la temporada: una gran versión de West Side Story, seguramente el musical más recordado de todos los tiempos, que revisa el mito de Romeo y Julieta en un entorno contemporáneo, racial y urbano; con música de Leonard Bernstein y letras del también compositor Stephen Sondheim –casi nada-. Estrenado en Broadway el 26 de Septiembre de 1957 e inmortalizado en el filme de Robert Wise de 1961, West Side Story cuenta con algunos de los números más memorables de la historia del género, ha sido versionado una y mil veces y debería formar parte ya de la memoria colectiva. Ausente de España en versión íntegra desde la producción que firmase Ricard Reguant allá por 1996 –excepción hecha de un puñado de funciones que se vieron hace unos años en Veranos de la Villa-.

La presente producción – con Som Produce y Federico Barrios a los mandos- anuncia y propone un acercamiento a la esencia del material original, presentado prácticamente tal y como se ofrecía en Broadway. El resultado es una propuesta deslumbrante y cuidadísima en lo escénico, que no ha escatimado en detalles para ofrecer un gran espectáculo al público; pero deja de lado algo tan primordial como la vertiente musical, bastante pobre a mi modo de entender y que hace poca justicia a la inmortal música de Bernstein. Es una lástima, porque el montaje – calco exacto del de Broadway en no pocas cosas; sin perder tampoco de vista la esencia de la película- lo tiene todo para epatar y meterse en el bolsillo al público más nostálgico… pero el que busque una versión sólida de la partitura – o el que dé a la música de Bernstein la importancia capital que, creo, merece dentro del conjunto- hará bien en ir a buscar a otro sitio.

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No cabe duda de que el espectáculo que se ofrece es visualmente espléndido. La escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda reproduce con todo lujo de detalles tanto la barriada en la que transcurre la acción principal –encajando un enorme esqueleto escénico que llega a alcanzar los palcos laterales de primer piso en el abigarrado espacio del Teatro Calderón- como el resto de espacios –corredizos, móviles y deslizables- que aparecen en la historia. El dispositivo escénico ideado por Sánchez Cuerda no sólo es visualmente apabullante; sino que además fomenta el ritmo de la representación, que encadena escenas sin un momento de respiro a velocidad casi cinematográfica. También los figurines de Antonio Belart son de altos vuelos –y de clara inspiración en la esencia de la película- y las coreografías originales de Jerome Robbins están bien plasmadas por un cuerpo de baile perfectamente preparado para ello. Incluso las muchas escenas de lucha escénica – que ha preparado Mon Ceballos-, fundamentales para la historia, están planteadas de manera que dan sensación de credibilidad, sin que se les vea ni el truco ni la coreografía en ningún momento. Todos estos elementos conforman una puesta en escena que deslumbra por sí misma, y ya es parte del atractivo del espectáculo; pero si entramos en cuestiones más concretas, el espectáculo pierde enteros detrás de un esqueleto visual ciertamente impresionante. Sin embargo, la dirección de actores de Federico Barrios no siempre consigue dominar las escenas de masas –un ejemplo claro, el baile en el gimnasio-, a menudo algo encorsetadas, si bien es cierto que el pequeño espacio que ofrece el escenario tampoco ayuda a solucionar este problema.

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Nunca he sido demasiado amigo de tener que traducir sistemáticamente los musicales al castellano; pero hacerlo con West Side Story me parece especialmente delicado. Primero, porque las letras originales –en inglés y de un genio como Stephen Sondheim… ¿cómo se podría mejorar su trabajo?- permanecen en la memoria de todos nosotros; y después porque el gran conflicto que presenta la obra es a fin de cuentas racial e idiomático. La lucha entre americanos y puertorriqueños hay que marcarla de algún modo en el texto mismo – recuerdo haber presenciado hace unos años una versión en Londres con muchos menos medios de los que tiene esta (pero bastante mejor cantada, dicho sea de paso) que, con muy buen criterio, recurría al bilingüismo y la diglosia en no pocas ocasiones-, de otro modo estamos reduciendo el drama a un mero conflicto de pandilleros sobre el que se pasa de puntillas –y eso que acaba con tres cadáveres por el camino…-. Eso le pasa a la traducción de David Serrano: ha optado por traducir todo – todo salvo los nombres de las bandas, que, curiosamente, siguen siendo los Jets y los Sharks- y el resultado es a veces contradictorio por insalvable – en un momento de la escena del balcón, María pregunta a Tony por el significado de su nombre… pero en esta traducción se le ha dado la vuelta a la intervención, de manera que parece ser ella quien le explica a él ese significado… sobra decir que no tiene ningún sentido; del mismo modo que resulta muy discutible eliminar todo rasgo lingüístico de los puertorriqueños- y, sobre todo, reduce el conflicto a algo mucho más básico de lo que verdaderamente es: si no marcamos de algún modo la cuestión racial, más de uno y de dos podrán pensarse que estamos ante la historia de dos pandillas peleando por el terreno. A su favor, hay que decir que la traducción de un número complejísimo como es “Gee, Officer Krupke” no solo no chirría, sino que encaja perfectamente… Lástima que las más de las veces escuchar la obra traducida se haga cuesta arriba.

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Se sostiene en el programa de mano que la idea del montaje es acercarse lo más posible al respeto por la partitura original. Se ha respetado el orden original de los números – no ocurría así, por lo visto, en la producción original de Reguant- y se ha vuelto a la esencia de lo escrito –“América” ya no es un enfrentamiento entre chicos y chicas, como sucedía en la película; sino un número únicamente femenino-; pero también hay licencias que no alcanzo a comprender: “Somewhere” – originalmente un número pensado para ser interpretado desde el foso por una voz solista (nada menos que Reri Grist en el reparto original del estreno) dentro de una secuencia de ballet- se convierte aquí en un número cantado por tres voces y en escena, alejándose así de esa esencia del original que dicen perseguir en el montaje, en una elección como mínimo discutible, porque se pierde tanto la intimidad como el carácter onírico que debe transmitir la canción.

En cuanto a la parte musical, asumiendo que se ofrece amplificada –tanto foso como escena, con alguna descompensación notable entre unos y otros-, el trabajo orquestal – sin ser la versión sinfónica, sí se cuenta con una orquesta en condiciones, bastante generosa de efectivos para lo que suelen ser estos montajes- me parece francamente encomiable, teniendo en cuenta las múltiples dificultades que entraña la partitura de Bernstein, peliaguda no solo en lo estilístico –siempre tan anfibia entre lo popular y lo lírico- sino también en cuestiones rítmicas que la orquesta sabe sin embargo bien cómo subsanar, a los mandos de un Josep Ferré bastante capaz de equilibrar casi siempre los planos sonoros.

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El elenco es más problemático. Incluso entendiendo que se buscasen artistas globales –que canten, bailen y cumplan con un físico determinado-, creo que no siempre se obtiene aquí el equilibrio deseado; básicamente porque Bernstein es un compositor que presenta exigencias que no aparecen tal vez en otros compositores del género musical. De hecho, la grandeza de West Side Story –más allá de lo arrollador e inspirado de sus melodías- seguramente radique en esa capacidad del compositor de aunar lo lírico y lo popular en perfecto equilibrio. Pero su máxima grandeza puede que sea también su máxima dificultad: es complejo siempre encontrar cantantes que den con el estilo exacto, y sepan administrar recursos para escoger la opción más lógica a cada momento, a la búsqueda del mejor resultado posible. Siempre he dicho y mantengo que, a nivel de voces, nos queda mucho camino por recorrer en el género del musical en España para llegar a un nivel semejante al que tenemos en Londres o Nueva York – hablo exclusivamente de voces-. Y esta función es un claro ejemplo de cómo aquellas voces que podrían haber sacado con dignidad partituras de menor envergadura, no mantienen el tipo ante un mihura como es la música de Bernstein. En West Side Story no todo lo soluciona el belting; y a menudo hay que recurrir a una técnica mixta que en muchos casos aquí ni está ni se espera.

De entrada, muchos de los actores destacan mucho más que los cantantes protagonistas. Están muy en su lugar el humanísimo Doc de Carlos Seguí – seguramente el más completo y redondo de todo el elenco- el Schranck de Armando Pita –óptimo pero bastante desaprovechado-, y la deliciosa construcción de personaje que hace Joana Quesada de la anfibia Pauline, también entre las más redondas de la propuesta porque se hace notar cada vez que pisa el escenario. En roles de menor envergadura, Luciana de Niccola, Lucía Ambrossini y Teresa Abarca – respectivamente Rosalía, Consuelo y Francisca, las amigas de María que completan el coro de “I Feel Pretty”– sacan oro de su breve intervención. Bien también tanto el Riff de Víctor González como el Bernado de Oriol Anglada, ambos merecedores de mayores empresas, y más completos que los protagonistas.

Pero el peso vocal de West Side Story, lo sabemos, recae en Tony, María y Anita, papeles plagados de dificultades. Sin que sea deslumbrante –como lo era Rita Moreno en la película, o Tatiana Troyanos en la grabación que dirigiese el compositor a mediados de los 80- no está nada mal Silvia Álvarez en Anita, vocalmente con los papeles en regla – sabe en qué estilo se mueve, sabe la voz con la que cuenta y sabe cómo administrarla-; aunque tal vez su enfoque sea demasiado blandito para la fogosa novia de Bernardo; me falta un punto de carne y suciedad. Así y todo, puede que su “América”, sea el mejor número de entre los emblemáticos de la partitura; y sabe jugar con el suficiente dramatismo “A Boy Like That”: no son pocas virtudes. A la María de Talía del Val – con un enfoque demasiado pazguato del personaje para mi gusto para lo que a fin de cuentas debe ser una heroína, enamorada sí, pero heroína trágica: así se le derrumba su monólogo final, muy pasado de vueltas…- le juega una mala pasada haber escogido cantar todo el rol en un registro fundamentalmente lírico que se estrella con el concepto de todo el resto del elenco y no le permite lucirse; porque de algún modo pareciera estar fuera de estilo, por exceso de medios – esto es Bernstein, no Bellini o Verdi…-: no se le niegan los medios; pero creo que el estilo no es el más adecuado – María no es la Chrsitine del Fantasma de la Ópera, para entendernos, e interpolar un sobreagudo al final de “I Feel Pretty” por el mero hecho de tenerlo no aporta gran cosa…-. El contraste con el insuficiente Tony de Javier Ariano –vocalmente desbordado por la situación- es brutal. Porque Ariano intenta cantar todo el rol en técnica belter, evitando cubrir el sonido o usar los resonadores de la máscara y el resultado es una voz que no brilla en el agudo, no sale en los conjuntos – inaudible en el quinteto, y está en primer término del escenario…- y no tiene la presencia suficiente. En mi función se le silenció “María” y eso debería bastar para dar una idea de hasta qué punto el error de casting es serio. Tiene además no pocos problemas de medida y cuadratura –  de acuerdo que Bernstein es peliagudo de cuadrar, pero estamos hablando de un montaje de este nivel…-. No está mal como actor – ese es su campo natural, le hemos visto bien en varios montajes de La Joven Compañía-, pero desde luego es completamente insuficiente como cantante, al menos para esta partitura ante la que se le ven las costuras por todas partes. A fin de cuentas, estamos ante un West Side Story que lo tenía todo para triunfar… Todo menos un Tony y una María que hagan justicia a Bernstein; y esto debería bastar para hacer que la experiencia baje considerablemente de nivel.

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Sentimientos encontrados ante un montaje deslumbrante, trabajado y con ingredientes para que merezca la pena verlo; pero en el que sin embargo no se ha sabido encontrar un elenco vocal – al menos en los roles protagonistas- que ponga de relieve la música de Bernstein; que debería ser el mayor aliciente de la propuesta, y que queda aquí relegada a un triste segundo plano. Insisto, es una lástima: tenían a punto todo lo demás; pero la parte vocal dista de estar a la altura de una obra que se ha cantado tantas veces, de tantas formas y tan bien. Quienes se conformen con un espectáculo deslumbrante que ponga de relieve la esencia de la película, saldrán satisfechos; pero aquellos que quieran escuchar la música de Bernstein – o, como en mi caso, crean que el equilibrio entre música y escena debe ser total- posiblemente se decepcionen ante una experiencia tan deslumbrante como inevitablemente incompleta. Tal vez haya que dar una oportunidad al reparto alternativo; porque si funcionasen mejor podríamos estar hablando de un espectáculo memorable: lo digo completamente en serio.

H. A.

Nota: 2.75 / 5

 

“West Side Story”, de Leonard Bernstein y Stephen Sondheim. Traducción: David Serrano. Con: Javier Ariano, Talía del Val, Silvia Álvarez, Víctor González, Oriol Anglada, Armando Pita, Carlos Seguí, Diego Molero, Javier Santos, Miguel Ángel Collado, Ernesto Pigueras, Axel Amores, Nil Carbonell, Ana Escribá, Kristina Alonso, Julia Pérez, Beatriz Mur, Joana Quesada, Jan Forrelat, Fran Moreno, Daniel Corbacho, José Antonio Torres, Miguel Ángel Belotto, Adrián García, Luciana de Niccola, Lucía Ambrossini, Teresa Abarca, Ana Acosta, Belinda Henríquez. Dirección orquestal: Josep Ferré. Dirección escénica: Federico Barrios. SOM PRODUCE.

Teatro Calderón (Madrid), 23 de Octubre de 2018

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