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‘Fedra’, o cuestión de distancia

octubre 26, 2018

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Después de cosechar uno de los mayores triunfos de la presente edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y hacer temporada en el Teatro de la Latina, agotando localidades casi a diario; la Fedra de Paco Bezerra protagonizada por Lolita Flores – aún recordamos su memorable interpretación en La Plaza del Diamante– y dirigida por Luis Luque sale a la carretera y emprende gira, parece que arrasando allá donde va. Para ser francos, la función del Fiot carballés –culminada con el anuncio por parte de la protagonista del recientísimo nacimiento de su nieta- se saldó con un éxito arrollador y fuertes aplausos; y, sin embargo, creo que esta Fedra cargada de buenas intenciones lucha contra el espacio y contra sí misma: es uno de esos espectáculos a los que, aunque quizá hayan podido funcionar bien en un entorno como es Mérida, no les sienta demasiado bien el traslado al teatro al uso.

Desde un primer momento se nos deja claro que lo que se ofrece es la Fedra de Paco Bezerra –ni rastro de Eurípides-. Es una opción perfectamente licita que no debe sorprender ni escandalizar a nadie –¿cuántas Fedras hemos visto ya en distintos géneros, desde la ópera al cine, que toman distancia del original para armar su propia historia, acercarse a la historia desde su propia sensibilidad?- que nos podría llevar a pensar que el dramaturgo andaluz ha operado una poderosa transformación sobre el texto original, alejándose tal vez de su esencia. Nada más lejos de la realidad: Bezerra bebe de diversas fuentes –en el mismo programa de mano se dice que ha tenido muy en cuenta la primera Fedra de Eurípides, una Fedra perdida y más liberada- para contar desde su poética la historia de esta mujer arrastrada sin control por sus más bajas pasiones ante el deseo incontrolable hacia su hijastro, que termina encaramada a las fieras después de provocar un verdadero ciclón en su casa y para los suyos.

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Puede que lo más particular de esta versión del mito de Fedra –que Bezerra reduce a lo esencial- sea el marcado empoderamiento que mueve los actos del personaje principal: esta Fedra ama, está convencida de su amor por Hipólito y va a luchar por él desde la melancolía inicial a la que se ha abandonado hasta sus últimas consecuencias. No importa el precio ni las consecuencias. La de Bezerra es pues una Fedra reivindicativa, femenina y feminista; consciente ni ya de su propia sexualidad sino también de su derecho y deber de experimentarlas. Para entendernos: aquí no es el rechazo de Hipólito –un rechazo por cierto justificado de manera más o menos soterrada pero perfectamente comprensible en el texto; en una licencia bastante discutible- lo que alimenta el deseo de Fedra, sino que ese deseo nace de sí misma, le es intrínseco ya desde el mismo momento de inicio de la función. En este sentido, si bien podemos decir que es encomiable el esfuerzo de Bezerra por condensar el material –la función dura 1 hora 40 minutos- y tomar de él lo que más le interese – hay una lectura personal del mito, se podrá compartir más o menos; pero no puede negarse que el autor lo lee desde un lugar particular- también siento que la versión está más pensada para ser leída que representada: la prosa es sugerente; pero la tendencia a monólogos y diálogos confiere al conjunto cierta falta de ritmo que la puesta en escena debe decir cómo salvar. En resumen: esta Fedra, aunque bien escrita y personal, es estática ya desde el texto mismo; y ese estatismo se contagia de algún modo a la puesta en escena.

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A pesar de que con el actual equipo de dirección es algo cada vez más frecuente, tengo mis reticencias a apartar de Mérida aquellos espectáculos pensados para este entorno y trasladarlos a otros escenarios. Mérida es y debería ser un lugar mágico, casi se diría que sagrado; un centro de peregrinación para cualquier espectador que se precie… y con la actual política de girar algunas funciones pensadas para Mérida estamos entrando en un arma de doble filo: se acerca el producto a cualquier público, sí; pero algo de esa esencia mágica se pierde sin poder evitarlo. Y, volvemos a algo que parece cumplirse muchas veces: aquello que funciona en la inmensidad del teatro romano, puede que no vaya igual de bien en un espacio más clásico – sobre todo por la proximidad del público-.

El montaje que firma Luis Luque parece pensado por y para que Lolita Flores se luzca y dé lo mejor de sí, y es justamente lo que consigue. Se basa en una estructura presidida al fondo por una gruta que emula la forma de una vagina palpitante sobre la que ocasionalmente se proyecta la videoescena de Bruno Praena, realzada por la iluminación de Cornejo. Como escenografía –y miren que Mónica Boromello suele hacerlas maravillosas, así que le habrán pedido esto…- se queda algo corta, pequeña para el espacio en el que transcurre la acción. A este espacio de corte camerístico –supongo que en Mérida se vería realzado por el entorno…- hay que sumar que la puesta en escena emplea microfonía de manera constante –puede que en Mérida sea comprensible; pero en un teatro al uso no debería ocurrir- y se contagia del estatismo del texto, colocando a los actores en primerísimo término del escenario en todo momento y obligándoles a trabajar en un código a menudo excesivo que se ve realzado por el uso de la microfonía: el resultado –extraño en Luque, estupendo director- es una descarga energética desaforada que es, sin duda, una forma de hacer teatro –el exceso, incluso el exceso algo impostado, como fórmula de acercar la tragedia al público- que gustará a parte del público; pero la tragedia griega debe residir más en los hechos mismos más que en el tono. También quisiera señalar cómo algunas escenas –el enfrentamiento central entre Fedra e Hipólito en la gruta, con golpes de fusta que se aprecia con claridad que nunca llegan a propinarse…- resultan visualmente demasiado coreografiadas para parecer realistas. Silencio sobre el vestuario y sobre todo el excesivo maquillaje, que no conviene observar a corta distancia…

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Esta tendencia al estatismo del montaje –que obliga muchas veces al elenco a decir su texto envarados en primer término de la escena- sumada a este código algo impostado escogido –con gesticulación de brocha gorda que seguramente funcionará mejor en Mérida que en las distancias cortas- deja al elenco en una compleja situación de la que no todos salen igual de bien parados, porque hay que ser muy hábiles sortear esta idea. Asumiendo que ha de gustarnos el código –y no es mi caso- hay que reconocer que Lolita Flores se entrega con destreza a la locura de amor de la protagonista, demostrando que es una actriz de rompe y rasga; de esas que no tienen miedo al exceso porque son perfectamente capaces de dominarlo. Y es que en su caso, hay algo fascinante en ese exceso controlado, que seguramente sea lo mejor de la representación: ver cómo Lolita deja la piel, va con todo y con más; y cree con fervor en aquello que hace: puede que ahí esté la gran clave de que a ella sí le funcione este código. Con ella, puede que lo mejor del montaje sea la criada alcahueta de Tina Sáinz, la única que se resiste a actuar en el código desaforado que comparten todos sus compañeros –¡y cómo se agradece!-, capaz de dibujar con comodidad la ambigüedad sibilina del rol. Cada uno a su modo, tanto al Hipólito de Críspulo Cabezas como al Acamante de Eneko Sagardoy les sobran revoluciones por los cuatro costados –se entiende que eso es lo que les han pedido; y por tanto eso es lo que hacen- y Juan Fernández hace lo que puede y le dejan con las pocas líneas de Teseo que conserva la versión.

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Grandísimo éxito de público; quizá una función enfocada a un público de índole más comercial que sabe lo que quiere ver y eso es justamente lo que recibe; pero no hay que olvidar que esta es una propuesta del Festival de Mérida en la que todo parece enfocado a salvar los muebles. Constatamos la validez escénica de Lolita Flores –a estas alturas no creo que nadie dude de ella- y el buen momento que atraviesa Tina Sáinz; pero poco más puede destacarse de una propuesta con buenos mimbres – el tándem Bezerra/Luque ha dado muchos espectáculos inolvidables: no es este uno de ellos- que no termina de volar. Tal vez lo que sirva para el público que llena el Teatro de La Latina no debiera de ser el estándar para algo que – no lo olvidemos- viene del Festival de Mérida.

H. A.

Nota: 2/5

 

“Fedra”, de Paco Bezerra. Con: Lolita Flores, Críspulo Cabezas, Eneko Sagardoy, Juan Fernández y Tina Sáinz. Dirección: Luis Luque. FESTIVAL INTERNACIONAL DE TEATRO CLÁSICO DE MÉRIDA / PENTACIÓN ESPECTÁCULOS

XXVII Festival Internacinal de Outono de Teatro de Carballo. Auditorio del Pazo da Cultura, 13 de Octubre de 2018

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