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‘Un Enemigo del Pueblo (Ágora)’, o los límites de la ética y la libertad de expresión

septiembre 24, 2018

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Ética.   f. Conjunto de normas morales que rigen la conducta de la persona en cualquier ámbito de la vida.

f. Parte de la filosofía que trata del bien y del fundamento de sus valores.

Arriesgada y abierta – ya desde su creación, pues uno de los actores anunciados, ni más ni menos que Guillermo Toledo, desapareció del elenco s y el montaje se mantuvo con un intérprete menos sin que el resultado parezca resentirse en lo más mínimo- propuesta de Álex Rigola, que toma las bases temáticas del clásico de Ibsen, tantas veces revisitado, para plantear sin embargo una especie de espectáculo básicamente performativo que termina resultando en una suerte de experimento en torno a los límites de la ética, la necesidad de la democracia y sobre todo la libertad de expresión, decisión y voto de los individuos, si es que tal  cosa existe en realidad. Porque, a través de este Enemigo del Pueblo –oportunamente rebautizado aquí como Ágora– Rigola cuestiona ante todo no solamente la capacidad de los individuos de manipular y ser manipulados por la opinión pública –o, por extensión, por las fuerzas políticas-, sino también la verdadera libertad que tenemos para decidir. ¿Son las decisiones que tomamos verdaderamente nuestras o están impulsadas por corrientes subterráneas? ¿Decidimos por el bien común o por el bien propio? Son algunas de las cuestiones que subyacen del mensaje de la representación.

Al entrar en sala, nos reciben los intérpretes distribuidos entre el escenario y el patio de butacas, manipulando una serie de globos gigantes que contienen las letras de la palabra ēthikḗ. Antes, junto con el programa de mano, se nos han entregado papeletas con SÍ o NO que serán fundamentales para el devenir de la representación. Pronto se nos anuncia que el comienzo de la función no es más que un juego en el que el espectador deberá decidir, mediante el voto, sobre cuestiones como si creemos en la Democracia o si los responsables del Pavón Teatro Kamikaze deben y pueden expresar libremente aquello que piensan aunque esto les suponga tal vez perder ciertas ayudas en caso de ser contrarios al poder pensante. Una tercera votación propone una protesta pública que podría detener la representación en este mismo punto –apenas transcurridos 10 minutos desde el comienzo-, como sucedió la noche del estreno. Las respuestas a las dos primeras cuestiones consiguen mayorías aplastantes; pero –en caso de que el espectador decida continuar con la representación- se presenta la primera gran contradicción: defendemos una serie de valores pero, a la hora de la verdad, nos negamos a hacer lo coherente con estos valores –que sería detener el espectáculo- por el mero hecho de haber pagado nuestras entradas.

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Lo que sigue es una breve exposición de la trama que plantea Ibsen en el Enemigo… en la que los actores – con sus mismos nombres, como acostumbra a suceder últimamente en las propuestas de Rigola- asumen los roles de la trama, resumida a su mínima expresión. Así, se nos explica que en el pueblo hay un balneario del que todos se lucran de una u otra manera y que Isra – médico, y a la sazón hermano de Irene, la alcaldesa- va a presentar un informe al periódico Public Enemy sobre lo dudoso que es abrir el recinto en la temporada de bañistas. El furor que genera el polémico artículo entre el personal del periódico –encarnados aquí por Óscar de la Fuente, Nao Albet y Francisco Reyes- contrasta con la verdadera problemática que ve la alcaldesa: el cierre del balneario podría llevar al pueblo a la ruina. La polémica –en la que el médico Isra pasa en un momento de ser un honesto salvador del pueblo a un hombre en los límites de defender los principios fascistas, renegando incluso del sufragio universal- pasa enseguida del escenario al patio de butacas, provocando que el público pueda y deba intervenir en un debate entre la alcaldesa y su hermano del que se acabará decidiendo no sólo qué hacer con el informe, sino también qué hacer con el Enemigo del Pueblo: ¿salvación o linchamiento público? Nuevamente será el público quien decida, después de poder poner en común con los personajes tantas cuestiones como sean necesarias.

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Hay que decir que la versión que plantea Rigola – que, por cierto, conserva muchas más líneas del original de Ibsen de las que uno podría pensar en un primer momento; y por tanto está cercana al espíritu de la obra- funciona quizás mejor como experimento performativo que nos hace reflexionar sobre hasta qué punto los hechos pueden manipular nuestros puntos de vista –no en vano, las cuestiones sobre las que se nos pide el voto están a menudo planteadas desde un lugar pretendidamente ambiguo que hace casi imposible saber qué es lo correcto (si es que tal cosa existe)- que como espectáculo teatral en sí mismo. E incluso, podríamos tener en cuenta que aquel espectador de acuda al teatro esperando ver una versión al uso de la obra de Ibsen podría sentirse decepcionado a primera vista con el tipo del espectáculo que se ofrece. Pero nada más lejos de la realidad: tal vez Rigola esté renunciando a contar la fábula de Ibsen – al menos a contarla en profundidad, porque se queda en la base y elimina todas aquellas tramas que sean superfluas o secundarias-; pero sin embargo arma un estupendo espectáculo de teatro político que toma todos los núcleos temáticos de la obra de Ibsen – y es que, a fin de cuentas ¿de qué habla el autor noruego sino del enfrentamiento entre el bien común y el bien individual?- y que – en su carácter performativo y experimental- genera debate y reflexión, hasta el punto de que difícilmente podremos encontrarnos con dos funciones iguales. Casi sin que nos demos cuenta, lo que plantea Rigola en su versión es partir de Ibsen para ir varios pasos más allá y convertir la vigencia de la obra en un verdadero ejercicio de estilo. Y, sin embargo, dentro de este experimento, no renuncia tampoco Rigola a aportar detalles dramatúgicos de fuerza expresiva: si el mensaje final es que el antihéroe podrá ser el más poderoso; pero sin embargo también es el más solo y castigado; el director encuentra una hermosa metáfora musical para cerrar el montaje, en la que tal vez solo amar y ser amados nos salve de ser –o, mejor dicho, sentirnos- señalados por la masa.

Puede que esta particular estructura tenga algunos puntos más flacos. Por un lado – y partiendo de que no va a haber dos noches iguales- se requiere un público activo y participativo para que la función llegue al mayor nivel de interés posible: en aquellas plazas o aquellas noches en las que el público no entre al juego; sin lugar a dudas el espectáculo decaerá. Y, puestos a hablar de manipulación como lo hace, creo que se pierde la oportunidad de profundizar en el uso del lenguaje como herramienta base de manipulación. Por otro, tal vez se pueda decir que –en el falso juego de confundir la frontera entre actor y personaje lo más posible-, los actores se vean privados de verdadero lucimiento personal en favor de prestarse al juego de la democracia que les plantea Rigola. En este sentido, son Israel Elejalde –que sabe dibujar bien la caída al abismo de un personaje con el que en un principio estamos todos de acuerdo, pero se desliza hacia el totalitarismo de manera casi inconsciente por defender su verdad; y a su vez se muestra bien resolutivo a la hora de enfrentar las embestidas del público en el debate final- e Irene Escolar –a la que este tipo de teatro en el que tal vez no sea tan necesario ‘construir’ un personaje que se distancie de ella misma, beneficia- quienes llevan el mayor peso del texto: no estaría de más tal vez elevar la tensión entre ambos en el tira y afloja que acometen; resaltando tal vez el vínculo familiar. Alrededor de estos dos pilares planean Óscar de la Fuente, Francisco Reyes y Nao Albet, aquí reducidos a azuzadores tanto del público como del conflicto que se desenvuelve en escena; para que el juego planteado llegue a buen puerto. Tal vez pueda parecer que están algo desaprovechados, pero es de ley reconocer su generosidad al entregarse al conjunto. Es de ley señalar que Albet se lleva con justicia un breve pero hermoso momento de lucimiento personal, entonando una lograda versión de Creep, en uno de los momentos teatralmente más felices del montaje.

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A fin de cuentas, puede que este Enemigo del Pueblo performativo y experimental no sea nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, no se pueden negar ni que respeta escrupulosamente el espíritu de Ibsen ni que el resultado resulta atractivo y remueve conciencias: aspectos que han importado al director más incluso que mantener una teatralidad verdaderamente poderosa. Es, desde luego, un teatro rabiosamente político y rabiosamente contemporáneo.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

 

“Un Enemigo del Pueblo (Ágora)”, de Henrik Ibsen. Con: Nao Albet, Israel Elejalde Irene Escolar, Óscar de la Fuente y Francisco Reyes. Versión libre y dirección: Àlex Rigola. EL PAVÓN TEATRO KAMIKAZE.

El Pavón Teatro Kamikaze, 13 de Septiembre de 2018

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