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‘La Gioia’, o un viaje luminoso hacia las tinieblas (o lo relativo de la alegría)

julio 19, 2018

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Espectáculo en italiano

El dolor llegará; pero, mientras tanto, has de saber que la alegría deshace los nudos y esto no puede hacerlo el huracán del dolor. El dolor te aplasta, te aniquila, te convierte en un mendigo de cargas; mientras que la alegría sólo conoce el alfabeto de la ligereza (…) El dolor pasa. El miedo pasa. La tristeza pasa. ¿Y la alegría? La alegría llegará y después pasará también. Y volverán de nuevo la tristeza, el miedo, otra vez la alegría… Hasta que todo desaparezca”.

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Algunos años después de presentar en este mismo certamen con grandísimo éxito su espectáculo Racconti di Giugnio, regresaba a la Mostra Internacional de Ribadavia el célebre creador italiano Pippo Delbono, sin duda uno de los nombres más importantes del teatro contemporáneo, con su espectáculo La Gioia, en la que además constituyó mi primera experiencia en directo con una de sus propuestas. Desde su especial lenguaje y su a veces controvertida forma de entender el hecho teatral, Delbono –acompañado, como casi siempre, por una troupe de personas en riesgo de exclusión social (desde refugiados hasta un antiguo alumno de su madre con síndrome de Down, o un octagenario sordomudo rescatado de un manicomio en el que permaneció durante años, por mencionar algunos casos) a las que ha recuperado y ha dado una oportunidad y una utilidad, girando con ellos durante años- parte del concepto de gioia (alegría) para trazar una profunda reflexión sobre las tinieblas de la locura, del mundo de los outsiders desde una óptica poética, gozosa y plena de luz, en un contraste que resulta desolador en su belleza. A fin de cuentas, Delbono apunta en La Gioia la sutil frontera que existe entre cordura y locura; y llega a comparar el dolor del cuerdo con la alegría del loco en su inconsciencia de realidad, casi sugiriendo que, a veces, la única vía de salvación posible tal vez sea aquella de entregarse a la locura. De hecho, comenta el propio autor en un momento del espectáculo que este espectáculo bien podría haberse llamado “la locura”. Pero, también, Delbono sazona su espectáculo con un mensaje de cierta esperanza: nos pase lo que nos pase, debemos agarrarnos a la alegría que nos salva; incluso si no es más que la alegría que precede a la tristeza, como la calma antes de la tempestad. Después de todo, puede que la gran enseñanza de la función de Delbono sea que tan solo a través del dolor se puede llegar a experimentar la verdadera alegría: necesitamos conocer el dolor para poder experimentar la felicidad plena, sin perder de vista que después de esa felicidad plena podrá regresar el dolor, como en una espiral de repetición interminable.

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A través de toda una serie de estampas y pequeñas escenas Pippo DelBono –que ejerce de narrador e hilo conductor del espectáculo, leyendo micrófono en mano el texto, en lo que creo es una curiosa forma de distanciamiento sobre la que volveré más adelante- encuentra lugar para reflexiones sobre el mundo de la alegría en contraste al de la tristeza, el de la cordura en contraste al de la locura y la felicidad de aquellos que podrían ser mirados, en su mundo de diversidad –sensorial, física, psíquica…- quizás erróneamente como infelices. Delbono se rodea de una troupe de personas con vidas difíciles y en situación difícil; pero que ahora han encontrado su propia realización gracias a él –¿el camino a la felicidad tal vez?- participando del hecho artístico. Conocemos por boca del autor sus historias, quiénes son, qué les ha ocurrido, cuánto tiempo llevan colaborando en los espectáculos de Delbono… y, en suma, tal vez el concepto de pequeña gran familia que forman todos, como la balsa que les hace ser y sentirse alguien. Porque ahora, todos los integrantes de la compañía de Delbono son casi eso: familia, amigos Entre los textos que integran el espectáculo, se incluyen también pequeñas fábulas, cuentos, poemas llegados muchas veces de voces anónimas, música de todas las clases e incluso escenas de grandes clásicos como Esperando a Godot. El todo, conforma un curioso recorrido textual que puede resultar antiteatral en muchos aspectos; pero es una reflexión sobre el dolor a través de la alegría: un viaje a la oscuridad a través de la luz.

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El espectáculo se completa con imágenes que forman los propios actores, con diversos motivos que le dan al todo atmósferas florales y circenses –a menudo con los actores presentados como si estuviéramos ante una parada de los horrores de corte gótico, que arrastra a los espectadores hacia un mundo de mágica fantasía aterradora, valga la contradicción-. De hecho, el contraste entre el grito de desesperación que parece este espectáculo y el universo de luz, fantasía e imaginación en el que se enmarca – por momentos un cuento, por momentos una pesadilla; y muchas veces un todo salpicado de una melancolía tan tierna como punzante y dolorosa- es sin duda uno de los grandes atractivos de un espectáculo fragmentario, muchas veces bordeando la improvisación –Delbono matiza muchas veces que hay muchos “agujeros negros” en su concepción, como los vacíos de su mente-. En cualquier caso, el resultado noquea y shockea por ese espíritu de contradicción que posee toda la propuesta: se habla del abismo desde la belleza, se hace teatro desde lo antiteatral; y esa forma de shockear es francamente sugerente. Delbono ha armado un discurso tal vez fragmentario e inconexo; pero a la vez rico en significado poético y amplio en referencias visuales que ponen al público contra las cuerdas. Ante un panorama tan luminoso como desolador, La Gioia no esconde la crudeza del mensaje en palabras hermosas; ni tampoco aporta respuestas sobre el camino hacia el que dirigirse, tal vez precisamente porque la vida tampoco las tenga. Tampoco le hace falta regodearse en el trasfondo trágico del que nos habla porque no es necesario: sabemos que está ahí, y eso nos emociona y nos desasosiega a partes iguales.

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Pero por encima de todo cabe decir que La Gioia conmueve tanto a nivel estético –hay imágenes de gran belleza: la irrupción de la troupe entre luces estroboscópicas como una parada de los monstruos gótica mientras suena el vals Masquerade de Khachaturian- como a nivel poético –lo que se dice es también muy bello en su sencillez-; pero sobre todo desde lo emocional: hay instantes de una honestidad tal que ponen el nudo en la garganta; entre los que podemos citar el momento en el que Delbono protagoniza junto a Bobó –mítico acompañante de su compañía, de 81 años, sordomudo y que lleva 44 trabajando con él después de que el creador italiano lo recuperase tras más de 30 años de encierro en un manicomio cuando él atravesaba una depresión- una de las escenas de Esperando a Godot: dos presencias pensando en ahorcarse, y postergando el ahorcamiento, con la única voz de Delbono recitando el texto de Vladimir y Estragón… Un momento sinceramente acongojante, por el sentido de unión entre ambos. Tampoco deja impasible ese discurso incomprensible de Bobó ante su tarta de cumpleaños; o la anécdota en la que Delbono cuenta cómo, tras presentar uno de sus espectáculos en Alemania, el público se empeñaba en comprenderlo todo… y sólo una de las intervenciones de Bobó en el coloquio logró apaciguar las ansias del respetable. Desde entonces, dice Delbono, Bobó lleva dentro de sí “el sentido profundo del teatro”, en una hermosa metáfora de que tal vez eso que es el sentido profundo del teatro sea tan inasible e indescifrable como la mente de Bobó, como el sentido de la alegría trágica, como nuestros destinos mismos.

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Es cierto que el espectáculo tiene no pocos aspectos que pueden resultar hasta cierto punto antiteatrales, que pueden buscar un distanciamiento del público e incluso llegar a lograrlo. Desde cierta suciedad en la manera de armar ciertos cuadros –con los técnicos colocando el material a la vista del espectador-: el resultado son imágenes estéticamente muy bellas; pero tal vez me hubiese gustado que no se muestre el truco con tanta claridad. También la actitud misma de Pippo Delbono, en escena, leyendo el texto micrófono y folios en mano, si bien con el timbre de voz acariciante de un narrador que nos contase un relato extraído de Las Mil y Una Noches, puede resultar efectivamente un recurso antiteatral, de distanciamiento – no hay creación de personaje ni se pretende, hay una narración externa salpicada de las imágenes y momentos que completan el espectáculo-.

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Se puede entrar más o menos en el código, sin duda, pero lo que tampoco hay que dudar es que esa técnica y ese estilo son buscados y meditados por Delbono, tal vez para crear una barrera con el público entre lo que se ve y lo que se narra, o incluso para aumentar el extrañamiento. Y, sin embargo, no cabe duda de que –al menos en mi caso- el particular estilo de Delbono para contar las cosas en absoluto me impidió ni dejarme llevar por la fuerza de las imágenes, ni valorar la hermosura poética del texto ni mucho menos captar la hondura, la profundidad de un mensaje doloroso escondido en un mundo de luz y color. Prueba incuestionable de que, si se logra entrar en el código que se propone- se puede realizar un viaje que se apoya en cuestiones poéticas y estéticas para acercarse más a un mundo de lo ético, que cuestiona puntos de vista y hasta convenciones sociales que aún hoy todos podemos revisar y replantearnos. Y es que, en esta apariencia de distanciamiento, en el fondo Delbono ha armado un espectáculo que que contiene un discurso tan fragmentario como coherente, más allá de lo textual. Y, si queremos ver La Gioia como un ejemplo de teatro inclusivo –se puede y se debe- he decir que es uno de los ejemplos más honestos de este tipo de teatro con los que me haya encontrado en bastante tiempo: porque busca una emocionalidad real, que las más de las veces fluye de las situaciones mismas –nunca de la lástima ni de la compasión que puedan despertar en el espectador estas personas/personajes- y porque emplea la inclusión dentro de una poética de discurso perfectamente coherente con el todo, no como una banalidad. Cualquiera con unos mínimos de sensibilidad, cualquiera capaz de desentrañar la brutalidad del mensaje que plantea Delbono entenderá que presentar a estos personajes como una parada de los monstruos no es más que una metáfora en la que hay que escarbar para llegar al fondo, al fango de la situación. Y que, después de todo, tal vez ellos –en su supuesta situación de riesgo- hayan encontrado un modo de expresión, una forma de felicidad que a nosotros – los acomodados, los cuerdos, los integrados, quién sabe…- nos quede lejos. La relatividad de la felicidad es de hecho otro de los grandes temas que aparecen en La Gioia. ¿Qué es entonces la alegría? ¿Cómo se alcanza? Son dos cuestiones que sobrevuelan toda la pieza.

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Como en todos los espectáculos fragmentarios –y particularmente en este que carece de hilo argumental, sino que aborda simplemente una temática central- hay momentos más y menos logrados. La Gioia tiene, por supuesto, caídas de ritmo, instantes susceptibles de mejora, momentos que bien podrían cortarse para darle al todo una mayor cohesión y un acabado por momentos irregular… Pero en aquellos momentos –muchos- en los que golpea los sentidos del espectador –ya sea a través de lo estético, de lo emocional, o la reflexión a la que conduce la suma del todo- regala momentos de una intensidad impagable.

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Sin ser un espectáculo redondo –y con muchas cuestiones de forma que hay que asumir- sí podemos decir que La Gioia nos regala un inquietante juego de luz para asomarnos a la tiniebla; pero a una tiniebla relativa que seguramente nos haga replantearnos algunas cosas. El sentido de la alegría y la felicidad –como el sentido del teatro- seguramente sean cuestiones sin respuesta; y, aún así, La Gioia se aventura a trazar una aproximación a su significación. Y, como resultado, nos desasosiega y nos estremece; nos conmueve, tal vez porque lo desconocido e inexplicable, aquello que es inabarcable desde las palabras tiende a explicarse desde la esfera de lo emocional. Algo de eso hay en La Gioia.

H. A.

Nota: 4/5

La Gioia”, de Pippo Delbono. Con: Dolly Albertin, Gianluca Ballarè, Bobò, Margherita Clemente, Pippo Delbono, Ilaria Distante, Simone Goggiano, Mario Intruglio, Nelson Lariccia, Gianni Parenti, Pepe Robledo, Zakria Safi, Grazia Spinella. Dirección: Pippo Delbono. EMILIA ROMAGNA FONDAZIONE / PIPPO DELBONO COMPANY / THEATRE DE LIÈGE / LE MANÈGE MAUBEUGE- SCENE NATIONALE.

XXXIV Mostra de Teatro de Ribadavia. Auditorio do Castelo, 14 de Julio de 2018

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