Saltar al contenido

‘La Historia del Zoo’, o los límites de la (in)comunicación

julio 13, 2018

zoocartel

En el off del Teatro Lara – de una multiprogramación muchas veces inabarcable para el espectador- se presenta La Historia del Zoo, una pieza de cámara estrenada en 1958, que constituyó uno de los primeros éxitos de Edward Albee. Para la ocasión, se recupera un montaje dirigido por José Carlos Plaza – intérprete en su momento de la pieza, dirigida entonces por William Layton- que ya se vio en el off madrileño hace más de una década: bajo la dirección de Plaza repiten ahora los dos actores, Carlos Martínez-Abarca y Javier Ruiz de Alegría.

Peter, un burgués en la primera madurez, se sienta en un banco de Central Park para leer un libro. Pronto le aborda Jerry, un hombre más joven y de nivel social visiblemente más bajo que busca desesperadamente entablar conversación. Aunque en un principio Peter no parece muy por la labor de entrar en el juego, pronto Jerry acaba captando la atención de su interlocutor: primero con la excusa de contarle lo que ocurrió en su reciente visita al zoo; pero después con toda una serie de anécdotas que ponen de manifiesto la pobreza en la que vive Jerry y toda una serie de traumas – sea derivados de su posición social o de la influencia de la gente que le rodea- que marcan su personalidad tan angustiada como angustiosa, marcada por filias y fobias que bien podrían estar cercanas a la sociopatía o la psicopatía. Entre todas estas anécdotas –que abordan su compleja relación con las mujeres, con las que es incapaz de pasar más de una noche (tal vez en una especie de homosexualidad reprimida o encubierta), el abandono de la madre y su posterior deceso, la pobreza en la que tiene que vivir o una asocialidad manifiesta- la historia de lo que ocurrió en el zoo nunca llega; y cada vez que Peter – ajeno a la problemática social de Jerry instalado en su posición de confort y poder- intenta zafarse de la conversación y marcharse o desviar el interés, Jerry le recuerda que enseguida le contará qué pasó en el zoo, para evitar a toda costa que se vaya. Porque Jerry necesita hablar, necesita ser escuchado. Por el camino, mientras asistimos a esta conversación entre dos hombres que en apariencia no pueden ser más distintos, conocemos también la situación social y familiar de Peter: un hombre con dos hijas y periquitos a los que ha de alimentar. Será una historia aparentemente banal en torno a un perro que expone Jerry la que empiece a sacar a Peter de sus casillas, precipitando la situación hacia un desenlace que nos demuestra que, en este cóctel de palabras lo banal y lo absurdo pueden acabar llevando a terrenos más pantanosos.

zoo1

Albee plantea en este texto una gran y amplia metáfora sobre la lucha de clases y quizá también sobre la falta de concienciación del grande frente al pequeño; tal vez a partir de pequeños cuentos que van tensando más y más una cuerda que acaba primero en una analogía clara de hasta dónde los peces grandes saben que han de comerse a los pequeños por fuerza, y después en un desenlace inquietante. En un camino teñido de absurdo, muchas veces desconcertante, que aborda el asunto del existencialismo, pronto no está claro quién acosa a quién, quién es la víctima y quién el verdugo y cuáles son los límites de ese hombre trajeado que se emperra en no perder la paciencia ante lo que parece un obseso peligroso. En La Historia del Zoo – como en tantas obras del autor- seguramente lo importante no sea lo que se dice, sino todo lo que hay por debajo: hallar el símbolo, hallar la metáfora es fundamental para disfrutar de una obra en la que parece que no pasase nada –y en la que los diálogos podrían llegar a exasperar por momentos por su aparente intrascendencia- pero en la que, sin embargo, pasa todo y se tratan –en 1958- cuestiones todavía pendientes de resolver en 2018; porque el estigma de lo marginal, la sociedad de clases y la lucha de clases aún siguen estando perfectamente presentes. Y más allá de eso, seguramente la obra no trate tanto la imposibilidad de una comunicación fluida, como la falta de interés de un individuo superior por establecer comunicación con alguien de grado más bajo, y las consecuencias de esa falta de interés: tanto la desesperación de uno para captar la atención del otro como los hechos a los que termina llevando lo que en un principio podría haber sido una conversación normal. Necesidad de comunicarse, dificultad para hacerlo, comunicación errónea.

zoo2.jpg

Puede que la gran dificultad de este texto sea encontrar el tono y el ritmo necesarios para mantener la atención en una partida a dos bandas que es pura incógnita durante los 70 minutos que dura. El montaje de José Carlos Plaza reduce todo a lo esencial, que es el banco en el que transcurre la acción y se concentra en la palabra y en la construcción de personajes. La obra queda pues convertida en lo que es: un combate dialéctico entre los personajes que no deja ningún tipo de distracción al espectador. En este sentido, el Jerry de Carlos Martínez-Abarca – que se lleva la mayor parte del peso activo de la acción y el texto- realiza una buena composición de un personaje que debe ser pura incógnita durante gran parte del tiempo que dura la representación. Martínez-Abarca acierta al encontrar un equilibrio que no esté ni demasiado inclinado a un perfil psicópata ni demasiado inclinado al perfil de víctima desesperada; de manera que este Jerry no resulta a priori ni demasiado peligroso como para salir huyendo a la primera de cambio ni demasiado amigable como para quedarse con él más de la cuenta: ese perfil confuso, ambiguo –y por lo tanto amenazador- está bastante logrado; máxime cuando es su personaje quien marca el pulso y el ritmo con el que respira la representación. El Peter de Javier Ruiz de Alegría tiene la misión de escuchar, recibir y procesar información durante la mayor parte del tiempo: puede parecer una parte más breve o menos comprometida; pero sin embargo su tarea no es nada fácil precisamente porque le roba ocasiones de lucimiento a pesar de tener que estar todo el tiempo ahí. Quizás dé la sensación de que en el arranque actor y personaje estén un punto encorsetados en un perfil de pijo casi podríamos decir que de comic; que tiende a exagerarse, tal vez para provocar la distancia o el rechazo del espectador: conforme se acerca el final, el tono se va relajando y aflora en el personaje un poco más de humanidad real y la cosa mejora; pero siento que el tono del montaje tiende a poner una barrera con Peter tal vez para inclinar al público de partida hacia el lado de Jerry, cuando en un primer momento deberían jugar de igual a igual, al menos para el público: parece más una decisión meditada de dirección que un asunto de interpretación.

Este montaje recupera pues un texto tan complejo como importante como es La Historia del Zoo con unos mimbres suficientemente sólidos como para garantizar un buen rato de teatro, de la mano de un director no sólo sabio y experimentado sino también experto en esta pieza en concreto. Quizás pulir algún exceso hacia el absurdo en una función que bien podría resultar más seca y áspera ayudará a redondear un resultado final ya de por sí interesante.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

La Historia del Zoo”, de Edward Albee. Con: Carlos Martínez-Abarca y Javier Ruiz de Alegría. Dirección: José Carlos Plaza. ESPACIO ÁTOMO

Teatro Lara (Sala Lola Membrives), 3 de Julio de 2018

Anuncios
No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: