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‘Bombardeo: El Show’, o búsqueda y aceptación del yo

octubre 15, 2018

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“El maldito pasado es el maldito presente.” (Marianella Morena, Bombardeo: El Show).

A estas alturas, el nombre de la dramaturga uruguaya Marianella Morena ya no debería ser ni mucho menos ajeno a los lectores más fieles de este blog, puesto que en plazo de algo menos de un año nos hemos encontrado felizmente con tres de sus espectáculos en tres emplazamientos bien distintos: Rabiosa Melancolía en el madrileño Teatro Español, Ella Sobre Ella en la Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia y ahora Bombardeo: El Show, en estreno absoluto en el Teatro Calderón de Valladolid. Tres espectáculos radicalmente diversos entre sí; pero al mismo tiempo tres muestras de teatro rabiosamente contemporáneo, que sin duda nos ayudan a sentar las bases de un modo rotundo y personal de hacer las cosas. Un teatro comprometido, de hoy de desde hoy; que aborda conflictos de personajes límite que luchan por mantenerse en pie, e incluso por salir huyendo a través de válvulas de escape, a veces del otro, a veces de sí mismos. Personajes dignos que tal vez encuentren su dignidad amenazada y deban (re)posicionarse en su vida y para con la sociedad; lugares recurrentes que explora la dramaturgia de Morena, en constante búsqueda de nuevas formas de expresión.

Bombardeo: El Show parte de la ficcionalización de un hecho real en el que Mora lleva varios años asistiendo a terapia para intentar gestionar un episodio de su niñez en el que sufrió abuso sexual por parte de un vecino sin poder evitarlo. Un episodio que la persigue, algo que lleva dentro de sí sin poder escapar; sin poder evitarlo… Algo que no la deja avanzar porque ya forma parte de ella. De poco valen en un principio los juegos de rol que plantea el terapeuta; porque Mora encuentra que no es el modo más adecuado para canalizar su rabia, sacarla fuera y desprenderse del peso. A través de distintas sesiones de terapia iremos asistiendo a un juego macabro que cuestiona las fronteras tanto de género como de identidad, y que muestra que tal vez todos –incluso aquellos cuya principal función es o debería ser ayudarnos- llevamos una carga escondida. Porque enseguida conocemos de primera mano la vulnerabilidad que también presenta ese terapeuta que en un principio está ahí para ser la balsa de oxígeno de Mora; dando lugar al inicio de un combate dialéctico y emocional entre ambos en el que las fronteras se confunden, los roles se diluyen y ambos quedan expuestos ante el otro con su vulnerabilidad. Es una batalla campal en la que se atacan, se vomitan sus frustraciones, muestran sus vacíos tratando de ver si es mejor rellenarlos o aparcarlos e intentan quedar por encima del otro. Tal vez sean paciente y terapeuta, tal vez meramente adversarios… Sin darse cuenta de tal vez sencillamente se necesiten el uno al otro para seguir adelante. Pero, en este combate extremo sin vuelta atrás ni apenas lugar para la ternura ¿dónde están las verdaderas fronteras entre paciente y terapeuta? ¿quién ayuda a quién? ¿quién pone los límites? ¿cómo han de repartirse los roles? ¿cómo recolocar el pasado para afrontar el presente con la cabeza alta? Estas y otras cuestiones planean sobre la pieza.

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Como acostumbra, Morena presenta en su pieza personajes desvalidos, desprotegidos, al límite de su aguante y al límite de sus fuerzas. El ying y el yang del desconocimiento, y la contradicción de tener tal vez la cura para el otro sin ser capaces de encontrar la cura para sí mismos. Tanto Mora como el terapeuta saben que sufren, saben que tienen un lastre atado a ellos –un lastre a modo de niña, cada uno a su manera; algo que sugiere muy bien la puesta en escena- pero no terminan de gestionar ese sufrimiento; por lo tanto han de estar a la defensiva, al contraataque, atrapados en un lugar de sí que no les haga más daño. Tal vez sea por eso que intenten resituarse, resignificarse e intentar construir nuevas realidades como una vía – imposible y fallida, claro- de salida. De nada sirve reconocer la identidad de uno, reformularla o reinventarla si pese a todo no somos capaces de asumir nuestros conflictos e integrarnos con ellos; tal vez este sea el mayor problema no resuelto de ambos personajes.

La autora es implacable en su texto a la hora de equilibrar versos de hermoso aliento poético con temas bastante escabrosos –el abuso, el abandono, la imaginación como forma de completar huecos…- y a dar prioridad sin embargo al ritmo frenético, a ese frenesí que envuelve a ambos personajes por encima del disfrute del texto mismo: leído podemos considerar Bombardeo una pieza de altos vuelos poéticos; vuelos que sin embargo tal vez se pierdan en la representación por la dureza y aglomeración con que muchas veces el texto viene pisado como opción emocional y expresiva; es sin duda una opción arriesgada, pero también generosa por parte de la autora que ejerce también de directora. También sabe Morena buscar el modo de plasmar ante nosotros dos almas turbias y torturadas que encuentran pequeños recovecos de luz en su mundo de tiniebla. Así, por ejemplo, aparece nuevamente el elemento musical –tan importante y presente siempre en las obras de Marianella Morena- como forma expresiva que tal vez sustituya a la palabra en aquellos instantes en que los personajes no quieren –o no pueden- seguir hablando. Aquí, el canto y la música –y, por extensión, también el baile- es un estallido de rabia para Mora –que no en vano dice en un momento del texto “canto para no gritar cuando tengo el dolor del límite, el del no”-. Solo mediante el canto puede Mora vomitar toda su rabia; y tal vez sea por eso que en un momento dado la paciente fuerza al terapeuta a ir al límite de su aguante mediante una pieza de karaoke que hace que todo salte por los aires, en una nueva muestra de esa ayuda tóxica que ambos se prestan. El elemento musical como arma de evasión, como vía de escape – que Morena ya emplease en piezas anteriores- es sin duda una forma expresiva interesante, un rasgo revelador de su modo de entender el teatro y un modo fascinante de cubrir recovecos a los que no llega el lenguaje al uso; porque aquí el canto no tiene una función meramente decorativa, ni mucho menos, sino que actúa como función dramática.

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La puesta en escena –que dirige la propia autora- es una herramienta multidisciplinar que se sitúa en una escenografía rota y abrupta – una incógnita, como aquellas a las que se enfrentan los personajes- e incorpora elementos del audiovisual –esa imagen acechante de la niña que huye, que acaba teniendo doble función expresiva, las redes sociales, el espíritu del videoclip…- para armar un montaje en el que el texto se expresa como un verdadero bombardeo, como un combate verbal en el que es fácil dejar pasar frases, sintagmas, significados, pero que obliga a los actores a cabalgar a rienda suelta por la esfera de lo emocional. Así planteado, podemos decir que el montaje mira al texto como un elemento más dentro de un todo que recurre en no pocas ocasiones al lenguaje no verbal y a la sonoridad del lenguaje –dos elementos fundamentales en el desenlace- como armas de expresión.

Es un espectáculo exigente para ambos actores, porque les exige un recorrido emocional de dureza incuestionable y porque han de ser constante complemento de la emoción del otro. En este sentido, conviene señalar que las emociones aparecen servidas desde lugares bien distintos. Así, la Mora de Mané Pérez –actriz ciclónica, cálida, entregada y fetiche de las obras de Morena, que por lo tanto no necesita mayor presentación aquí- es pura rabia contenida, pura ira; un grito ahogado que lucha por salir entre los gritos sonoros, porque su verdadero dolor está por debajo, aquel del que ella quizás no sea consciente: la actriz juega este rol extremo con la fuerza habitual y la mirada penetrante; e incorpora nuevamente sus dotes vocales a la composición del personaje. El contraste con el terapeuta de Alfonso Tort tal vez sea que parte de un lugar de aparente ventaja, de falsa relajación, de autocontrol – más técnico y aséptico-, que se va desmontando hacia la segunda parte de la pieza, cuando el rol muestra su verdadera cara y el combate se convierte en mano a mano. Tal vez pueda parecer que es un rol menos agradecido – porque pasa la primera parte en aparente segundo plano respecto a Mora-, pero también por eso es más complejo dibujar su caída al abismo, hacia la que Tort se lanza con sibilina habilidad. El equilibrio entre ambos está bien delineado, el pulso es de altos vuelos y entre ambos construyen una buena noche de teatro.

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Con todo lo compleja que pueda ser – es imposible captar toda la inmensidad de su esencia en una única visión- Bombardeo es un material que mueve a la reflexión, un combate dialéctico que desafía los límites del lenguaje, nuevas formas de expresión, resulta inquietante en su exceso; y confirma a Marianella Morena como una voz a seguir, de fuerte personalidad dentro de la realidad del teatro contemporáneo.

H. A.

Nota: 4/5

“Bombardeo: El Show”, escrita y dirigida por Marianella Morena. Con: Mané Pérez y Alfonso Tort. SALVADOR COLLADO / LUCÍA ETCHEVERRY / TEATRO LA MORENA.

Teatro Calderón (Valladolid), 6 de Octubre de 2018

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