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‘Luces de Bohemia’, o un Valle-Inclán de actores

octubre 19, 2018

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Era sin duda uno de los proyectos más esperados de la actual temporada del Centro Dramático Nacional: el multipremiado Alfredo Sanzol – sin duda uno de los nombres más importantes de nuestro teatro actual- poniéndose a los mandos de una nueva producción de Luces de Bohemia – texto siempre complejo para subir a escena- con un elenco nutrido que prometía garantías. El resultado, sin embargo, es una versión de corte minimalista que llega a durar dos horas y media sin intermedio –se ofrece el texto íntegro y se le han añadido música y morcillas- y que, pese al inspiradísimo elenco actoral – en muchos casos en verdadero estado de gracia- se hace larga y se deja algo de la esencia del esperpento por el camino.

Incluso al margen de gustos personales –interesándome la obra de Valle-Inclán, dista Luces de Bohemia de parecerme una de las más redondas de su catálogo- hay que considerar siempre la extrema dificultad que implica montar esta función, por lo extenso del texto – excesivo en muchas ocasiones-, lo ambiguo del código –en el sentido de que tal vez sea el esperpento más digamos realista de entre los muchos que escribiría Valle-  y la gran cantidad de lugares y personajes que en él aparecen. Todo esto obliga siempre a la toma de una serie de decisiones que conviertan el complejo material en algo fácilmente representable – se han visto muchas y muy variadas versiones de Luces…, muchas veces muy bien montadas-.

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Presenta Sanzol una versión íntegra, pero despojada, mostrando el enorme escenario del María Guerrero abierto y vacío, flanqueado por diversos espejos –no cóncavos- y diversos elementos escénicos – un piano, sillas, mesas…- que van ayudando a generar los diferentes espacios en los que transcurre la trama. Al abrirse el telón y ver el vacío, honestamente, me temí lo peor: Sanzol se juega toda su puesta en escena a una carta – y, si me apuran, el recurso de los espejos es una carta demasiado evidente para esta obra-; y uno se pregunta cómo se llenará un espectáculo tan extenso con un recurso que corre el riesgo de agotarse en pocos minutos… Y, así sucede: al margen de que la escenografía de Andújar se vea tremendamente pobre en el desolador escenario vacío; e incluso a pesar de que haya momentos bien resueltos –hay escenas plásticamente atractivas sobre todo hacia el final, como podría ser la de los sepultureros hacia el final- el mecanismo de los espejos se le agota a Sanzol cuando aún queda metraje y obra para dar y tomar. Hay que valorar que, sin embargo, el director – ya saben que tiende a gustarme más el Sanzol autor que el Sanzol director- firma un trabajo de dirección de actores bastante minucioso, que es lo que logra que mantengamos el interés en la propuesta; pero un montaje de estas características hubiera quedado mucho mejor en un espacio más pequeño antes que en un escenario de estas dimensiones, donde los efectos no solo quedan pobres las más de las veces; sino que además tienden a perderse –hay, por ejemplo, un par de efectos de iluminación de Pedro Yagüe en juego con los espejos que; al menos desde mi posición, resultan cegadores…-. Tampoco el recurso de integrar un piano en escena – y al pianista en la acción- es nada especialmente novedoso –precisamente Jorge Bedoya hacía labores semejantes en la Hedda Gabler de Eduardo Vasco que vimos en este mismo teatro algunos años atrás-, y a pesar del ritmo que se imprime a las escenas –la rapidez con la que pasamos de una a otra es uno de los mayores aciertos de la propuesta-, el resultado dista de ser atractivo, al menos en lo visual. Podría funcionar con una obra más breve – aquella discutidísima versión de Edipo Rey que firmase el mismo Sanzol en la Abadía duraba una hora de reloj…-, pero llenar casi dos horas y media es una proeza difícil de alcanzar. Hay caídas de ritmo evidentes; y puede que los mejores momentos estén en la parte final – esa parte final, después de la muerte de Max Estrella, que en general se me hace interminable; y aquí, sin embargo, fluye bastante bien-. Pero, a pesar de todo, el espectáculo en general pesa como una losa; por más que la dirección de actores sea muy cuidada, y el escenario se vuelve casi una barrera infranqueable.

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Sorprende además que –ahora que los derechos sobre la obra de Don Ramón han vencido- no se firme una versión del texto, y se opte por ofrecerlo en su integridad. Apenas se ha reservado Sanzol algunas morcillas textuales y musicales –unas más pertinentes que otras- pero, en un ejercicio de rigurosa fidelidad de esos que cada vez se estilan menos, la función se prolonga más de la cuenta: dado el carácter minimalista de la propuesta; creo que reducir el texto a lo esencial hubiese ayudado sobremanera a que esta particular apuesta escénica volase más alto; precisamente porque hay muy pocos recursos escénicos como para sostener una propuesta tan larga. En otro orden de cosas, operar sobre este tipo de textos tan complejos me parece no solo necesario, sino también muchas veces hasta beneficioso: no deberíamos tener miedo a quedarnos con aquello que más nos aporte y desechar lo que menos nos interese. En ese sentido, puede que a estas Luces de Bohemia les falte ese toque de humor sanzolesco, esa marca de la casa – que no estaba en el acercamiento de Sanzol a Edipo Rey, aquí solo aparece en chispazos pero sí estuvo por ejemplo en su memorable versión de Esperando a Godot-: ese algo que demuestre que estas Luces de Bohemia le pertenecen tanto a Sanzol como a Don Ramón. No debería ser menos. Entre los detalles auténticamente sanzolianos, guiños a la monarquía actual, y caracterizaciones de algunos personajes, de clara inclinación al esperpento – compremos como útil la caracterización del sereno; pero el guiño homoerótico entre el director del periódico y el joven modernista parece bastante gratuito..-.

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Hay, como comentaba, un minucioso trabajo actoral en el que muchos actores destacan y por el que merece la pena ver el espectáculo. Tanto Juan Codina como Max Estrella como –y sobre todo- Chema Adeva en Don Latino están apabullantes, sensacionales; porque se alejan de prototipos que podamos tener de estos personajes, y a la vez son la pura personificación de la decadencia moral y humana. El Max de Codina es de los más humanos y menos rotundos que se hayan visto en mucho tiempo; pero eso ayuda a realzar el componente de marioneta, de juguete usado y tirado por cuantos le rodean que nos ayuda a entender mejor la dimensión del personaje, y el golpe que para él supone su caída: Codina – tal vez demasiado joven para el papel, pero es lo único que se le puede reprochar- apunta muy fino en una interpretación de altos vuelos y hace diana. Chema Adeva está deslumbrante en ese exceso decadente con el que personifica a Latino de Hispalis: todo el exceso de su interpretación podría haberse quedado en un mero derroche de histrionismo; pero sin embargo el resultado es una caracterización que nos acerca al lado más oscuro del personaje que, entre queriendo y sin querer, acaba empujando a Max al declive: nuevamente hay que aplaudir la generosidad del actor a la hora de tirarse a la piscina y enfocar el personaje con todas las consecuencias, huyendo de cualquier atisbo de humanidad. El duelo interpretativo entre ambos es de altos vuelos, y seguramente sea el mayor acierto y el motivo para darle un vistazo a este montaje.

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Entre los catorce actores que conforman el resto del elenco, casi todos –corramos un tupido velo sobre lo que me parece un flagrante error de casting en un rol breve pero importante- clavan sus cometidos, estando particularmente inspirado Jesús Noguero en los múltiples que le caen en suerte: casi a la altura de los dos protagonistas, lo que es mucho decir, demostrando que no hay papel pequeño. Muy bien también Jorge Kent –que incluye un trabajo físico ciertamente reseñable-, Natalie Pinot –impecable en el acento de Madame Collette-, Ángel Ruiz –que esta vez, entre otros roles, incorpora a Rubén Darío a la galería de poetas ilustres que viene interpretando- y hasta una Paula Iwasaki a la que ni siquiera lo que parecía un notable resfriado en la función que presencié le impidió emplearse a fondo en la caracterización de los múltiples roles que interpreta. No quisiera dejar de señalar lo bien integrado que resulta Jorge Bedoya, que une a su faceta de pianista ciertos pinitos como actor. El resto del amplio elenco –en líneas generales y salvo un tropiezo concreto- muy en su lugar y contribuyendo a que el trabajo actoral sea de largo lo mejor de esta propuesta.

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Por lo excepcional del elenco merece la pena acercarse a ver este Valle; al que quizás le falten precisamente la chispa genial de Sanzol –en un montaje que se queda corto en lo espacial y lo visual: y estamos en uno de los teatros nacionales más importantes, que no se nos olvide…- y una revisión del texto que nos demuestre que Valle-Inclán no es intocable: honestamente, pensamos que Sanzol se atrevería a ir más allá.

H. A.

Nota: 3/5

 

“Luces de Bohemia”, de Ramón María del Valle-Inclan. Con: Juan Codina, Chema Adeva, Jorge Bedoya, Josean Bengoetxea, Paloma Córdoba, Lourdes García, Paula Iwasaki, Ascen López, Jesús Noguero, Paco Ochoa, Natalie Pinot, Gon Ramos, Ángel Ruiz, Kevin de la Rosa y Guillermo Serrano. Dirección: Alfredo Sanzol. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro María Guerrero, 9 de Octubre de 2018

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